domingo, 20 de septiembre de 2015

Adiós a TECLA, MORGAN y LIRA, trío canino inolvidable

Verano 2015

El trienio 2013/14/15 registró comienzos estivales puñeteros. Los dos primeros con situaciones, males y sustos personales monumentales. ¡Mejor no meneallo! Gracias a Dios, como solíamos exclamar los viejos, exitosamente superados. Y el inmisericorde 2015 actual que, por no quedarse atrás, comenzó poniendo punto final a una dinastía canina, nacida en Algorta hace casi medio siglo, capitaneada por Niebla I y finiquitada por el trío del encabezamiento, que cumplida la edad reglamentaria, superada la quincena, nos decía adiós para siempre. Último eslabón de una cadena compuesta por Tecla, la titular de La Colina, Morgan, el alcarreño y Lira, la madrileña, animadores los tres de nuestras estancias en La Colina con sus alegres y eufóricos saltos de bienvenida y sus ladridos ensordecedores cuando menos te lo esperabas. Súbita e inesperadamente saltaban en tropel aullando a coro y corriendo cual posesos hacia el camino al menor ruido o movimiento de vehículos o transeúntes.

Le cuesta al viejo bloguero imaginarse comidas o cenas en el porche sin la compañía de los tres saltarines y mimosos bajo la mesa o entre las piernas - la melindrosa Lira con el hociquito sobre mi pierna, esperando a escondidas mi golosina, o el dormilón de Morgan acurrucadito sobre el felpudo, entorpeciendo desde el anochecer la entrada al interior de la casa.

Numerosas fueron las situaciones y momentos en los que ocuparon primacía y protagonismo. Memorables algunas de las veladas nocturnas rompiendo el silencio de la noche, cuando dormían en la recocina o a la luz de las estrellas. Mejor dicho cuando, caso Tecla, ésta se pasaba horas y horas ladrando sin pausa en serenata torturadora a algún gato que en la persecución había trepado hasta la copa de un árbol. No se le quedaba corto Morgan cuando en las cenas y sobremesas, compitiendo con la sinfonía de grillos y sapitos, organizaba conciertos sin fin ladrando al mínimo ruido de vaquitas y ovejas que pernoctaban en parcelas de las cercanías.

Sentados obedientes a la espera
del pedacito de pan
Delicias perrunas del trío era su compañía en nuestros paseos o excursiones en bicicleta o a pie a la viña, a la parcela o a los huertos. Al instante, instintivamente, olisqueaban y adivinaban nuestras intenciones y preparativos. Vernos con cayada o bastón o con el manillar de la bici en la mano y ponerse a brincar o saltar, enloquecidos y juguetones a nuestro alrededor como niños a la salida del colegio era todo uno.

Gracias al portentoso don de la memoria, estos guardianes temporales de La Colina continuarán siendo mis fieles amigos desde la primera a la última hora de la jornada. Sirva de ejemplo una escena familiar diaria, el estreno de la mañana, perpetuada en esa tierna foto costumbrista: la jornada comenzaba cumpliendo meticulosamente con mi papel de madrugador de la familia y el oficio de portero de los perritos que, gimiendo y arañando a la puerta de la recocina, reclamaban salida al aire libre. Lo habitual era la salida  atropellada de la jauría al abrirles la puerta para calmar sus perentorias y urgentes necesidades: Morgan alzando la patita indefinidamente sin olvidar un solo ailanto o acacia del entorno y madre e hija, - ¿ había dicho que Lira era la hija de Tecla? Pues dicho queda - Tecla y Lira, féminas más discretas y recatadas haciendo pis donde cuadrase, distanciándose entre los tomillos y las jaras.

Contraviniendo la normativa generalizada y la costumbre alimentaria de “al perro comida única y al acostarse”, el viejo amigo era partidario de un frugal desayuno al levantarse y disfrutaba como un niño soñando diariamente con la bella escena rural  que muestra la foto adjunta: ordenaba al trío - el día de la foto faltaba Morgan - sentados obedientes y ensimismados en semicírculo en el pasillo de pizarra que lleva a la pérgola, donde por riguroso orden de edad y categoría comenzaba por Tecla el juego, consistente en coger al aire con la boca el pedacito de pan que iba repartiendo. A veces el machista de Morgan se pasaba de listo, saltándose a la torera las reglas de juego, e intentaba coger la ración de sus compañeras. Pero entonces la dueña de la casa, la mandamás de Tecla, enseñándole los dientes, conseguía poner orden, doblegándose  sin más el desobediente valentón esperando cabizbajo su turno.

Ante el cariño de Martín, Morgan se dejaba
incluso utilizar de almohada sin rechistar
El perro es tal vez el animal que mejor entiende y sintoniza con el hombre. Y por supuesto con los niños. “El perro y el niño, donde le dan (o ven) cariño”. Prueba y demostración de ello pueden dar todas nuestras nietas y nietos zalameros, con ellos encariñados, y algunas de las numerosas fotos que podíamos brindar a nuestros lectores.

El lenguaje de los perros, sus ladridos, aullidos o quejidos, la expresión de su mirada, sus lamidos o besuqueos con su morrito, el movimiento de su cola, acercamientos o desplantes, indescifrables a veces, son de fácil interpretación para quienes les queremos. Cuando les hablas, ordenas o corriges, les acaricias o les riñes, te escuchan embebidos prestándote más atención que la mayoría de los humanos. A nuestros “silbos amorosos”, me estoy dirigiendo a nuestros tres, - cuando se alejaban o distanciaban, o acercaban a la carretera - en especial Lira, ¡el chulesco Morgan con frecuencia hacía oídos sordos!- acudían veloces  a nuestra vera como mansos corderillos.

La historia de su nacimiento o su llegada sería una historia interminable como la de Michael Ende: Tecla, hija única de la última Niebla, nacida en la leñera una noche cualquier de agosto. Siempre mimada y bien alimentada. Lira, a diferencia de su madre, hija de parto prolífico. ¡Ocho churumbeles de una camada! Había Fox Terrier para toda la familia: Adela y Paloma, tía Tina de Palacios, Carmen y Paco de Logroño etc., etc. A la hora del reparto - tragedia al canto que prefiero no recordar, apareció Morgan, abandonado por sus primeros dueños en la calle, llegado de rebote, sustituyendo a Lira destinada para Adela en Cabanillas y que pasaba a Madrid cedida para Paloma, que había quedado huérfana por la muerte del ejemplar más lindo a ella destinado. Y sintonizando con aquel trance y, puesto que de lo que quería tratar este capítulo era de adioses y despedidas, creo que ha llegado el turno al adiós último a nuestro trío de homenajeados.

El final de Lira y Morgan fue un final parejo. De urgencia, dado su lastimoso estado de senectud. Pero bien programado y llevado a cabo por veterinarios, profesionales ejemplares amantes de los animales: Lira en Villamayor (Salamanca) y Morgan en Cabanillas. La separación de Tecla  fue, sin embargo, inesperada. Tan sorpresiva como trágica: regresábamos Palmira y yo de un paseíto en coche a la viña, cuando al enfilar la cuestecita que lleva al cruce, distinguí a lo lejos un perrito tendido muerto en el arcén izquierdo de la carretera. ¡Era Tecla! Atropellada por un coche. Sin una sola herida. Un leve raspón en la cabeza. Sorda y casi ciega, atemorizada y desorientada por la tormenta, habría salido en nuestra búsqueda cuando ya ni salía de La Colina. Como el perrito de Neruda, descansa a la sombra de un árbol, a la del gigantesco piñonero el epicentro del pinar.


El beso de despedida  a Lira en el maletero del coche - primero y último de mi vida a un animal - atestigua el amor familiar a los perritos.  El pobre animal no quería - ¡es que no podía! - ni sentarse ni quedarse en el coche. Lo interpreté como que no quería separarse de nosotros y dejar La Colina para siempre, intuyendo el significado del último viaje. Me costó días volver a la realidad y aceptar, con humildad y tristeza,  que los animales que he mimado, los árboles que he plantado, las flores que he regado y los pajaritos que he adorado son mortales. Como todo lo que poseo y más quiero.

...


All things I possess and love the most. from Paloma Martín on Vimeo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

C R Ó N I C A S D E P A L A C I O S V

Historia de un Camino: “AÑORANZA DE UN PASADO PERDIDO. A LOS AMIGOS QUE MARCARON LA HISTORIA DE UN PUEBLO”

El presente capítulo es la prometida continuación a la Historia del Camino del Carbajo, del que transcribo el siguiente párrafo como eslabón de enlace: “lo más apasionante de su historia era el desfile diario y permanente, auténtica pasarela de modelos y variopinto espectáculo de personas y personajes que fueron dictando y transcribiendo su centenaria historia” ( v. cap. IV). Los trabajos cambian. Las formas cambian. Los gustos y los programas cambian. ¡Los Hombres cambian!, pero quedan las huellas, el ejemplo y las verdades imperecederas.                                                                                                                   
A continuación ofrezco una apasionante retrospectiva, “espejo al borde del camino”, de transeúntes - parientes algunos, tertulianos y amigos  todos - cuyos nombres e imágenes, alguna desvirtuada, guardo cuidadosa y amorosamente en el archivo de mi memoria con gestos, palabras, anécdotas, saludos de bienvenida o despedida, chismorreos y noticias oficiales de aldea. Nómina que a la mayoría de mis lectores (oyentes) les sonará a patrañas de viejo, pues la mayoría de los protagonistas eran ya ancianos cuando este octogenario bloguero era todavía joven. Pero aunque más bajitos y pequeños de estatura que las actuales generaciones, eran fuertes como las encinas de los sembrados y duros como los robles del “Saceo”. Nacidos para trabajar, especialmente en estas jornadas veraniegas y en estos días sin fin cuando el sol caía a plomo, implacable, sobre personas, campos y poblados. Viejos amigos desaparecidos, que dejaron sus huellas en estos paisajes y en este camino de carros, hoy espacioso y ancho, transitado principalmente por veloces vehículos de todo tipo de ruedas y motores.       

Sin orden ni concierto, en absoluto desconcierto, se nos van presentando, cada cual a su paso y a su aire. Como la veteranía siempre es un grado, encabezan el desfile abuelos y bisabuelos, a quienes en aras de la brevedad con un calificativo o rasgo característico:                                                                                                                                     

HORTELANOS que en verano, mañana y tarde, iban y venían a los huertos del Carbajo, las Fuenticas, el Caño o la Bandera EN CABALLERÍA (burro o mula), EN CARRO PROPIO o EN EL DE SAN FERNANDO. He aquí los más representativos:                                                                                                                                             

-En caballería María y Goyo mozo, ella despatarrada a lo hombre, capitaneando la vieja caballería. Mudos y abstraídos.                                                                                                                                                                                  

-El tío Jose Manuel de la tía Luisa, tranquilo en su en burro. Atento y bonachón, nunca olvidaba los “Buenos días” o “Buenas tardes”.                                                                                                                                                   

-El padre de José Carlos en mula andadora. No llegué a saber cómo hablaba.

 -El Sr.Venancio, el Chico en mula elegante trotona. (Merece especial mención más adelante por tanto como le debo).

-De la larga Dinastía de los Ra- (apodo que no debe interpretarse como peyorativo, pues RA era nada más y nada menos que una de las grandes divinidades egipcias!), Juan Antonio. Siempre a deshora y contracorriente. Subiendo en su viejita burra blanca cuando los demás bajaban. Hablador, chistoso… En cierto ocasión, hablando de negocios, recuerdo me propuso “cambiar la burra por mi mujer”.

-Enrique, el pastorín, siempre a galope en su burra bandera.

En el “COCHE DE SAN FERNANDO”, a pie o andando, en alpargatas raídas, abarcas o toscas sandalias con piso de goma de ruedas de coche, los dos patriarcas del pueblo:

 -El Sr. Facio y el tío Pepe Álvarez, pequeños ambos, pero grandiosa su ternura y entrañable su afecto. Recuerdo a ambos manejando habilidosamente la guadaña  en el paseo de los frutales. También caminando con el carretillo, la azada al hombro.

-Manuel Rodríguez, releído, amante de la historia , archivero de uno de los documentos mas ilustrativos de la historia del pueblo: “Relación de  emigrantes de Palacios  a las Américas a comienzos del s. XX".

-El Sr. Rafael Vicente, paseante- visitante de su huerte- hoy módelica versión de Elías- dialogante y ameno conversador.
Aris, en su bicicleta, regalándonos un ratito de su tiempo

En BICICLETA, MOTO o CARRO (la técnica y el nivel social avanzaban que era una barbaridad).

Sobre dos ruedas había un trío que se llevaba la palma:

-El famoso Aris, el cartero, canturreando y llevando atada a la trasera de su bicicleta a su perrita de caza. A él debo, a su simpatía y amistad, la sombra que hoy rodea a La Colina, aunque algún gracioso, viéndonos plantar árboles en aquel erial exclamase: "¡Coño! ¡La siesta que vais a echar a su sombra!” (v.foto)

-Rafael Álvarez, el primo fiel guardián de la Colina, siempre pendiente de podas, riegos  o injertos en viña y chalet.  Duro como una roca, con alpargatas y en bicicleta en pleno invierno.

-Esteban, el caminero, con su "moto" y su destreza insuperable en el manejo de azada, pico y pala, demostrada en sus paradas,  ayudas y enseñanzas a torpes aprendices.  (¡Un abrazo agradecido Esteban!)

En CARRO

-El tío Farruco, acompañado  por su hija Transi, sentada en la trasera del carro jugando  con su perrita saltarina  a coger  la vara.

-Alfonso, el charro. Filósofo, sentencioso, dicharachero y refranero, con quien compartía mi afición a los dichos y proverbios.

-Eladio Vicente, canturreando cómodamente sentado en un taburete en el carro. Conservaba alguno de sus versos, pues una de sus aficiones era la poesía. Leído y resabido.

-Virgilio, el herrero. Vecino de viña y huerta. Con afinidades profesionales (mi padre fue también herrero) y simpatías vinícolas. "Sácame un vaso" era su predilecto saludo.

-Constante, fiel alguacil. Con frecuencia bien acompañado por Cesárea, maestro de la jota charra.           

-Juan Antonio Calvo. También a veces en compañía de su media costilla Leocadia. Parco en palabras. De trato dulce  y afectuoso . De rebelde caballería . Protestona y opuesta a las paradas y saludos obligatorios.

-Teófilo, el más cercano en el recuerdo, se marchó sin despedirse, precipitada e inesperadamente. De memoria y charla prodigiosa, contándome con pelos y señales vivencias e historietas inolvidables. 

-Manuel Turrión y su segunda esposa Teresa, quienes aunque en sus paseos no pasaban de las encinas del cruce, disponíamos de tiempo para recordar algunos poemas de su creación.

CABREROS, PASTORES Y BOYEROS: Palacios era tierra de pastores y rebaños, de ovejas, vacas y bueyes. Y de una cabriada, de la que era guardián vitalicio                 

Mariano, cuidando el rebaño de cabras
-Mariano, cabrero  por excelencia. Imborrable su imagen siempre acompañado de su reata de perros, su cuerno, su garrote y su morral. (v. foto)

-Miguel, el de Filomena. El último de la desaparecida profesión, con la consiguiente pérdida del exquisito cabritillo.

Los Rebaños eran numerosos, abundaban las merinas negras, aunque no faltaban las blancas. Y también muchas eran las vacadas  o los vaqueros de categoría y variada calidad y cantidad. Algunos simultaneaban  las dos especies, por ejemplo:

-El trío de los Ras: Clemente, Cencio y Daniel, trío entrañable, campechanotes y cordiales, invitándome en cada pasada a  beber una pinta y comer un cacho en sus respectivas casas.

-La dinastía de los Rivas, en sus diversas ramas y matices: el señor Vicente con su pareja bandera de vacas negras. Manolo, su hijo, quien le iba a la zaga con su pareja, sus mulas, su viña y su huerto. Tertuliano estimado y agradecido. Emilio y Antonio, y el popular y chistoso José, soltero jacarandoso y donjuanesco. Amante de la cháchara y el parloteo. Y otro Rivas: Lucas padre, ameno conversador y antiguo vecino-amigo de mis tiempos en la Repatilla.

Y para no hacer tediosa e interminable esta Ofrenda  pediremos que cierren capítulo, pues se merecen apartado propio: AMIGOS con mayúscula, en una retahíla capitaneada por:

-Cencio, inseparable a todas horas y en todos los lugares, desde la Izcalina, al Carbajo, La Bandera…                                                             

-A mis queridos vecinos de huerta José Manuel y Agustín, entrañables, cordiales y generosos siempre.

-Y al cuarteto, ya tan lejano, de Enrique, Isabel, Dori y Manolo.

-A Jesús Herrero y sus fieles hijos, fans de este Blog.

-Antonio Martín y Joaquín- ¡nunca olvidados y siempre agradecido al recordaros!

También merecen nuestro agradecimiento y aplauso ese largo etcétera de amistades anónimas, albañiles y herreros, braceros o jornaleros, poceros, ganaderos, agricultores y viticultores, quienes  con sus pasos y andadura  han conseguido ensanchar y agrandar este caminito de la “Ancha Castilla! Obra a la que han aportado su granito de arena los numerosos PASEANTES Y PASEANTAS, deporte reducido a su mínima expresión. Dignamente representado en la actualidad por Juli y Jesús y el fiel trío de jóvenes promesas femeninas: Conchita, Mari y Charo. Y los heróicos hortelanos continuadores del casi extinto gremio: Paco el de Esteban, José el de Socorro, Domingo Coca, Palmira y Goyo, Elías, Marisa y Lali. Y el refuerzo de Pablo el de Charo e hijo, agradecida sabia nueva, llegada de Las Arribes, y Miguel y Trini, vecinos, envidia como profesionales de la huerta.
  

Sirva este singular capítulo de cordial y sincero homenaje a quienes nunca fueron homenajeados, a los que fueron y a los que están. A quienes rememoramos agradecidos los mayores y no deben olvidar los más jóvenes, pues, ellos fueron portadores y transmisores de unos valores que no tienen por qué ser sepultados por la modernidad, ya que a ellos debemos muchas enseñanzas y muchísimos gratos e inolvidables momentos. Ellos nos ayudaron a conocer mejor y a querer  los animales y las plantas, el agua, los pozos y las fuentes, la tierra… A ellos debemos, en suma, la realidad y la pervivencia de nuestro pueblo.

jueves, 9 de julio de 2015

El paraíso hispano de LA SIESTA

El término "Siesta" merece ya por sí solo consideración y aprecio universal. Siesta es uno de los vocablos de nuestro idioma que goza de mayor difusión. Vocablo espléndido. Sin paliativos. Heredado de la antigua Roma, de la latina hora sexta que discurría de nuestras 12 del mediodía a las 3 de la tarde. España es por doquier sinónimo de Flamenco, Toros, Arena y Siesta. Tal nivel ha alcanzado esta última, que en el centro de Europa ha desbordado el campo semántico original: en las autopistas alemanas existían en nuestra época germana indicadores anunciando "Siestaraum","espacio para la siesta", equivalente a nuestro "Área de descanso". 

Tan profunda y seriamente enraizó en algunos hispanos esta rancia tradición mediterránea de “la cabezadita” después del almuerzo y el “paréntesis laboral” al mediodía que, algunos currantes, entre los que se encuentra este bloguero siestófilo, no sabrían, ni podrían, sobrevivir sin la praxis de esta tradición tan española. El sobrino Javi, maestro hoy de relato corto y en La Colina de antaño observador de usos y costumbres, daba ya entonces muestra de sagacidad suplicando: “Silencio. Que el tío Manolo duerme la siesta”(ver comentario en capítulo "La Colina").

Efectivamente: el tío Manolo sin siesta era y es persona muerta. Bien podríamos aplicarle el refrán del fraile: "Si quieres matar a un fraile, quítale la siesta y dale de comer tarde."

Por propia experiencia puedo aseverar que el hábito - ¿o vicio? - de la siesta se acrecienta con la edad y cambia de significado y valoración con las exigencias, las necesidades y los años del protagonista. La cabezadita después de la comida, el echarse la siesta - la siesta no debe exceder los 25 o 30 minutos - según médicos y psicólogos previene el infarto, elimina el estrés, aumenta el rendimiento laboral y la producción, incrementa la concentración y la memoria, etc, etc. Resucitar o revivir la siesta no es tarea fácil de narrar, porque toda ella, desde la niñez a la senectud, está plagada de episodios pintorescos y momentos memorables. De la proliferación y pluralidad de las mismas entresacaré algunas de las predilectas y nítidamente recordadas.

Siesta de los niños, aventuras a la luz del día

Para los niños de aldea, entre los que figuraba este bloguero, la hora de la siesta en Carrascal era la hora más esperada y soñada en los días de tórrido verano. Cuando los mayores dormían y los animales descansaban a la sombra de tenadas o arboledas, y solamente se oía el zumbido de las moscas, el sol despiadado abrasaba calles y campo, calcinaba arena y piedras de calles, caminos y moradas. La siesta era hora de la verdad para los rapazuelos, presa de prohibiciones y cortapisas. Dos, tres o cuatro colegas, según las circunstancias (los consabidos de pandilla: Juanito, Oni, Toño y Manolo) sigilosamente abrían la puerta de sus respectivas casas y salían al aire libre, buscando la sombra de un cumbre donde planificaban sus travesuras y correrías, que no pasaban de chiquilladas porque, “éramos buenos, porque no nos dejaban ser malos”.

Los Nideros

Nuestras delicias eran los nidos en corrales, pajares, tenadas y pozos abandonados. Todos ellos lugares prohibidos, hoy casi desaparecidos. Los nidos de golondrina, vencejos y gorriones en recintos cerrados o en el campanario, tejados y muros agrietados de la iglesia, en agujeros de paredes y recintos deshabitados. Las golondrinas anidaban a raudales en el portalillo antiguo de la iglesia y en el entonces cebonero (hoy desconozco su utilización aunque lo he visto remodelado), jardín de las tentaciones como paraíso, donde anidaban a decenas las golondrinas y escenario ideal de una de nuestras trastadas infantiles. El asalto a la fortaleza, reclamaba la habilidad de un agateador hábil y escurridizo, que trepase y se colase por el único acceso asequible, un estrechuco bucarón al que íbamos robando piedras. Recuerdo como si la hubiésemos vivido ayer por la tarde, una de estas aventuras tragicómicas: vestíamos todavía pantalón corto, obligatorio en aquellos tiempos hasta la pubertad. Aún estoy viendo y sintiendo las piernas ennegrecidas y acribilladas por la plaga de pulgas, compañeros inseparables de los cebones, disfrutando de la vista de numerosos y tentadores nidos de golondrinas, unos con huevos, otros con golondrinitos, todos ellos al alcance de nuestras manos. Pero, lo que todavía me pone los pelos de punta, es el chirrido del cerrojo de la puerta y la aparición del señor Manuel - apodado el Rodeto - nuestro enemigo público número uno, que nos traía a mal traer siguiendo cada uno de nuestros pasos por corrales y cortinos. Ese día la represalia se limitó a un buen estirón de orejas a uno de los pilluelos, mientras los otros desaparecían poniendo los pies en polvorosa.

Siestas a la caza y pesca

Según crecíamos en edad, habilidades y libertades, ya adolescentes nos íbamos alejando del poblado y subíamos al monte, a la Antanica o al teso del Palomar donde sesteaban las perdices con sus camadas de polluelos aprendiendo a volar, nuestra presa preferida. Con el tiempo nuestra actividad favorita a la hora de la siesta era correr a la caza de los pollos de perdiz. Actividad en la que de mozalbetes acabaríamos siendo insuperables maestros conduciendo algunas de las bandadas del monte hasta el río, frontera que al tercer vuelo no lograban superar todas, convirtiendo la caza en exitosa pesca.

Muy diferente - me avergüenzo todavía al recordarlo - era la caza de moscas para matar arañas. Ambas especies proliferaban a raudales en los antiguos poblados rurales y estas últimas revestían, con sus artísticos tejidos y telas, techos y muros exteriores de las humildes casitas castellanas. Las oquedades de las primitivas paredes aparecían salpicadas de agujeritos, pórticos de sus casitas, alfombradas la salida con una tupida red de fabricación propia. Cosquilleando con una pajita en la tela de araña, solía aparecer rápida la dueña, en busca de la presa atrapada en su red. El cruel entretenimiento consistía en cerrar la entrada del agujerito y aplastar al inocente animalito. Cuando esta técnica fallaba acudíamos a otro procedimiento: cazábamos mosquitas caseras con la mano que colocadas sobre la tela de araña de entrada quedaban prendidas aleteando y anunciando con su zumbido caza a la vista a la dueña de la casa, muriendo ambas a la par, obra macabra de los pilluelos de marras.

La pesca a la hora de la siesta no tenía nada que ver nada con el río. Se limitaba simplemente a meternos en la Charca del Pozo o en el único superviviente de Los Charcos a pescar descalzos ranas y renacuajos. Operación suspendida a veces ante la presencia de una culebra, terror de los principiantes pescadores quienes, chapoteando huían despavoridos a toda velocidad del lodazal poniendo los pies en polvorosa. Juego también divertido era el “cortar el agua” en la charca con un canto o una piedrecita llana. Ganador quien llegase más lejos con la piedra o más círculos y saltos registrase.

Siesta en las eras

La Meridiana o La siesta, por Vincent Van Gogh

Como el pobre Manolo no disponía de eras propias, suplía tales carencias con el orgullo y el placer de ir a dormir? la siesta a las eras, invitado por Fili, amigo y vecino unos años mayor, a quien acompañaba a veces a las eras, solitarias en las horas del descanso. 

A la sombra, debajo del carro, a veces cargado de mieses, o al resguardo de un montón de haces de trigo o cebada pasábamos felices ratos, peleándonos contra los tabarros y las moscas e ideando toda suerte de pasatiempo, menos dormir. A este respecto debo testimoniar mi orgullo de español, como inventores de la siesta, pues como demuestra el cuadro de van Gogh, hasta Holanda llegó tan sana costumbre. Tal vez herencia de los tercios imperiales en Flandes, los campesinos holandeses, segadores del heno, disfrutaban como nosotros de la siesta entre pajas.

Siesta y senectud comienzan por S

Cuando la vida serena va resbalando a su fin y la humana naturaleza va encorvándose más y más hacia el polvo, la necesidad de la cabezadita tras la comida reviste tonos de obligatoriedad. La siesta del presente, jubiladísimo y sin agobios, se impone como Dios manda y siguiendo el consejo de D. Camilo J. Cela , en buena cama y “con pijama, padre nuestro y orinal”.

Siestas en el paraíso 

Este enamorado de la cabezadita no cambiaría por nada del mundo las siestas de la Colina, en su doble dimensión: siestas en compañía con nietas y nietos y, al estilo tradicional, la siesta en solitario y al aire libre. Antes del invento de la “caja tonta” y de la invasión de la televisión en aldeas y terruño, que ha sustituido este momento de reposo mágico del verano, la siesta consistía a menudo para los nietos en dormir y jugar en compañía del Opa. Y a decir verdad, con todos ellos, desde Irene y Teresa hasta Inés y Martín nos lo pasábamos pipa, inventando tonterías, haciendo visajes, mímicas y muecas antes de caer rendidos por el sueño. Con el benjamín de la familia, y el poder de seducción de la televisión, las reglas del juego de la siesta han cambiado. Ahora Martín es el que viene a despertar al Opa y jugar con él al caballito o descender y rodar por la montaña y hacer el piripi hasta la extenuación del dormilón.

Siesta al aire libre

Como sucedáneo admirable, disfruto también de la siesta en solitario, y con frecuencia al aire libre cuando la temperatura lo permite, tumbado en el bendito suelo a la placida quietud y sombra de una encina, una acacia, un chopo o un pino y encantado con la reconfortante, silenciosa y a par “sonora soledad”. Este enamorado de la naturaleza, hasta tolera la compañía de las cargantes, pesadas y hasta pijoteras moscas, con tal de disfrutar del susurro de las hojas de los árboles, del trino de los pajaritos y del paso lento, seductor y apasionante de las nubes en el velazqueño castellano cielo.

Por todas ellas, por todas las siestas del pasado y del presente, por todo lo vivido, dormido y sesteado, agradecido, y por siempre: ¡LOADA SEA LA SAGRADA SIESTA!, galardón de nuestra cultura, orgullo de tradiciones patrias y premio diario a nuesto quehacer cotidiano.

sábado, 20 de junio de 2015

A mis queridísimos “Amigos del Corral”

(Y a los amigos del pueblo que me enseñaron a amarlos)

De niño y adolescente, y con pelos y señales, conocía este bloguero nombre y circunstancias de todos y cada uno de los animales de cuatro patas- gallos y gallinas incluidos – de todos los corrales del pueblo. Todavía hoy rebuscando en el torbellino de mi revuelta memoria aparecen -aparición que se repite  insistentemente- cabalgando al paso, al trote o al galope, pifiando o rebuznando, brincando o saltando, bramando o mugiendo, balando o berreando, gruñendo o roncando, cacareando o kikireando…, ladrando -¡sobre todo ladrando!- aparecen repito, tal cual eran y son, mis viejos e inseparables compañeros de Corral. Los Románticos archivamos además de álbumes de familia y personas queridas, recuerdos dulces de paisajes, cosas y animales. 

Estos últimos, amigos desde la primera infancia, “transmiten la energía telúrica que late en la luz, los sonidos, olores y colores del campo”, según bellísima metáfora del agradecido amigo, poeta y colega granadino, Federico Bermúdez Cañete.

Debo aclarar, para que el lector no se atragante con tan empalagoso lirismo, que se trata de inseparables compañeros de infancia y juventud con los que conviví, jugué y disfruté en el antiguo Corral: espacio doméstico rural, ¡patio de recreo!, lugar de reunión o tránsito en la vida y programa familiar. Antes de la salida diaria al campo, a la calle, o al abandonar  su hábitat particular, la cuadra, el comedero, la pocilga, el gallinero…, mis amigos los animales  caseros tenían que abrevar o yantar, algunos de ellos en el Corral. Por el Corral castellano desfilaban y  en él convivían: cerdos y cabras, caballos, mulas y burros, vacas y bueyes, gallos y gallinas, gatos y perros. Sobre todo el perro o los perros, ayudantes y guardianes de la casa, de las personas y animales.

Entre estos  amigos de compañía, los había distantes e independientes, amorosos y ariscos. Catalogándolos por su carácter, con doble calificativo y por orden alfabético, merecen figurar en la siguiente orla:

Mis amigos del corral ´- Escenificación gráfica de Iribú

El Burro, testarudo y orejas largas
El Caballo, noble y elegante
La Cabra, tirando al monte y cornuda
El Cerdo, maliciosamente apodado puerco, gorrino o guarro
La Gallina, papanata y pavisosa
El Gallo, flamenco y chulesco
El Gato, voluble  y arisco
La Oveja, modorra  lanuda
El Perro, fiel y ladrador
El Toro, bravo y bienpuesto

...y sus hijitos, juguetones y felices como niños

Todos ellos domésticos (de “domus”= casa), vinculados al hombre y sus circunstancias. Pero desde que el desarrollo invadió el campo y se modernizó, de la vivienda lugareña rústica (de “rus” =campo) desapareció el corral. Y tuvieron que emigrar sus moradores siendo  trasladados a sus nuevas estancias alejadas de los poblados: granjas, naves, gallineros, cebaderos, majadas y parcelas donde viven una más breve vida como objetos de compraventa: hacinados, desvinculados y encarcelados, distanciados y separados para siempre de la compañía y amistad de los humanos. Y en especial de los niños, sus amigos predilectos.

De niño, con su compañía, aprendí a leer en sus ojos y su mirada, a interpretar sus movimientos y comportamiento, sus plantes y posturas, a traducir su lenguaje. Porque los animales como las flores, las fuentes, las aguas de los arroyos tienen su propio idioma. Y por supuesto, sus pensamientos y sentimientos, sus sueños y ensueños. Y al igual que las personas, unos saben exteriorizarlos y otros no. Según un poeta, los pájaros hasta ríen. Y si los animales irracionales hubieran aprendido a expresarse con palabras como los racionales ¡cuántos insultos e improperios hubiéramos tenido que soportar! Pues, bastan sus ojos y sus fascinantes miradas para expresar, como los humanos, alegría y tristeza, odio y perdón, cansancio y aburrimiento, dolor y placer. Hasta Nietsche ya lo había constatado al firmar que “el hombre ve en el animal al amigo que ríe, llora o es infeliz”.                                                                                                                                           

La experiencia cercana, la fascinación y  la ilusión me enseñaron a interpretar su comportamiento a través de los órganos de sus sentidos -¡superiores, casi todos, a los del hombre!- el repertorio de sonidos, el olfato, la vista,… Su lenguaje, aunque no verbal, es tan rico y contagiador que simplemente enriquece el contemplarlos, disfrutando de la luz y calor del sol, del cambio estacional de la naturaleza, de la libertad al aire libre, de la solicitud del dueño, de la compañía de sus congéneres. El lenguaje lo suplen con los ojos, acompañados del movimiento de cabeza, orejas, rabo.

Algunos ejemplos: 

  • la vaca y la cabra, tumbadas y rumiando, en el campo o el Corral, miran sin ver. Y con la mirada perdida transmiten tranquilidad y quietud, satisfacción y serenidad. 
  • El caballo y el toro, erguidos, con la cabeza alta oteando paisajes o entorno piensan, orgullosos y bien plantados. Y estoy por creer que el caballo, derrotado en el hipódromo, sufre  la derrota avergonzado.
  • La oveja, siempre con la cabeza gacha y mirando a la tierra, buscando bocado porque, “oveja que bala, bocado que pierde”. Y siempre abonando campos y caminos  porque, “la mejor reja, el culo de oveja”. 
  • El cabritillo y el cordero, el lechón y el cachorrillo, corriendo y saltando, jugueteando, persiguiéndose y entre sí luchando, radiantes de alegría y felicidad solamente piensan en jugar como los niños.
  • El cerdo, sobresaliendo el ibérico, con sus orejotas y su hocico almacenando las bellotas de sus inmortales jamones.
  • El gallo y la gallina, cada cual a su estilo y a su aire, la gallina anunciando que ha puesto un huevo con su inconfundible cacareo o guiando a la pandilla de sus polluelos, orgullosa y maternal, y el vanidoso de la especie, el don Juan del Corral y pregonero del alba con su kikiriki, diana despertador, son socios fijos, aportadores a la manutención de la familia. 
  • Del perro y el gato ¿qué decir? Aun llevándose como lo que son, viven mimados en el interior del hogar, autorizados a convivir con pequeños y mayores en la cocina y el comedor, runruneando y disfrutando de las caricias al lomo y clavándote las uñas si le pisas el rabo. Y el perro, a la cabeza de los domésticos, tan consentido y venerado entre los González, Burgos, Martines y Alemanys, que hasta ha solicitado capítulo aparte. Pues, “el perro y el niño van donde le dan cariño”. Cariño recíproco que en vez de decrecer, con los años, la modernidad y la distancia, continúa prendido para siempre al florido árbol de los recuerdos.

La recuerdo como la cuento. Como si la hubiera vivido ayer tarde, aun cuando el hecho acaeciera un día cualquiera de mi adolescencia pueblerina: la agonía de Segura. Perrita perdiguera de nombre tan significativo, compañera de caza de mi padre, el segundo can familiar. Intacta y viva permanece aquella mirada suplicante, tristísima y angustiosa del pobre animal enfermo, tendido entre pajas en la cuadra,  suplicando la ayuda que ni supimos ni pudimos prestarle. (¡El perro no entraba en aquellos tiempos en la iguala del veterinario!) Tampoco olvidaré jamás sus muestras de agradecimiento y cariño, entornando los ojos como queriendo dibujar una leve sonrisa al percatarse de nuestras caricias, nuestra compañía y amistad. Ya lo aseguró G. Elliot:” Los animales son buenos amigos, no hacen preguntas y tampoco critican”, ni presentan denuncias o querellas. A la mañana siguiente, fría y dormida para siempre, yacía con manos y patas estiradas  al amparo de su amiguita la burrita negra.

jueves, 28 de mayo de 2015

De ALGORTA a MAJADAHONDA y de DEUSTO a la COMPLUTENSE... ¡penúltimo traslado!

La hoja de ruta, como se dice ahora, o la trayectoria profesional y migratoria - como se ha dicho siempre - va llegando a su fin: rumbo meridional y salto definitivo. Finalmente el penúltimo tras media docena de tentativas. Punto final a la serie o retahíla de cambios y traslados que, según proverbio alemán, son peores que un fuego: "Lieber ein Feuer als ein Umzug". ¡Una brizna de andaluz tienen también los germanos!

Pues, aunque sea cierto que todo cambio conlleva riesgo y aventura, "¡no es tan fiero el león como lo pintan". Es verdad que la incertidumbre y alteración de costumbres y rutinas acarrean siempre rupturas. No se sabe si para bien o para mal. Si será ventajoso o perjudicial. Generalmente la esperanza y la ilusión superan esfuerzos e incomodidades.

Los jefes ya en su nuevo salón
Nuestro nuevo salto, el penúltimo (el último será el definitivo, para siempre, en solitario y sin retorno, en simple caja de madera) fue salto atlético: del Norte húmedo, verde y lluvioso al Centro, seco y continental. De la Algorta señorial y marítima a la Majadahonda, todavía entonces con herencias de poblado rural y campesino, transformado en ciudad dormitorio madrileño. De ser humilde población de 5.000 habitantes ha pasado a ser moderna urbe burguesa de 50.000, compitiendo con las vecinas residenciales de Pozuelo y Las Rozas.

El cambio fue brusco: cambio de clima, de paisaje, de vecindad, de trabajo… de circunstancias variadísimas. Supuso para padres e hijas cambio de aulas, de compañeros(as), de ritmo de vida y de trabajo: Palmira se reincorporaría a la docencia oficial – hoy apodada pública - pasando del Colegio Americano, privado, familiar e íntimo a propietaria definitiva y fija en Hoyo de Manzanares, tras un ligero paréntesis en Madrid y Villaviciosa de Odón. El cambio de aires siempre es sano. Y más todavía si, como en el caso de Palmira, su colegio estaba ubicado en las estribaciones del Guadarrama.

Olímpico fue el salto del "jefe": saltar de Deusto a la Complutense fue como pasar del día a la noche. De universidad privada, limitada y familiar, al campus universitario probablemente más amplio y multitudinario de Europa, rebasando ya entonces los cien mil estudiantes, con diversidad y variedad ingente de Facultades y Escuelas Superiores, multitud de colegios mayores, amplias zonas deportivas y ajardinadas… y una Facultad de Filosofía y Letras con múltiples especialidades, sus correspondientes departamentos y cuantiosa dotación profesoral.

La elección de lugar de residencia y cambio de piso fue proceso lento y laborioso. Pero bien planificado. Primeramente había que vender el piso de Kasune, dosificar ahorros y sopesar presupuestos, compaginar la venta en Algorta y la compra en Madrid. El primer capítulo debió resultar fácil y satisfactorio, pues en el desván de mi memoria no aparece referencia alguna financiera al caso. La segunda parte fue más lenta y costosa en el doble sentido de este adjetivo último. Se trataba de traslado diferente y definitivo de una pequeña población residencial a la metrópoli del país, con distancias, tráfico y costes endiablados. 


Una vez alojado y asentado en un colegio mayor del campus, próximo a la Facultad de Filosofía y Letras, y familiarizado con el trabajo en la Universidad, inicié mis correrías inmobiliarias. Acostumbrado a vivir siempre distanciado de la urbe, tanto en Frankfurt como en Bilbao, Madrid capital quedó descartada desde un principio. Asesorado por compañeros residentes en Majadahonda y conocedores de la problemática, tras visita a numerosas urbanizaciones del norte y noroeste madrileños este pequeño pueblo del NO fue el predestinado. A su favor contaba su ubicación. La cercanía y fácil acceso a la A6, carretera de La Coruña, propiciaba el cómodo desplazamiento diario a la Complutense – exenta todavía de los torturadores atascos matinales de hoy día- y acortaba y facilitaba las soñadas idas y venidas a la patria chica, a la “Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella” y vacacionar y sestear en la Colina de Valmiguel.

Y pronto logré conquistarme amistad y afecto
de alumnas y compañeros
La partida fue espaciada y bien programada, por Palmira en un ala y yo en la otra. Aunque el primer paso en lo profesional fue duro y costoso. Había que redoblar esfuerzos, horas de estudio y dedicación. Más de medio curso, de enero a junio, compaginando y alternando Complutense y Deusto. Convaleciente todavía de una larga estancia hospitalaria en Basurto, debutaba en enero en la Complutense, residiendo parte de la semana en Madrid y regresando en tren a Bilbao los viernes por la tarde para impartir los sábados un curso de doctorado en Deusto. La convivencia diaria plena con estudiantes rejuveneció y suavizó mi programa. Inolvidables los paseos nocturnos tras la cena con jóvenes amigos filosofando y polemizando, y los campeonatos de tenis en las canchas del colegio. 

Cena familiar con el abuelito presidiendo
En este episodio familiar resta un capítulo por reseñar, el del nuevo rumbo y despedida de Algorta de nuestras hijas, ambos muy tomados en consideración por tratarse de decisión trascendental: Lucila, la pequeñita, no planteaba problema alguno, ligada como estaba todavía al regazo materno continuaba acompañando a su la mama en su nuevo colegio. Pero nuestras hijas mayores, comenzaban a enraizar y encariñarse con pandillas de amigas(os) del Puerto Viejo de Algorta.

Antje, al no estar reconocida de pleno la universidad de Deusto, tuvo que convalidar y repetir algunas de las asignaturas de 1º de Filosofía y Letras aprobado en Bilbao. Emma preparaba el ingreso en Bellas Artes. Eso sí, en Madrid disponía de más academias privadas especializadas para preparación del examen… y Blancaluz remataba bachillerato en Pozuelo, el único Instituto de Enseñanza Secundaria de la zona por aquellos años. Todas tuvieron la felicísima fortuna de disponer de este Bloguero como chófer particular y compañero de viaje, sincronizando viajes e itinerarios de estudios con mi ruta al trabajo en Complutense, añadiendo idas y venidas a Pozuelo o Moncloa.

Mi Deusto y nuestra Algorta, y mi Complutense, proseguirán siendo míos en el recuerdo y en la infinidad de fotos que los mantiene nítidos y próximos. Esto de los recuerdos es un regalo con el que disfrutamos al resucitarlos. 

Pero también pueden reabrir heridas que considerábamos restañadas. Recién asentados en Majadahonda y antes de estrenar curso, a principios de septiembre de 1976 moría la abuela María, la madre de Palmira, sin ver - ¡aplazando el viaje por su enfermedad!- cumplido el sueño de venir a Majadahonda a conocer el nuevo piso de sus hijos, de los que tanto presumía.

Y para terminar, y puestos a filosofar, debo anunciaros que mi último traslado, como narrador de este blog, no tendré energía para escribirlo. Y también informar que el blog cambiará en menos de un año de título, ya que al octogenario le restan meses para cambiar de década y de octogenario pasará a… ¡nonagenario! Eso sí, igual de romántico y de afortunado.