jueves, 9 de julio de 2015

El paraíso hispano de LA SIESTA

El término "Siesta" merece ya por sí solo consideración y aprecio universal. Siesta es uno de los vocablos de nuestro idioma que goza de mayor difusión. Vocablo espléndido. Sin paliativos. Heredado de la antigua Roma, de la latina hora sexta que discurría de nuestras 12 del mediodía a las 3 de la tarde. España es por doquier sinónimo de Flamenco, Toros, Arena y Siesta. Tal nivel ha alcanzado esta última, que en el centro de Europa ha desbordado el campo semántico original: en las autopistas alemanas existían en nuestra época germana indicadores anunciando "Siestaraum","espacio para la siesta", equivalente a nuestro "Área de descanso". 

Tan profunda y seriamente enraizó en algunos hispanos esta rancia tradición mediterránea de “la cabezadita” después del almuerzo y el “paréntesis laboral” al mediodía que, algunos currantes, entre los que se encuentra este bloguero siestófilo, no sabrían, ni podrían, sobrevivir sin la praxis de esta tradición tan española. El sobrino Javi, maestro hoy de relato corto y en La Colina de antaño observador de usos y costumbres, daba ya entonces muestra de sagacidad suplicando: “Silencio. Que el tío Manolo duerme la siesta”(ver comentario en capítulo "La Colina").

Efectivamente: el tío Manolo sin siesta era y es persona muerta. Bien podríamos aplicarle el refrán del fraile: "Si quieres matar a un fraile, quítale la siesta y dale de comer tarde."

Por propia experiencia puedo aseverar que el hábito - ¿o vicio? - de la siesta se acrecienta con la edad y cambia de significado y valoración con las exigencias, las necesidades y los años del protagonista. La cabezadita después de la comida, el echarse la siesta - la siesta no debe exceder los 25 o 30 minutos - según médicos y psicólogos previene el infarto, elimina el estrés, aumenta el rendimiento laboral y la producción, incrementa la concentración y la memoria, etc, etc. Resucitar o revivir la siesta no es tarea fácil de narrar, porque toda ella, desde la niñez a la senectud, está plagada de episodios pintorescos y momentos memorables. De la proliferación y pluralidad de las mismas entresacaré algunas de las predilectas y nítidamente recordadas.

Siesta de los niños, aventuras a la luz del día

Para los niños de aldea, entre los que figuraba este bloguero, la hora de la siesta en Carrascal era la hora más esperada y soñada en los días de tórrido verano. Cuando los mayores dormían y los animales descansaban a la sombra de tenadas o arboledas, y solamente se oía el zumbido de las moscas, el sol despiadado abrasaba calles y campo, calcinaba arena y piedras de calles, caminos y moradas. La siesta era hora de la verdad para los rapazuelos, presa de prohibiciones y cortapisas. Dos, tres o cuatro colegas, según las circunstancias (los consabidos de pandilla: Juanito, Oni, Toño y Manolo) sigilosamente abrían la puerta de sus respectivas casas y salían al aire libre, buscando la sombra de un cumbre donde planificaban sus travesuras y correrías, que no pasaban de chiquilladas porque, “éramos buenos, porque no nos dejaban ser malos”.

Los Nideros

Nuestras delicias eran los nidos en corrales, pajares, tenadas y pozos abandonados. Todos ellos lugares prohibidos, hoy casi desaparecidos. Los nidos de golondrina, vencejos y gorriones en recintos cerrados o en el campanario, tejados y muros agrietados de la iglesia, en agujeros de paredes y recintos deshabitados. Las golondrinas anidaban a raudales en el portalillo antiguo de la iglesia y en el entonces cebonero (hoy desconozco su utilización aunque lo he visto remodelado), jardín de las tentaciones como paraíso, donde anidaban a decenas las golondrinas y escenario ideal de una de nuestras trastadas infantiles. El asalto a la fortaleza, reclamaba la habilidad de un agateador hábil y escurridizo, que trepase y se colase por el único acceso asequible, un estrechuco bucarón al que íbamos robando piedras. Recuerdo como si la hubiésemos vivido ayer por la tarde, una de estas aventuras tragicómicas: vestíamos todavía pantalón corto, obligatorio en aquellos tiempos hasta la pubertad. Aún estoy viendo y sintiendo las piernas ennegrecidas y acribilladas por la plaga de pulgas, compañeros inseparables de los cebones, disfrutando de la vista de numerosos y tentadores nidos de golondrinas, unos con huevos, otros con golondrinitos, todos ellos al alcance de nuestras manos. Pero, lo que todavía me pone los pelos de punta, es el chirrido del cerrojo de la puerta y la aparición del señor Manuel - apodado el Rodeto - nuestro enemigo público número uno, que nos traía a mal traer siguiendo cada uno de nuestros pasos por corrales y cortinos. Ese día la represalia se limitó a un buen estirón de orejas a uno de los pilluelos, mientras los otros desaparecían poniendo los pies en polvorosa.

Siestas a la caza y pesca

Según crecíamos en edad, habilidades y libertades, ya adolescentes nos íbamos alejando del poblado y subíamos al monte, a la Antanica o al teso del Palomar donde sesteaban las perdices con sus camadas de polluelos aprendiendo a volar, nuestra presa preferida. Con el tiempo nuestra actividad favorita a la hora de la siesta era correr a la caza de los pollos de perdiz. Actividad en la que de mozalbetes acabaríamos siendo insuperables maestros conduciendo algunas de las bandadas del monte hasta el río, frontera que al tercer vuelo no lograban superar todas, convirtiendo la caza en exitosa pesca.

Muy diferente - me avergüenzo todavía al recordarlo - era la caza de moscas para matar arañas. Ambas especies proliferaban a raudales en los antiguos poblados rurales y estas últimas revestían, con sus artísticos tejidos y telas, techos y muros exteriores de las humildes casitas castellanas. Las oquedades de las primitivas paredes aparecían salpicadas de agujeritos, pórticos de sus casitas, alfombradas la salida con una tupida red de fabricación propia. Cosquilleando con una pajita en la tela de araña, solía aparecer rápida la dueña, en busca de la presa atrapada en su red. El cruel entretenimiento consistía en cerrar la entrada del agujerito y aplastar al inocente animalito. Cuando esta técnica fallaba acudíamos a otro procedimiento: cazábamos mosquitas caseras con la mano que colocadas sobre la tela de araña de entrada quedaban prendidas aleteando y anunciando con su zumbido caza a la vista a la dueña de la casa, muriendo ambas a la par, obra macabra de los pilluelos de marras.

La pesca a la hora de la siesta no tenía nada que ver nada con el río. Se limitaba simplemente a meternos en la Charca del Pozo o en el único superviviente de Los Charcos a pescar descalzos ranas y renacuajos. Operación suspendida a veces ante la presencia de una culebra, terror de los principiantes pescadores quienes, chapoteando huían despavoridos a toda velocidad del lodazal poniendo los pies en polvorosa. Juego también divertido era el “cortar el agua” en la charca con un canto o una piedrecita llana. Ganador quien llegase más lejos con la piedra o más círculos y saltos registrase.

Siesta en las eras

La Meridiana o La siesta, por Vincent Van Gogh

Como el pobre Manolo no disponía de eras propias, suplía tales carencias con el orgullo y el placer de ir a dormir? la siesta a las eras, invitado por Fili, amigo y vecino unos años mayor, a quien acompañaba a veces a las eras, solitarias en las horas del descanso. 

A la sombra, debajo del carro, a veces cargado de mieses, o al resguardo de un montón de haces de trigo o cebada pasábamos felices ratos, peleándonos contra los tabarros y las moscas e ideando toda suerte de pasatiempo, menos dormir. A este respecto debo testimoniar mi orgullo de español, como inventores de la siesta, pues como demuestra el cuadro de van Gogh, hasta Holanda llegó tan sana costumbre. Tal vez herencia de los tercios imperiales en Flandes, los campesinos holandeses, segadores del heno, disfrutaban como nosotros de la siesta entre pajas.

Siesta y senectud comienzan por S

Cuando la vida serena va resbalando a su fin y la humana naturaleza va encorvándose más y más hacia el polvo, la necesidad de la cabezadita tras la comida reviste tonos de obligatoriedad. La siesta del presente, jubiladísimo y sin agobios, se impone como Dios manda y siguiendo el consejo de D. Camilo J. Cela , en buena cama y “con pijama, padre nuestro y orinal”.

Siestas en el paraíso 

Este enamorado de la cabezadita no cambiaría por nada del mundo las siestas de la Colina, en su doble dimensión: siestas en compañía con nietas y nietos y, al estilo tradicional, la siesta en solitario y al aire libre. Antes del invento de la “caja tonta” y de la invasión de la televisión en aldeas y terruño, que ha sustituido este momento de reposo mágico del verano, la siesta consistía a menudo para los nietos en dormir y jugar en compañía del Opa. Y a decir verdad, con todos ellos, desde Irene y Teresa hasta Inés y Martín nos lo pasábamos pipa, inventando tonterías, haciendo visajes, mímicas y muecas antes de caer rendidos por el sueño. Con el benjamín de la familia, y el poder de seducción de la televisión, las reglas del juego de la siesta han cambiado. Ahora Martín es el que viene a despertar al Opa y jugar con él al caballito o descender y rodar por la montaña y hacer el piripi hasta la extenuación del dormilón.

Siesta al aire libre

Como sucedáneo admirable, disfruto también de la siesta en solitario, y con frecuencia al aire libre cuando la temperatura lo permite, tumbado en el bendito suelo a la placida quietud y sombra de una encina, una acacia, un chopo o un pino y encantado con la reconfortante, silenciosa y a par “sonora soledad”. Este enamorado de la naturaleza, hasta tolera la compañía de las cargantes, pesadas y hasta pijoteras moscas, con tal de disfrutar del susurro de las hojas de los árboles, del trino de los pajaritos y del paso lento, seductor y apasionante de las nubes en el velazqueño castellano cielo.

Por todas ellas, por todas las siestas del pasado y del presente, por todo lo vivido, dormido y sesteado, agradecido, y por siempre: ¡LOADA SEA LA SAGRADA SIESTA!, galardón de nuestra cultura, orgullo de tradiciones patrias y premio diario a nuesto quehacer cotidiano.

sábado, 20 de junio de 2015

A mis queridísimos “Amigos del Corral”

(Y a los amigos del pueblo que me enseñaron a amarlos)

De niño y adolescente, y con pelos y señales, conocía este bloguero nombre y circunstancias de todos y cada uno de los animales de cuatro patas- gallos y gallinas incluidos – de todos los corrales del pueblo. Todavía hoy rebuscando en el torbellino de mi revuelta memoria aparecen -aparición que se repite  insistentemente- cabalgando al paso, al trote o al galope, pifiando o rebuznando, brincando o saltando, bramando o mugiendo, balando o berreando, gruñendo o roncando, cacareando o kikireando…, ladrando -¡sobre todo ladrando!- aparecen repito, tal cual eran y son, mis viejos e inseparables compañeros de Corral. Los Románticos archivamos además de álbumes de familia y personas queridas, recuerdos dulces de paisajes, cosas y animales. 

Estos últimos, amigos desde la primera infancia, “transmiten la energía telúrica que late en la luz, los sonidos, olores y colores del campo”, según bellísima metáfora del agradecido amigo, poeta y colega granadino, Federico Bermúdez Cañete.

Debo aclarar, para que el lector no se atragante con tan empalagoso lirismo, que se trata de inseparables compañeros de infancia y juventud con los que conviví, jugué y disfruté en el antiguo Corral: espacio doméstico rural, ¡patio de recreo!, lugar de reunión o tránsito en la vida y programa familiar. Antes de la salida diaria al campo, a la calle, o al abandonar  su hábitat particular, la cuadra, el comedero, la pocilga, el gallinero…, mis amigos los animales  caseros tenían que abrevar o yantar, algunos de ellos en el Corral. Por el Corral castellano desfilaban y  en él convivían: cerdos y cabras, caballos, mulas y burros, vacas y bueyes, gallos y gallinas, gatos y perros. Sobre todo el perro o los perros, ayudantes y guardianes de la casa, de las personas y animales.

Entre estos  amigos de compañía, los había distantes e independientes, amorosos y ariscos. Catalogándolos por su carácter, con doble calificativo y por orden alfabético, merecen figurar en la siguiente orla:

Mis amigos del corral ´- Escenificación gráfica de Iribú

El Burro, testarudo y orejas largas
El Caballo, noble y elegante
La Cabra, tirando al monte y cornuda
El Cerdo, maliciosamente apodado puerco, gorrino o guarro
La Gallina, papanata y pavisosa
El Gallo, flamenco y chulesco
El Gato, voluble  y arisco
La Oveja, modorra  lanuda
El Perro, fiel y ladrador
El Toro, bravo y bienpuesto

...y sus hijitos, juguetones y felices como niños

Todos ellos domésticos (de “domus”= casa), vinculados al hombre y sus circunstancias. Pero desde que el desarrollo invadió el campo y se modernizó, de la vivienda lugareña rústica (de “rus” =campo) desapareció el corral. Y tuvieron que emigrar sus moradores siendo  trasladados a sus nuevas estancias alejadas de los poblados: granjas, naves, gallineros, cebaderos, majadas y parcelas donde viven una más breve vida como objetos de compraventa: hacinados, desvinculados y encarcelados, distanciados y separados para siempre de la compañía y amistad de los humanos. Y en especial de los niños, sus amigos predilectos.

De niño, con su compañía, aprendí a leer en sus ojos y su mirada, a interpretar sus movimientos y comportamiento, sus plantes y posturas, a traducir su lenguaje. Porque los animales como las flores, las fuentes, las aguas de los arroyos tienen su propio idioma. Y por supuesto, sus pensamientos y sentimientos, sus sueños y ensueños. Y al igual que las personas, unos saben exteriorizarlos y otros no. Según un poeta, los pájaros hasta ríen. Y si los animales irracionales hubieran aprendido a expresarse con palabras como los racionales ¡cuántos insultos e improperios hubiéramos tenido que soportar! Pues, bastan sus ojos y sus fascinantes miradas para expresar, como los humanos, alegría y tristeza, odio y perdón, cansancio y aburrimiento, dolor y placer. Hasta Nietsche ya lo había constatado al firmar que “el hombre ve en el animal al amigo que ríe, llora o es infeliz”.                                                                                                                                           

La experiencia cercana, la fascinación y  la ilusión me enseñaron a interpretar su comportamiento a través de los órganos de sus sentidos -¡superiores, casi todos, a los del hombre!- el repertorio de sonidos, el olfato, la vista,… Su lenguaje, aunque no verbal, es tan rico y contagiador que simplemente enriquece el contemplarlos, disfrutando de la luz y calor del sol, del cambio estacional de la naturaleza, de la libertad al aire libre, de la solicitud del dueño, de la compañía de sus congéneres. El lenguaje lo suplen con los ojos, acompañados del movimiento de cabeza, orejas, rabo.

Algunos ejemplos: 

  • la vaca y la cabra, tumbadas y rumiando, en el campo o el Corral, miran sin ver. Y con la mirada perdida transmiten tranquilidad y quietud, satisfacción y serenidad. 
  • El caballo y el toro, erguidos, con la cabeza alta oteando paisajes o entorno piensan, orgullosos y bien plantados. Y estoy por creer que el caballo, derrotado en el hipódromo, sufre  la derrota avergonzado.
  • La oveja, siempre con la cabeza gacha y mirando a la tierra, buscando bocado porque, “oveja que bala, bocado que pierde”. Y siempre abonando campos y caminos  porque, “la mejor reja, el culo de oveja”. 
  • El cabritillo y el cordero, el lechón y el cachorrillo, corriendo y saltando, jugueteando, persiguiéndose y entre sí luchando, radiantes de alegría y felicidad solamente piensan en jugar como los niños.
  • El cerdo, sobresaliendo el ibérico, con sus orejotas y su hocico almacenando las bellotas de sus inmortales jamones.
  • El gallo y la gallina, cada cual a su estilo y a su aire, la gallina anunciando que ha puesto un huevo con su inconfundible cacareo o guiando a la pandilla de sus polluelos, orgullosa y maternal, y el vanidoso de la especie, el don Juan del Corral y pregonero del alba con su kikiriki, diana despertador, son socios fijos, aportadores a la manutención de la familia. 
  • Del perro y el gato ¿qué decir? Aun llevándose como lo que son, viven mimados en el interior del hogar, autorizados a convivir con pequeños y mayores en la cocina y el comedor, runruneando y disfrutando de las caricias al lomo y clavándote las uñas si le pisas el rabo. Y el perro, a la cabeza de los domésticos, tan consentido y venerado entre los González, Burgos, Martines y Alemanys, que hasta ha solicitado capítulo aparte. Pues, “el perro y el niño van donde le dan cariño”. Cariño recíproco que en vez de decrecer, con los años, la modernidad y la distancia, continúa prendido para siempre al florido árbol de los recuerdos.

La recuerdo como la cuento. Como si la hubiera vivido ayer tarde, aun cuando el hecho acaeciera un día cualquiera de mi adolescencia pueblerina: la agonía de Segura. Perrita perdiguera de nombre tan significativo, compañera de caza de mi padre, el segundo can familiar. Intacta y viva permanece aquella mirada suplicante, tristísima y angustiosa del pobre animal enfermo, tendido entre pajas en la cuadra,  suplicando la ayuda que ni supimos ni pudimos prestarle. (¡El perro no entraba en aquellos tiempos en la iguala del veterinario!) Tampoco olvidaré jamás sus muestras de agradecimiento y cariño, entornando los ojos como queriendo dibujar una leve sonrisa al percatarse de nuestras caricias, nuestra compañía y amistad. Ya lo aseguró G. Elliot:” Los animales son buenos amigos, no hacen preguntas y tampoco critican”, ni presentan denuncias o querellas. A la mañana siguiente, fría y dormida para siempre, yacía con manos y patas estiradas  al amparo de su amiguita la burrita negra.

jueves, 28 de mayo de 2015

De ALGORTA a MAJADAHONDA y de DEUSTO a la COMPLUTENSE... ¡penúltimo traslado!

La hoja de ruta, como se dice ahora, o la trayectoria profesional y migratoria - como se ha dicho siempre - va llegando a su fin: rumbo meridional y salto definitivo. Finalmente el penúltimo tras media docena de tentativas. Punto final a la serie o retahíla de cambios y traslados que, según proverbio alemán, son peores que un fuego: "Lieber ein Feuer als ein Umzug". ¡Una brizna de andaluz tienen también los germanos!

Pues, aunque sea cierto que todo cambio conlleva riesgo y aventura, "¡no es tan fiero el león como lo pintan". Es verdad que la incertidumbre y alteración de costumbres y rutinas acarrean siempre rupturas. No se sabe si para bien o para mal. Si será ventajoso o perjudicial. Generalmente la esperanza y la ilusión superan esfuerzos e incomodidades.

Los jefes ya en su nuevo salón
Nuestro nuevo salto, el penúltimo (el último será el definitivo, para siempre, en solitario y sin retorno, en simple caja de madera) fue salto atlético: del Norte húmedo, verde y lluvioso al Centro, seco y continental. De la Algorta señorial y marítima a la Majadahonda, todavía entonces con herencias de poblado rural y campesino, transformado en ciudad dormitorio madrileño. De ser humilde población de 5.000 habitantes ha pasado a ser moderna urbe burguesa de 50.000, compitiendo con las vecinas residenciales de Pozuelo y Las Rozas.

El cambio fue brusco: cambio de clima, de paisaje, de vecindad, de trabajo… de circunstancias variadísimas. Supuso para padres e hijas cambio de aulas, de compañeros(as), de ritmo de vida y de trabajo: Palmira se reincorporaría a la docencia oficial – hoy apodada pública - pasando del Colegio Americano, privado, familiar e íntimo a propietaria definitiva y fija en Hoyo de Manzanares, tras un ligero paréntesis en Madrid y Villaviciosa de Odón. El cambio de aires siempre es sano. Y más todavía si, como en el caso de Palmira, su colegio estaba ubicado en las estribaciones del Guadarrama.

Olímpico fue el salto del "jefe": saltar de Deusto a la Complutense fue como pasar del día a la noche. De universidad privada, limitada y familiar, al campus universitario probablemente más amplio y multitudinario de Europa, rebasando ya entonces los cien mil estudiantes, con diversidad y variedad ingente de Facultades y Escuelas Superiores, multitud de colegios mayores, amplias zonas deportivas y ajardinadas… y una Facultad de Filosofía y Letras con múltiples especialidades, sus correspondientes departamentos y cuantiosa dotación profesoral.

La elección de lugar de residencia y cambio de piso fue proceso lento y laborioso. Pero bien planificado. Primeramente había que vender el piso de Kasune, dosificar ahorros y sopesar presupuestos, compaginar la venta en Algorta y la compra en Madrid. El primer capítulo debió resultar fácil y satisfactorio, pues en el desván de mi memoria no aparece referencia alguna financiera al caso. La segunda parte fue más lenta y costosa en el doble sentido de este adjetivo último. Se trataba de traslado diferente y definitivo de una pequeña población residencial a la metrópoli del país, con distancias, tráfico y costes endiablados. 


Una vez alojado y asentado en un colegio mayor del campus, próximo a la Facultad de Filosofía y Letras, y familiarizado con el trabajo en la Universidad, inicié mis correrías inmobiliarias. Acostumbrado a vivir siempre distanciado de la urbe, tanto en Frankfurt como en Bilbao, Madrid capital quedó descartada desde un principio. Asesorado por compañeros residentes en Majadahonda y conocedores de la problemática, tras visita a numerosas urbanizaciones del norte y noroeste madrileños este pequeño pueblo del NO fue el predestinado. A su favor contaba su ubicación. La cercanía y fácil acceso a la A6, carretera de La Coruña, propiciaba el cómodo desplazamiento diario a la Complutense – exenta todavía de los torturadores atascos matinales de hoy día- y acortaba y facilitaba las soñadas idas y venidas a la patria chica, a la “Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella” y vacacionar y sestear en la Colina de Valmiguel.

Y pronto logré conquistarme amistad y afecto
de alumnas y compañeros
La partida fue espaciada y bien programada, por Palmira en un ala y yo en la otra. Aunque el primer paso en lo profesional fue duro y costoso. Había que redoblar esfuerzos, horas de estudio y dedicación. Más de medio curso, de enero a junio, compaginando y alternando Complutense y Deusto. Convaleciente todavía de una larga estancia hospitalaria en Basurto, debutaba en enero en la Complutense, residiendo parte de la semana en Madrid y regresando en tren a Bilbao los viernes por la tarde para impartir los sábados un curso de doctorado en Deusto. La convivencia diaria plena con estudiantes rejuveneció y suavizó mi programa. Inolvidables los paseos nocturnos tras la cena con jóvenes amigos filosofando y polemizando, y los campeonatos de tenis en las canchas del colegio. 

Cena familiar con el abuelito presidiendo
En este episodio familiar resta un capítulo por reseñar, el del nuevo rumbo y despedida de Algorta de nuestras hijas, ambos muy tomados en consideración por tratarse de decisión trascendental: Lucila, la pequeñita, no planteaba problema alguno, ligada como estaba todavía al regazo materno continuaba acompañando a su la mama en su nuevo colegio. Pero nuestras hijas mayores, comenzaban a enraizar y encariñarse con pandillas de amigas(os) del Puerto Viejo de Algorta.

Antje, al no estar reconocida de pleno la universidad de Deusto, tuvo que convalidar y repetir algunas de las asignaturas de 1º de Filosofía y Letras aprobado en Bilbao. Emma preparaba el ingreso en Bellas Artes. Eso sí, en Madrid disponía de más academias privadas especializadas para preparación del examen… y Blancaluz remataba bachillerato en Pozuelo, el único Instituto de Enseñanza Secundaria de la zona por aquellos años. Todas tuvieron la felicísima fortuna de disponer de este Bloguero como chófer particular y compañero de viaje, sincronizando viajes e itinerarios de estudios con mi ruta al trabajo en Complutense, añadiendo idas y venidas a Pozuelo o Moncloa.

Mi Deusto y nuestra Algorta, y mi Complutense, proseguirán siendo míos en el recuerdo y en la infinidad de fotos que los mantiene nítidos y próximos. Esto de los recuerdos es un regalo con el que disfrutamos al resucitarlos. 

Pero también pueden reabrir heridas que considerábamos restañadas. Recién asentados en Majadahonda y antes de estrenar curso, a principios de septiembre de 1976 moría la abuela María, la madre de Palmira, sin ver - ¡aplazando el viaje por su enfermedad!- cumplido el sueño de venir a Majadahonda a conocer el nuevo piso de sus hijos, de los que tanto presumía.

Y para terminar, y puestos a filosofar, debo anunciaros que mi último traslado, como narrador de este blog, no tendré energía para escribirlo. Y también informar que el blog cambiará en menos de un año de título, ya que al octogenario le restan meses para cambiar de década y de octogenario pasará a… ¡nonagenario! Eso sí, igual de romántico y de afortunado.

martes, 19 de mayo de 2015

ALGORTA: Misterio, Acierto y Compensación


Comenzaré por desentrañar el “misterio” del capítulo para acallar la sospecha de título tan sorprendente. “El misterio” se desencadenó en Archanda y quedó perfectamente aclarado una mañana de un enero cualquiera de l969 en una clínica particular de unos pisos de la algorteña Avenida de Algorta. Motivadores, tal vez, la brisa del Cantábrico o las alturas del restaurante mirador de Archanda, donde inesperada y misteriosamente se fraguó la noticia del evento: en la sobremesa de una cena familiar con tío Emilio y el presidente de la federación bilbaína de boxeo y esposa, en el popular restaurante del monte bilbaíno, Palmira comenzó a sentirse incómoda e indispuesta: “que le había sentado mal la cena”, “que se habría resfriado”, “una molestia pasajera”… fue el diagnóstico de los comensales. Mas, el malestar fue aclarado y desvelado por el ginecólogo de turno, a los pocos días del incidente. Resultado analítico: sin estar planificado, ni solicitado, ni aun siquiera pensado, resultó que Palmira estaba embarazada. ¡Nada menos que de tres meses! Y ¡sin previo aviso de los sintomáticos vómitos, mareos o antojos consustanciales a tales circunstancias! El cachondeo fue general en la colonia de amigos alemanes y españoles, siendo interpretado el caso por los circunspectos como “búsqueda del futuro heredero” para completar  el trío de las hermanitas. ¡Lo que no supo, o no pudo, explicar la medicina de entonces fue cómo en tres meses el feto de una futura cantaora-bailarina-profesora musical (el “misterio” se llamaría LUCILA) no había dado señal alguna de vida!


Antropólogos más sabuesos coincidieron en afirmar, sin embargo, que la motivación era debida a los genes maternos. Y dos de ellos, versados en letras, se atrevieron a testificar que el fenómeno se explicaba, simple y llanamente, por la inconfundible naturaleza de la madre que, como la de Platero, tenía acero. “Acero y luna de plata al mismo tiempo”. Veredicto avalado por la valentona Palmira que, como lo más normal del mundo, traía al mismo a los nueve meses justos, una mañana tibia de enero, mientras el marido esperaba noticias nervioso e impaciente en la Universidad de Deusto, a la cuarta de la dinastía, a la Lucila que, por nacimiento, matrimonio y circunstancias familiares tan vinculada continúa a la Algorta de nuestros amores.                                                                                                                                 

Una puntualización marginal no debe ser silenciada: del cachondeo y pitorreo inicial de amigos y conocidos a la difusión de la noticia del embarazo se pasó a los pésames y condolencias  ante la frustración de los progenitores al ver desvanecidas las esperanzas de ruptura de la serie femenina. ¡Falsa interpretación! Palmira y Manolo, felicísimos ambos por la llegada de la cuarta, no sólo porque un buen banco precisa de cuatro patas, sino, y principalmente, porque la historia y las leyendas cuentan que un hijo único, el más pequeño y mimado entre féminas hermanas, irremediablemente acarrea problemas educacionales, profesionales e insomnios maternos y paternos, acrecentados en la senectud. Y fue además un “acierto” pleno, pues sus hermanas disfrutaron haciendo de madrecitas de su hermana pequeña como demuestran las fotos adjuntas.


Una vez desvelado el “misterio” del título y después de la bienvenida a la Cuarta de las González, dediquemos un breve espacio, merecidísimo, a sus hermanitas, quienes compaginaban a las mil maravillas el papel de niñeras, con el de estudiantes de bachillerato, al cambiar de ruta y de colegio, sustituyendo el Colegio Alemán por el recién inaugurado Instituto de Enseñanza Media de Guecho, y el torturador madrugón y lento viajecito en autobús recogiendo alumnos por la ría y city bilbaínas hasta Ocharcoaga por un paseíto mañanero hasta Fadura, a tiro de piedra de Kasune.


“Acierto” al pleno y ”Compensación” asegurada, según proclamaba el título del capítulo, pues nuestras tres mayores salieron a flote respondiendo brillantemente al cambio, obteniendo felicitaciones, reconocimiento y hasta premio en algunas asignaturas, como demuestran las históricas y elocuentes fotos de entrega de premios por D. Jacinto, popular director del Instituto, y los profesores de las asignaturas correspondientes.


Sin embargo, cuando Antje acababa ya de cursar 1º de Filogía Moderna en Deusto, y el patriarca  superaba una seria estancia de casi un mes en el hospital de Basurto, una llamada-oferta de la Complutense madrileña propiciaba otro cambio de mayor envergadura y trascendencia y clausuraba una de las etapas más hermosas y determinantes de nuestras vidas. Etapa que permanece grabada con letras de oro en nuestra memoria como premio a nuestro saber estar, aceptar y adaptarse a otras tierras, lenguas, culturas, climas y circunstancias. Pero de todo esto, y mucho más, en el capítulo correspondiente.

martes, 21 de abril de 2015

L A G O L O N D R I N A II

¿ A dónde irá… veloz y fatigada?

(Canción y poema para una despedida)

La golondrina de Iribú 
nos acompaña siempre en La Colina
Si el capítulo “¿Volverán las oscuras golondrina?” fue un canto y un refranero de bienvenida y alegría a la llegada de la mensajera peregrina portadora de la primavera, el presente es una canción de despedida. Y según Neruda “la palabra despedida, como la de partida o invierno, tiene sonido de tambor lúgubre”. Éste es el caso de la siguiente canción popular mexicana. Melodía y letra melancólica y sentimental, emblemática de los exiliados mexicanos a Francia a mediados del siglo XIX a raíz del conflicto bélico entre los dos países. La música de Narciso Serradell Sevilla (1862) y el texto del escritor español, emigrado a México, Niceto de Zamacois, han sido inmortalizados y divulgados por el mundo entero como himno simbólico del emigrante; interpretados por grandes cantores como Alfredo Kraus, Plácido Domingo, Elvis Presley, Olimpia Delgado, Los Panchos, etc. También es pieza habitual de repertorios corales y rondallas. Mi rondalla “Voces de Otoño”, la interpretó en concierto la semana pasada, durante la Semana del Mayor en Majadahonda.

La inclusión en nuestro programa y su interpretación me llevó a reconsiderar mi relación con la golondrina  y a sintonizar con la tragedia que la emigración ha supuesto y continúa suponiendo para todo ser viviente, para aves y personas: el éxodo del pueblo a la ciudad, del campo a la urbe, de una provincia, una región, un país, e incluso de un continente, a otro.

También para “mi amada golondrina” traumatizada, pensando en el obligado retorno, tiene que ser dura la despedida del nido donde crecieron sus polluelos, de los lugares de recreo, veraneo y abundante alimentación. Y triste tiene que ser la percepción de que lo bueno se acaba: quedó atrás  la primavera. Y pasó el verano. El otoño la llevará al gélido, largo y mortal invierno. Se achican los días y el sol palidece, el termómetro desciende y la soledad crece… La despedida es partida con un retorno incierto. ¿Volverán….?

A los lectores que no conozcan “La golondrina” les aconsejo disfruten de nuestra versión  elegida de Internet.


A continuación  os ofrezco el texto que cantamos en nuestra Rondalla.

LA GOLONDRINA

¿A dónde irá veloz y fatigada
la golondrina que de aquí se va?
Oh, si en el viento se hallará extraviada,
buscando abrigo y no lo encontrará.

Junto a mi lecho le pondré su nido,
en donde pueda la estación pasar.
También yo estoy en la región perdido,
¡oh! cielo santo! sin poder volar.

¡Ave querida! ¡Amada peregrina!
Mi corazón al tuyo acercaré,
oiré tus cantos ¡ tierna golondrina!
Recordaré mi patria y lloraré.