jueves, 26 de abril de 2012

ALEMANIA EN EL HORIZONTE: Heidelberg en primer plano


Heidelberg

“Ich hab mein Herz in Heidelberg verloren” (He perdido mi corazón en Heidelberg)

Prohibido interpretar literalmente el subtítulo del primer capítulo de una larga serie en la que Alemania figura como life motiv. Para evitar celos y recelos debo aclarar que se trata del primer verso de una popularísima canción estudiantil alemana. La primera que aprendían los estudiantes extranjeros que llegaban a Heidelberg. El enamoramiento solía ser recíproco. Heidelberg ofrecía a mediados del siglo pasado el don  del hechizo, de la conquista y seducción "bis über beiden Ohren" (hasta las dos orejas, cont. la canción), de quienes de sus "apacibles" noches de verano "habían gozado". En su haber, a demás de ser el primer lugar donde pisé tierra alemana, figuraban la fascinación y exotismo de las piedras bermejas de su castillo, su universidad y su río: el cálido y cordial ambiente, el embrujo estudiantil , los paseos románticos por el "Filosophenweg" y los sombríos senderos de sus verdes colinas. Todos ellos, y mucho más, fueron repentinamente cautivando mi entusiasmo e inclinación hacia una cultura, una historia, una música, una lengua y un país que fue para el provinciano charro como el descubrimiento de las Américas para los primeros conquistadores.

La venturosa Heidelberg conservaba privilegiadamente la secular pátina del tiempo, lo que realzaba su hechizo y valor histórico. Heidelberg fue la única ciudad alemana que se liberó de la cruel devastación de los aliados en la segunda guerra mundial, merced a la venia del general americano que capitaneaba las tropas de ocupación, cuyos antepasados procedían de la afamada ciudad universitaria.

En torno a su universidad se fraguó la amistad de quienes convirtieron  la poesía, la literatura y la filosofía alemanas en foco cultural romántico europeo: los  HH Brentano (Bettina y Clemens), sus   amigos Achim von Arnim, Caroline Günderode, Kreuzer y Görres, como nombres más sobresalientes.   Eichendorff, uno de los grandes poetas de la época, prendado de la naturaleza y  belleza de la “cuna del romanticismo” exclamaba : "Como en sueño  te me apareciste y una segunda patria me donaste".                                                                                       

La importancia y trascendencia de Heidelberg, en el caso de nuestro “semblancista”, trascendían del simple objetivo de progresar en  los incipientes estudios de Germanística. Una mañana plácida del agosto alemán de hace más de medio siglo (¡de l954!), el neo- romántico  proveniente de las hispanias  se sumaba a la interminable nómina de  estudiantes extranjeros que acudían en verano a la ciudad del Neckar a refrescar o ampliar sus conocimientos de idiomas. Tras un maratoniano y azaroso viaje desde Barcelona, sin parada ni fonda, cual sardinas en banasta, una modesta furgoneta aparcaba a las puertas de la “Universitas Heidelbergensis” con una docena de estudiantes españoles de la más diversa procedencia.

Nuestro "self made man", el hoy afortunado octogenario a perpetuidad, llegaba a Alemania, su futura "Zweite Heimat", para asistir como becado a uno de los cursos de Lengua Alemana para Extranjeros.  Mas, no fueron ni aulas ni enseñanzas y aprendizajes lingüísticos lo verdaderamente recordable de mi primera estancia en Alemania, sino el ambiente estudiantil internacional imperante. En un chalet del Schlossweg (camino del Castillo), todavía con recordaciones de la guerra, convivíamos  un francés y dos italianas, en tertulia permanente con un mejicano y unas nórdicas de la vecindad. El deambular por las  estrechas calles y callejuelas del recinto histórico, los paseos por la rivera izquierda del Neckar, en las barquichuelas con remos de sus aguas o por la histórica y romántica Senda de los Filósofos, las invitaciones, bailes y reuniones en los típicos y tradicionales locales de las asociaciones estudiantiles (Studentenverbindungen) harían interminable la crónica de mi breve pero emotiva estancia en Alemania. Conténtese el lector con la narración  de unas ingenuas anécdotas, recreación  nostálgica de tiempos tan lejanos.

¡¡¡Mensch Máaaanulo!!! – La verdadera Amistad nunca muere      
Transcurridos varios años, Heidelberg ya lejano y semiolvidado, casados y residentes en Frankfurt, un domingo soleado de primavera, salíamos Palmira y yo, pausada y solemnemente de la misa de la catedral, cuando en plena explanada del “Dom”(catedral) se nos enfrenta exultante, con los brazos abiertos, un individuo gritando ¡ Mensch Máaanulo…!. Confieso que ha sido uno de los abrazos más efusivos, cariñosos y cálidos que conservo. Era el reencuentro de dos amigos de Heidelberg -de Manolo y Erhardt, mi inseparable lazarillo y compañero- que volvían a reencontrarse y… separarse para siempre. Hoy, al recordar  y revivir tan enternecedora escena, puedo testimoniar que con el corazón también se ve cuando la amistad es verdadera.

Sprechen wir Lateinisch!
Retornemos de nuevo a la salmántica alemana. También Heidelberg, como la universidad charra, era en el mes de agosto hervidero de estudiantes extranjeros en los cursos de verano. Pero, a diferencia de España, en Alemania eran numerosos los estudiantes alemanes de diferentes confesiones y asociaciones que acudían a prestar información y ayuda a los indefensos extranjeros. Nuestro parvulillo Manolo figuraba en esa lista. Un estudiante de Derecho, el bueno de Erhardt, se me acercó tímido brindándome ayuda a la hora de matriculación. Ante la imposibilidad de comprensión, al preguntarme qué estudiaba,  y no atreverme, avergonzado, a confesar que estudiaba Germanística, contesté que estudiaba Clásicas. ¡Tierra trágame! "Macht nichts. Sprechen wir Lateinisch" fue su lacónica respuesta. Sin comentario. Únicamente debo aclarar que sabía mas latín que yo pues, en aquel entonces, existía en Alemania el Instituto de Humanidades (Humanistisches Gymnasium), donde estudiaba latín y griego como lenguas vivas la élite de los futuros médicos, juristas y farmacéuticos alemanes.

Primera excursión a los Alpes.  Fortuito alojamiento en Nesselwang.
Nesselwang
(imagen tomada de meinestadt.de)

En el diario de mi memoria figura en rojo y subrayado mi primera relación directa con Los Alpes. Entre los amiguetes del curso se encontraba el mejicano Rodolfo, mulato apuesto y elegante, cordial y campechano. Hijo de familia adinerada vinculada a los carburantes, disponía de VW gratis y depósito libre en todas las gasolineras. Al proponerme en cierta ocasión un fin de semana a los Alpes, acepté sin titubeos. Lo que no recuerdo es cómo y por qué se nos anexionaron dos catalanes ajenos al curso, a quienes estuvimos a punto de apear en plena autopista ante la descortesía de parlar entre sí exclusivamente en catalán. La majestuosa y embriagadora grandeza de los Alpes nevados, sobrevolándolos en vuelo inolvidable de Praga a Madrid proveniente del Berlín de la antigua DDR (Rep. Democr. Alemana), es una de las imágenes perdurables. Los Alpes alemanes, austriacos o suizos aparecerán más de una vez en estas Memorias.  Inmortalizada continúa "Una tormenta en los Alpes", precisamente en el pueblecito que muestra la fotografía adjunta, lugar donde pernoctamos los dos amigos de Heidelberg, y de donde, con el paso de los años, aparecerían en Algorta como vecinos, Ingrid y Rudi, amigos inseparables para siempre. Gracias a su amistad perdono al reloj de la monumental iglesia de Nesselwang la serenata nocturna de sus campanadas que me impidieron pegar el ojo en toda la noche.

"Eine kleine Nacht Musik" (Mozart)
La música, Mozart y el Castillo contribuyeron conjuntamente a mi enamoramiento de Heidelberg  y de Alemania. La imponente fortaleza del castillo, vigilante secular  en lo alto de la ciudad, además de la atracción turística de la cuba de su sótano, más de 200 mil litros de capacidad, era, y continuará siéndolo, su patio, escenario insuperable para conciertos estivales nocturnos  al aire libre. Inolvidable fue el organizado por la Universidad para los estudiantes extranjeros de los cursos de verano. Wolfgang Amadeus Mozart en primera línea del repertorio. Las dulces, románticas y armoniosas  notas de su "Kleine Nachtmusik" continúan alegrando mis oídos. Desde entonces el maestro de Salzburg   ocupa lugar preeminente en la nómina de compositores universales.

domingo, 15 de abril de 2012

D O S V I Ñ A S “ B A N D E R A “

“ ... aún estás a tiempo de olvidarte del viñedo. Un viñedo es como una tumba, no volverás a abandonar jamás la tierra.” (Un viñedo en la Toscana)

Racimo de malvasía
La Viña, o más en concreto “LAS VIÑAS” porque fueron dos, han sido siempre fieles y queridas compañeras, a lo largo y ancho de mi duro caminar por los terruños de la vida. Incluso cuando nos separaban las distantes estancias en Alemania y Algorta y continúan alejándonos, en menor escala, Majadahonda y Madrid, la ausencia y nostalgia de las incomparables verdejo y moscatel, acrecientan mi cariño y ansias de acercamiento. Aunque suene a paradoja, y en demérito propio, debo confesar que el VINO, objetivo último de la viña, tan codiciado y ensalzado a lo largo de la historia de la humanidad, no despierta en mí tanta seducción como una cepa de malvasía o de jerez, cargada de dorados y tentadores racimos. Pero, antes de disfrutar de la poesía y encantos de una viña en otoño invitando a la vendimia, aclaremos el simbólico significado de nuestro Título.

No se trata aquí, simplemente, de la Viña de la Bandera, nuestra actual viña, heredada de los abuelitos Visitación y Clemente, partida por gracia en dos: la de la Caseta o la de Abajo, y la del Camino o de Arriba. Ésta ocupará la segunda parte de esta historia. Por cortesía, no por importancia, porque ésta es la nuestra, la que pervive y continúa alimentando nuestras ilusiones, reclamando nuestras atenciones y exigiendo vitalicio aprendizaje de las labores de viticultura a jóvenes y mayores: podas, escarbes, injertado, sulfatados, vendimias y enología.

En primer lugar presentaré La Viña “bandera“, la Viña de Zarapicos del Herrero de Carrascal , la viña de mi infancia y adolescencia, la de gran parte de mi primera juventud, ¡la Viña de las Viñas!

Para los afortunados conocedores del término de Palacios- Santiz una ayuda comparativa : imaginémonos un inmenso viñedo extendiéndose desde las primeras solanas de Santiz hasta las últimas del Carbajo en Palacios. Pues así de descomunales eran las Viñas de Zarapicos. Poblado de viñedos, la envidia de los pueblos de la comarca. ¡Tristeza me produce el describirlo! Ni una sola cepa queda en los numerosos tesos, vaguadas, laderas y plantíos, en otro tiempo verdadero paraíso para la vista. Un horrendo espectáculo de placas solares –a las que irónicamente llaman “huertos”, orgullo de políticos y especuladores de renovables, ha suplantado al espléndido verdor de la campiña de las vides. Perdón por tan largo inciso. Volviendo a nuestro tema, cada vecino de Zarapicos tenía su pedacito de viña. Los Sexmeros, los de la Casa Grande poseían, hectáreas y más hectáreas y una bodega de piedra de cantería, de dos pisos, con arroyo subterráneo, toneles gigantes de millares de litros y unas instalaciones dignas de museo enológico. Hoy día todo ha desaparecido: ni familia, ni Casa Grande, ni viñedo, ni bodega.

También ha desaparecido la viña del herrero. La que entre todas destacaba en la raya de San Pedro. La que fue orgullo de su dueño y de sus hijos. Pasión y predilección de su artífice, el tío Saturnino, hermanastro de la abuela “Meregilda”, maestro y secretario perpetuo del pueblo.

Papel tan significativo ocupó esta viña en nuestras vidas que, desde niño aprendí a convivir con ella, a quererla y a conocerla. Por el color de las hojas y configuración de la cepa distinguía, incluso a distancia, la uva blanca de la tinta, la verdeja de la malvasía o la garnacha de la tinta Madrid, por poner unos ejemplos. Desde mediados de agosto hasta San Miguel de las vendimias (29 de septiembre) mi oficio diario consistía en ir a “cuidar” la viña y a espantar las bandadas arrasadoras de los invasores estorninos. Cometido que cumplía animoso y valentón, a las mil maravillas.

El caminar mañanero, un kilómetro hasta El Tejar de San Pedro - borrado íntegramente hoy día del mapa - y otro más hasta la propia viña, atravesando y atajando linderos y sembrados, correteando y canturreando gran parte del recorrido, era una aventura de protagonistas de los cuentos de los hermanos Grimm. Un premio su disfrute. De jovenzuelo, ya estudiante, no faltaba un libro en el “fardel” de la merienda. Me ruboriza confesarlo en estos tiempos de crisis románticas, pero desde que Palmira se incorporó al mundo de mis sueños, casi siempre era Bécquer el poeta de compañía y muchas de sus Rimas pasaron a ocupar para siempre un rinconcito en el archivo de mi memoria.

Asentado ya en mis dominios no voy a perder el tiempo en descripciones topográficas: ubicación, orientación, plantación etc. Solamente debo decir que destacaba en el término por la variedad y calidad de sus cepas, por el celo con que fue proyectada y el mimo con que fue plantada. ”Línios” (filas) enteros de la misma variedad, alternándose las distintas clases de vidueños, con tal orden y armonía, que en el otoño, por la vendimia, era un regalo para el espectador contemplar aquel mar de sarmientos y la policromía de aquella fronda bermeja, amarillenta, verde y cobriza.

Las uvas de Zarapicos gozaban de gran prestigio en la comarca. Hasta Florida de Liébana y el Pino de Tormes llegaba la fama de las uvas del Herrero de Carrascal. No sin fundamento, porque todos los años, a finales de septiembre, eran esperados por aquellos lares dos jovenzuelos con dos acémilas con grandes aguaderas y cestos de mimbre cargados de selectas uvas de mesa. ¡Hasta 100 kilos de mercancía trasportaban a veces nuestra pareja de borriquillas, aventura anual, fascinante y ensoñadora. Mi hermano Luciano hacía de jefe, de pesador y cobrador. Yo me sentía importantísimo conduciendo la reata y haciendo de pregonero y propagandista de las más ricas uvas de la comarca.

El festejo comenzaba la víspera. Había que cortar las uvas: malvasía, verdejo y albillo, salpicadas de alguna negra. Emprendíamos la marcha al día siguiente antes de la salida del sol. La primera etapa acababa en Zaratán, finca en la que sufríamos el primer descalabro ya que rara vez se dignaban estrenar nuestras ilusiones de venta. Sin embargo aminoraban la desilusión unos altísimos pinos piñoneros - tan altos como los de nuestra Colina- cargados de seductoras y enormes piñas. A pedradas, y a duras penas, conseguíamos conquistar una escasa media docena. Hasta que alertados los perrazos guardianes, teníamos que interrumpir nuestro divertimento tomando veloces las de Villadiego.

Duro, pero divertido, era también el comercio y contacto con una clientela femenina, regateando céntimos y gramos en uno o dos kilos de compra. Pero el corazón reventaba de gozo cuando alguna generosa clienta aligeraba nuestra carga con la compra de cuatro o seis kilos de mercancía.

Canturreando, felices y alborozados, regresábamos por El Pino, donde rebañábamos los restos de las aguaderas. Cabalgando en nuestros rocinos, aligerada la carga y aligerando el paso, retornábamos victoriosos con el sol despidiéndose entre arreboles de cirros y encinares.

La vida es un haz de pequeñas cosas. En ese haz de pequeñas realidades memorables se esconde la segunda – ahora única y propia – Viña de nuestra historia. No es una “viña bandera” como la de Zarapicos, es La Viña de La Bandera de Palacios; escenario de innumerables excursiones, vendimias, paseos en bici y en coche, trabajos y sudores. Pero también de buenos cocidos y meriendas al borde de la primera y primitiva “pistina”(1) y de la inmortal, remozada y siempre mimada, centenaria caseta.

Viña de la caseta
La Viña de la Bandera es una viña de cepas seculares que alternan con injertos de plantaciones posteriores que, si mis cálculos no fallan, han asistido al discurrir de cinco generaciones: el abuelito Clemente la heredó, ya cuajada en años, de su padre Rafael, Palmira la heredó de sus padres, Clemente y María, y nuestras hijas y nietos/as, continuarán disfru- tando de tan preciada herencia.

Mas, debo hacer constar que cualquier parecido de La Bandera actual, con la de hace medio siglo, es mera coincidencia. La viña era una parte importante de La Bandera de entonces, pero insignificante en aquel hermoso vergel: conjunto con huerta, frutales, noria de riego, charca, pilón de riego y poza a la par.

Para mi sensibilidad y amor por el campo, una vez integrado en la familia Herrero, la Huerta ocupaba un lugar preferente. Cuidada con esmero y celo diario por el abuelito, los geométricos y bien armonizados canteros de verduras y legumbres competían en belleza y verdor con la espigada panorámica del viñedo. Pero no desaparecerán jamás de mi memoria el gigantesco nogal de la charca, un hermoso cerezo, un manzano y dos preciados perales de Don Guindo – que siempre me recordaban uno sin igual del tío Emilio de Zarapicos – escoltando la viña de abajo, unos ciruelos de exquisitas prunas pequeñitas amarillas, y un enorme manzano de manzanas del Ofertorio, el último superviviente de la dinastía, junto al pilón .

Palmira conserva en su memoria, con dulce nostalgia, los años de esplendor de “La Bandera”. De aquellos tiempos y lugares tan lejanos, recuerda el atractivo especial de la multitudinaria y alegre vendimia en otoño, y de la arada en primavera, hito solemne en la monotonía diaria de la vida de aldea. De Añover y Palacios, alternándose cada año llegaban las yuntas de bueyes y vacas con sus arados romanos, orgullosos de contribuir, de manera altruista, al labrado de la viña del Secretario, en aquel entonces, auténtica viña “bandera”. El trabajo concluía con una comida de fiesta en el pueblo.

Pero, “los años no perdonan” como sentencia el dicho popular. La Huerta y los Frutales han desaparecido. La Viña ha ido envejeciendo y deteriorándose. Sobre todo a raíz de un fortuito incendio a finales de los años 50.

Pero del pasado envejecido queda la belleza invisible de la ilusión y la esperanza. Y del entusiasmo como bandera ha surgido el sistema moderno alternativo de riego, utilizando el agua del pozo de la caseta y de la charca. Contentos y convencidos de que escarbando, podando, azufrando y vendimiando con el corazón, siguiendo el lema del refranero:


Escarba a su tiempo, poda en su día, azufra por San Juan,
vendimia por San Miguel y en vez de cinco recogeras diez.


Nuestra Viña continuará, al menos, siendo “bandera” de ilusiones, alegrías y bonitos recuerdos.

(1) Nombre que Antje y Emma, con tres y cuatro años daban a la “piscina

martes, 27 de marzo de 2012

E S T U D I O S V: Licenciatura en Modernas (cont.)

Los tres años de Especialidad discurrieron menos irregulares y anómalos que los Comunes. La universidad de Salamanca, a la par que la Complutense, inauguraba la especialidad de Modernas, obra del rector Tovar y del catedrático madrileño Emilio Lorenzo, a quien tanto agradecimiento y afecto debo. Figura clave en nuestro traslado a Madrid y a quien rendiré espacio merecido en el capítulo de “Oposiciones”. 

Las innovaciones, al principio siempre se pagan caras. Las”Modernas” salmantinas (Filologías en lenguas modernas : alemán, francés e inglés) iniciaban su singladura con escasez de aulas y profesorado, y sin apenas alumnado. Dos fueron nuestros únicos profesores de especialidad: un misterioso lector que llevaba años en Salamanca - sin conocimientos ni entusiasmo pedagógicos- y de quien las malas lenguas rumoreaban que pudo tener vinculaciones con Herr Hitler, y un catedrático alemán - muchacha para todo- quien no comprendía como pudo meterse en tal embolado. Tenía que responsabilizarse de todas las asignaturas siendo su especialidad la Nordística (lenguas escandinavas, islandés, germánico y gótico incluidos). Era el arquetipo de un “Juncker” prusiano decimonónico. Su nombre lo delataba: Wolff Wolff Rottkay. Sin embargo de prusiano solo tenía sus andares marciales. Era una persona supereducadísima, atento y afable. Luchador intrépido contra la adversidad.

Iniciamos la especialidad de alemán ¡tres incautos parvulitos!: Feliciano Pérez Varas- compañero de fatigas muy conocido, telefónicamente, de mi familia, una infeliz madrileña que se perdió por Salamanca, y un humilde servidor de ustedes.

A principios de quinto, el ultimo curso, el rector Tovar, eminente político, indoeuropeista relevante y germanófilo, me ofreció un trabajo en Alemania para “perfeccionar” mi alemán: ¡corrector de español del Manual de la AEG en Frankfurt! Acepté gustosísimo, sin poderme imaginar que esta ciudad alemana iba a convertirse en hito y monumento histórico en mi vida. El entusiasmo obcecó mi mente, y no se me ocurrió pensar que, una vez más, otro curso iba a ser otro borrón oscuro en mi irregular carrera, falta siempre de orientación pedagógica y planificación académica.

Mis progresos en alemán debieron ser, no obstante, satisfactorios, pues fueron suficientes para finalizar, con más pena que gloria, la Licenciatura en Filología Moderna-¡Alemán e Inglés! Después de medio siglo,todavía hoy me ruborizo al transcribir esta información. ¡Examen de Licenciatura!

¡Hasta el rabo todo es toro y faltaba el rabo por desollar!: Para poder acceder al Doctorado se exigía antaño un examen global de Licenciatura. Un examen oral de la mayoría de las asignaturas de la carrera. ¡Qué disparatado desaguisado! En un septiembre inmemorial, sin tregua ni pausa y exigua preparación, víctima propiciatoria, sobrellevé el trago más amargo de mi vida. Una vez más la literatura- esta vez la portuguesa- me sirvió de tabla de salvación: Eça de Queiros, el novelista más representativo, creador de la novela moderna portuguesa, me sirvió de manita redentora. ¡Un sobresaliente me redimió del vergonzoso suspenso en historia del arte! Aunque a duras penas, y dejando los pelos en la gatera, la dadivosa Anaya me dejaba una puerta abierta para futuras revanchas profesionales. Al fin de cuentas la Licenciatura en Modernas fue la consumación de un sueño con abundantes pesadillas y quizás con más sombras que luces. Pero el saberse dueño de un título universitario en una rama innovadora, en aquellos tiempos de sequía cultural y académica, era como poner una pica en Flandes: la anchurosa ventana hacia la docencia, horizontes de claros amaneceres y amplitud de perspectivas prometedoras, acrecentaba renacidas ilusiones.

El delegado
Puestos, generosamente, a colorear tenuemente el paisaje estudiantil de aquellos cinco años nostálgicos y trascendentales, nuevas luces aparecieron al borde de mi camino. Aprendí a superar complejos y vencer timideces. Ascendí hasta delegado de curso y ¡Delegado de Facultad! (v. foto adjunta) viendo premiada mi función con un placentero viaje a Madrid con otros dos compañeros de Ciencias y Derecho en un aniversario del angustioso? día del dolor. Segundo viaje al Madrid que nunca había soñado.

¡Y quién me lo iba a decir!, me encaramé hasta la presidencia y dirección del equipo de futbol de la Facultad, evento insólito en el universo de las letras. Inesperada e impensada final de distrito salmantino en los Juegos Universitarios del SEU contra el campeón equipo de Derecho. Acontecimiento deportivo que tuvo lugar en el Calvario- histórico campo de la UDS- en soleada y plácida tarde de primavera charra. Aunque el resultado nos fue adverso, un honroso1-0, nuestra fue virtualmente la victoria socio-deportiva: un exitazo de público exclusiva de nuestras atractivas fans femeninas de Anaya, culpables de la nutrida nube de mariposos de otras facultades que abarrotaron las gradas del estadio. Y obra nuestra fue también la apoteosis final. Las dos “mises” del curso- dos vascas de pasarela,  portadoras del ramo de flores a vencedores y vencidos fueron la atracción del festejo futbolístico. 

Otras anécdotas y aventurillas mas podría relatar como un viaje del “Equipo” a Ciudad Rodrigo fruto del crack mirobrigense, el entrañable Mariano Anaya, pero dejemos lo lúdico y ciñámonos a lo estrictamente académico y humano. Sería injusto callar días y silenciar recuerdos memorables de mi paso por la Universidad. Al integrarme plenamente en el ámbito urbano y universitario surgieron nuevas y valiosísimas amistades.

El lema de la universidad salmantina “salmantica docet” no resultó baldío del todo en mi caso concreto. Algunos profesores y compañeros me enseñaron y ayudaron a configurar mi existencia, a elegir mi paisaje y mis amistades. Como preludio al capítulo que dedicaré a MIS AMIGOS, anticipo aquí algunos nombres, símbolo de amistad sincera y verdadera y portadores de valores que aprendí a hacer míos: El Onkel Pepe y la Tante Lola en la vanguardia, Mariano Anaya, Feliciano Pérez Varas, Andrés Fuentes, el Padre Jose Maria.Patino, compañeros y amigos de por vida. De los profesores, especial mención merece el siguiente trío: D. César Real de la Riva (director de la tesis doctoral), D. Fernando Lázaro Carreter (no precisa presentación) y D. Martín Ruipérez, mencionado más arriba. También D. Manuel García Blanco, por su personalidad cordial y humana - pasos que intenté seguir llegado el momento- merece figurar en esta orla. Sin la ayuda, ejemplo y aprecio de todos ellos sobraría el proyectado capítulo Estudios de Doctorado. Y de “last but not least” la entrañable Dª Julia, secretaria de la Facultad, siempre dispuesta a aconsejar, facilitar papeleos y resolver problemas burocráticos. Constantemente cariñosa, afectuosa y enorgullecida al recibir, ya abuelita, la visita de antiguos y lejanos alumnos en el extranjero.

jueves, 22 de marzo de 2012

E S T U D I O S IV: Licenciatura en “Modernas” para andar por casa

“La vida sólo se entiende hacia atrás”

Con los títulos de Magisterio y Bachiller Superior en mi mochila podía empezar a convertir en realidad el sueño, durante años acallado y secreto: matricularme en la universidad. Pero, antes de enamorarme de “ANAYA”, quizás a algún lector curiosón se le ocurra preguntar: ¿a qué se debió o cuál fue el motivo o motivación principal que me arrastró a estudiar en la Universidad?

Palacio de Anaya (Salamanca) 
"Antigua Facultad de Letras y Ciencias"
Con 22 años y una novia – podré notificarlo ahora, después de tantos años y sin sonrojarme - la“guapa” de Palacios y entorno ledesmino, había situaciones y alusiones que lastimaban mi amor propio juvenil. Todavía erosionan mi torpe oído senil los burlones ademanes como: “¡Hola maestrillo!, “Ahí viene el maestrillo”, entre otras socarronerías despectivas. Retintineo y altivez manifiesta por parte de estudiantillos y ricachuelos presuntuosos de tres al cuarto, que alardeaban de dinero y superioridad por estudiar medicina, derecho o veterinaria, carreras superiores, más lucrativas y pragmáticas, codiciadas por la neo-burguesía de entonces. Esa manifiesta prepotencia fue provocando en mi complejo de inferioridad una reacción de autoestima y superación (aunque me costó vencer la obsesiva preocupación de ser carga económica para mi padre y hermano).


Además de a mi novia- ella habría estudiado gustosa Ciencias en la universidad - fueron tres las personas a quienes debo el impulso y empujón definitivos. Las tres relacionadas con Vegas de Matute y con mi primera, soñada y ensoñadora escuela oficial, en este pueblecito segoviano escondido entre el Caloco y las primeras estribaciones de la Mujer Muerta. A la cabeza de este singular trío, Francisco Brandli y su esposa Mercedes Matesanz. Don Paco, el médico del pueblo, madrileño de padres suizos, profesional integuérrimo, culto, leído y de mente universal, educado y correcto, de exquisitos modales tradicionales - ¡siempre me trató de usted! - fue el animador y promotor principal en mi decisión de estudiar Letras, carrera minusvalorada en tiempos de crisis económica de postguerras. Tanto él como su mujer, también maestra, “amigos de sus amigos”, fueron mis mentores y consejeros. Me acogieron como hermano pequeño y en todo momento me sirvieron de ayuda y acicate. Ellos fueron quienes definitivamente me convencieron de que valía para algo más que “maestrillo de pueblo”. En las largas veladas invernales, al amor de la camilla de su casa, íbamos entretejiendo ensueños y planes de estudios con los temas preferidos de tertulia: el arte, la literatura, la filosofía, la teología, la historia, la política - sin olvidar el fútbol, pues como buen madrileño, su corazoncito latía madridista.

Encomiable e inestimable fue también la participación del Inspector provincial de primera Enseñanza de Segovia, en su visita protocolaria a las escuelas de Vegas. Admirado del espíritu reinante en mi escuela, su informe protocolario en mi Hoja de Servicios fue un elogio desproporcionado. No olvidaré jamás su amigable consejo de despedida - palabras para enmarcar - antes de subir en Guijasalbas (topónimo que sigue enamorándome) al coche de línea que le devolvería a Segovia: “No pierda usted más tiempo en un pueblo de mala muerte. Siga usted estudiando para no fosilizarse.”

Después de algunos años vi, alborozado y todavía agradecido, su nombre, como escritor, en la prensa nacional. Supe entonces que Manrique era mucho más que el rutinario funcionario de turno.

Como obras son amores, dicho y hecho. Al estar vigente en la normativa académica de aquel entonces la posibilidad de matricularse de libre,” matrícula no oficial” que te eximía de asistencia a clase, finalizadas las vacaciones estivales y antes de reincorporarme a mi escuela segoviana, me matriculé de “1º de Comunes libre” en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad salmantina.

Según plan decimonónico - los estudios de Letras se dividían en dos ciclos: dos años de Comunes y tres de Especialidad. El primer curso, sin profesor, libros y apuntes, me resultó coser y cantar, gracias a la herencia almacenada del seminario y la inestimable ayuda, antes mencionada de mis amigos de Vegas. Los exámenes para libres tenían lugar una vez finalizados los oficiales. Exámenes atropellados y descabellados. ¡Todas las asignaturas en un par de días! Como las asignaturas troncales eran en primero de Comunes las tradicionales Latín, Griego, Literatura y Lengua españolas, entre otras, superé el primer asalto sin dificultad alguna.
El 2º Curso, al matricularme de oficial y abandondar Segovia, se presentaba más despejado y esperanzador, aunque su duración no pasó del primer cuatrimestre, como revelaré más adelante. En el programa figuraban asignaturas en las que el autodidactismo era insuficiente: Historia del Arte, Historia de España, Geografía, Fonética y Fonología, entre las principales. De ésta última conservo, como único patrimonio y oro en paño, el libro de texto: Manual de Pronunciación española de Navarro Tomás. El ejercicio práctico de transcripción fonética fue una verdadera pesadilla.

Cuando más lo necesitaba económicamente, la fortuna se convirtió en mi aliada. La Universidad de Salamanca convocaba dos becas por oposición para Estudios de Filosofía y Letras. Ni corto ni perezoso, me presenté al obligatorio examen escrito. La suerte me sonrió al anunciar el tema de redacción: ” La épica grecolatina”. Casualmente en las últimas vacaciones de verano la Odisea y la Eneida – Homero y Virgilio- habían sido mis compañeros de lectura. El presidente del jurado, D. Martín Ruipérez me felicitó, cordial y cercano, al comunicarme el resultado positivo de la prueba. ¡Felicidad y orgullo me acercaban mensualmente al Rectorado a cobrar las 400 pesetillas de la beca! Con Ruipérez se iniciaba un contacto y una amistad que perduraría toda una vida profesional. Además de presidente del tribunal de mi tesis doctoral en Salamanca, presidió mi oposición a la plaza de Filología alemana de la Complutense, donde coincidimos posteriormente como compañeros.

Muchos años después, me tocó formar parte del Tribunal de una plaza de Profesor de Filología alemana de la UNED madrileña a la que opositaba un hijo de Ruipérez. Por fortuna, y para tranquilizar mi conciencia, Germán –éste era su nombre- no tuvo rivales y obtuvo la plaza por unanimidad.

Retornando a mis estudios, dada la excesiva prolongación del noviazgo y la avanzada edad del estudiante, para ir ganando tiempo al tiempo, solicité como maestro cumplir los seis meses de prácticas obligatorias como Alférez de Complemento. El 1 de marzo de 1952, cuando en Plasencia florecían ya las mimosas - perfume y flor hasta entonces desconocidos - me trasladé a la acogedora ciudad del Jerte para cumplir mis deberes patrios, pero entre junio y septiembre logré la heroicidad de acabar con los Comunes.

Pero no fue orégano todo el monte. Tropecé en Geografía, una de de mis favoritas, teniendo que negociar el aprobado con el Prof. Maluquer de Motes, prestigioso arqueólogo catalán, presentando, a posteriori, un trabajo sobre “El Rio Jerte”. Río extremeño que desde entonces, además de por sus cerezas, pasaría a ocupar lugar preeminente en mis intereses geográfico - turísticos - por el aprobado y por mi Alferezazgo.
(continuará)

sábado, 10 de marzo de 2012

PERSONAS Y PERSONAJES QUE CONFIGURARON MI EXISTENCIA

El abuelito Benjamín
FAMILIARES

La figura del padre: Benjamín González Hernández, el patriarca de los benjamines

Sobrino que apadrinaba, ahijado al que le endosaba su bíblico y poético nombre: Benjamín Díez, el hijo pequeño de su hermana María en Zarapicos, Benjamín Pedraz también el pequeño de su hermana Isidra en Salamanca, y el hijo de su segundo matrimonio se llamaría también Benjamín, si no hubiera muerto prematuramente a los dos meses de nacer. Y a fe que transmitió a sus dos ahijados en las aguas bautismales, algunos de sus atributos característicos: sonrisa bonachona, actitud próxima, expresión tranquilizadora, natural agradable y atractivo, silencioso, reservado y afable.

En las biografías de hombres o mujeres célebres es norma que la madre se lleve la palma a la hora de transmisión genético-positiva: la madre es la que cuida, anima, dirige, estimula. El padre suele ser el ejemplo a seguir principalmente en el terreno profesional. En mi época de adolescente el hijo del médico estudiaría medicina, el del abogado, derecho, el del maestro magisterio, etc. En mi caso, al carecer de madre prematuramente, mi padre tuviera que haber cargado con la duplicidad de roles, pero no fue así. La explicación lógica sería que ambos, mi padre y yo, vivíamos en mundos diferentes y en galaxias contrapuestas. Él en su herrería,  herencia para mi hermano mayor, y yo viviendo en una esfera en la que mi padre era  profano total. Él viviendo en su limitado horizonte de campanario, entregado en cuerpo y alma a su trabajo y a sus tres hijos huérfanos, volando a ras de suelo como golondrina callejera, yo en vuelo de altura como ave migratoria, peregrino en alas de la fantasía infantil y juvenil, idealista y soñador.


Mi padre, de físico agraciado, más bien delgado, con tendencia perdida a rubio, de ojos azules, transmitió sus virtudes físicas a mi hermano Luciano, el guaperas de la mocedad de aquellos pueblos. Yo sin embargo, heredé  la línea materna: más pequeñajo y regordete.

No le recuerdo jamás una palabra fuera de tono, más alta o disonante. Ni pendencia o reyerta  profesional. Ni en el trabajo – en las fraguas – ni en la calle – vida social -, ni en la cocina, el salón familiar. Sin embargo, en herencia me otorgó rasgos caracterológicos de los que le estoy muy agradecido. A mí me bastó con el patrimonio de su idiosincrasia y su comportamiento. Los envites de la vida – pérdida de dos esposas y dos hijos en escasos años – le convertirían en introvertido, más reservado y menos hablador. Humilde, nada exigente y generoso, trabajador infatigable. El primero que se levantaba en el pueblo en las épocas de arada para ir a labrar[1] a San Pedro, y el último que finalizaba el trabajo por la noche en Carrascal, en período de rejas.
Inteligente era, en aquellos tiempos, sinónimo de saber leer y escribir bien y dominar las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Estas facetas las realizaba también a la perfección. Yo disfrutaba de pequeño revisando sus Libros de cuentas que llevaba – con agradable caligrafía inglesa – a las mil maravillas.
Aunque suene a cuentos de Maricastaña, hay que saber que en aquellos tiempos, el dinero contante y sonante era en el campo privilegio de escasísimos afortunados, grandes ganaderos y terratenientes. Pagar al contado era como pedir peras al olmo. La mayoría liquidaba a finales de verano, o por ferias, cuando el jornalero cobraba y los labradores vendían el ganado o parte de la cosecha. En el debe del libro de cuentas figuraba el nombre y la naturaleza del débito: x debe 10 herraduras y 20 aguces de rejas, z herraje de cinco vacas, etc., etc.

En suma: como todos los padres son el ídolo de los hijos hasta la llegada de la pubertad, el hijo pequeño del herrero de Carrascal estaba orgulloso de su padre, porque, además de apuesto, era para él:
En la fragua (Ilustr. de Irirbú, 2012)
El mejor herrero y herrador de la comarca (sabía de memoria la medida de las herraduras de todas las mulas y caballos que venían a Carrascal desde varias leguas a la redonda). El melódico retintineo de su martillo sobre el yunque, que él solía llamar "bigornia" (término que como filólogo me enloquece), continúa nítido en mis oídos.

El mejor cazador (hasta 13 torcaces mató un día de un tiro, y no había liebre o perdiz que se le escapase).

El mejor hortelano (su huerta de Santibáñez o el Valporquero de Zarapicos era un pequeño vergel para su hijo).

El mejor jugador de calva (en los encuentros de la Raya de los tres pueblos, casi todos los años figuraba entre los vencedores).
El mejor jugador de cartas. En este apartado tengo que ser más explícito y demostrar mi admiración con hechos:
Todos los domingos y días festivos del año repetía el mismo memorable ritual. Me basta cerrar los ojos, para recordar viviente aquella estampa familiar.
Después de comer, se afeitaba, acto ceremonioso que yo contemplaba ensimismado. Admirado al ver que no se cortaba con aquella navaja de barbero que estremecía sólo el contemplarla. Estupefacto, observaba  feliz los gestos y hábiles manipulaciones para evitar la sangre en  alguna de las verruguitas que salpicaban su rostro.

Bien acicalado – peinados a raya sus escasos y ralos cabellos – con el traje dominguero y su nueva bilbaína festiva, se dirigía a San Pedro a jugarse las perras al "subastao" (juego de cartas prohibido por la autoridad competente). Sus contrincantes eran sus amigos: el médico, don Claudio González (solterón con cuartos), el señor alcalde y no recuerdo el nombre de los demás jugadores. 

Mi padre era un lince a la hora de apostar y un excelente psicólogo que conocía al dedillo las habilidades de sus adversarios. No recuerdo anochecer alguno en que volviese perdedor. Feliz y exultante nos informaba del resultado del lance…”hoy he ganado diez duros”. Cincuenta pesetas que en aquel entonces era aproximadamente el jornal mensual de un pobre obrero del pueblo. (En este apartado debo confesar que fue nula su herencia.¡Las cartas se me caen de las manos!).

Mi admiración filial me impedía ver que “en el país de los ciegos el tuerto es rey”. Pero para los ojos de un niño, los padres son siempre el ídolo y el modelo a seguir.

¡Pero no era oro cuanto relucía! Era un fumador empedernido. Superaba a cualquier carretero. Eso sí, liaba los cigarrillos de “picadura” con una maestría insuperable. Y en este terreno cabe apuntar un borrón en tan brillante curriculum, una sombra en mis memorias de la infancia.

Alguna de las noches del frío, riguroso y tenebroso invierno castellano cuando regresaba de la fragua para la cena, se acordaba de que no tenía tabaco y mandaba al más pequeño a comprarlo al estanco de la tía Casera.

Todavía no había llegado la luz eléctrica a Carrascal. Y los escasos doscientos metros que había que recorrer, bordeando el oscuro callejón del campanario, y sufriendo los aullidos de los perros callejeros, eran trago agonizante de pánico y pavor para el pobre rapazuelo. Me imaginaba un ladrón en cada bocacalle, un hombre embozado en una manta en la esquina del campanario, y un “hombre del saco” escondido en el portalillo de la iglesia. A tal grado ascendía a veces mi malgenio, que la escena concluía yéndome a la  cama sin cenar.

Los últimos años de mi padre tampoco fueron una alfombra de rosas. Cuando los abuelos de Zarapicos, sus padres, no podían valerse por sí mismos, se los trajo a Carrascal, donde muy pronto murió el abuelo Cipriano, después de una grave operación (primera muerte de la que guardo plena conciencia). Casada mi hermana Aurora, se fue ésta a vivir a Salamanca y el cuidado de la casa quedó a cargo de la viejecita “Meregilda”, quien acabó sus días en Salamanca en casa de su hija Isidra, donde murió muy cercana a los cien años.

Al casarse poco después mi hermano Luciano, mi padre le dejó en herencia casa y fragua de Carrascal y San Pedro y nosotros dos nos trasladamos a Zarapicos a la casa de los abuelos, donde él continuó unos años trabajando y añorando al Carrascal de sus sueños y de su largo y duro bregar.

En Zarapicos rehizo su vida y la huerta del Valporquero, más grande y hermosa que la de Santibáñez, con una noria de piedra de cantería con cristalinas y abundantes aguas, un ciruelo frondoso y tres alcornoques gigantes se convirtieron en el centro de su ilusionante renacer.

Sin embargo, la soledad fue paulatinamente estrechando su cerco. Yo acabé también por alzar el vuelo, reduciendo cada vez mas mis vacaciones y mi compañía. Una criada, una señora mayor, la señora Manuela de Añover, fue su fiel servidora durante los últimos años. Ambos ya indefensos, se trasladó a Salamanca, a casa de mi hermana Aurora, al cuidadoso celo de su hija y su yerno Delfín, para quien siempre fue como su propio padre, y al calor, alegrías, risas y cariños de sus nietas Adela, Luci y Conchita y su nietecito Jose. Siempre añorando el verano y la llegada del hijo pequeño y su mujer Palmira, residentes en Alemania, y sus dos nietitas, Antje y Emma. Nuestro regalo veraniego habitualmente era una caja grande de puritos alemanes, delicia para el gran fumador, uno para cada domingo del año. Ceremonia que cumplía a rajatabla, pues cuando murió comprobamos con qué meticulosidad había ido distribuyendo y fumando el purito dominical.

Una noche del agosto de 1960, el recuerdo se mantiene transparente, a medianoche sonó el teléfono en Palacios en casa de los padres de Palmira: “venid rápidos, padre está muy grave”. La sospecha de la tragedia se cumplió. Una feísima luna menguante por la planicie de Torresmenudas presagiaba el fatal desenlace. En nuestra conciencia el recuerdo tranquilizador de que todo ocurrió en el momento más oportuno. Además de acaecer su separación durante nuestras vacaciones en España, un par de días antes la familia de mi hermana y la nuestra habíamos disfrutado de su compañía en la tradicional excursión veraniega; ese año a la sierra salmantina a las hoces del Alagón, frontera con Extremadura.

Descansa en el rincón último del cementerio salmantino, a la sombra de un ciprés, en la misma tumba que su madre, su hermana Isidra, su cuñado Valentín y su sobrino Liborio, hermano de los primos Benjamín y Antonio, quien murió a los 19 años, víctima de la tuberculosis, enfermedad de postguerra. Si tristes fueron los prolegómenos del velatorio, el funeral y el entierro, más dolorosa fue la despedida de la familia y el retorno a Alemania. Caía para siempre el telón que cerraba irremediablemente una etapa importantísima de mi vida. Al volante del VW, sentía  el dolor de una pérdida irreparable de una enfermedad total. Ya nadie nos esperaría en Carrascal, en Zarapicos, ni en Salamanca, con la ilusión y el cariño inigualable del padre. Con él se fueron la fragua, la viña, el Valporquero, el río, Santibáñez, las campanas, los pájaros y tantos y tantos valores de inigualable patrimonio.


Para siempre continúa en el recuerdo aquella luna deforme y repulsiva, amarillenta y vaticinadora de la muerte que llegó.


[1] En este contexto, aguzar o preparar las rejas del arado romano.