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domingo, 28 de noviembre de 2021

Romanza a la Vid y a la Viña


Sueño otoñal de un enamorado de las Uvas

“Somos el paisaje de nuestra infancia” (A. Teiner)
“Quien sabe apreciar la belleza del jardín, tiene aún más mérito que el jardinero”.

La viña exuberante
Tanto la sentencia primera como el proverbio siguiente encajan cual anillo al dedo de este vendimiador, viñador o “viñadero”, -¡triplemente jubilado! pero todavía activo - recopilador de refranes, dichos, sentencias y proverbios. Sirvan ambos de filosofía práctica y de orgullo a las herederas de la Viña de la Bandera, a su vez apreciadoras de la belleza de la jardinería. Y a la par, ejemplo y lección de vendimiadoras de este simplón 2021. ¡Tan pobre en frutos, como rico y exuberante en follaje y presencia, según testimonia la foto.

También recomendables a dueñas y vendimiadores/as de todo gremio y procedencia, sirvan los dos siguientes consejos dictados expresamente para La Bandera:

Si la viña quieres ver moza, pódala corta.
Poda corta tu viña y siempre será niña.

Viña recién podada
Transcurridos años y lustros, incluso décadas, liberado este bloguero - viñador y viticultor - de los trabajos de poda y escarba, arado y sulfatado, etc., etc., el pasado verano disfrutó cual enano de la panorámica de nuestra Bandera - convertida en tierna “niña” y dulce y garrida “moza” - a raíz de la poda drástica - ¡”a melón”! - por nuestro amigo Jorge y familia. Técnica obligatoria impuesta por el Coronavirus (véase foto de Jorge La viña recién podada) tras un año sin poda en el 2020, consecuencia del confinamiento generalizado de campo y ciudad.

Ha sido casualidad circunstancial la transformación que ha experimentado la centenaria viña de la Bandera tras estos dos años de relajación en las labores propias del viñedo y merced a las numerosas y sucesivas replantaciones anuales: sustitución de cepas semicentenarias por nuevas y novedosas variedades desconocidas en nuestra tierra: Tinta de Toro, Juan García, Verdejo blanco, moscatel “chico”, e.o.

“Mis Viñas“ - añadiendo a la Bandera del abuelito Clemente en Palacios la de mi padre Benjamín en Zarapicos - sueño de mi infancia, adolescencia y primera juventud.

N.B.: (Zarapicos, aldea prácticamente desaparecida - 48 habitantes censados, pero la mitad residentes en la capital salmantina - famoso hoy día por su campo de golf - lo fue antaño por sus uvas y sus viñedos ¡y por la singular, enorme y modernísima bodega de los Sexmeros, de dos plantas - también hoy desaparecida - levantada en una ligera hondonada, sobre un arroyuelo, regulador de la temperatura del líquido que fermentaba o envejecía en gigantescas cubas de madera, pero la ”pandemia del capitalismo” acabó con ésta y con todos los viñedos del municipio, convertido en inmenso “huerto” solar - ¡miles y miles de placas solares!-, compañeras del campo de golf, antaño encinar comunal). Perdón por tan extenso inciso.
¡Mi viñita!, la viña de mi padre Benjamín, fue viña modelo, plantada con todo mimo, pericia y esmero por el tío Saturnino (hermanastro de mi abuela paterna y de ella heredada, maestro y secretario que fue toda su vida del ayuntamiento), convertida por sus herederos, mi padre primero y mi hermano Luciano después, en recordatorio de oro: ¡nostalgia y felicidad hermanadas!

“La Naturaleza es la vida y es preciso conservarla y disfrutarla”, recomendaba su padre a mi adorado Miguel Delibes niño. “¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?”, se preguntaba a su vez mi inolvidable Neruda.

Mutatis mutandis: ¿Cuántos lustros caben en las décadas de un nonagenario afortunado, enamorado de la viña y las uvas desde la más remota infancia? Cuando, desde los diez o doce años hasta la primera juventud, cuando aprendió a volar- caminaba diariamente, todas las mañanas, campo a través canturreando y correteando, atajando y atrochando minifundios, senderos y linderos desde Carrascal a la viña de Zarapicos, rayana con otros viñedos de San Pedro del Valle, a espantar, gritando y “cencerreando”, las bandadas de tordos (estorninos), plaga frecuente en aquellos años, que solía arrasar viñas y acabar con la vendimia en escasos minutos.

¡Mi primera viña “bandera”! Inolvidable la estampa, el cariño y la simpatía del “guarda oficial” de las viñas, ”el cojo Domingo”, sentadito a cuclillas en su burrita blanca, silbando o contándome historietas graciosas del pueblo y de sus gentes.

“Existe algo que el tiempo no puede anular y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas en que uno ha sido feliz” sentenciaba Julio Cortázar. Sirva de ejemplo corroborador mi única y última visita del pasado verano a nuestra viñita de la Bandera”.La viña y las uvas han contribuido y están contribuyendo al sueño de este aficionado moralista “ morir con ilusiones en edad avanzada y a poder soñar despierto”. Solamente podrás tener paz si tú la proporcionas.

Degustación de aperitivo obligado
Memorable el último- y único-saludo “La Bandera en esta añada de 2021. Atardecía por poniente. El sol vespertino ocultándose en el cercano horizonte de viñedos vecinales se despedía con el último adiós, filtrándose entre las ramas del gigantesco chopo, herencia y testigo único de la vieja huerta del abuelito Clemente. Absoluta gozosa soledad. Plácida panorámica otoñal disfrutando en solitario sentadito en una de las sólidas piedras - asientos históricos en la plataforma de la rústica caseta, merendero familiar predilecto anual y aperitivo obligatorio, coronación de la vendimia.

Post data: Finalizo el presente capítulo en el tono proverbial con que lo empezamos, pidiendo perdón públicamente por una de mis imperdonables debilidades: La Bandera ha contribuido - una vez liberado de los trabajos de poda, escarba, arado, sulfatado, etc…, ¡y vendimia! - al sueño de vivir con ilusiones en edad avanzada, soñando despierto a la espera de la centena... liberado de pesadillas, cargas y ambiciones.

martes, 13 de abril de 2021

No hay presente sin pasado II

Carrascal, pedanía histórica sin historia escrita

Carrascal de Velambélez es pedanía histórica salmantina, relegada y olvidada durante siglos, y sin memoria escrita testimonial - resucitada y rediviva a finales del siglo XX. Su singular topónimo - ¡antropónimo bandera! - sirve de ejemplo en esta España vacía repleta de arte e ilusiones.
Sin ánimo de erudición o historicismo profesional, este fiel hijo de "humilde, humildísimo y durante siglos relegado pueblo charro”, seducido y orgulloso del topónimo de su cuna, pretende en el presente capítulo aclarar orígenes medievales de esta hoy resplandeciente aldea castellana. Desaparecida o tachada en la historia de población y repoblación del alfoz de Ledesma, aparece por primera vez en 1838 en el catastro provincial salmantino del Marqués de la Ensenada como pedanía de San Pedro del Valle.

Iglesia de Carrascal antes de la restauración, 1986

Todavía malviviría relegada y olvidada otro largo siglo hasta que, a finales del XX (1985) resucita, gracias a su monumental iglesia - no por grande sino por valioso tesoro pictórico- y a la restauración que inició una joven entusiasta alcaldesa del municipio de San Pedro del Valle durante más de 16 años, Encarna Montejo, hija de “carrascalina”, y al entusiasmo de sus vecinos e hijos del pueblo - entre los que figura, orgullosa, mi familia. 



Inauguración de la iglesia restaurada, 1995
Después de una larga década de obras y descubrimientos murales valiosísimos, fue inaugurada en l995, a cuya inauguración tuvimos el honor - y la inmensa alegría - de ser invitados Palmira y un servidor, y que fue presidida - entre otras autoridades salmantinas - por la teniente alcalde de Salamanca Gracia Sánchez, cuyo padre Sebastián, también era hijo de Carrascal, y muy estimado por este bloguero, de adolescente y jovenzuelo, y que figura también en primera línea de la foto recordatorio del acto (incluir foto del acto)(resaltado también en la prensa local “El Adelanto” del 4 de septiembre de 1995): "Rehabilitación de diez años de trabajos en los que han participado activamente todos los vecinos - y gran parte de los hijos del pueblo dispersos por la geografía hispana - quienes han dejado un templo repleto de obras de arte todas las épocas". 


Turistas en Carrascal, joya turística, 2005 
Asentados ya en el siglo XXI, tomará las riendas del municipio un joven “carrascalino o carrascaleño” ¡tanto monta! - ¡algo impensable en la política de antaño, cuando este cronista era niño y joven, y el puesto de alcalde era siempre de un vecino de San Pedro! - Alberto Torres, quien de la iglesia y del pueblo ha hecho joya turística. Y en el incomunicado, relegado y ruinoso "carrascal", ha puesto la primera piedra en este siglo XXI - que yo calificaría como el del “Renacimiento”- nuevas viviendas y chalets. Y con la pericia y entusiasmo de su tío José Torres, brotó de entre ruinas un auténtico jardín de las delicias (v. foto cap. anterior), compitiendo con la esbeltez del campanario y la torre, con mis  adoradas campanas (también históricas - siglos XVI y XVII) y su repiqueteo, sueño de mi infancia y juventud. 

Perdón por tan extensa como sentimentaloide introducción. Simplemente quería resaltar y demostrar el origen y originalidad y autenticidad del nombre de “mi” pueblo - durante siglos auténtico “carrascal” - historia del topónimo-antropónimo Carrascal de Velambélez. Debo también subrayar su singularidad y rareza. Cuando a lo largo y ancho de mi caminar por variopintos derroteros, amigos o conocidos me preguntaban por mis orígenes, al oír el nombre de "Carrascal de Velambélez" exclamaban extrañados : "¡¡Y eso dónde cae?? ¡¡Qué apodo más raro!! Y rarísimo también lo debe encontrar el corrector automático… lo subraya ya en rojo como ortográficamente incorrecto en la primera línea de este capítulo. 

El topónimo "Carrascal de Velambélez”, tan genuino como rimbombante, es  topónimo y antropónimo a la par: “carrascal” = paraje o terreno poblado de encinas pequeñas o carrascos/as - es frecuente en toda la margen izquierda del Tormes, desde Carrascal de Barregas - oeste de Salamanca - hasta la frontera portuguesa: algún ejemplo más: Carrascal de Olmillos, Carrascalino - finca próxima a Golpejas - Carrascal de Pericalvo, Carrascal del Obispo... etc. Y en el antropónimo Velambélez puede detectarse claramente su correspondencia con los nombres peculiares del linaje o dignidad de sus  fundadores, pobladores o repobladores Los Vela y sus herederos los Vélez. En el afán de éstos - condes, obispos, conquistadores o señores -  de bautizar las tierras reconquistadas a los árabes y pobladas con francos, asturianos y leoneses con sus propios nombres, el Conde Don Vela de Aragón y Navarra no solo se contentó con prestarle su nombre a la fundación de Carrascal, en la margen izquierda del Tormes, próxima a las ya existentes Jusbado y Çarapicos (fundaciones del rey leonés Don Ramiro II, Fueros de Ledesma…) - sino que hasta la engrandeció donándola a uno de sus sucesores Vélez, hijo de Vela.

La fecha que suelen dar los afamados historiadores del medievo, los eminentes investigadores salmantinos J.L. Martín, A. Llorente Maldonado y Federico Onís para la repoblación de Salamanca es 1102. Y la toponimia - el nombre de los pueblos, “asentamientos del Tormes”, avanzadilla de toda la cristiandad occidental, demuestran el interés de los monarcas Ramiro II de León y Alfonso VI de Castilla y León en donaciones de propiedades a miembros de la aristocracia (v. Fueros leoneses de Zamora, Salamanca, Ledesma, Alba de Tormes). Ejemplo elocuente Carrascal de Velambélez, donación a los Vela. Mas... dejemos hablar a la historia: “En el tiempo que reinaba el rey don Alonso en Castilla que ganó a Toledo vino un hijo bastardo del rey de Aragón que llamaron Don Vela a lo servir…”.

La familia de los Vela fue un poderoso linaje de entronque visigodo o navarro aragonés poblador del valle de Ayala, fundador también de esta casa y linaje, enterrado en un monasterio alavés, y repoblador de la zona del Tormes entre Salamanca y Ledesma y de la población general de Salamanca. E inclusive decisiva y trascendental fue su aportación a la repoblación de Salamanca: "El infante Don Vela la reedificó y pobló ya que se encontraba desolada en razón a las continuas invasiones moras. Alfonso VI ordenó a su yerno Raimundo de Borgoña e hija doña Urraca, en la cual Don Vela prestó un gran servicio…”. Y seguimos citando: "Muerto el rey (+1109) accedió al trono en 1109 su hija Doña Urraca y Don Vela continuó al servicio de la reina, como lo había hecho con su padre...". E incluso muerto Don Raimundo en +1107, “Don Vela fue quien continuó con la reconstrucción y repoblación, según se ha dicho, desde 1107 hasta 1124, posible fecha de su muerte". (Relato aparecido en "Historias de Caballeros Andantes: nuestros ancestros medievales").

 

Pero este Bloguero continúa todavía disfrutando del encanto y singularidad de muchos de los microtopónimos de su pueblo antes de la concentración parcelaria a finales del pasado siglo. En mi desmemoriada memoria continúan todavía tintineando paisajes y terruños tan melódicos e inolvidables como: Las chiviteras, Las perenalas, Las cárcabas, El Carcabón, La antanica, La cueva, Las cruces etc., etc.

martes, 10 de marzo de 2020

Una España más donde habita el recuerdo

La España vacía de mis duermevelas

Confieso que hay aficiones que ni con la edad decrecen. Un ejemplo más, el de este bloguero nonagenario, que acaba de disfrutar con la fascinante lectura/aventura de “La España vacía” de Sergio del Molino, viaje literario que suscribo y avalo con mi granito de arena y con mi optimista aportación a la ardua empresa de su reconquista y repoblación:
“La España vacía... es un frasco de las esencias. Aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha cerrado bien.”
Aunque esté herméticamente cerrado somos todavía muchos los que disfrutamos con las “esencias” memorables de un recorrido por caminos ancestrales de difícil catalogación. Continúo citando del mismo autor:
“La España vacía nunca estuvo llena. Incluso está menos vacía ahora que antes."
La España vacía es un cúmulo de enfrentamientos de muchos resentidos que inventan un pasado lleno de vida, de niños y de gente, como el de un servidor, uno más de los poquitos que quedamos, testigos-protagonistas de la historia de aquellos remotos, perdidos e incomunicados pueblecitos de la España hoy “casi vacía”, que conserva y ofrece perfumes a algunos de quienes “aún viviendo en el fango, lo hacían mirando a las estrellas” (Oscar Wilde). Los recuerdos, si yacen muy lejanos, se deforman y falsean... o idealizan. Todo depende de cómo haya sido la noche o cómo amanezca el día... siempre del color del cristal con que se miren. Otro periodista- prosista y poeta admirado, Antonio Lucas, ponía también el dedo en la llaga en una serie de reportajes en El Mundo: "Donde habita el olvido", excursiones veraniegas a pueblos “vacíos” , pueblos españoles . Pueblos de la España vacía, “que agotan su pulso o mantienen su hilo de existencia con la pleamar de unos pocos habitantes que aún resisten... y beben de las fuerzas que conserva el campo”... “Te llena el cuerpo de paz este espacio contrario a la misérrima estampa a la que se asocia la España vacía”... o la “España medieval”!

“Yo viví la Edad Media” era el título de la novela que soñaba llevar a la imprenta mi predilecto primo Benjamín, Benjamín Pedraz, nacido, escolar y estudiante en la capital del Tormes, donde, de niño y adolescente, transcurría medio año soñando el otro medio con las vacaciones escolares veraniegas que, juntos, libres y a nuestro albedrío, disfrutábamos a nuestras anchas en el pueblo de nuestros abuelos, Zarapicos, “remanso de paz, verdor y frondosidad”, según este bloguero (Triángulo amoroso). Hoy uno más de los deshabitados y vacíos. El malhadado y maldito Alzheimer truncó tristemente los sueños de mi primo y su sueño escriturario quedó en agua de borrajas, que no en mi olvido.

Quien esto escribe suele hablar - y soñar, todavía emocionado - de la infancia y adolescencia, de los paisajes y correrías de aquellos niños que correteaban por las embarradas y empedradas calles, las lóbregas y tenebrosas callejuelas y callejones sin salida - caminos polvorientos en verano, lodazales en invierno - sin luz eléctrica ni agua corriente. Conviviendo con animales. Persiguiéndonos en las eras, el valle, los montes y el río, jugando al frontón con pelotas de trapo y al fútbol con balones de goma. Al aro y a la peonza. A las canicas. Y al escondite en habitáculos oscuros, ruinosos y semiolvidados, etc., etc.

En suma, viviendo la pobreza y la escasez. La desinformación y el aislamiento. Sin teléfono. Y por supuesto sin móviles. Sin radio, ni televisión. Navegando como se podía en la penuria de la guerra entre hermanos y la posguerra entre el hambre y la miseria. Una España rural numéricamente muy superior a la actualmente “vacía”. La “España medieval” de mi primo. España increible e incomprensiblemente llena. Escuelas e iglesias llenas, con frecuencia a rebosar. Conviviendo apiñados, en minúsculo hábitat, familias numerosas, animales y personas. Compartiendo, pared por medio... no siempre, alcobas y cocina con cuadras y pajares, gallineros y pocilgas.

Difícil deslindar, pasado y presente y valoraciones tan diversas. Incongruente comparar recuerdos y realidad. Volviendo la vista atrás, con ojos de niño y mente de anciano:

”No sé que tiene la aldea
donde vivo y donde muero…”
(Lope de Vega)
…”que sueño siempre con ella,
aunque esté lejos, muy lejos.”
(MJG)

Con los años y la distancia, la experiencia y los nuevos tiempos, uno ha aprendido a ver las cosas como son, en el contexto del momento y a valorar en su justiprecio la irreconocible transformación de la “actual España vacía” de infinidad de pueblos remozados y resucitados en ambas Castillas y León, Aragón, y otras tantas regiones del “mapa de piel de toro”.

La historia moderna de estos pueblos se escribe con lenguajes diferentes. La despoblación del campo es real. Sirvan de ejemplo las provincias salmantina y zamorana del noroeste español. Según recientes estadísticas casi un centenar de pueblos de la provincia de Salamanca no alcanza el centenar de habitantes. Aldeas que en su mayoría llegaron a sobrepasar el medio millar. Y la cifra continúa descendiendo. Sin embargo la alarma actual es consecuencia de un lentísimo, casi secular, proceso, en el que desarrollo económico y despoblación van de la mano.

La emigración masiva nació en la España franquista, que al abrir las puertas a Europa facilitó la emigración masiva de trabajadoras y trabajadores a la Alemania de la “Wiederaufbau, la del milagro alemán ”, la de la reconstrucción del viejo canciller Adenauer, la que viví durante mi estancia en Alemania.

Nacío en la España “medieval” de mi primo y propia: la España pobre de artesanos y trabajadores del campo que poblaban las aldeas, que cantaron los poetas campesinos como Gabriel y Galán :

“Mayorales, gañanes y renteros, 
Cabreros, pastores y porqueros,
Colones y yegueros,
Guardas y aperadores,
Montaraces, zagales y vaqueros…”
-----------------------
Esta tarde siento 
mortales tristezas.
La tarde está sorda
Sin ruido la aldea
Desierta la plaza
Cerrada la iglesia…
¡Qué sola está el alma!
¡Qué tristes las tristes memorias que dejan!
(Gabriel y Galán)


La vieja Castilla, Extremadura, Aragón... morían para dar paso a una “tierra de campos” nueva, a la industria y la emigración. “Moría - como lamentaría mi Delibes en su “Mi vida al aire libre”... “la siembra a voleo, el arado romano, los aldeanos con traje de pana - la trilla con yuntas, los carros hundidos en el barro hasta los cubos”, etc. Ello trajo consigo la liberación y redención de aquellas gentes.

De las ruinas, los escombros, la suciedad y la desaparición, oficializada, de los animales de los corrales, establos, cuadras y pocilgas a las obligatorias granjas alejadas del pueblo, han surgido nuevas viviendas y se han remozado y rejuvenecido las deterioradas. Nuevos frontones, plazoletas asfaltadas y ajardinadas, espacios verdes y de juegos para los niños y chalets de los hijos del pueblo residentes en la capital, o en las grandes urbes de Madrid, Bilbao o Barcelona. Incluso de las vecinas Valladolid, Zamora o Ávila.

Es cierto que en los largos meses de invierno de meseta las calles están tristes y desérticas y la mayoría de las casas cerradas a cal y canto. Incluso algunas blindadas para protegerlas de la lluvia y los raterillos, pero no están vacías. Están amuebladas y más confortables que en “la edad media”. Y el edificio de la escuela erguido y trasformado en centro social o en bar autoservicio. Las iglesias, la mayoría incluso con reminiscencias románicas, remozadas y rejuvenecidas. (Foto de la iglesia de Carrascal) resguardando orgullosas el tesoro de su historia y arte seculares.



En las ruinas de una de las casas del labrador más importante del pueblo y junto al campanario aparece todavía el fantasma de pasado convertido en el orgullo del pueblo, un jardín, obra, gracia y arte de uno de los hijos del pueblo. Son muchas y distintas las formas de percibir e interpretar la realidad.




“Los pueblos de interior beben de las fuerzas que conserva el campo.
Viven de recordar, viven de vivir” - (Antonio Lucas).

Es preciso conservar estas fuerzas. Aprender y “enseñar” a amarlas. A disfrutarlas.

“La mitad de la belleza depende del paisaje, la otra mitad de la persona que lo mira” (Hermann Hesse) .

De ello han dado testimonio y ejemplo poetas, escritores y cantores de todos los tiempos. Con los versos de dos de ellos ponemos punto final a este capítulo…entre nostalgias y esperanzas :

“Amapolita morada
Del valle donde nací
Si no estás enamorada
Enamórate de mi”
(Octavio Paz)

“Vuelvo de mis anhelos trashumantes
Y se me hacen de plata todas las rutas,
De azafrán las carreteras, las retamas
Custodian mi camino a casa.
………………………………….
En ... “Castilla se rozan los cielos...
Abraza tu pueblo, abraza tu tierra”.
(Maribel Andrés Llamero)

“Volved” - En las Orillas del Saar (1884) - Rosalía de Castro.

De esto, lo otro y lo de más allá en el próximo capítulo!


viernes, 11 de noviembre de 2011

UNA GOLONDRINA SIN ALAS

LA VACA MAS APUESTA DE ZARAPICOS Y ALEDAÑO


Ilustración realizada por Irene Burgos Glez (iribú), nieta del octogenario romántico
La memoria para el hombre de la calle es el “baúl de los recuerdos” o el archivo donde se van acumulando los sucesos más reseñables. Abriendo ese baúl y husmeando ese museo aparece una de las páginas más bellas de mi infancia y adolescencia. Todavía resuenan en mis oídos los ecos de un cencerro capitaneando la vacada de los Sexmeros (1) y el tintineo de su tranquilo rumiar en la cuadra,  pared por medio con la alcoba donde dormía con los primos Benjamín y Antonio.

No hará falta desvelar que la "golondrina", que no podía ni sabía volar por falta de alas, era una vaquita.  No "una vaca cualquiera", la tontorrona y simplona de la canción que "daba leche merengada". Ésta era una fuera de serie. Era la vaca de los abuelitos de Zarapicos. Desconozco el motivo u origen de su poético nombre.

¡Lástima que la fotografía fuera todavía en aquellos años treinta y cuarenta del pasado siglo lujo exclusivo de unos cuantos privilegiados!  Me consuela el tenerle reservado a esta singular "golondrina" un espacio privilegiado en el Zoo de mi Memoria. Al lado de mi caballo andaluz de mi juventud - sin nombre-; junto a la Chiqui, primera de nuestra dinastía canina junto a Niebla, Tecla, Lucera, Simpli, y una larga retahíla de animales domésticos, amigos y compañeros queridos de viaje.

La "Golondrina" era una res sin divisa. Una vaca lechera mixta. Siempre bien nutrida y mimada. Hermosa, de pelo brillante. De color café claro con pintas blancas y negras. De cortos cuernos, enorme y sobresaliente panza. Mansa como un cordero. Mimosa como una niña, generosa como una madre. Tan espléndida que su leche -hasta 20 litros diarios- era parte capital de la economía del herrero del pueblo, el abuelo Cipriano.

La "Golondrina" formaba parte de la iguala de mi abuelito y tenía el privilegio de pastar y comer en las dehesas y prados de la vaquería del amo. Era la única vaca lechera del pueblo. En Carrascal no había ninguna otra de su raza. (Sirva esta referencia como testimonio del índice de subdesarrollo de la comarca). Hasta mediados del s. XX no llegaron las primeras holandesas y suizas, las lecheras blancas y negras, procedentes de la montaña santanderina de Torrelavega.

Volviendo a la historia de nuestra protagonista, las vivencias se agolpan y atropellan por querer aparecer en negro sobre blanco. Estampas rurales y campestres válidas para ilustración paisajista de aldea típica castellana.

Una de ellas era el retorno a casa de la boyada en primavera. Cuando, al atardecer, el cortejo bovino asomaba en tropel y concierto de bramidos y cencerros por la esquina del suntuoso ábside renacentista de la iglesia, la inconfundible figura de "Golondrina", capitaneando orgullosa la manada, cruzaba la plaza enfilando presurosa hacia la cuadra de sus dueños. Sabía que en el pesebre central del establo le esperaba su piensecito preferido.

Pero el momento más tierno y entrañable era el del ordeño. Una vez por la mañana y otra al anochecer, la pareja de ancianitos representaba todos los días este enternecedor espectáculo, digno de filmación: sentados cada uno en su minúsculo tajo rudimentario de tres patas, uno a cada lado de las ubres de la vaca, con una herrada de zinc debajo de las tetas, se repartían el oficio de extraer el blanco líquido generoso de la "Golondrina". El paciente animal, rumiando semiadormecido y aburrido movía de vez en cuando una patita, haciendo tambalear el preciado recipiente. El iracundo ordeñador gritaba enfurecido en su sordera, insultándola y propinándole algún puñetazo que otro en su oronda barriga.

La mayor parte de la rica cosecha estaba reservada para el lechero de Parada, que pasaba también por Carrascal a recoger la leche de las cabriadas de las dehesas de Torrecilla y de la Narra.


LA EXQUISITA LATA DE LECHE MIGADA

La "Golondrina", además de fuente de ingresos, como he dicho con anterioridad, era despensa de alimentación. A ella le debíamos la inolvidable cena del Zarapicos estival. En las larguísimas y tórridas tardes de verano  (la comida tenía lugar al mediodía, las 12 del sol, cuando caía la de Dios, como decían socarrones aldeanos), la merienda era sagrada y seria y la cena frugal y ligera. Pero la de la abuelita de Zarapicos era cena sui generis. Era un manjar exquisito. La escasez alcanzaba hasta el utillaje de cocina: el número de pucheros y cazuelas no pasaban de la media docena. Las clases humildes ahorraban por procedimientos inimaginables en el s. XXI. Las latas de sardinas en escabeche de un Kg. eran utilizadas como un utensilio más de cocina. Cuando en el verano la despensa, santuario de la matanza, estaba bajo mínimos, la sardina en escabeche era el sucedáneo de embutidos y reliquias del cerdo. La enorme despensa de los abuelos -tan larga y alta como deshabitada- ocupaba el último receptáculo oscuro de un largo pasillo que, en desnivel, partía de la cocina. Fresquísima en verano y siberiana en invierno, era escaparate de esa "lata de sardinas con leche migada" puesta a refrescar desde la mañana para la cena de los nietecillos. Las migas eran rebanadas finas de hogaza de candeal, bañadas con la leche hirviendo. Y como el producto de la "Golondrina" era leche pura, de primera, la migada formaba una capa de nata, codiciada delicia de los lechoncitos.

Un recuerdo muy grato de esa infancia con la "Golondrina" era también la "Chopera del abuelo": prado cercado de chopos, zarzales y maleza, alimentada por el arroyo de la Fuente los Brazos, que la bordeaba por la parte oriental del camino. A este pequeño vergel -hoy pasto del abandono- llevábamos en el mes de mayo a pastar a "Golondrina", donde pasaba todo el día, zampando a placer de la fresca y tierna hierba, y disfrutando de la reconfortante sombra de los chopos, cabeceando por liberarse del sofocante mosquerío. Pero tanto y mas que ella disfrutaba el feliz vaquerillo aficionado a las aventuras de los nidos de los pájaros. Porque la chopera del abuelito era un paraíso de ruiseñores, jilgueros, verderones y oropéndolas. Aunque, mis éxitos en estos predios quedaban eclipsados por la dificultosa y enmarañada maleza de la espesura.

Cuando hubo que desprenderse de la ancianita "Golondrina" -próxima ya a la veintena- un silencio y vacío sepulcral se apoderaron de la cuadra de los abuelitos. Sus dueños se sintieron viejos y sin oficio. Y sus nietos tristes y desolados, porque les faltaba el alegre tintineo y la compañía de "Golondrina". Y nunca más volvieron a disfrutar en las noches veraniegas de la "lata de leche migada" de la vaca de nuestros amores.

1 S = Sexmeros. a) Los Sexmeros eran los ricos de Zarapicos. Vivían en la Casa Grande. Eran dueños del 80% del término y tenían una vacada considerable. A diferencia de los “señores feudales” de la época, era ésta una familia numerosa muy caritativa, sencilla y estimada. Mi padre, Benjamín, era quinto del pequeño Camilo - solterón - de los Sexmeros y les unía una gran amistad. b) El sexmero, en la Edad Media, era el administrador de un sexmo (territorio formado por varios municipios. Ledesma, Arévalo, Madrigal, etc., fueron cabeza de un sexmo).

viernes, 23 de septiembre de 2011

1. Zarapicos, remanso de paz y oasis de verdor y frondosidad...

Zarapicos - con sus connotaciones toponímicas y etimológicas árabes - era para mí, en aquel entonces, sinónimo de jardines y frutales.  Zarapicos era oasis de seducción. Poesía en estado natural. Brisa primaveral. Alamedas y choperas. Alcornoques y huerta de Valporquero. Oropéndolas en los álamos de sus choperas. Ruiseñores y jilgueros en los zarzales y chopos de sus cercados. Arroyo de aguas perpetuas. Agua por doquier. Huertas con norias de aguas frescas y cristalinas. 

Portal de la Iglesia: oasis de verdor
En el corazón del pueblo, la iglesia con su fachada escoltada por gigantescos y umbrosos olmos, y sus suntuosos ventanales renacentistas, uno en el frontispicio y otro en el ábside. Frutales y más frutales en cortinos y cercados: peras de don Guindo - ¡únicas! - manzanas y ciruelas - discretas. Y jardines… y, sobre todo, ¡rosas!: Rosas de Alejandría y rosas silvestres; de perfume embriagador; blancas, amarillas y rojas.

El jardín de la tía Irene
Ante todo, Zarapicos conserva, destacando  en mis recuerdos, perfumes de árbol de paraíso y celindas de los jardines de la tía Irene. Aromas de hinojo y almaraduz. Olor a incienso embriagador el día de las Candelas y revoloteo cautivador de las dos palomitas del ofertorio. Solemne procesión de Jueves Santo hasta la cruz del Moreno. Hondear de pendones al viento con estación en el cementerio, y cántico del Miserere por Heliodoro, un contratenor que llegaba con su atiplada voz hasta las nubes. Él fue como mi “maestro” de canto a quien acompañé, ya estudiante, en diversas ocasiones, y de quien aprendí canciones populares y religiosas, de las que conservo como oro en paño el “Ave María” del día de las Candelas. 

La cruz del Moreno
¿Quién se puede olvidar de las alfombradas calles tapizadas de tomillo y romero, pétalos de rosa, celindas, tomillo e hinojo, y los altarcitos  en portalillos caseros el Día del Señor? ¿Qué niño de antaño no recuerda con nostalgia a los confiteros bajo los olmos del atrio de la iglesia el día de Santiago? Y…  tantos y tantísimos otros recuerdos que empedraron de ilusiones los caminos de mi infancia y adolescencia. En ese entorno nacieron y crecieron verdaderas  amistades. ¡Inolvidables amigos de adolescencia y juventud! ¡Vecinos de mis abuelos y vecinitas entrañables! Primas y primos : hijos del tío Emilio que la vida dispersó para no volver a verlos  más. Infancia y adolescencia veraniegas en casa de los abuelitos, con Antonio y Benjamín, “primos de primera”. Íntimos e inseparables. Los más cercanos y entrañables. Con toda su prole los más fieles y más allegados.




Un triángulo amoroso: Carrascal / Zarapicos / San Pedro


La etiquetación de los vértices del triángulo son desilusionantes. El título promete un romance rosa, amoroso-erótico y resulta que en nuestro caso el amante es uno solo - el protagonista - y los amados, tres. Y… paradojas de la vida, el principal de los tres pueblos - o pueblecitos - personificados, el que ocupa la cabecera del frontispicio, es Carrascal, - ¡mi Carrascal! - totalmente relegado y olvidado en la Partida de “mi” Nacimiento, cuya rectificación debiera ser como sigue: “”.. se procede a inscribir el nacimiento de un varón (línea 7 y ss.) ocurrido … en la casa de sus padres, en Carrascal de Velambélez, anejo de este Ayuntamiento.”

Pero bueno… pelillos a la mar.

Situación del triángulo en el mapa
Lo que sí es de resaltar es que estas tres aldeas, equidistantes entre sí dos escasos kilómetros, estaban íntimamente vinculadas, no solo por los lazos familiares, sino por cierto espíritu de mancomunidad, debido a su proximidad geográfica.

Había, no obstante, una causa mayor que motivaba mi afecto, el imán que puerilizaba mi alma: mi orfandad, mi falta de madre. En Zarapicos vivían mis abuelos paternos: Cipriano y “Meregilda” (hipocorístico de Hermenegilda). En San Pedro mi abuela materna: Mª Agustina. La casa de las abuelas - las abuelas sucedáneo de las madres - era un remanso de paz, de mimos y de cariños. Los tres abuelos - el abuelo materno muerto también joven - y los tres pueblos -¡tres eran tres! - con sus circunstancias, impregnaron mi alma de niño, mariposa volandera, jugando a las tres esquinitas. ¡Dulces, tristes y alegres paisajes perpetuados!