martes, 5 de junio de 2012

EL PRECIADO DON DE LA AMISTAD


Homenaje póstumo y Adiós a Aurelio

Amaneció gris y lluvioso, rayano en la tristeza. Fue uno de esos días del cacareado "abril aguas mil", que este año no hubiera sido tan vil como repite el refranero, sin la noticia tempranera, y tan inesperada: "Ha  muerto Aurelio".

La implacable vara de la justicia  nos monta de vez en cuando una de estas jugarretas difíciles de sobrellevar. Muchos de los seres queridos y de los amigos leales se nos van marchando sin previo aviso. Éste fue tu caso. Y el nuestro, querido Aurelio. Te fuiste alejando, callada y pausadamente,  para hacernos menos doloroso el vacío de tu ausencia. Te lo agradecemos, aunque nos cueste tanto admitirlo, justificarlo y sobrellevarlo. Pero tu recuerdo y la recreación de momentos y vivencias felices en tu compañía, tranquilizan y serenan nuestros doloridos sentimientos. Acompáñanos una vez más - siempre caminarás lentamente  a nuestra vera - en nuestras correrías vacacionales por Palacios:

¿Recuerdas la histórica y gran nevada de vuestra - Pruden y tuya - primera noche en Palacios, una víspera de la Inmaculada? Íbamos a firmar el gran armisticio, a ultimar detalles de la boda de nuestros hijos Lucila-Joseba. Disfrutaste  de la nieve como un niño. Mejor dicho, como un enano. (Perdona el símil que tan poco se aviene con tu eusquérico volumen. Tú hubieras dicho "como un búfalo en la pradera", tu expresión favorita para magnificar el sueño).

Las maravillas del invernal paisaje charro solías revivirlas con frecuencia: las monumentales encinas y el tímido pinar tocados de blanco, los caminos y la carretera con medio metro de nieve, según tus cálculos. Porque tú siempre tirabas "p'arriba", siguiendo el sistema aureliano de mediciones de espacio y tiempo. No olvidaremos jamás  aquella mañana de un agosto sin fecha, cuando a las intempestivas 8 horas, los moradores de La Colina durmiendo como marmotas, aparcabas victorioso con tu  Megane azul a la puerta de nuestro garaje. ¡Que Dios te lo perdone! Y sobre todo la pobre Pruden, pues, tan breve fue su noche que, con el lucero del alba el intrépido conductor bilbaíno había ya rebasado Burgos, pisando sin piedad el acelerador al grito de : "¡Vamos! ¡Que no vamos a llegar!"

Pero vuestra llegada a La Colina en el tórrido y sofocante verano de la meseta castellana, la hora era intrascendente, era cual bocanada de refrescante brisa procedente de los verdes bosquedales vizcaínos. Por eso también te perdonamos tus madrugones matinales, tu función de despertador en los silenciosos y quietos pasillos y puertas de la "casa rural", cuando el toque de diana era tardío y libre en la casona.
Tu patriarcal silueta vasca continuará acompañándonos en nuestra mesa, en las tertulias y sobremesas campestres. Continúa disfrutando de tus tempraneros paseos solitarios por el camino del Carbajo, acompañado siempre de tu fiel e inseparable Tecla, para pasar revista y dar los buenos días a las vaquitas de los cercados colindantes. Y antes o después, te lo dejamos a discreción, continúa con tu deber cotidiano de inspeccionar frutales y moreras del paseo de los frutales, sin olvidar tus predilectas "claudias" y ciruelas tempranas.


A la sombra de uno de los gigantescos piñoneros, sala de estar de sol a luna, te esperamos, "compañero del alma", compañero! Pero no olvides la "Txapela", que tan bien te sienta y con tanta prestancia portas, ni la “Katxaba” para evitar tropezones, ni el vasito de tinto de la "bodega Manolo" y  la compañía de nuestra Tecla, guardiana cariñosa aunque dormilona. Y, por favor, no olvides nunca a tu eterna compañera de cama y campo, sillón y silla - aquí sí que tienes que hacer declaración de conductas y servicios (tranquila Pruden- me estoy refiriendo a tu socia la radio), siempre pegada a tu oído y con micrófono abierto, cultivándote y culturizándote, continuamente al tanto de lo que se cuece en cocinas ajenas y se teje en alcobas privadas, vidas y milagros de tus amistades artísticas, de esa tropa de "mujeres de moral distraída" a las que tú  eufemísticamente calificabas de “género lírico”.

Admirable y envidiable era tu prodigiosa memoria de caballo o elefante - como tú quieras. La enciclopedia Álvarez se te quedaba corta, y tú recitabas de carrerilla la lista de los reyes godos, los ríos de la península ibérica, y hasta los del continente africano, afluentes incluidos. El catecismo del P. Astete te salía hasta por las orejas, y en la libreta de tu memoria llevabas grabadas matrículas y marcas - incluidos  los neumáticos - de los camiones, coches y vehículos que maniobraste, y los nombres de todas las ciudades, pueblos y poblados, calles y callejas que  transitaste, y hasta los bares que frecuentaste.
Como un recuerdo más, y último  por hoy, tengo que comunicarte que tu deportivo slogan de guerra y ánimo  “¡Aupa Athletic!” ha surtido efecto terapéutico. Pocas horas antes de despedirte de nosotros, tu consigna resonó ensordecedora en los graderíos de San Mamés y aledaños del Nervión y tú, y nuestro, Athletic se convertía en finalista de la Copa de Europa. El resultado de Bucarest me lo silencio para no desilusionarte. ¡Otra vez será!

En este capítulo deportivo fuiste siempre un caballero de pro. Aunque con un ojo llorando y otro riendo, quiero que sepas que el Real Madrid - tu segundo equipo - se proclamó - triste y lamentablemente - en San Mamés - Campeón de Liga 2011-2012.

Para finalizar esta misiva de despedida, tengo que confesarte y pedirte perdón por mi simpleza y cobardía. La noticia de tu definitiva separación fue mazazo de tal magnitud que me impidió acudir a decirle adiós a tus cenizas. Religiosa y serenamente me fui recomponiendo y asimilando tu fichaje por el Derio. Me encantaba tu socarrona y socrática filosofía al comentar, humorísticamente, ante la esquela mortuoria de conocidos, próximos o lejanos: "Otro que fichó por el equipo de Derio"(1).

¡Agur Aurelio! ¡Hasta siempre! ¡Duerme en paz! ¡No te olvidamos!

(1)Localidad del cementerio bilbaíno

Majadahonda, Mayo 2012


PS. Dedicado a mis amigas Pruden, Libe e Isabel. A Lucila y Juanto. A tus cuatro nietos Olatz e Inés, Juan y Martín. Y, en especial, a nuestro Joseba.

domingo, 13 de mayo de 2012

JARDINERO DE FAMILIA



Mis amigas las flores y las plantas


"El hombre que plantaba árboles", Jean Giono. Dedicatoria al Opa: "Para el Opa, el hombre que plantaba más que árboles y que sigue plantándolos" (Antje + fam.)

Ignoro si tendrán algo que ver jardín y plantas con genes. O viceversa. Lo que sí es cierto es que el jardín, desde siempre, ha estado vinculado a nuestra familia y ha sido cual icono de tradición familiar. Tanto por línea materna como paterna, la de Palmira y la mía, la de nuestras hijas,  nietos y nietas, hermanas/os, sobrinas/os, el jardín, las flores y las plantas han estado siempre en primer capítulo de calendario. A la entrada y/o a la salida de todo. Al entrar o salir de casa obligatoriamente había que entrar o salir por el jardín.
           
Desde Carrascal a Palacios, desde Salamanca a Frankfurt/Unterliederbach, desde Bilbao (Comercial de Deusto) a Madrid (Jardines de Letras), desde Madrid a Leeds, desde Algorta a Majadahonda, desde Cabanillas del Campo a Las Rozas o las Matas, desde la c/ La Fuente a La Colina de Valmiguel, siempre hemos tenido las flores, las plantas, arbustos y árboles como compañeros o comparsas fieles e inseparables: caudal de belleza inagotable, protagonistas de vivencias inolvidables. Reza un sabio proverbio anónimo al respecto:

         ¡El jardín es un mundo, y el mundo es otro desde el jardín!

A tal grado ascendió mi pasión y devoción por la floricultura y horticultura que, con los años, acabé convirtiéndome en jardinero vitalicio, hortelano y asesor solicitadísimo de familiares y amigos. Precisamente estando redactando este capítulo me telefoneaba, alarmada, una amiga, pidiendo auxilio para los primeros tomates de su terraza que se abrían y no maduraban, su adelfa mustia que no crecía, su raquítico lilo que no florecía y sus melocotones que no maduraban. 

Los orígenes de esta debilidad se remontan, como todo buen principio, a los remotos años de la infancia. Todo comenzó a los 10 años. En una borrascosa noche del invierno del 36. A consecuencias del fuerte viento y de la incesante lluvia de un prolongado temporal, la cumbre(1) de la casa del herrero de Carrascal se vino una noche abajo. No hay mal que por bien no venga. La casona centenaria sufriría restauración y reforma importantes: modernización y blanqueo de fachada, imagen más moderna y luminosa. Con la caída del muro principal desapareció la habitación de huéspedes de la casa cural y un enorme y altísimo portalón- gran pérdida para el rapazuelo obsesionado por los nidos de golondrina que poblaban su viga maestra. También desapareció el pequeño palomar del “sobrao” con la repisa de madera y los dos cuadrados agujeros de entrada y salida de las palomas.        

Las ganancias, sin embargo, superarían a las pérdidas. La tradicional, oscura y lóbrega cocina típica de aldea, con chimenea de campana, se abría al exterior con una amplia, ventana que daba al naciente jardín en el espacio de la habitación eliminada desde la que se oteaba “ el tráfico” y bullicio de la calle principal y el campanario de espadaña de la iglesia con el atractivo nido de la fiel cigüeña.

Jardines de antaño
Las reducidas y ridículas dimensiones del jardincito no fueron impedimento para que el círculo central lo ocupase un ciruelo de abundantes y hermosas flores en primavera y escasos y mediocres frutos en otoño. Su existencia fue limitada, pero perpetuada en la foto a derecha, de histórico e incalculable valor.

Los primeros jardineros fueron mis hermanos mayores- Aurora y Luciano. Mi hermana vería colmados sus sueños florales y hortícolas con su Aldeatejada querida. Mi hermano y su esposa Chon pusieron broche de oro a sus aficiones florales regalándonos, antes de su éxodo a Bilbao, las dos adelfas que embellecían el jardín familiar. Una de ellas, la rosa doble, pervive todavía estoicamente en el rústico jardín de La Colina. Semiescondida tras la forsitia de la fachada sur florece todavía escoltando la artesanal placa que luce el nombre de La Colina.

Solamente un poso queda del primer jardín. Del Carrascal de aquellos años continúan floreciendo en el invernadero de mi memoria: los alhelíes perfumados de tonos amarillos, rosa y blancos, las espuelas de caballero rosa, moradas y azules, los dondiego también multicolores, la pluma de santateresa con sus margaritas pequeñas, algunas humildes dalias, la malva real, y… pare usted de contar. Unas matitas de perejil y que nunca faltase la aromática hierbabuena, imprescindible para el cocido nuestro de cada día. Me dejaba en el tintero mis idolatradas…¡ las blancas y perfumadas azucenas con sus estambres amarillos!

La escasez de riego no daba para más que un par de raquíticos rosalillos y una tupida trepadora colgante hacia la calle, fuente más de suciedad que de flores. Recordaré una vez más, que el agua corriente tardaría todavía décadas en llegar a Carrascal. El cántaro de barro a la cadera, al hombro o a la cabeza, la pesada herrada de cinc o el borriquillo con las aguaderas, eran el sistema de suministro corriente. El pozo o la fuente eran los únicos surtidores de abastecimiento – ésta última a un km. del pueblo - y en el tórrido verano, cuando arreciaba la calor y el pozo se agotaba, las sufridoras flores y plantas tenían que contentarse con las tormentas, el primitivo "riego de arriba".
        
El jardín de antaño, hogaño
El humilde y rústico jardinillo sería el primer escalón de una larga y empinada escalera. Fue el primer paso en un continuo e incesante disfrutar entre jardines propios y ajenos, terrazas, arriates y balconadas. El contacto permanente con los colores y olores del campo, con la luz del paisaje y el verdor de la naturaleza, fue incrementándose con los años y la experiencia, con mi labor pionera y entusiasta en esa pléyade de floridas y verdes parcelitas que fueron configurando mi "profesión de jardinero". Ofrecer relación y descripción de cada una de ellas, convertiría este apartado en un monótono manual de jardinería. De la mayoría de ellos reseñaré el recuerdo más destacado en el próximo capítulo. Finalizaré esta primera parte añorando los jardines de la tía Irene(2) de Zarapicos por ser los de mayor belleza, magnitud y prestancia. Inolvidable, grabado en mi recuerdo, se yergue todavía el gigantesco árbol del paraíso extendiendo sus grisáceas ramas y la fragancia de sus flores por toda la plaza. En la procesión del Corpus, el día del Señor - fiesta señalada en Zarapicos - la tía Irene se encargaba de alfombrar y perfumar el recorrido del cortejo festivo procesional con pétalos de rosas, celindas, romero, hinojo e infinidad de flores y plantas de su jardín. Desde entonces, el árbol del paraíso y las celindas continúan siendo mi perfume favorito. Para mi fantasía infantil, oteados hoy desde la perspectiva de anciano, fueron ellos algo así como el paraíso terrenal o los jardines colgantes de Babilonia o los insuperables de la isla de Mainau, en el lago Constanza. Pero prioridad merecen y están llamando a la puerta de capítulo propio… "Los jardines de familia".


(1) En Salamanca término ambiguo (m.-f.) para designar en edificaciones rurales el muro más alto.
(2) Tía abuela lejana.

domingo, 6 de mayo de 2012

¡AL FIN LLEGÓ EL DÍA TÁN SOÑADO!


EL DÍA DE LA  BODA

Como en todos los grandes festejos y solemnidades la celebración suele comenzar las vísperas: llegada de forasteros e invitados, retoques en vestuario y estética, últimos detalles y preparativos nupciales. Y centrándonos en el caso que nos ocupa: último paseo en solitario de los novios y despedida de soltero del protagonista. La novia, al no haber conseguido todavía la mujer la igualdad de sexos, tuvo que contentarse con esperar nerviosa, pero ilusionada, el amanecer del día tan soñado.

El último y memorable paseo de solteros, Cabarrús arriba, bordeando la cerca de la huerta de las Salesas y la plaza de toros, fronteriza al campo, donde la ciudad perdía su nombre, fue “brevesito” y testimonial, como exigían costumbres y circunstancias. Unos besitos y un abrazo de despedida.

Otro cantar fue la despedida de soltero. El día de nuestra boda – la de Palmira y la mía – amaneció excesivamente temprano para  el dormilón del contrayente. Aquel 2 de Agosto de 1956 el alba se anunció apenas acostado el novio, quien fue víctima de una de las tradiciones de la época. La broma consistía en raptar al novio y llevárselo de copas hasta las tantas de la madrugada. Causantes del estropicio: Emilio, el hermano de la novia, su primo Virgilio, llegado de Sevilla, mi primo Benjamín y pandilla de Cabarrús, Pepe Regalado y el otro Pepe, Pepe Mediero, su amigo del alma, entre los más señalados. Para acabar de rematar la fiesta, la inquisitorial normativa del catecismo antediluviano del Padre Astete dictaba ir a comulgar en ayunas: "sin haber comido ni bebido cosa alguna desde las doce de la noche en adelante". Como la solemnidad religiosa solía celebrarse a las doce, los pretendientes tenían que ir a comulgar a primera hora de la mañana para evitar posibles desmayos en el momento de la ceremonia.

Ese día el alba se equivocó de horario y amaneció antes de lo reglamentario. El novio, entre la trasnochada y el nerviosismo, apenas pegó el ojo. La celebración se celebraría en la iglesia del Carmen de la Plazuela los Bandos. La mañana estaba fresquita en consonancia con el mes de “el frío al rostro”. Apacible y luminosa. Los últimos  vencejos se despedían en cortejo de su temporada veraniega. La plaza olía a riego tempranero, a flores y rosas de temporada.  En el aire se respiraban ambiente festivo, amores nupciales y ensueños maduros. El recuerdo retorna con tonos vivos. La novia llegaba exultante. De largo y blanco tocada de azul. ”Blanca y radiante” como rezaba la canción popular. Puntual – caso infrecuente en el gremio. El novio de media etiqueta: chaqueta negra y corbata y pantalón gris a rayas, como muestra alguna de las fotografías del acto. Los invitados, de gala y de estreno, según prescribían los cánones: atuendos alegres, festivos y espectaculares. Festival de sonrisas, esperanzas, reencuentros y colores.

La ceremonia religiosa resultó normal y sencilla. En consonancia con la iglesia anodina de mediados del siglo XX. Párroco desconocido y mayor y en edad de jubilación. Ni acordes de órgano, ni música de ninguna clase. Sin lecturas, ni palabras de familiares o contrayentes. Sin olor a cirios ni aromas de flores, incienso o solemnidad. Suple esas frías deficiencias el pensar, simplemente, cómo la habrían organizado hoy mis hijas y yernos, mis nietas/os, mis sobrinas/os, todos ellos tan musicales, coristas e intérpretes, polifacéticos y polifónicos. Quiero llamar la atención sobre la internacionalidad y multiculturalidad del acto:  en imágenes de archivo aparece un  joven, devoto y ensimismado, que fue uno de mis alumnos del Instituto Goethe de Frankfurt, quien circunstancialmente pasaba un par de días en Salamanca.

 La asistencia no fue multitudinaria como solía ser lo habitual en aquellos, y en los sucesivos tiempos. No ascendía, ni con mucho, al centenar. Sin presumir de progresía, ya entonces no compartíamos el gusto por esas celebraciones ostentosas. Enemigos también de la oficialidad de fotógrafos, nos horrorizaban las horrendas y carísimas fotos de estudio. Pero en este tema tuvimos que entrar por el aro. El mejor recuerdo de la ceremonia religiosa y el que, con tonos más vivos, pervive en nuestro álbum de bodas, es la alegría y cordialidad de los invitados más próximos y por supuesto la alegría de los contrayentes al momento de estampar la firma, como demuestran algunas de las fotografías.

El “Banquete” fue de segunda. En el Regio de la Plaza Mayor. La “high society” celebraba el fausto acontecimiento en los jardines y salones de lujo del Hotel  Regio en la carretera de Madrid. Como mi memoria culinaria y mis intereses gastronómicos distan de ser excelentes (no suelo recordar ni  la cena de la noche última), no puedo recordar el menú del banquete. Solamente puedo referir que no debieron faltar los mariscos, ni un plato de carne y otro de pescado como exigía el guión. Debió ser de beneplácito general, según muestra el semblante satisfactorio de los novios en foto del balcón del restaurante, con la Plaza Mayor como testigo.

También pintoresco resultó el tradicional momento final del Respigo (1) y el desfile de los invitados por la mesa de los novios. Como la pareja de recién casados iba a residir en Alemania, sin vivienda o domicilio fijos, la ofrenda solía ser dineraria.  Me falla la memoria a la hora de recordar el montante de la ofrenda. Las finanzas no han sido nunca mi plato fuerte.

Una lamparita, sin embargo, continúa resplandeciente en la noche de los tiempos. No pudo faltar “El baile de la Boda” en uno de los reputados salones de baile salmantinos, el Moderno que, en honor a la verdad,  tenía de todo menos de modernidad. Pero insustituible en el protocolo de los festejos nupciales. Los novios, ninguno de los dos expertos bailones, cumplieron a la perfección con el protocolo, marcándose el inicial vals de rigor. El resto fue continuidad de plácemes y parabienes y flecos del tradicional mencionado respigo.

Una vez caldeado el ambiente y animada la fiesta, la” parejita”, haciéndose los suecos, inadvertidamente, hizo mutis por el foro y en el taxi que esperaba a la puerta del local, enfiló veloz a  refugiarse en la calle Fray Luis de Granada, en la casa de Aurora y Delfín. Un breve respiro, el suficiente para cambiar la vestimenta de ceremonia por la ropa de calle, y con una maleta de fin de semana, emprendió el taxi el “Viaje de Novios” más insólito  y extravagante  de su carrera. No tomaría el habitual rumbo a aeropuertos o estaciones internacionales de ferrocarril,  generalizado punto de partida de “Lunas de Miel”.

Todo dispuesto y ordenado por el cuñado Nacho, el coche, con los dos tortolicos arrullándose en los asientos traseros, tomó rumbo a la sierra salmantina, cruzando, por carretera provincial, dehesas de sombríos encinares hábitat de ganaderías charras de toros bravos. El viaje se hizo muy corto. A la caída de la luz, cada vez más tenue del sol poniente, arribaba la feliz pareja - ¡al fin solos y juntitos para siempre! – al lugar más original, insospechado e imprevisto para una “Luna de Miel”. Si algún lector curiosillo quisiera localizarlo en el mapa, le recomiendo que no deje de leer el próximo capítulo  sobre la luna de miel.
  

(1) Respigo (salmantinismo) era el desfile de los invitados por la mesa de novios, padres y padrinos, aportando cada uno su regalito o aportación en metálico. Costumbre que ha ido evolucionando y que fue sustituida, en algunos casos, por la “lista de bodas” en seleccionadas tiendas de regalos.

jueves, 26 de abril de 2012

ALEMANIA EN EL HORIZONTE: Heidelberg en primer plano


Heidelberg

“Ich hab mein Herz in Heidelberg verloren” (He perdido mi corazón en Heidelberg)

Prohibido interpretar literalmente el subtítulo del primer capítulo de una larga serie en la que Alemania figura como life motiv. Para evitar celos y recelos debo aclarar que se trata del primer verso de una popularísima canción estudiantil alemana. La primera que aprendían los estudiantes extranjeros que llegaban a Heidelberg. El enamoramiento solía ser recíproco. Heidelberg ofrecía a mediados del siglo pasado el don  del hechizo, de la conquista y seducción "bis über beiden Ohren" (hasta las dos orejas, cont. la canción), de quienes de sus "apacibles" noches de verano "habían gozado". En su haber, a demás de ser el primer lugar donde pisé tierra alemana, figuraban la fascinación y exotismo de las piedras bermejas de su castillo, su universidad y su río: el cálido y cordial ambiente, el embrujo estudiantil , los paseos románticos por el "Filosophenweg" y los sombríos senderos de sus verdes colinas. Todos ellos, y mucho más, fueron repentinamente cautivando mi entusiasmo e inclinación hacia una cultura, una historia, una música, una lengua y un país que fue para el provinciano charro como el descubrimiento de las Américas para los primeros conquistadores.

La venturosa Heidelberg conservaba privilegiadamente la secular pátina del tiempo, lo que realzaba su hechizo y valor histórico. Heidelberg fue la única ciudad alemana que se liberó de la cruel devastación de los aliados en la segunda guerra mundial, merced a la venia del general americano que capitaneaba las tropas de ocupación, cuyos antepasados procedían de la afamada ciudad universitaria.

En torno a su universidad se fraguó la amistad de quienes convirtieron  la poesía, la literatura y la filosofía alemanas en foco cultural romántico europeo: los  HH Brentano (Bettina y Clemens), sus   amigos Achim von Arnim, Caroline Günderode, Kreuzer y Görres, como nombres más sobresalientes.   Eichendorff, uno de los grandes poetas de la época, prendado de la naturaleza y  belleza de la “cuna del romanticismo” exclamaba : "Como en sueño  te me apareciste y una segunda patria me donaste".                                                                                       

La importancia y trascendencia de Heidelberg, en el caso de nuestro “semblancista”, trascendían del simple objetivo de progresar en  los incipientes estudios de Germanística. Una mañana plácida del agosto alemán de hace más de medio siglo (¡de l954!), el neo- romántico  proveniente de las hispanias  se sumaba a la interminable nómina de  estudiantes extranjeros que acudían en verano a la ciudad del Neckar a refrescar o ampliar sus conocimientos de idiomas. Tras un maratoniano y azaroso viaje desde Barcelona, sin parada ni fonda, cual sardinas en banasta, una modesta furgoneta aparcaba a las puertas de la “Universitas Heidelbergensis” con una docena de estudiantes españoles de la más diversa procedencia.

Nuestro "self made man", el hoy afortunado octogenario a perpetuidad, llegaba a Alemania, su futura "Zweite Heimat", para asistir como becado a uno de los cursos de Lengua Alemana para Extranjeros.  Mas, no fueron ni aulas ni enseñanzas y aprendizajes lingüísticos lo verdaderamente recordable de mi primera estancia en Alemania, sino el ambiente estudiantil internacional imperante. En un chalet del Schlossweg (camino del Castillo), todavía con recordaciones de la guerra, convivíamos  un francés y dos italianas, en tertulia permanente con un mejicano y unas nórdicas de la vecindad. El deambular por las  estrechas calles y callejuelas del recinto histórico, los paseos por la rivera izquierda del Neckar, en las barquichuelas con remos de sus aguas o por la histórica y romántica Senda de los Filósofos, las invitaciones, bailes y reuniones en los típicos y tradicionales locales de las asociaciones estudiantiles (Studentenverbindungen) harían interminable la crónica de mi breve pero emotiva estancia en Alemania. Conténtese el lector con la narración  de unas ingenuas anécdotas, recreación  nostálgica de tiempos tan lejanos.

¡¡¡Mensch Máaaanulo!!! – La verdadera Amistad nunca muere      
Transcurridos varios años, Heidelberg ya lejano y semiolvidado, casados y residentes en Frankfurt, un domingo soleado de primavera, salíamos Palmira y yo, pausada y solemnemente de la misa de la catedral, cuando en plena explanada del “Dom”(catedral) se nos enfrenta exultante, con los brazos abiertos, un individuo gritando ¡ Mensch Máaanulo…!. Confieso que ha sido uno de los abrazos más efusivos, cariñosos y cálidos que conservo. Era el reencuentro de dos amigos de Heidelberg -de Manolo y Erhardt, mi inseparable lazarillo y compañero- que volvían a reencontrarse y… separarse para siempre. Hoy, al recordar  y revivir tan enternecedora escena, puedo testimoniar que con el corazón también se ve cuando la amistad es verdadera.

Sprechen wir Lateinisch!
Retornemos de nuevo a la salmántica alemana. También Heidelberg, como la universidad charra, era en el mes de agosto hervidero de estudiantes extranjeros en los cursos de verano. Pero, a diferencia de España, en Alemania eran numerosos los estudiantes alemanes de diferentes confesiones y asociaciones que acudían a prestar información y ayuda a los indefensos extranjeros. Nuestro parvulillo Manolo figuraba en esa lista. Un estudiante de Derecho, el bueno de Erhardt, se me acercó tímido brindándome ayuda a la hora de matriculación. Ante la imposibilidad de comprensión, al preguntarme qué estudiaba,  y no atreverme, avergonzado, a confesar que estudiaba Germanística, contesté que estudiaba Clásicas. ¡Tierra trágame! "Macht nichts. Sprechen wir Lateinisch" fue su lacónica respuesta. Sin comentario. Únicamente debo aclarar que sabía mas latín que yo pues, en aquel entonces, existía en Alemania el Instituto de Humanidades (Humanistisches Gymnasium), donde estudiaba latín y griego como lenguas vivas la élite de los futuros médicos, juristas y farmacéuticos alemanes.

Primera excursión a los Alpes.  Fortuito alojamiento en Nesselwang.
Nesselwang
(imagen tomada de meinestadt.de)

En el diario de mi memoria figura en rojo y subrayado mi primera relación directa con Los Alpes. Entre los amiguetes del curso se encontraba el mejicano Rodolfo, mulato apuesto y elegante, cordial y campechano. Hijo de familia adinerada vinculada a los carburantes, disponía de VW gratis y depósito libre en todas las gasolineras. Al proponerme en cierta ocasión un fin de semana a los Alpes, acepté sin titubeos. Lo que no recuerdo es cómo y por qué se nos anexionaron dos catalanes ajenos al curso, a quienes estuvimos a punto de apear en plena autopista ante la descortesía de parlar entre sí exclusivamente en catalán. La majestuosa y embriagadora grandeza de los Alpes nevados, sobrevolándolos en vuelo inolvidable de Praga a Madrid proveniente del Berlín de la antigua DDR (Rep. Democr. Alemana), es una de las imágenes perdurables. Los Alpes alemanes, austriacos o suizos aparecerán más de una vez en estas Memorias.  Inmortalizada continúa "Una tormenta en los Alpes", precisamente en el pueblecito que muestra la fotografía adjunta, lugar donde pernoctamos los dos amigos de Heidelberg, y de donde, con el paso de los años, aparecerían en Algorta como vecinos, Ingrid y Rudi, amigos inseparables para siempre. Gracias a su amistad perdono al reloj de la monumental iglesia de Nesselwang la serenata nocturna de sus campanadas que me impidieron pegar el ojo en toda la noche.

"Eine kleine Nacht Musik" (Mozart)
La música, Mozart y el Castillo contribuyeron conjuntamente a mi enamoramiento de Heidelberg  y de Alemania. La imponente fortaleza del castillo, vigilante secular  en lo alto de la ciudad, además de la atracción turística de la cuba de su sótano, más de 200 mil litros de capacidad, era, y continuará siéndolo, su patio, escenario insuperable para conciertos estivales nocturnos  al aire libre. Inolvidable fue el organizado por la Universidad para los estudiantes extranjeros de los cursos de verano. Wolfgang Amadeus Mozart en primera línea del repertorio. Las dulces, románticas y armoniosas  notas de su "Kleine Nachtmusik" continúan alegrando mis oídos. Desde entonces el maestro de Salzburg   ocupa lugar preeminente en la nómina de compositores universales.

domingo, 15 de abril de 2012

D O S V I Ñ A S “ B A N D E R A “

“ ... aún estás a tiempo de olvidarte del viñedo. Un viñedo es como una tumba, no volverás a abandonar jamás la tierra.” (Un viñedo en la Toscana)

Racimo de malvasía
La Viña, o más en concreto “LAS VIÑAS” porque fueron dos, han sido siempre fieles y queridas compañeras, a lo largo y ancho de mi duro caminar por los terruños de la vida. Incluso cuando nos separaban las distantes estancias en Alemania y Algorta y continúan alejándonos, en menor escala, Majadahonda y Madrid, la ausencia y nostalgia de las incomparables verdejo y moscatel, acrecientan mi cariño y ansias de acercamiento. Aunque suene a paradoja, y en demérito propio, debo confesar que el VINO, objetivo último de la viña, tan codiciado y ensalzado a lo largo de la historia de la humanidad, no despierta en mí tanta seducción como una cepa de malvasía o de jerez, cargada de dorados y tentadores racimos. Pero, antes de disfrutar de la poesía y encantos de una viña en otoño invitando a la vendimia, aclaremos el simbólico significado de nuestro Título.

No se trata aquí, simplemente, de la Viña de la Bandera, nuestra actual viña, heredada de los abuelitos Visitación y Clemente, partida por gracia en dos: la de la Caseta o la de Abajo, y la del Camino o de Arriba. Ésta ocupará la segunda parte de esta historia. Por cortesía, no por importancia, porque ésta es la nuestra, la que pervive y continúa alimentando nuestras ilusiones, reclamando nuestras atenciones y exigiendo vitalicio aprendizaje de las labores de viticultura a jóvenes y mayores: podas, escarbes, injertado, sulfatados, vendimias y enología.

En primer lugar presentaré La Viña “bandera“, la Viña de Zarapicos del Herrero de Carrascal , la viña de mi infancia y adolescencia, la de gran parte de mi primera juventud, ¡la Viña de las Viñas!

Para los afortunados conocedores del término de Palacios- Santiz una ayuda comparativa : imaginémonos un inmenso viñedo extendiéndose desde las primeras solanas de Santiz hasta las últimas del Carbajo en Palacios. Pues así de descomunales eran las Viñas de Zarapicos. Poblado de viñedos, la envidia de los pueblos de la comarca. ¡Tristeza me produce el describirlo! Ni una sola cepa queda en los numerosos tesos, vaguadas, laderas y plantíos, en otro tiempo verdadero paraíso para la vista. Un horrendo espectáculo de placas solares –a las que irónicamente llaman “huertos”, orgullo de políticos y especuladores de renovables, ha suplantado al espléndido verdor de la campiña de las vides. Perdón por tan largo inciso. Volviendo a nuestro tema, cada vecino de Zarapicos tenía su pedacito de viña. Los Sexmeros, los de la Casa Grande poseían, hectáreas y más hectáreas y una bodega de piedra de cantería, de dos pisos, con arroyo subterráneo, toneles gigantes de millares de litros y unas instalaciones dignas de museo enológico. Hoy día todo ha desaparecido: ni familia, ni Casa Grande, ni viñedo, ni bodega.

También ha desaparecido la viña del herrero. La que entre todas destacaba en la raya de San Pedro. La que fue orgullo de su dueño y de sus hijos. Pasión y predilección de su artífice, el tío Saturnino, hermanastro de la abuela “Meregilda”, maestro y secretario perpetuo del pueblo.

Papel tan significativo ocupó esta viña en nuestras vidas que, desde niño aprendí a convivir con ella, a quererla y a conocerla. Por el color de las hojas y configuración de la cepa distinguía, incluso a distancia, la uva blanca de la tinta, la verdeja de la malvasía o la garnacha de la tinta Madrid, por poner unos ejemplos. Desde mediados de agosto hasta San Miguel de las vendimias (29 de septiembre) mi oficio diario consistía en ir a “cuidar” la viña y a espantar las bandadas arrasadoras de los invasores estorninos. Cometido que cumplía animoso y valentón, a las mil maravillas.

El caminar mañanero, un kilómetro hasta El Tejar de San Pedro - borrado íntegramente hoy día del mapa - y otro más hasta la propia viña, atravesando y atajando linderos y sembrados, correteando y canturreando gran parte del recorrido, era una aventura de protagonistas de los cuentos de los hermanos Grimm. Un premio su disfrute. De jovenzuelo, ya estudiante, no faltaba un libro en el “fardel” de la merienda. Me ruboriza confesarlo en estos tiempos de crisis románticas, pero desde que Palmira se incorporó al mundo de mis sueños, casi siempre era Bécquer el poeta de compañía y muchas de sus Rimas pasaron a ocupar para siempre un rinconcito en el archivo de mi memoria.

Asentado ya en mis dominios no voy a perder el tiempo en descripciones topográficas: ubicación, orientación, plantación etc. Solamente debo decir que destacaba en el término por la variedad y calidad de sus cepas, por el celo con que fue proyectada y el mimo con que fue plantada. ”Línios” (filas) enteros de la misma variedad, alternándose las distintas clases de vidueños, con tal orden y armonía, que en el otoño, por la vendimia, era un regalo para el espectador contemplar aquel mar de sarmientos y la policromía de aquella fronda bermeja, amarillenta, verde y cobriza.

Las uvas de Zarapicos gozaban de gran prestigio en la comarca. Hasta Florida de Liébana y el Pino de Tormes llegaba la fama de las uvas del Herrero de Carrascal. No sin fundamento, porque todos los años, a finales de septiembre, eran esperados por aquellos lares dos jovenzuelos con dos acémilas con grandes aguaderas y cestos de mimbre cargados de selectas uvas de mesa. ¡Hasta 100 kilos de mercancía trasportaban a veces nuestra pareja de borriquillas, aventura anual, fascinante y ensoñadora. Mi hermano Luciano hacía de jefe, de pesador y cobrador. Yo me sentía importantísimo conduciendo la reata y haciendo de pregonero y propagandista de las más ricas uvas de la comarca.

El festejo comenzaba la víspera. Había que cortar las uvas: malvasía, verdejo y albillo, salpicadas de alguna negra. Emprendíamos la marcha al día siguiente antes de la salida del sol. La primera etapa acababa en Zaratán, finca en la que sufríamos el primer descalabro ya que rara vez se dignaban estrenar nuestras ilusiones de venta. Sin embargo aminoraban la desilusión unos altísimos pinos piñoneros - tan altos como los de nuestra Colina- cargados de seductoras y enormes piñas. A pedradas, y a duras penas, conseguíamos conquistar una escasa media docena. Hasta que alertados los perrazos guardianes, teníamos que interrumpir nuestro divertimento tomando veloces las de Villadiego.

Duro, pero divertido, era también el comercio y contacto con una clientela femenina, regateando céntimos y gramos en uno o dos kilos de compra. Pero el corazón reventaba de gozo cuando alguna generosa clienta aligeraba nuestra carga con la compra de cuatro o seis kilos de mercancía.

Canturreando, felices y alborozados, regresábamos por El Pino, donde rebañábamos los restos de las aguaderas. Cabalgando en nuestros rocinos, aligerada la carga y aligerando el paso, retornábamos victoriosos con el sol despidiéndose entre arreboles de cirros y encinares.

La vida es un haz de pequeñas cosas. En ese haz de pequeñas realidades memorables se esconde la segunda – ahora única y propia – Viña de nuestra historia. No es una “viña bandera” como la de Zarapicos, es La Viña de La Bandera de Palacios; escenario de innumerables excursiones, vendimias, paseos en bici y en coche, trabajos y sudores. Pero también de buenos cocidos y meriendas al borde de la primera y primitiva “pistina”(1) y de la inmortal, remozada y siempre mimada, centenaria caseta.

Viña de la caseta
La Viña de la Bandera es una viña de cepas seculares que alternan con injertos de plantaciones posteriores que, si mis cálculos no fallan, han asistido al discurrir de cinco generaciones: el abuelito Clemente la heredó, ya cuajada en años, de su padre Rafael, Palmira la heredó de sus padres, Clemente y María, y nuestras hijas y nietos/as, continuarán disfru- tando de tan preciada herencia.

Mas, debo hacer constar que cualquier parecido de La Bandera actual, con la de hace medio siglo, es mera coincidencia. La viña era una parte importante de La Bandera de entonces, pero insignificante en aquel hermoso vergel: conjunto con huerta, frutales, noria de riego, charca, pilón de riego y poza a la par.

Para mi sensibilidad y amor por el campo, una vez integrado en la familia Herrero, la Huerta ocupaba un lugar preferente. Cuidada con esmero y celo diario por el abuelito, los geométricos y bien armonizados canteros de verduras y legumbres competían en belleza y verdor con la espigada panorámica del viñedo. Pero no desaparecerán jamás de mi memoria el gigantesco nogal de la charca, un hermoso cerezo, un manzano y dos preciados perales de Don Guindo – que siempre me recordaban uno sin igual del tío Emilio de Zarapicos – escoltando la viña de abajo, unos ciruelos de exquisitas prunas pequeñitas amarillas, y un enorme manzano de manzanas del Ofertorio, el último superviviente de la dinastía, junto al pilón .

Palmira conserva en su memoria, con dulce nostalgia, los años de esplendor de “La Bandera”. De aquellos tiempos y lugares tan lejanos, recuerda el atractivo especial de la multitudinaria y alegre vendimia en otoño, y de la arada en primavera, hito solemne en la monotonía diaria de la vida de aldea. De Añover y Palacios, alternándose cada año llegaban las yuntas de bueyes y vacas con sus arados romanos, orgullosos de contribuir, de manera altruista, al labrado de la viña del Secretario, en aquel entonces, auténtica viña “bandera”. El trabajo concluía con una comida de fiesta en el pueblo.

Pero, “los años no perdonan” como sentencia el dicho popular. La Huerta y los Frutales han desaparecido. La Viña ha ido envejeciendo y deteriorándose. Sobre todo a raíz de un fortuito incendio a finales de los años 50.

Pero del pasado envejecido queda la belleza invisible de la ilusión y la esperanza. Y del entusiasmo como bandera ha surgido el sistema moderno alternativo de riego, utilizando el agua del pozo de la caseta y de la charca. Contentos y convencidos de que escarbando, podando, azufrando y vendimiando con el corazón, siguiendo el lema del refranero:


Escarba a su tiempo, poda en su día, azufra por San Juan,
vendimia por San Miguel y en vez de cinco recogeras diez.


Nuestra Viña continuará, al menos, siendo “bandera” de ilusiones, alegrías y bonitos recuerdos.

(1) Nombre que Antje y Emma, con tres y cuatro años daban a la “piscina