lunes, 29 de abril de 2013

LA CONQUISTA de G E R M A N I A

 La Trama de la Vida, Alemania aval de una existencia


Nota preliminar: El lector que busque coherencia o concordancia en nuestro blog, lea con anterioridad al presente capítulo -si no lo ha hecho hasta ahora- los apartados relacionados con Alemania: Alemania en el Horizonte, Boda de miel y Frankfurt über Alles.

Der Römer (foto http://www.frankfurt.de)
Al curso de verano en Heidelberg y a la breve estancia en la AEG de Frankfurt siguió continuadamente, un largo periplo de varios años en la ciudad de Goethe, la etapa quizás más apasionante y atractiva, más decisiva, determinante y trascendental en mi vida. Frankfurt, además de plataforma profesional sirvió de incentivo y promoción, ampliación de horizontes y referencia obligada. Alemania es sinónimo de aptitudes y normas, rumbo y recuerdo de una pacífica batalla de sobrevivencia.

Los intrépidos navegantes Palmira-Manolo, curtidos por la experiencia y vivencias insólitas e inesperadas, cargados de recuerdos, amistades y enseñanzas, y acompañados ya de sus tres hijas mayores, aquella pareja de novios aventureros que aterrizaba en Frankfurt con poco más que lo puesto, retornaba tras años a Algorta y Deusto con el maletero de un Opel Record atiborrado de novedosos enseres domésticos alemanes, con la fuerza y energías de un pasado provechoso y aprovechado: el novato Licenciado regresaba Doctor.

La lejana Alemania, entonces todavía dividida, continúa aún irradiando nostálgica atracción.

Revivir con palabras escritas algunos de los episodios más significativos y memorables de aquella década en el extranjero es el objetivo de nuestra serie sobre Alemania. Transmitir las semblanzas de unos años y lugares, y de un mundo en las antípodas del rural y provinciano charro de nuestra juventud, es tarea difícil aunque gratificante.

Ante tan ingente distancia en el tiempo y en el espacio, hasta el dominio de la lengua, la historia y la cultura, nombres y lugares van inexorablemente languideciendo y eclipsándose en mi memoria. Pero todavía hoy, transcurrido medio largo siglo, Alemania, sus pueblos, ciudades y gentes, sus paisajes, personas y personajes continúan apareciéndose en sueños y realidades.

Para el anciano bloguero “romántico” Frankfurt con su Main, el Römer y la Hauptwache, su catedral y su Internationale Messe, el Taunus con su Feldberg y la Bachschule con el Onkel y la Tante Lola inmortalizándolos, las calles y barriadas: Unterlindau- y Paul Ehrlichstrasse (1ª y 2ª vivienda, ésta última agrandada, animada y alborozada con la llegada e incorporación de las hijas) Hoechst-Unterliederbach y su Ludwig Henslerstr., nuestra última residencia, adosado ajardinado y todo (v. foto en cap. Jardinero de familia), y numerosísimos etcéteras son mucho más que lejanos paisajes y recuerdos de la década más trascendental en la vida de una familia.

MAPA: Caída del Imperio Romano
No fue conquista, ni mucho menos, como pregona el enunciado del capítulo. A Germania solamente la conquistaron los hunos (V. mapa adjunto). Alemania no fue conquista para mí y mi familia. Fue aprendizaje y descubrimiento. Descubrir es vivir y aprender. Aprendimos a ser río marchando siempre hacia adelante. Descubrimos otra cultura y otra lengua. Conocimos otras gentes. Otros modos y modelos de vivir y convivir. Asimilamos valores valiosos, desconocidos, que pusimos en práctica y continuamos practicando. Aprendimos a conocer y amar la naturaleza y los animales. Lastimosa y vergonzante fue mi primera experiencia en este terreno. Una anécdota lo confirma:


Entre las primeras amistades en mi llegada a Frankfurt, todavía soltero, figuraba la del director de la oficina de turismo (Die Deutsche Zentrale für Fremdenverkehr), un tal Herr Möhring, personaje entrañable y cercano, pero tedesco integral. Solía invitarme a la mesa algunos fines de semana y a pasear por el Frankfurter Wald (el bosque de Frankfurt), acompañados de sus hijos. En su afán didáctico de practicar y aprender español y botánica, a cada dos por tres me torturaba con la muletilla “Wie heisst das?” (¿cómo se llama esto?). ¡Cielo santo! Para el españolito -uno más de tantos- interesado y conocedor de poco más que chopos y encinares, amapolas y malvas, todas las coníferas eran pinos y toda la floración rosas o flores. Avergonzado empecé desde entonces a interesarme, conocer y enamorarme de ese maravilloso don de la naturaleza que apodamos flora.

Copiamos también el afán viajero de los alemanes: viajar es también vivir y aprender. “El viajar ensancha la mente”, como escribió mi apreciado Octavio Paz y coincidiendo con Séneca en que la vida es “un viaje y una búsqueda”. Alemania nos abrió sus puertas de par en par.Nuestro afán no fue labrar fortuna -aunque retornamos con un pisito en Salamanca- sino ganar amistades y contactos, ensanchar y ampliar horizontes y achicar barreras. Los Pirineos se hicieron expugnables. Y nos adentramos en Europa por Irún, Roncesvalles, Canfranc o Portbou, y a Alemania por Saarbrücken o Estrasburgo.

Aprendimos y copiamos tradiciones que conservamos vivas en festejos y celebraciones familiares : La "Weihnacht" (Navidad) y los regalos del "Christkind". La "Adventskranz" (corona de adviento), y la casera "Stollen" preludiando la llegada de los imperdonables "Lebkuchen" de Nürnberg, facilitados en el sur de Europa en muchos supermercados. La "Osterhase" (liebre de pascua) era esperada con la misma ilusión que el ratoncito Pérez por los pequeños de la familia el domingo de Pascua por la mañana. Enternecedora y gozosa la tierna escena de los pequeños/as buscando los "Ostereier" (huevos de pascua) escondidos por los mayores en la hierba y arbustos del jardín o entorno de la casa.

En las prácticas reposteriles alemanas, son avezadas maestras Palmira, nuestras hijas y alguna de nuestras nietas. Los "Kuchen" y "Torten" alemanes caseros no pueden faltar en nuestras sobremesas. Y el potpourri de germanismos y muletillas alemanas son la sal y pimienta en algunos de nuestros saludos, dichos y proverbios.

Ejemplos perdurables: Gute Nacht, Vielen Dank, Danke schön, Bitte schön, Wie schön, Wiedersehen, Mein lieber Mann, Alles Gute, Tschüss, Lecker y "Leckerisimo". Und so weiter, etc., etc.

Sin pensarlo, ni casi buscarlo, alcanzamos la categoría de bilingües y Alemania acabó convertida en nuestra "zweite Heimat" (segunda patria) y retornamos a la madre patria regocijados, fortalecidos y promocionados. Con una vasta experiencia y un aprendizaje, que requerirán algunos capítulos más.

jueves, 4 de abril de 2013

MIS AUTORES FAVORITOS III:


Gabriel Miró-Juan Rulfo: Obras son amores


La cortesía de los libros permite disfrutar de la belleza del Arte de la Palabra a todas las horas del día, en todas las estaciones del año y en todas las edades y vicisitudes de la vida. Y el don de la memoria y la fantasía es premio que nos faculta para simultanear presente y pasado. Muestra de todo ello es el disfrute anual de una lectura obligatoria, cuando las mimosas, prímulas y prunos preludian la primavera y llega la pascua florida, aunque este año haya sido marzal y lluviosa.

Todos los años por estas fechas me acompaña la lectura de algunos capítulos del arrinconado novelista alicantino Gabriel Miró con sus “Figuras de la pasión”, siguiendo escrupulosamente, desde mi época estudiantil, recomendaciones agradecidas de Fernando Lázaro Carreter, ilustre profesor y maestro de Crítica literaria.

No se trata de una historia novelada o de una apología o panegírico del histórico acontecimiento, como el título induce a conjeturar, sino de un homenaje lírico a las mujeres de Jerusalén y a las tres Marías bíblicas, sobresaliendo por su belleza el dedicado a María Magdalena - y concretamente de un testimonio de amor filial del autor a la madre, a quien el novelista, agnóstico confeso, honra con la escueta dedicatoria del libro: “A mi madre, quien me ha contado muchas veces la pasión del Señor”.

“Levantaron las mujeres sus ojos al azul de la tarde y prorrumpieron en palabras de júbilo y bendiciones al Señor. Muy alto, entre Cafarnaum y Bethsaida, venia el gracioso triángulo de una bandada de grullas. Doce aves vio María Salomé… La madre de la mujer de Kefa sonrió descreídamente porque sabía que su Simón guardaba la promesa de las llaves del Reino de los Cielos. Pero pronto olvidaron sus querellas para recibir devotamente el anuncio de la llegada del Maestro y los suyos. El Señor les enviaba su mensaje con las aves del cielo porque todas las criaturas le pertenecían.

Y cuando bajaron los ojos a la tierra se les apareció un caminante entre las barcas derribadas sobre la frescura del herbazal.”

Este testimonio, y circunstancias fantasiosas, me llevaron a emparentar a Gabriel Miró con otro de mis devotos y admirados autores, el mexicano Juan Rulfo, quien no precisa presentación, pero de quien vale la pena degustar y recordar el comienzo de su Pedro Páramo, en el que la figura de la madre ocupa el maravilloso pórtico de la novela:

"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo: “no dejes de ir a visitarlo – me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte”. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría…

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta ahora pronto cuando comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre." 
Escribía Oscar Wilde: “ No es necesario tomarse toda la botella para saber a calidad del vino”. Pues para que nuestros lectores corroboren la sentencia de Oscar Wilde y agradezcamos también a Gabriel Miró, como muestra de mi devoción y admiración, la inclusión en unas Memorias del principio de su mencionada novela.


Nota suplicatoria:
A los lectores inquietos, inteligentes y atrevidos que deseen incorporarse al círculo de amigos y defensores del dúo Rulfo - Miró les recomiendo acercarse con lenta lectura preventiva al “Llano en llamas” de Rulfo (http://www.apaduques.es/Juan-Rulfo_Llano-en-llamas(1).pdf) y a saborear las agridulces "Cerezas del cementerio” de Miró, auténticas exquisiteces y delicias literarias.


domingo, 24 de marzo de 2013

UN NUEVO INQUILINO EN LA COCINA Y UN REYEZUELO EN EL CORRAL

La infancia continúa en el hogar y en el recuerdo íntimo de la niñez

Ilustración de Irene Burgos, ©"iribú" 2013
Entre los animales domésticos la Gallina y el Gallo ocupaban un lugar preeminente en la vida cotidiana rural. La gallina marcaba el rumbo de las estaciones: la primera “puesta”, el primer huevo de las pollitas, preludiaba la cercanía de la primavera; y cuando la alicaída cresta palidecía e iniciaba el “cambio de pluma”, el otoño estaba a la vuelta de la esquina. El señor gallo, siempre jactancioso y presumiendo de su kirikí, servía de despertador en todo tiempo aunque, en ocasiones, confundía la media noche con la alborada. Siempre pavoneándose y capitaneando el harén en la calle, en la cortina o los corrales de los pueblos, aldeas y alquerías.

Tal era el protagonismo de nuestra pareja, que todos los corrales disponían de un albañal para que sus señorías saliesen y entrasen a discreción. La gallina – en menor escala el gallo – servían también de baremo social y económico: a más gallinas, mayor categoría. En las familias humildes su número no sobrepasaba la media docena- por falta de medios para su alimentación o de espacio para su hábitat. A pesar de la humilde aportación, las gallinitas servían de fuente de ingresos. Se solía decir que la gallina “ponedora” era la gallina de los “huevos de oro”. Porque tan valioso como el dorado metal eran estos productos ovalados de yema y clara, auténtica moneda de cambio. Como el dinero contante y sonante era rara avis en aquellos tiempos, exclusiva única de las clases pudientes, la gente más necesitada saldaba las numerosas deudas de la tienda con media docena de huevos, canjeando huevos por azúcar, aceite, arroz y otras materias primas.

¡Ah! Y has de saber, querido lector, que el consabido refrán: ”cuando seas padre comerás huevo”, se aplicaba a rajatabla en aquella sociedad machista. El huevecito frito se reservaba para el almuerzo del paterfamilias, con los “polluelos” a su alrededor, curiosos y expectantes, contemplando al patriarca-comensal, esperando poder untar una rebanadita de pan en la yema.

Mas, hablando de polluelos con plumas, centrémonos en la historieta de nuestro enunciado. El recuerdo y la nostalgia de algo tan entrañable que fue, magnifican, aún más, el “milagro” de la reproducción de la gallina, el papel maternal de esa madraza, conocida como “clueca”, que convivía durante varias semanas en pacífica armonía con la familia en la cocina.

Acurrucada debajo del escaño, en un cesto de mimbre o en un cajón de madera, y en su camita de pajas, era invitada curiosa, que al mismo tiempo que calentaba los huevos de los que un día asomarían sus hijuelos, observaba cuanto acontecía y se cocía cerca del fuego, sufriendo, y disfrutando a la par, la rutina del diario acontecer doméstico.

Ésta invitada a mesa y alcoba era centro de atenciones de toda la familia. Había que darle de comer y beber dos veces al día, y cuidar diariamente de su aseo y limpieza personal. Sus labores profesionales las ejecutaba hábil y habilidosamente, pues, el proceso de incubación exigía conocimientos y prácticas que solamente una gallina con experiencia sabía ejercer a la perfección. Bien dice el refrán: ”la gallina nueva… ponedora y la vieja… incubadora”. Pues, son muy pocos los que saben que los huevos, para incubarse, precisan una temperatura de 33º aproximadamente. Y menos son todavía los que saben localizar las plumas del pecho, donde se encuentra la zona de incubación por la afluencia de sangre y el consiguiente aumento de temperatura. Con su instinto reproductor, la clueca voltea periódicamente los huevos con el pico acercándolos o alejándolos de su pecho, para que todos disfruten de la adecuada temperatura. Su trabajo de incubadora no es siempre perfecto. Rara es la vez que no queda algún huevo huero. Aunque la culpa no es en realidad siempre suya, sino del jefecillo reproductor de la tribu.

El proceso de incubación dura unas tres semanas. Cumplido el plazo toda la familia estaba pendiente de la rotura del cascarón, de la aparición del tierno piquito tras el pregón del primer ¡piopío! La presencia de cada uno de los “velloncitos de oro”, de la bolita de pelusa amarilla con los tiernos ojuelos inquisitivos, era celebrada con júbilo y alborozo por los pequeños de la casa. Había que protegerlos del frío y la intemperie. De esto se encargaba la celosa mamá escondiéndolos amorosamente bajo sus alas, de las que de vez en cuando asomaba una tierna y curiosona cabecita. Compartían hábitat con la familia hasta que la soleada primavera y el templado corral les daban la bienvenida en su primera salida a la libertad.

Hasta entonces, la cuidadosa progenitora los iba introduciendo afablemente en grupitos en la práctica diaria de la auto-alimentación e independencia. Entrañable, y siempreviva, permanece en mi memoria la escena de la diligente madrecita guiando a su prole en la calle en amorosa procesión, en espaciadas estaciones, deteniéndose a picotear un grano, una yerbezuela o unas arenillas o escarbando con sus patitas en hábil y elegante destreza en búsqueda de maná, acudiendo en tropel la cuadrilla de avispados discipulillos a quitárselo del pico. ¡Y mientras la clueca ejercía a las mil maravillas el maternal papel de educadora, el papá gallo pasaba olímpica y fanfarronamente de la peripecia de la incubación, la alimentación y adiestramiento de la prole.

La mecanización ha acabado con la función procreadora de la gallina, con su hábitat, y lo que tanto es de lamentar, con la compañía y la alegre tonadilla consiguiente a la puesta de un huevo (car-car-car- poner), de esta fiel, simpática y complaciente compañera del hombre.

Horror y tristeza me produce la simple mención de los actuales pseudo-gallineros, eufemísticamente denominados “granjas avícolas”. Recomiendo no visitar esas inmensas naves desangeladas, en pleno campo, donde miles de sufridoras ponedoras malviven prisioneras en minúsculas jaulas, sin apenas superficie donde acurrucarse, en algarabía infernal y cacareo ensordecedor, en días sin noche con luz artificial. En calor asfixiante y nauseabundo pestilencia.

Liberémonos de tan angustiosas situaciones pasando página. Salgamos al horizonte de cielo azul. Respiremos el aire puro de la naturaleza incontaminada y disfrutemos con el recuerdo y compañía de esos “personajillos” ancestrales y de esas remotas escenas rurales y esas emociones infantiles desaparecidas con el desarrollo pero, inmortalizadas con la genial, fantástica, laboriosa y excepcional estampa de nuestra Irene.

lunes, 18 de marzo de 2013

Historia de una Colina con grandeza de Montaña

Desde el Cerro

La historia de un chalet, bautizado según placa ilustrativa en su fachada “Colina de Valmiguel”, es una maravillosa y larga, larguísima historia, que, como la de Michael Ende, merece el calificativo de interminable.

La colina antes de su metamorfosis
Expuesta a los cuatro vientos y a las veleidades e inclemencias del tiempo, gélida en invierno y tórrida en verano, excelente otoñada y vergel en primaveras, surgía, hace más de medio siglo, perdida en una colina, una casa. De blanca y resplandeciente fachada, largo y llamativo tejado rojizo, que ni era chalet ni casa de campo, pues tal rango no alcanzaba, pero que con el tiempo se fue convirtiendo en nido vacacional de una familia y en lugar de acogida y bienvenida de propios y extraños.

La Colina, familiarmente así apodada, me recuerda siempre a muchas personas y a muchísimas vivencias. Como que es el mayor baúl de mis recuerdos. Más todavía. Es un arca más grande que la de su pasillo. Casi un arca como la de Noé en la que todo cabe: casa, bodega y garaje, pozos y casetas, pinos, encinas y frutales, besana y sembrado. La Colina es, además, un recuerdo largo y permanente. Largo y ancho como el horizonte que la envuelve y rodea: largo como un río, me ha acompañado durante más de media vida.

Superando el medio siglo: tantos momentos, horas, días y años, tantas realidades y tantos sueños con nuestras hijas y consortes, con nuestras nietas y nietos, con familiares y amistades. Retahílas y desfiles interminables de tías/os, primas/os, sobrinas/os, Herreradas y Pedrazadas... Amigos a mansalva: españoles y extranjeros. Interminables sobremesas y veladas nocturnas. Siempre la música por compañera. Todos los veranos en el recuerdo. Todas las vendimias y “espitaos”, casi todas las vacaciones: de Navidad y de Semana Santa, todos los puentes y acueductos del calendario: el Pilar, Los Santos, la Purísima y la Constitución, San José, el Dos de Mayo, San Isidro…

Colina significa también refugio en las escapadas de la urbe, respiro y descanso, espacio donde aspirar a pulmón pleno, gozar en directo de las caricias del sol, de la brisa del campo, de la lluvia, del azul del cielo y de los rosados atardeceres; del deleite y contemplación de horizontes cercanos bordeados de pinos y robledales, de trigales, encinares y jarales; y de las lejanías: grises y azuladas estribaciones de Gredos, serranías de Béjar y de La Peña de Francia.

El abuelito Clemente en los prolegómenos del vergel
Fantasía humana alguna podría imaginarse semejante metamorfosis. Una insinuante ladera tortuosa, un secarral de 9.000 pesetas, ¡qué dispendio, qué locura! En veranos y tiempos de sequía reducida, según testifica el día de la elección de la ubicación, a un pequeño terreno sembrado de raquíticas algarrobas en el bajo colindante a la carretera (aún sin asfaltar), cosecha de Daniel Herrero, convertida por obra, amor y celo de una familia entera, y colaboración de casi medio pueblo de Palacios, en una de las salidas y paisajes más hermosos del pueblo. Oportunamente aparecerá relación de colaboradores y reportaje gráfico sobre la historia de La Colina.

Su romántico amanecer, génesis, nacimiento de tan valioso “monumento” bien es que versos merezca:

DESDE EL CERRO

Los trigales eclipsaba
el amarillo amoroso
de tu vestido de fiesta.

El día de Sanjuanico
de un caluroso verano,
a la hora de la siesta
por la Cruz de la Calzada
trazando planos y planes,
camina joven pareja.

Las manos entrelazadas,
paso a paso transitando
el cordel de la Izcalina,
a la sombra de una encina
 en el borde del camino,
 parada del coche antaño,
en el aire castillos alzaron
donde sus hijas pudieran,
a sus anchas campeando,
en armonía -interior y exterior-
y vivir y convivir con la tierra…
y en el campo.

De vistas y paisaje prendados,
del altozano en el cerro
Santa Lucía apodado,
 desde donde se divisan las primeras 
casas del pueblo allá abajo,
eligieron como espacio, que
nunca sueños soñaron,
largo rectángulo baldío,
después del cruce, 
el camino de los huertos bordeando.
Y aunque a paradoja suene,
 el lugar no es ni colina ni valle,
 ni Sta. Lucía ermita,
ni de migueles con valle
memoria alguna se tiene.
De Valmiguel La Colina
obra romántica fue
de familia precursora
de Algorta y Frankfurt llegada;  
albergue de paz y amistad,
verde resurgir de un pueblo,
moderno alborear de una comarca.





viernes, 22 de febrero de 2013

Las arañas tejedoras, irreconciliables enemigas de las moscas


No pretendo en este sub-tratado de “Animalia” hacer apología ni elogios de arácnidos y similares. Solamente pretendo pasar página definitiva de un cruel juego infantil y deleitarme con el recuerdo que un par de habilidosas arañas tejedoras grabaron en mi memoria para siempre.

En este punto, a diferencia de en el capítulo de las moscas, ni quito ni pongo rey. Solamente me permito dejar bien claro que las arañas nos liberan de moscas, mosquitos, moscones y de numerosas plagas de insectos y que son escasas las tarántulas, venenosas y mortíferas. Que las hay repugnantes y poco agraciadas, concedo, pero también las hay simpáticas y de bellos colores.

Ante todo debemos reconocer que entre ellas las hay verdaderas artistas a la hora de tejer sus telas y confeccionar sus redes: inofensivas defensas y fortalezas, excepto para enemigos y curiosos como las moscas, que se acercan a molestarlas o curiosear su territorio.

La red de la araña es un prodigio de técnica y arte que pocos humanos reconocen y valoran: esta maravillosa obra merece exculpar a este pobre animalito de un temor, desprecio y rechazo inmerecidos... Pero comencemos por el principio, por el sádico juego de niños. Aún me ruborizo hoy día, al recordar aquella ridícula y cruel captura de moscas para cazar arañas.

Hasta que la cultura del ladrillo y el cemento se generalizó en aldeas y poblados, la mayoría de las casas (viejas y pardas por fuera, blanqueadas y limpias por dentro), siguiendo la filosofía de Bacon, “se hicieron para vivir en ellas no para contemplarlas”. Y tanto en casas como corrales, pajares y cobertizos (con sus muros de adobes y argamasa o piedra desnuda, irregular y sin labrar), las grietas y oquedades eran el hábitat predilecto de las arañas: hablamos de más de dos mil clases de arañas que, yo denomino caseras, por ser compañeras del hombre, sin intención alguna de perturbarle ni inmiscuirse en sus quehaceres rutinarios. Sin embargo, los aburridos niños de antaño, escasos de juguetes y entretenimientos, se divertían con la caza y muerte de tan inocentes animalitos. El inhumano pasatiempo consistía en cazar al vuelo, de un simple manotazo, una mosquita casera y posarla en la tupida tela de araña que alfombraba la salida del agujerito que servía de guarida, morada y espera oscura al arácnido escondido. Éste, al zumbido de la presa que aleteaba desesperada, prendida en la red, acudía veloz en busca del preciado festín; momento que aprovechábamos los crueles picaruelos para taponar con un palo el agujero de la guarida, para a continuación dar muerte a la cazadora cazada (sin comentarios).

Muchas son las lagunas de mi memoria, pero guardo cual anillo de oro en cofre preciado, dos vivencias, tan lejanas como impactantes, en paisajes y tiempos muy distantes y distintos, dignas de ser relatadas en esta narración autobiográfica. Desvanecidos año y fecha, las recuerdo sin embargo, como si el hecho hubiese acaecido ayer por la tarde. Empecemos por la última, en la que la artista protagonista prefirió el anonimato.

Acaeció en un septiembre colorido y de otoñal belleza, en el que Rudi, Niebla I y un servidor de ustedes decidieron en un puente vacacional escapar de camping a uno de los hayedos más reputados de la Península Ibérica: el Irati navarro, al que da nombre un riachuelo de los Pirineos, fronterizo con Francia.

Atravesando el hayedo, tocado todavía excesivamente de verde, por un sombrío y alfombrado camino forestal, aparece inesperadamente en el horizonte cercano un jeep de la guardia civil. Eran los tiempos primeros de la denostada ETA que, según lenguas y rumores de leyenda, pululaba por las tupidas frondas franco-españolas. El pavor y el pánico, in crescendo al acercarse la pareja, se vio aliviado al leve gesto de adiós amigable en nuestro cruce. Acampamos en una minúscula pradera, al borde de un escuálido arroyuelo, próximos a un rudimentario pasadizo de troncos que servía de paso fronterizo, según descubrimos al día siguiente; la información nos llegó de boca de un pastor francés (sin ovejas), que apareció merodeando en la meseta de un pico que escalamos en nuestra primera excursión pirenaica. Die Welt ist wie ein Taschentuch! (El mundo es como un pañuelo) ¡Quién lo diría! El cuidador de ovejas sin ovejas chapurreaba alemán por haber pastoreado en la Prusia germana.

No puedo pasar por alto el sorprendente espectáculo de altura en aquella altiplanicie pirenaica francesa, a más de 1200 metros de altura: águilas, buitres y otras rapaces inspeccionando en su circular planear aquellos parajes silenciosos y abandonados, salpicados con osamenta de ovinos y grandes cuadrúpedos.

Al retornar fatigados y sudorosos a nuestro vivac, hicimos un alto en el camino para refrescarnos en una pequeña, profunda y sombría olla o poza del Irati. Rudi se lanzó al agua el primero, haciendo gala de bañista nórdico, ensalzando la ricura y temperatura del agua de la que no disfrutó ni medio minuto... porque cuando me llegó el turno de zambullirme, tardé menos de un segundo en convertirme en un histérico congelado suplicando auxilio, rescate y liberación de aquella tortura siberiana.

El premio, sin embargo, nos esperaba al descubrir en el juncal de la rivera, mientras nos soleábamos, la más bella tela de araña imaginable: un sinfín de poliedros concéntricos, entrelazados y entretejidos hilos de orfebrería formaban una cristalina red adornada con perlas del rocío nocturno. Con la cámara inmortalizamos aquella joya que, por desgracia ha desaparecido de nuestros álbumes con tanto traslado, tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas.

Como no hay dos sin tres, quiero traer a colación una vivencia similar más próxima en el tiempo y el espacio: una muestra más de la habilidad artesanal de estas insignificantes criaturas.

Fue una de esas hermosas noches de fresco veraniego en el porche de nuestra atalaya de La Colina. Palmira y Antje recuerdan todavía con deleite el espectáculo de tan plácida velada. La laboriosa obrera, una pequeñísima arañita tenía su morada en el alero del tejado del porche y era una delicia el verla columpiándose en su hilito, trepando rápida, descendiendo veloz, balanceándose con muchísima más habilidad que el elefante de la canción, elaborando con tanto arte como destreza la “sala de espera” donde cazar su presa favorita.

¿Sabía usted que muchas de estas arañas tejedoras o violinistas son casi ciegas y que navegan por el tacto y el olfato? Hace tiempo caía en mis manos una obrita del ilustre humorista, periodista y gran novelista Wenceslao Fernández Flórez, titulada “Historias de animales”. En ella aprendí a congraciarme con algunos animalitos que no gozaban de mi simpatía, por ejemplo las arañas. La fabricación de su red merece admiración especial.

“Todos sabemos que esas redes sutilísimas que se estremecen en el aire son trampas donde muchos insectos pierden su vida. Pero… ¿cómo inventó la araña su tela? Nadie lo sabe. El sabio francés J. H. Fabre refiere detalles interesantísimos”. (W. Fernández Flórez)

En el procedimiento, en la fabricación de sus telas, las arañas continúan siendo la envidia de fabricantes textiles, de bolilleras y realizadoras de encajes. Pero el que desee profundizar en el conocimiento de esta industria, que aprenda francés y lea la obra del citado investigador: “Souvenirs entomologiques”.


Y colorín colorado… si este cuento real sirviere de leve reconciliación con las inocentes mosquitas y arañas domésticas, este servidor de ustedes se considera bien recompensado.