lunes, 24 de marzo de 2014

PALACIOS DEL ARZOBISPO II

Lo que va de Ayer a Hoy

Nada ni nadie es como fue ni será como es. La memoria funciona por asociaciones y también por contrastes, según sentenció hace siglos Aristóteles. La historia de Palacios, como la de todos los pueblos, va inexorablemente vinculada a la evolución y el desarrollo. La implacable sucesión de generaciones deja sus huellas y trasmite su impronta. Cada generación hace entrega de llaves y riendas a los que le suceden. Cada época ve las cosas desde su punto de vista. ¡Hasta las palabras cambian de significado y vigencia con el devenir de los años!

El Ayer del enunciado equivale a un largo pasado, a la segunda mitad del siglo XX, y el Hoy, al presente de lo que llevamos de siglo. Palacios es, para este fiel “hijo adoptivo”, sinónimo y símbolo de pueblo, personas, paisajes queridos: de familia y amistades. Con luces y sombras como la vida misma.

No voy a detenerme en la historia y significado del pomposo topónimo de Palacios del Arzobispo, menos encomiable y más emborronado de lo que el corazón y las leyendas medievales y renacentistas dictan. La interpretación más convincente y fidedigna, hasta hoy día, sobre el nombre y los orígenes de nuestro pueblo es la recogida por nuestro paisano, gran lingüista y estimado compañero, Ignacio Coca, en su brillantísima, concienzuda y meticulosamente documentada tesis doctoral: “Toponimia de la Ribera de Cañedo”.

Lo que va de Ayer a Hoy es distancia muy difícil de calibrar en el tiempo y en el espacio. Como suele ocurrir en la realidad y en la propia vida, todo es del color del cristal con que se mire o de la vara con que se mida. A los ancianos nos acompaña siempre, cual perrito faldero, la maltrecha memoria, la melancolía y la nostalgia, manantial no siempre de aguas cristalinas. Pero, al menos, nos sirve de refugio en insomnios y duermevelas. Cuando a mediados del pasado siglo, llegaba por primera vez a Palacios, arrastrado por la seductora e invencible fuerza del amor un veinteañero estudiante de una aldea perdida del otro lado del río, Palacios del Arzobispo no figuraba en mis conocimientos históricos ni geográficos. A pesar de haber sido siempre la Geografía asignatura preferencial. El recuerdo de mis primeras escapadas a Palacios a “ver la novia”, en bicicleta o a caballo, es uno de los más dulces y gratos recuerdos de juventud (ver el capítulo “Noviazgo a la antigua usanza”). Debo hacer saber, aunque la mayoría de mis lectores no lo precisen, que la dulcinea de mis amores era una seductora rubita, que aún no frisaba los veinte y que, además de por su nombre, solía llevar por sus encantos la palma en el pueblo. Baste ello para justificar el asentamiento de Palacios en mi corazón y, para que el Palacios de Ayer continúe bailando en mis ojos y armonizando mis oídos, haciendo bueno el verso del poeta de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Se trata de un Ayer resucitado desde una perspectiva idílica, romántica y sentimental. Añoranza de ausencias y pérdidas irreparables: personas, personajes y pájaros. Fiestas y festejos, costumbres y tradiciones. Olores, colores y sabores. Ruidos, sonidos, melodías. Plaza y plazuelas, calles y casas, inmortalizadas en La Colina, nuestro refugio y paraíso.


¡Cómo ha cambiado el pueblo! ¡Y cómo han cambiado el tiempo y los tiempos! Antaño, el ciclo de las estaciones marcaba el ritmo de la vida del pueblo y sus moradores. El tiempo se contaba por fiestas convertidas en tópicos. Solíamos soñar y decir:” Por San Juan o el Ofertorio, para Navidad o Semana Santa, San José o Los Santos…”, “cuando llueva o cambie el tiempo”, “cuando amanezca o se ponga el sol”, “pa” la primavera o el verano”… y otros muchos coloquialismos. Hoy, sin embargo, priorizan el finde, las vacaciones o las fiestas de la Asociación. El Hoy es como la cara y cruz de una moneda: vacío y desértico en invierno, animado y colmado en verano. Perduran y florecen algunas costumbres y hábitos y envejecen y mueren otras. La imagen de pobreza y abandono de hace medio siglo: sin agua corriente, ni teléfono, barrizales, atolladeros y pedruscos, boñigas y cagarrutas del ganado alfombrando las calles al cruzar el pueblo en todas direcciones, contrasta con la estampa moderna presente: calles limpias y asfaltadas, nuevas y confortables viviendas modernas. Y, una plaza con rango de “Mayor”, escoltada por la monumental iglesia – sin parangón en la comarca, magníficamente restaurada. Aunque sus campanas vayan enmudeciendo: el toque diario a misa y a la oración, el alegre repiqueteo festivo todos los domingos pertenece ya al pasado. En esta plaza. Ayer, dormitorio a la luz de las estrellas, maloliente y sin barrendero, y zona de ordeño de la desaparecida cabrada del pueblo. Hoy corazón y orgullo de pequeños y mayores, siempre presidida por la centenaria, legendaria y acogedora morera. Siempre animada. Vida y ajetreo a la par. Sosiego y reencuentro. Dos bares de categoría urbana con aperitivos de primera. Hermoseada con el verdor de ailantos, catalpas, acacias y enhiestos chopos, vigilantes del moderno frontón multiusos, de descabellada ubicación que rompe la simpar panorámica del pueblo desde el cementerio y carretera de Ledesma, borrando también el amplio horizonte charro que se disfrutaba a la salida de la iglesia.

El horizonte de campanario se nos presenta hoy día agrandado y embellecido: con amplios y frondosos pinares, sugestivos y exóticos molinos, enormes besanas de verdes trigales en los desparecidos minifundios, hermosas, lustrosas y numerosas vacadas de limusinas y charolesas en bien cuidadas y cercadas parcelas y granjas. Mas, todo en la vida tiene su precio: con las naves del ganado en el campo hemos perdido los corrales donde los humanos convivíamos con los animales. Y con ellos se fueron el balido de cabras y ovejas, el bramido y mugido de las reses y el rebuzno de los équidos. Y con la desaparición del gallinero se nos fue el canto del gallo, el despertador de las madrugadas y el harén de sus gallinitas salpicando de vida y colorido la calle, en primavera acompañada siempre del enjambre de sus polluelos; o anunciando, a media mañana, las presuntuosas ponedoras con su cacareante “¡car car carponer!” que habían puesto un huevo. Este nostálgico echa también de menos el ladrido de los perros, el amigo más fiel del hombre, el guardián del ganado, de la casa y de la calle. ¡La calle era de todos! compartiendo jornadas personas y animales.

El pueblo era un escaparate de tradiciones: bodas y bautizos - esporádicos y espaciadísimos hoy día-, manifestaciones de entrañable contenido social y familiar: la matanza o el mondongo; o festivo y cultural: el baile agarrao en la plaza al son de la gaita y el tamboril hasta el toque de la oración; o en el salón de Clemente –un avanzado paso hacia la modernidad. Graciosísimo era también el ritual del “se fía” para cambiar de pareja femenina o solicitar el “acompañamiento” a una moza hasta la esquina de la calle de su casa. Proceso que, repetido, concluiría en noviazgo y, ya en fase avanzada, en la puerta de la casa de la novia, donde tenía lugar el famoso “pelar la pava”. El “entrar en casa” era triunfal y solemne prolegómeno que concluiría llevando a la moza al altar.

Acarreo de los haces a la era - Foto de Palmira Herrero
De oficios desaparecidos, la mayoría vinculados al campo y a las estaciones, un montón para relatar. Los relacionados con la cosecha: el larguísimo y penoso trabajo desde el barbecho, la siembra y la aricada a la escarda, la siega, el acarreo, la trilla y todo el mayúsculo espectáculo de las populares eras. La llegada de la máquina arrinconó para siempre a la ayuda insuperable del carro, las aguaderas o los serones, o la insustituible colaboración de la sufridora yunta o la pareja de bóvidos o equinos. Desde el observatorio impagable de mi memoria, disfruto todavía de la medieval escena del retorno al anochecer de los segadores y atiñas al pueblo, gallegos en gran parte, animosos y alegres, cantando después de una inhumana jornada de sol a sol, cuando no existían derechos laborales ni se nos había impuesto el absurdo cambio de hora oficial, y el sol se levantaba a las cinco de la mañana en el mes de julio para ocultarse después de las ocho de la tarde. Con la revolución industrial, el tractor, la furgoneta y la sofisticada maquinaria (cosechadora= segadora, limpiadora, empacadora, todo en una) ha cambiado el ritmo y el rumbo de las labores agrícolas-ganaderas. 

Sepultando herramientas y aperos del pasado: el arado, el yugo y las coyundas- el tranquilo y pacífico caminar de la yunta uncida al arado, al carro o al trillo – el bieldo, etc., han rematado en nostálgicas piezas de museo. Y también afortunadamente ha pasado a la historia la figura del campesino esclavo del campo y sus circunstancias: aquel personaje minusvalorado, “mirando medio día al cielo y otro medio encorvado mirando a la tierra”. 

La modernización también arrasó lugares emblemáticos: las fraguas hoy modernos talleres, la vieja tienda-estanco y taberna hoy flamante comercio de todo y para todos y modernos bares, la fuente del lugar- clamando justicia- el molino, las escuelas – que fueron dos, la de niñas y la de niños-, todos ellos centros de reunión, de atracción y distracción de mayores y pequeños. Mas, echemos cerrojo al pasado y abramos la puerta al presente.

Surgió, es cierto, el sucedáneo de la farmacia, el consultorio médico, el nuevo ayuntamiento, el actual y lujoso mesón La Plaza con su acogedora terraza, y su ajardinado, cuidado y moderno entorno. Avances sociales y regocijantes que no han servido para paliar la endémica y contagiosa despoblación. Durísimo golpe de gracia al devenir de los pueblos, consecuencia inevitable de la emigración, fue la diáspora de los funcionarios tradicionales, antiguos vecinos del lugar: el cura, el maestro, el médico y el secretario. Las autoridades, pilares del municipio.

La Plaza Mayor - Foto de Miguel Angel García
Como compensación, se respira en el pueblo y en el término entero un aire de desarrollo e innovación a todos los niveles. Caminos transitables, limpias y recuperadas cunetas, carreteras con carteles de tráfico bien señalizados, iluminación nocturna espectacular de la iglesia prestando al pueblo, desde la lejanía, una imagen de poblado histórico castellano. 

De destacar de manera singular es el significado y trascendencia de la “Asociación la Morera”. La “Fiesta de la Asociación” convierte el pueblo en veraneo predilecto para los hijos del pueblo, residentes y foráneos, disfrutando en el mes de agosto de diversidad de festejos y celebraciones, diversiones y distracciones y soñados reencuentros.

Es cierto que para algunos hay más poesía en lo primitivo que en lo moderno. Irrecuperables son del Ayer: la tertulia familiar al amor de la lumbre, el corrillo de mujeres cosiendo o tejiendo a la solana o en la sombra de un cumbre alto, o de los vecinos(as) en la calle al fresco en las sofocantes noches de verano. También entrañable era la estampa del abuelito somnoliento, apoyado en su cachaba, meditando en el poyo de la puerta. Pero contentémonos y aprendamos a sacar brillo a nuestros recuerdos y a nuestro pasado. Como nuestros padres y nuestros abuelos- y algunos de los que lo contamos- supieron sacarle jugo a la perra chica y a la perra gorda, al real y a la peseta antes del invento europeo del euro. Aunque, a pesar de los avances de la informática, internet, móviles, whatsapp y otras muchas zarandajas, este humilde bloguero continúa sin saber explicarse, como hace siglos les ocurriera a nuestro inmortal Lope de Vega y, no hace tanto, a mi admirada Cecilia al cantar:
“No sé qué tiene la aldea,
donde vivo y donde muero”,
(Lope de Vega)
 “que aunque no sea muy bella
vivir sin ella no puedo.”
(Manuel José Gonzalez)

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