martes, 31 de marzo de 2015

¿ VOLVERÁN LAS OSCURAS GOLONDRINAS ?

“No hay primavera sin golondrinas ni otoños (e inviernos) sin neblinas”


La sabiduría popular de los refranes, la añoranza de las rimas becquerianas, la morriña de los cantares  de Rosalía, las últimas y alarmantes estadísticas ornitológicas sobre una de las aves más populares, familiares y queridas de España, son las culpables de que este interrogante tan repetido en el tiempo, merezca título en estas Semblanzas.

Respuesta ilustrada de Iribú 
Por mi retina y mi mirada han desfilado millares y millares de esta glácil y cantora avecilla cariñosa, que tanto alegró mi niñez (v. cap. “El niño que soñaba con nidos y quería aprender a volar”) y que aún continúa reclamando  mi cariño y admiración, a la vez que aumenta mi nostalgia.

Muchos de mis lectores amantes de la naturaleza y de la ornitología conocen de memoria el dicho “una golondrina no hace verano”. Tal vez también conozcan el menos corriente : “una sola golondrina no anuncia el verano”, aplicables ambos a la recién estrenada primavera 2015, gélida y ventosa. ¿Quién no sabe que las golondrinas cuando llega San José…

-  Por San José la golondrina veré  (19 marzo)

-  Para marzo a su mitad, golondrina viene y tordo se va

-  San Raimundo trae la golondrina de otro mundo ( 17 marzo)

-  Si quieres saber cuándo es abril, la golondrina te lo vendrá
    a decir

-   A 15 de marzo da sol en la umbría y canta la golondrina
… retornan a los poblados  de la Península Ibérica, provenientes de los cuarteles de invierno africanos,  desfilando de una en una, y  que cuando regresan a los invernaderos del sur a finales de agosto lo hacen en bandadas?

¿Quién no ha vivido alguna vez  el bellísimo y singular espectáculo migratorio de las numerosas  familias de golondrinas posadas, silenciosas y reflexivas, en los cables de teléfono o del tendido eléctrico ultimando  los preparativos de su viaje de vuelta?

Pero, retornando a nuestro refranero, está demostrado que esa avecilla primera, solitaria (¿es el macho?) algunos años se anticipa y equivoca en el pronóstico y su mensaje de pregonera del verano ni tan siquiera es aplicable a la primavera.

Ejemplo elocuente el presente  marzo de este 2015: ¡el termómetro del ordenador lleva más de medio mes registrando mínimas bajo cero y máximas que no pasan de 7º u 8º, temperaturas injustas e inapropiadas  para nuestras anduriñas madrugadoras .                                                                                                                           
“ En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.
Miguel de Cervantes

!Ni golodrinas! Aunque la poetisa romántica gallega pregonase en uno  de sus cantares:

“Tornó la golondrina a su viejo nido”.
Rosalía de Castro

Pero no le sobraba razón a Don Quijote, y su quejosa sentencia en su último trance podría repetirse agrandada en nuestros días: Hogaño han volado y no han vuelto – ¡ni volverán¡ - miles y millones de paseriformes: alondras, cogujadas y trigueras; jilgueros, verderones y pardillos, ¡hasta gorriones!; córvidos (cuervos, grajos y grajillas)…

Y con ellos han  desaparecido sus nidos.
  • Y no han vuelto las golondrinas que colgaban sus nidos del balcón de la amada de Gustavo Adolfo, rozando con sus alas los cristales de la ventana, y aprendiendo los nombres de los enamorados.
  • Ni tampoco han vuelto las que “tornaban a sus nidos” en los tiempos de la melancólica poetisa gallega. 
  • ¡Ni las del Guadalquivir volvieron, ni las del Saar tornaron. 
  • Ni cruzarán este año el Estrecho  un millón de las oscuras avecillas tan cantadas por poetas e idolatradas por los  románticos de todos los tiempos.  

Quienes han podido compartir y disfrutar del encanto y alegría de sus trinos, de la belleza de su estilizada figura, de las acrobacias, sorteos  zigzagueantes, de sus rasantes vuelos (la golondrina barrendera rozando el suelo y limpiando el poblado de mosquitos), de sus idas y venidas por calles y plazuelas, por las alturas del azul cielo castellano… lamentan la triste disminución de estas avecillas tan queridas y admiradas como populares.   
      
Entre las numerosas causas de este debacle figuran:
  • la despoblación rural (la golondrina busca la compañía humana)
  • la modernización de la vivienda
  • la sustitución de la rústica piedra por el ladrillo y el hormigón
  • la desaparición de la clásica chimenea de campana
  • la transformación  de los espacios rurales, albergue de los animales domésticos: corrales, tenadas, pajares, cuadras y comederos, porches, espacios oscuros con ventanucos, vigas, travesaños y muros rústicos
  • La renovación y mecanización de la agricultura, la ganadería y el pastoreo…

Ejemplos a raudales recuerdo en casa de Emma-Juan, en casa de los abuelitos en Palacios, en en la Colina de Valmiguel y en la caseta de la viña en La Bandera donde guardamos un ejemplar histórico...)
Nido en el porche de la casa de Emma y Juan - Foto Miguel Angel

Al turismo de las golondrinas también le ha llegado la crisis! Fomentada y agrandada por la falta de alimentación o cebo, por  el uso y el abuso de herbicidas, pesticidas y otros productos químicos.

Según  estadísticas del pasado 2014 en el que la golondrina fue homenajeada  como “Ave del año”, España pierde un millón de golondrinas al año (datos ofrecidos por el Servicio español de ornitología – Birdlife). En el período 1998-2013 España registra un descomunal descenso del 32% y Europa un 35% de la población de golondrinas.    

La disminución de la población de otras especies, acusada por los cazadores (de la que ya se quejaba mi adorado Delibes), como las perdices, las tórtolas y las codornices, son también palpable realidad .
Paloma turca incubando en una acacia 
rozando los cristales del salón.
Foto de AAGlez
Aunque debo confesar que es arriesgado y difícil informar o juzgar con ecuanimidad cuando manda el corazón. Mi cariño y simpatía por los pajaritos, y por las aves en general, encuentran premio y correspondencia mutua en la fidelidad de algunas especies y en la llegada de otras nuevas, la paloma, tórtola turca... Unas se van para siempre y otras (poquitas) las sustituyen. Por ejemplo, la familiar paloma-turca anidando al alcance de la mano en la acacia de Cabanillas o en el prunus del patio de Emma o en la parra de uvas a la salida de la cocina de La Colina.

“Aunque no todo el monte es orégano” ni “oro todo lo que reluce”, los amantes y defensores de aves y pajaritos hemos de soportar y padecer con frecuencia los contratiempos de sus hábitos y de su higiene. Por ejemplo, recomendamos no sentarse ni pasear bajo un nido de golondrinas en período de crianza. Fácil de reconocer por adornar el suelo con un montículo de excrementos de los polluelos.

Pero, reconozcamos y admiremos el espíritu de limpieza hogareña de los golondrinitos, tan obedientes y educaditos, llevando escrupulosamente a rajatabla el código de higiene impuesto por sus progenitores, que reza según refrán:

“Pájaro que caga en el nido no debía ser nacido”

Más no hay tiempo que no vuelva. Cada año hay primavera.

La primavera acaba de llegar y sueño que con ella retornen las tan añoradas y alegres avecillas inspiradoras de este capítulo.

Anuncio para golondrinas:
Se admiten "okupas" en el nido de La Bandera para 2015.
Foto: Miguel Angel

domingo, 15 de marzo de 2015

Algorta o la cultura del encuentro y la amistad

Finalizábamos nuestro anterior recorrido por Algorta aposentados en una calle, una casa y un piso siempre abiertos a la amistad y a la hospitalidad: Kasune 1, 3º izquierda. Todavía hoy continúan cabalgando en la memoria, Kasune arriba y abajo, un tropel de familiares y amigos, que fueron quienes dieron vida y carácter a una época. Un sinnúmero de vidas encontradas y cruzadas, de dentro y de fuera- vascos, españoles y extranjeros- que nos acompañaron durante una década haciendo sentirnos como en propia casa y convirtiendo nuestra trashumancia en cultura del encuentro y la amistad, valores universales. Ellos fueron los amanuenses de imborrables páginas de nuestra historia.

La infancia y la adolescencia de nuestras hijas mayores, la llegada de Lucila, la cercanía de la familia (Regalados y González, capítulo siguiente), las numerosas amistades por afinidades profesionales, culturales, deportivas, lúdicas, etc. convirtieron a Algorta y Villamonte, a Kasune y entorno, en lugar de magia y duende, como diría un andaluz. Algorta era, según recordé en su día, reserva codiciada de profesores y padres de alumnos de los colegios alemán y americano, con quienes tantos vínculos nos unieron.
Merecen prioridad en la siguiente nómina (por riguroso orden alfabético):

Alemania y los alemanes
"Albaabend" en casa de los Reissert
En Kasune 1 vivían los Reidinger, Ingrid y Rudi, amigos inseparables hasta hoy día, y sus sucesores los Lischka. En el 3 los Blumm (Helga y Willi). En Villaondoeta, los Osterholz y los Fiedler. Más cercanos a la estación los Riess (Wolfgang y Renate), en Usategui los Horn, en sus cercanías los Haag. Y seducidos siempre por la proximidad del mar, un largo etcétera de familias alemanas todas ellas asociadas o vinculadas por multitud de aficiones e intereses. Como centro de reuniones corales profanas y sacras, recordamos con mucho cariño al Rektor Roth, párroco de los alemanes en Algorta, organizador de reuniones y excursiones para pequeños y mayores. Y no podemos olvidar a los Reissert de Archanda y a los Reichert (Edith y Winfrid), residentes en el Colegio Alemán de Ocharcoaga por su cargo directivo. Éstos últimos a la cabeza de los leales, fieles e inseparables como testimonian los viajes a Majadahonda, Palacios o Nürnberg. Inolvidables y entrañables eran los “ALBAABEND”, curioso anagrama que de velada (Abend) Literaria de Amigos de Bilbao y Alemania.
Carnavaleando
Se trataba de una tertulia literaria mensual en torno a una obra clásica o moderna (poesía o novela elegidas democráticamente) en casa de uno de los tertulianos: media docena de matrimonios alemanes residentes en Vizcaya, liderados por Palmira y Manolo, responsables del evento. La jornada, a veces no exenta de polémica, finalizaba en torno a una tentadora mesa, habilidosamente presentada por la anfitriona de turno. El alto nivel académico de dichas reuniones desbordaba en ocasiones en festejos y jolgorios musicales, folklóricos, incluso carnavalescos.

América y los americanos
Con el primo canadiense
A la internacionalidad y cosmopolitismo de Kasune contribuyó con creces Palmira con sus amigos, compañeros y padres de alumnos del Colegio Americano de Berango. Compañeros, alumnado y sociedad, muy diferente de los diferentes grupos que retrato: más llanos y campechanos, más frívolos y espontáneos. Las madres de los alumnos, esposas de los grandes directores generales de las multinacionales de la ría bilbaína  (Dow-Unquinesa y General Electric, entre otras) limpiando y pintando las modestas barracas del colegio y colaborando activamente con el claustro en numerosas actividades. También los alumnos, simple bocadillo como comida y ejerciendo de lavacoches los festivos; ejemplo insólito en aquella rancia sociedad española clasista de marcadas diferencias sociales. En este apartado no puede faltar Victoria Bustinza, también profesora de español, amiga y compañera de Palmira. Y como Canadá también es América, mención especial merece la visita de nuestro pariente americano, Heliodoro, desde Quebec.
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Salamanca y los charro-bilbaínos
Otro círculo de inseparables compinches en nuestras correrías por tierras vascas fue el de “Los Charros”. El tirón de la cuna y la patria chica se dinamiza y visualiza en mayor escala en la distancia. Responsables de ello dos coyunturas que no debemos olvidar: la primera, la Universidad de Salamanca y la segunda, la primera de las grandes crisis que nos han cabido en suerte. Bilbao, Barcelona y Madrid tuvieron que cargar con la emigración de trabajadores y universitarios de la meseta castellana. Bilbao era en aquel entonces para los “maquetos” llegados del centro, del sur y del oeste, sinónimo de Vizcaya. Y en las márgenes del Nervión, indistintamente, aterrizaron y se amigaron charros procedentes de la universidad y del campo salmantinos. De las aulas procedían principalmente médicos y docentes, todos catalogados y custodiados por el campechanote y parsimonioso doctor Fernando Gómez Valls, charro por excelencia, a quien no se le escapaba paisano que caía por hospitales, aulas o empresas vizcaínas.
Fernando, al fondo, en reunión de charros
Del vivero de Anaya (letras y magisterio) procedía el grupo femenino dominante y organizador: tres compañeras de curso y facultad: la Tante Lola, Merche Garrido y Tony Ruano; y Palmira y Dori procedentes del rincón de La Hospedería (Normal de Maestros). Entre los varones destacaban los galenos: los Doctores Pedraz y Boyero (el primo Benjamín y su socio, con sus respectivas, la asturiana Consuelín y la vasca Charo). También de la “salmantica docet” y del entorno catedralicio llegaron a Algorta el inseparable Onkel Pepe (José Luis Sanromán), compañero de facultad, el tío Pepe (o José Regalado) de Derecho y el que estas memorias pergeña. Las reuniones, festejos y jaranas de la panda solían (¿o debían?) finalizar con cánticos y tonadas populares de la tierra, no pudiendo faltar el “himno charro”, siempre con la Tante Lola como directora de coro:
“Salamanca la blanca,
¿quién te mantiene?
Cuatro carboneritos que van y vienen”.

Elisa y Juan en buena compañía
No solo del pueblo de la canción y de la capital, también de Palacios, Palacinos y cercanías acudían a la hospitalaria Algorta amigos y conocidos que moraban, curraban y progresaban en Portugalete, Baracaldo o Bilbao. Visitas y celebraciones que eran orgullosamente correspondidas: Elisa y Juan, Gripi y Manolo, Flores y Vicente, Agustina, hija del tío Farruco, doncella con el marqués de Villagodio y otras amistades más que fueron apagándose por el forzoso distanciamiento laboral, por la edad y la profesión.  

Mención muy especial merece Cele, que nos acompañó desde Alemania a Bilbao, parte integrante de nuestra familia, que continúa alegrándonos con sus visitas… y motivo de mayor satisfacción fue la llegada de mi hermano Luciano y familia.

Los amigos vascos
Actores influyentes en este largo entreacto en tierras vascas y cómplices en aventuras deportivas y musicales fueron los amigos pelotaris de Martiartu, Fadura y la Ola: Eduardo Berriatua, compañero zaguero, José Jauregi, entrañable amigo, ingeniero de Iberduero (a él debemos la luz eléctrica en La Colina de Valmiguel y comarca) y Josu Unzurrunzaga; estos dos últimos, casados con sobrinas de nuestra inolvidable Begoña Gárate. Todos ellos integrantes del cuarteto de pelotaris y amigos. La pareja Berriatua-González fue subcampeona de 3ª en el Club Martiartu 1976. ¡Imperdonable, inolvidable y dolorosísima derrota final…! ¡Con el marcador 14 -7 a nuestro favor nos quedamos 17 para 21! contra una pareja de padre e hijo adolescente.
Recuerdos de un pelotari

Insuperables la simpatía, la sonrisa, el bigote y la voz de Juanjo Zubiaga, director de la oficina del Banco de Bilbao en Algorta, miembro de un otxote, que participaba todos los años en el festival de Habaneras de Torrevieja.

Imborrable la ejemplar, fiel y super agradecida figura del vasco integral José Arteta, a quien después de jubilado arrastré hasta la universidad licenciándose en románicas y doctorándose en entusiasmo, reconocimiento y cordialidad.

La vecindad vasca de Kasune y Villaondoeta también merece figurar en esta orla: en primer término los López, los más próximos y familiares , vecinos de planta y los Escudero del segundo, cercanos a la numerosa estirpe de Echevarrías y Urías, cuna de importantes personalidades políticas vascas : Juan Echevarría a quien conocí personalmente como decano de la Facultad de Económicas de Sarrico, posteriormente secretario de estado en el gobierno de Suárez, y Margarita Uría, destacada jurista y cargo relevante en el PNV actual. Y como el mundo es un pañuelo, el hoy ancianito Juan es accidentalmente vecino cercano de la sobrina Conchita en Madrid.

Mención honorífica merece la entrañable Emi, profesora de piano de nuestras tres hijas mayores que con tanto amor las acercó a la música, a la que siguen tan vinculadas. 

La implacable y misteriosa ley del tiempo agranda la tiranía del olvido y es injusto silenciar nombres de personas y amigos que desfilaron por nuestra casa y nuestras vidas, por este Kasune que fue y continuará siendo “nuestro”, mientras Algorta prosiga viva en nuestro recuerdo. 

viernes, 6 de febrero de 2015

EL RIO DE MI VIDA (III)

(Historietas que pasaron en el Río que no pasa)
“Las aguas como los años pasan, pero el Río y los Recuerdos quedan”. (MJG)

Los amargos melocotones del "Taponero"

El día de hechos debió coincidir con una soleada y apacible mañana otoñal de finales de un septiembre cualquiera de hace muchos, ¡muchísimos… años! Cuando los pimientos y tomates maduraban a docenas coloreando la huerta y la fruta tardía, manzanas, membrillos y melocotones, amarilleaba tentadora. Juanito, el “socio” inseparable y el narrador de la pillería, mozalbetes en ciernes, caminaban canturreando por el polvoriento camino del Río y con la típica herrada de cinc al brazo, hacia el “cantero” del herrero en  la huerta de Santibáñez en busca de hortalizas y verduras para el consumo familiar. Ejecutada la tarea y cumplida la recolección, de ritual era el inevitable y obligatorio saludo a la chopera de nuestro río, al Tormes de verde y frondosa orilla con gigantescos, esbeltos y umbrosos chopos. Las aguas, sin embargo, frescas ya a esas alturas, el verano superado, no invitaban ni al baño ni a la pesca. Pero lo que si inducía a la tentación, era un seductor melocotonero, al otro lado del río, atiborrado de amarillentos frutos que nada tenían que envidiar a las pecaminosas manzanas bíblicas de Eva.

Fotografía: http://frutifactoria.com/es/
El tentador arbolito incitaba a codiciado y suculento botín. Mas, para llegar al árbol prohibido había que cruzar el río y escalar un rústico muro de piedras y maleza, que servía de valla a la huerta primorosa del susodicho Taponero. Desconozco el origen y la motivación del apodo del propietario. Solamente sé que era un terrateniente de Juzbado: con monte propio, con medio término del pueblo como latifundio y con esta huerta así apodada, pequeño paraíso, envidia y dechado de las plantaciones hortícolas que alfombraban de verdor la margen derecha del río. Frondosos frutales de todas las especies: manzanos de reinetas con sus cargadas ramas abanicando el suelo, peras y ciruelas de todas clases, higueras y membrillos y… destacando sobre todos ellos, en el día señalado comenzando a amarillear, el seductor melocotonero del bien y del mal. Nada faltaba en aquel jardín de las tentaciones. Hasta… ¡hortelano particular! con casita residencia de verano, acompañado de familia y perros, todos ellos dedicados a la labor y cuidados de la huerta. A principios de otoño, sin embargo, avanzada la recolección de hortalizas, frutas y verduras, regresaba con su familia a la habitual vivienda del pueblo dejando desamparada y a la deriva a la niña de sus ojos.

El asalto a los melocotones era por tanto ocasión propicia y pintiparada. El silencio y la soledad enseñoreaban en toda la huerta. Cruzamos el estrecho y vado brazo de río de la pequeña isla. Nos abrimos paso entre las tupidas espadañas y la maraña de la maleza y trepando, con dificultad y los consiguientes arañazos, superada la rústica cerca de piedra  nos asentamos, triunfantes y complacidos, bajo las ramas del codiciado árbol del paraíso. ¡Pero no eran melocotones todo lo que relucía!

Con la primera pieza dorada en la mano no pudimos testificar su exquisitez. A dos pasos del árbol apareció entre el enramado el inesperado hortelano prorrumpiendo gritos y palabrotas ensordecedoras. Desde “hijos de perra” hasta el sinónimo “hijos de p…”, toda una retahíla de improperios aterradores vomitaba su boca de sapo. Mas, el lobo feroz no consiguió atrapar a los indefensos corderillos que mas que corrían volaban.   
 
"Correperdices y patas de galgo"
Con agilidad felina y pericia atlética, de un salto mortal cruzamos medio río. Cargados de pánico y susto, con los bolsos vacíos, conseguimos alcanzar la tranquilidad al sentirnos finalmente en nuestros dominios. Recogidos los bártulos, con la mercancía a cuestas, sosegados y apaciguados nos disponíamos ya a tomar el camino de regreso al pueblo cuando… ¡Oh horror! Inesperadamente, cruzado el río, apareció en la vega, como a unos cien pasos, el guardián de marras corriendo en nuestra persecución. ¡Infeliz de él!¡No sabía que tenía que vérselas con “correperdices” y patas de galgo.

Emprendiendo vertiginosa carrera hacia la espesura del monte, dejamos a nuestro perseguidor con dos palmos de narices en la lejanía de la llanura. Atajábamos tranquilos y relajados, entre encinas y carrascas, dirección al pueblo, cuando… ¡nuevamente que aparece en el monte el testarudo gendarme con aires de “sheriff!” justiciero! Yo, fatigado, con la carga de tomates, pimientos y cebollas a cuestas, opté por un quiebro a la derecha yendo a esconderme tras el robusto tronco de una frondosa encina. El tozudo individuo pasó a unos metros de mi escondite y  prosiguió persiguiendo a Juanito que tomó rumbo sur, hacia las rastrojeras de la explanada que enmarcaba el término de Zarapicos.
 
Por mi parte, recuperada la perdida respiración y alejado del peligro regresaba al pueblo por la Ladera, solitario y silencioso. Nervioso e intranquilo sufría en casa el paso de las horas sin que mi cómplice apareciese. Al fin, tras  largo y penoso interrogatorio tuve que confesar nuestro delito y la causa de la tardanza del compañero del tragicómico suceso.

Carrascal y el río Tormes al fondo, en la actualidad
Foto de Ricardo Melgar 
Afortunadamente y ¡a Dios gracias!, tras dos largas horas de suspense apareció mi Juanito, fatigado y asustadizo. La calma retornó al relatarnos con pelos y señales el insólito discurrir con “happy end” de la maratoniana carrera: la frustrada “Aventura de los Melocotones del Taponero” le había costado, “sin guisarlos ni probarlos”, la friolera de una forzada marcha contrarreloj, de unos cuantos kilómetros salvando rastrojeras, prados y barbechos, cruzando entre El Tejar y el teso El Águila, hasta alcanzar los primeros viñedos de Zarapicos. En la huerta del señor Pascual de San Pedro, compañero de fatigas en la “época de las uvas” y la recolección en aquellos parajes y a aquellas horas, encontró al padre salvador que, escuchada la odisea,  tranquilizó al sofocado y acalorado aparecido poniéndole una azada en sus manos y sembrando la paz en su ánimo con las siguientes palabras paternales: -”No te preocupes. Digo que eres hijo mío”. Pero no precisó revelar la astucia. Allá en la lejanía, abatido y derrotado, se vislumbraba la silueta del testarudo hortelano retornando cabizbajo y encorvado. ¡Al fin tiró  la toalla! Juanito respiró tranquilo. Sin probarlos ni aun olerlos- puso fin al postre de fruta más amargo de nuestra vida.
                                                                               
Y… “¡Colorín colorado…!
aunque cuento parecen
aventurillas de tiempos lejanos-
es consejo armonizar presente y pasado,
aprendiendo a compartir
amarguras y dulzuras
en exóticos platos”. (MJG)


La “aventurilla”, mil veces relatada y magnificada por ambos protagonistas, muy bien podía pasar a la historia titulada: “Entre pillos anda el juego”.

martes, 13 de enero de 2015

EL RÍO DE MI VIDA (III)

(Historietas que pasaron en el Río que no pasa).

 “Con la edad, cuando te haces viejo, retornan los felices años de la  niñez y la juventud”.


Mi Río fue mucho más que ese idílico vergel idealizado y poetizado. Mi parcela de Tormes era mucho más extensa que el patentado “trocito entre choperas”. Mi Río era uno de mis pequeños reinos. El campo de mis actividades y aventuras. Mi paisaje fluvial abarcaba, aproximadamente unos cinco kilómetros: desde la pesquera y el vado de Almenara hasta la aceña del Salinar, pesquera y molino próximos a los Baños de Ledesma. Extenso y multiforme margen izquierdo de Tormes (salvo escasas e inaccesibles riberas), transitado a pie o a nado con mi rudimentario estilo de braza autodidacta. De este a oeste, y viceversa, y de sur a norte, esta parcela de río fue escenario de numerosas correrías y aventurillas infantiles y juveniles, propias de una época y unos años. Para que estas “Memorias” no se conviertan en aburrida y plomiza narración, voy a transcribir algunas de las más curiosillas y simpáticas. Con excepción de una de ellas, el resto se asemejarán más bien a los cuentos de Maricastaña o a los de Pulgarcito o Alibabá. No pretenden, ni por asomo, asemejarse a antologías famosas universales. Son historietas hilvanadas en una víspera de Reyes con la exclusiva función de servir de recordatorio y retorno a siglos pasados, a otros tiempos y otras costumbres. La primera de ellas nos traslada nada menos que a la niñez de un servidor, siguiendo el ejemplo de Perrault, quien según Saint-Beuve "No hacía más que fijar por escrito lo que, de tiempos inmemoriales, todas las abuelas han contado”.


Jugarretas de la “lagarta” Alejandra



Érase una vez una historia tan alejada de la presente realidad (como que de ello hará más de medio siglo) que, hasta el título desorientará al lector más sagaz. No se trata de un cuento para niños (aunque Martín, el benjamín de la familia anda saltando y brincando con sus acrobacias por mi cerebro), ni tampoco conviene tomar adjetivo y nombre propio al pie de la letra. Alejandra no es protagonista de un romántico o gótico episodio, ni su calificativo tiene nada que ver con la hembra del lagarto. El capítulo narra los sustos, angustias y disgustos que un goloso y desobediente animal ocasionaba a su inocente guardián, criaturita de poco más de diez años.


El nombre de la protagonista, cerda madre de gran envergadura y excepcional instinto, no tenía nada que ver con el Magno guerrero, fundador de Alejandría. Alejandra se llamaba así como simple indicador de su procedencia. Había sido adquirida por los amos de Santibañez (finca charra de las riberas del Tormes), donde se desarrollará el acontecimiento, al tío Alejandro de Carrascal, padre de Bella y del Juanito. No hace falta señalar que el escenario del drama, una vez más, fue el “río de mis amores”. Si debo, sin embargo, puntualizar que nuestra coprotagonista porcina era una hermosa hembra “pata negra”. Aunque éste no era valor a tener en cuenta en aquellos tiempos que no existía todavía en España la tan cacareada denominación de origen jamonil. En la Castilla de aquel siglo XX, todos los cerdos eran ibéricos: negros o “coloraos”. Todos ellos oriundos (por qué no) de los primeros pobladores de la península. ¡Hasta que llegaron los gigantes de “pata blanca”, procedentes de las islas británicas con jamón de muy inferior categoría.

Retornando a la Alejandra de nuestra historia, tengo que añadir a su elegante físico su endiablado carácter. Especifico: peleona, desobediente, separatista, tragona, golosona y… lagarta. Siempre a la cabeza, cual cabestro sin cencerro, dirigiendo la manada. Con frecuencia desmandada. Actuando por cuenta propia. Sorda siempre a los gritos y silbos del impotente porquerillo. En algo, sin embargo, sintonizaba plenamente con su guardián: ¡a los primeros calores de la mañana estival, una vez bien repleta su panza de rellenas espigas de la rastrojera, emprendía, con su característico trote lobero, carrera hacia el río, centro de sus delicias, donde saciar su sed. Una vez en el abrevadero se revolcaba, bañaba y nadaba hasta la mitad del río demostrando sus dotes de gran nadadora. Cuando las circunstancias eran propicias cruzaba un pequeño brazo de río, hasta una islita de verde, pasto para refrescar su boca, recalentada por las espigas. Su regreso no tenía hora fija. Dependía de su santa voluntad. Siempre sorda a mis silbos y llamadas amorosas.

Sus delicias eran, sin embargo, bucear a la búsqueda de un molusco de río, un enorme mejillón que por mi tierra calificábamos genéricamente de “concha” (hoy desaparecido en el Tormes por la construcción de los pantanos) y que solamente se criaba en zonas fangosas y areniscas, en orillas en las que crecían espadañas y eneas. A diferencia de los “mejillones de mar”, que se adhieren a las rocas, éstos se deslizan y ocultan en la arena. La listeja de la Alejandra con su olfato de sabueso los descubría al instante. Y con la presa en la boca, salía a superficie, sacudiendo sus orejotas, triturando y engullendo tan delicioso manjar. Tal era su habilidad pescadora que, además de experta “mejillonera”, creo podría haberse ganado la subsistencia como “percebeira” galega”.    

No sé si he mencionado que, además de pescadora, era peleona, atributo que provocaba frecuentes disgustillos. La dueña de la manada, vieja gruñona y cascarrabias, controlaba todas nuestras salidas y llegadas, mis horarios y cometidos. Si mi estancia en el Río se prolongaba, rapapolvo al canto. Pero sobre todo, cargaba siempre a mis espaldas las valentonadas de la Alejandra. El día que por hache o por be, algún integrante del redil regresaba sangrando por una oreja o cojeando de una pata o una mano, casi siempre como consecuencia de una "caricia" de Alejandra, la vieja gruñona descargaba su furia sobre el inocente guardián, incapaz de poner paz y evitar luchas y peleas en la piara.

Sin embargo la mayor e imperdonable de las endiabladas judiadas de la "lagarta" fue el asalto al patatal de una huerta de Almenara en la otra margen del río... La superficie de mis riberas del Tormes eran más cambiantes que las fases de la luna. Tan pronto se estrechaban como se ensanchaban, se allanaban como se escarpaban. El abrevadero, destino del paseo diario, era una minúscula playa prolongación de la llanura de la fértil vega. Sin embargo, la ribera del otro lado la formaba una alargada y escarpada colina recortando el horizonte. En bancales agrestes escalonados descendía hasta el río, finalizando en pequeñas plantaciones hortícolas fértiles y bien cultivadas abastecidas con el agua que los primitivos cigüeñales fenicios elevaban del profundo Tormes.

Un día, aburrida Alejandra de su estéril buceo, decidió explorar y husmear la otra orilla. Cómo pudo escalar el murete de piedra y alcanzar el patatal continúa siendo una incógnita. Lo que sí es explicable fue la destreza de su hocico para localizar, hozar y engullir los ocultos exquisitos tubérculos y dejar la huerta convertida en el “auténtico patatal” de la metáfora.

El misterioso desastre puso sobre aviso al despavorido y avispado hortelano, quien al día siguiente, ducho como era en la materia, descubrió de inmediato, por la huella de la pezuña, que el malhechor era de la especie porcina y que no tardaría en repetir de nuevo fechoría. No se equivocaba. La autora del crimen, arquetipo de “animal de costumbres”, intentó repetir banquetazo al día siguiente y a la misma hora. Agazapado en unos matorrales esperaba, estaca en ristre, el justiciero vengador. El repertorio de blasfemias, gritos e improperios del desalmado hortelano resuena todavía en mis oídos, y el pánico y el horror inundan, todavía hoy, las teclas del ordenador.

Así concluyó la jugarreta de Alejandra.
El osado animal gruñendo y con sus costillares molidos a palos, a buen seguro batió record Guiness de velocidad en la travesía de ríos, y el responsable del estropicio ni sabía ni tenía donde esconderse. Hubiera preferido que las aguas se lo tragasen, o que la corriente lo arrastrara al océano. O ser dueño de las botas de siete leguas para desaparecer en los confines de la tierra sin dejar rastro ni huella.

No recuerdo el final de la historia. Solamente puedo dar fe de que aquella noche sufrí uno de las pesadillas e insomnios más amargos de mi vida. Tan pronto se me aparecían los tricornios de la guardia civil como el furibundo hortelano transformado en pordiosero andrajoso, amenazándome de muerte, o colgándome de un árbol, o el juez de paz del pueblo condenándome a pagar, por toda la eternidad, las patatas que se engulló la maldita alejandra (sí, con minúscula ahora); imagen recurrente de mis sueños fue el florido patatal del desconocido de Almenara convertido en desbastado erial poblado de cardos, ortigas y zarzales en los que el inocente porquerillo luchaba por desasirse.

Pero lo más aconsejable será cubrir el episodio con un tupido velo y pasar página a la siguiente tragicómica trapisonda fluvial que publicaré en breve.

domingo, 4 de enero de 2015

Homenaje a la matriarca de la familia: guardiana y defensora de tradiciones seculares

Te fuiste sin despedirte. Pero dejando bien atados todos los cabos. ¡Todo tan bien organizado! Como siempre. Pasaste a la otra vida, por la que tú luchaste, en el día y fecha en que la España de tus amores festejaba el tránsito a la democracia (6 diciembre). En el momento más oportuno: cuando la mayoría de los tuyos, dispersos por la piel de toro, se encontraban en Salamanca circunstancialmente: como si hubieran recibido tu mensaje y acudido a rendirte el último adiós. Elegiste  para tu funeral el día de la Inmaculada, de la que tú eras tan devota. Pues, no hay monumento, iglesia o santuario a Ella dedicado que tú no visitaras o al que tú no peregrinaras: desde La Peña de Francia a  Guadalupe y Fátima, desde la Purísima a María Auxiliadora en Salamanca o La Salud de Tejares.

Te fuiste sigilosa. Una enfermedad devastadora pudo contigo. Y la “tía Tina” que siempre recordaremos y querremos será aquella madre y hermana, cuñada, tía o prima apasionada y luchadora, ansiosa de aprender más y más, de viajar y  de enseñar. Guardiana y defensora de sólidos fundamentos, fiel a viejos principios y tradiciones.

Pero… comencemos la historia por el principio. Nos conocimos de jovenzuelos. Tres bachilleres,Tina, Palmira y un servidor, luchaban en una academia de la Puerta Zamora, por quitarse del medio el fatídico y temido Examen de Estado o Reválida  de aquellos tiempos. Las tres hijas del secretario de Palacios del Arzobispo y el diablejo de su hermano Emilio moraban y compartían habitáculo modesto y siberiano en el corazón del barrio universitario salmantino, en la histórica calle de Libreros. Tina, como primogénita oficial, cumplías a rajatabla con la responsable misión de “ordeno y mando”. Con Palmira formabais un dúo inseparable en el que la mayor, siguiendo la tradición, llevaba la melodía y la batuta. Y desde que el compañero de academia comenzó a acercarse demasiado a tu hermanita, bordabas tu papel de fortaleza protectora, vigilando entradas y salidas, idas y venidas, vueltas y revueltas, citas y comportamientos. Dori, la pequeña picaruela, con su dulce ingenuidad, se saltaba a la torera, secundando a su hermano Emilio, normativas y reglamentos.
                                                                                                                                
Terminada la carrera y alzado el vuelo, destino, maridaje y profesión de las tres hermanas docentes os condujeron por distintos y lejanos derroteros. Tú, sin embargo, después de breve estancia por tierras sanabresas zamoranas (inolvidable Rioconejos), conseguiste asentarte definitivamente en Palacios, en “la casa de la maestra”, a un pasito de tus padres.

Un día del Pilar festivo, de 1955
El pueblo que te vio nacer y crecer se convirtió en el pueblo de tus amores. Y desde el día de tu boda -un Pilar festivo, solemne e inolvidable en los anales de Palacios del Arzobispo-  Dª Tina la maestra y Dº Ignacio el veterinario acabasteis convertidos en institución palaciega. Y aunque la profesión de Nacho os trasladó a la capital y os ubicó definitivamente en la Plaza de la Reina, el tirón del pueblo, sus gentes y familia, convirtieron a Palacios en centro y campo de operaciones, de tus sueños y ensueños: la escuela y la iglesia, la plaza y los bares, la tertulia y partidas a la brisca o al  tute con prima(o)s y amigos, los celebrados festejos de San Juan, el Ofertorio  o la fiesta de la Morera, asociación que presidiste una temporada… por recordar algunas de nuestras comunes debilidades.

Vendimia 1970
El traslado inicial a la capital de Salamanca no redujo en absoluto vuestro apego a la naturaleza y a los animales. Pusisteis en marcha en  Villamayor una “granja modelo”, visita obligada en vacaciones y veraneos, donde pequeños y mayores asfálticos disfrutábamos al aire libre de la vivienda y piscina, y en la inmensa campiña, establos y cobertizos de la compañía y fascinación de las vaquitas y terneros, de las gallinas y cerdos.

Pero la impronta de Palacios en los atardeceres de tu carrera, os arrastró a trasladar la residencia rural a la tierra que os vio nacer, y levantasteis en la que fue olvidada parada del coche de línea, un moderno chalet, Entrencinas bautizado, con su huerta y frutales, tus rosas y tus flores. Acierto pleno de ubicación: en  transitado cruce de caminos, con el mirador de Valmiguel a tiro de piedra.

En la larga estela de recuerdos de esa etapa final de jubilados jubilosos y voluntariosos, figuran los viajes turísticos comunes que simbolizaban nuestra querencia por viajar, ver y aprender. Siempre con boli en ristre y cuaderno de notas a punto. Juntos, en compañía de alguna de tus hermanas y maridos, volamos hasta El Cairo y navegamos por el Nilo hasta Assuan, viajamos por el extranjero y por España: Italia, Israel o Portugal; Galicia, Extremadura o Cantabria, Santiago de Compostela, Cáceres, Santander: por las dos Castillas y Madrid, Toledo, Segovia, Ávila  etc.

¡Te fuiste antes de tiempo! ¡Llevabas ya años ausente de nuestras reuniones, Herreradas y celebraciones! Nada pudieron por salvarte ni el celo, ni el modélico cariño de tus hijos.

Entrencinas y el toro de su veleta
Contigo se nos fue la matriarca de los Herrero, la heredera en Palacios de una numerosa familia viajera, para la que serviste de aglutinante. Fuiste el hada-madrina al borde del camino (además de madrina de nuestra hija Emma). Entrencinas era parada y alto de familiares y amigos que subían y bajaban del pueblo a la Bandera o al Carbajo, a la Viña o al Caño o viceversa. Tu palacete, en el que nada faltaba, es hoy santuario vacío con su lucecita nocturna apagada. El toro de su veleta continúa marcando la procedencia del viento. Tus mimosas continuarán anunciando la llegada de la primavera, y por mayo volverán  a florecer  los lilos y rosales, y aromatizar el paso de los transeúntes, que no te olvidamos.

Descansa en la paz por la que siempre luchaste.

Y como recuerdo de momentos memorables juntos, sirva de colofón esta muestra fotográfica:

Ya sale la novia...
...y en la boda del bloggero con tu hermana...
...y en la de tu hermano y Merce con la nueva generación en primer plano....
...y de modelos en Zamora en la boda de una amiga...
...y con tío Benito, el gran maestro de la familia...
...y recibiendo a parientes y amigos ya en el jardín de los abuelitos.
...y la Reina de la calle La Reina!
...y en una de tantas excursiones con la familia...
...en las Arribes salmantinas...
...y escalando los picos de Gredos.