lunes, 28 de marzo de 2016

Mis viejos Amigos los Libros viejos

Retomando la tónica y consejas del capítulo anterior y consciente del principio de que “Los libros se ofenden si los dejas de lado”, acabo de releer algunos de mis libros más viejos y olvidados. Volúmenes empolvados y envejecidos que apenas sobrepasan la docena y que guardo cual oro en paño, en nuestras bibliotecas. Vanidosamente, sin alarde alguno de erudición ni sapiencia, podemos presumir de más de 3.000 ejemplares.

Los comienzos de la historia de mi relación con los libros fueron tan tardíos y anómalos como el arranque de cada una de las etapas de mi vida. Hasta los ocho o nueve años no habían pasado por mis manos más libros(?) que la Cartilla Rayas y el Catón. La enseñanza obligatoria en tiempos de la II República y de la famosa Cruzada nacional no comenzaba hasta los seis años y en los primeros años se reducía al monótono y aburrido aprender a escribir “trazando renglones”, a leer “deletreando la “m” con la “a” = “ma”, a memorizar las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir, y… poco más. La Enciclopedia Álvarez fue el primer libro “gordo” que cayó en mis manos, muchísimo antes de que algunos nostálgicos “fuesen a la EGB”. En aquellos lejanísimos tiempos de tradiciones y costumbres seculares, de miseria global y supino retraso cultural, en la viviendas humildes, sin luz eléctrica ni agua corriente, en una escuela como la de mi aldea (con una escasa veintena de vecinos), no había cabida para balda con libros, ni revistero con periódicos o revistas de actualidad; incluso en la escuela mixta (entonces símbolo de matrícula mínima y población atrasada e incomunicada que tod@ maestr@ evitaba) únicamente existía un destartalado armario con apenas una veintena de libros viejos para la lectura de “los mayores”. De ellos solo recuerdo, con nostalgia y agridulce sabor, mi adorable y entrañable Amicis “Corazón: diario de un niño”, del que podía recitar casi de memoria el Cuento Mensual: “De los Apeninos a los Andes”, inmortalizado gracias al cine y a nuestro amigo Marco. Podría describir con pelos y señales algunos de los escolares protagonistas que perviven aún en mi memoria: Garrón, Crosi, Derosi…

Vaguísimo es el recuerdo de lecturas o libros durante mi adolescencia o primera juventud. La didáctica imperante de aquel entonces, que en la que prevalecía el memorismo y el historicismo, sin acceder directamente a las fuentes, sumados a los “apuntes”, sucedáneos del libro de texto (inaccesible a todos los bolsillos), fueron los culpables de mi tardío y dificultoso acceso al libro y la literatura. Afortunadamente presumo de excepción a la sentencia de Edmundo de Amicis: “el destino de muchos hombres dependió de haber o no haber una biblioteca en la casa paterna “. Como no hay regla sin excepción mi caso pudiera sumarse a una de ellas.

Mi recorrido por el universo del libro dio comienzo con una docena aproximada de libros usados adquiridos en las rebajas de un célebre anticuario del Corrillo salmantino durante los años de universidad.

Iniciada la andadura profesional y la consiguiente autonomía económica, mi pasión por el libro y la lectura fue in crescendo, se incrementó al ver convertido en realidad el sueño de nuestra primera biblioteca en
Frankfurt, y al mismo tiempo con mi contacto directo con la literatura en alemán y otras lenguas. Aportación significativa llegó de la célebre Frankfurter Buchmesse (Feria del Libro de Frankfurt). Mis trabajos variopintos me permitieron ejercer de relaciones públicas: a través de la docencia  (alumnado de élite), la traducción y la corresponsalía de una prestigiosa revista española y el carnet de periodista que granjeaba acceso libre a manifestaciones culturales y artísticas.
En la Feria del Libro de Frankfurt conocí a directores de prestigiosas editoriales españolas y a algunos de sus afamados autores firmando ejemplares, quienes amables y generosos ponían a mi disposición, el día de clausura, los libros de su stand. Fácil será imaginar cómo nuestras estanterías en varios años hicieron su otoño, y no precisamente porque la Feria del Libro de Frankfurt se celebrara en la estación más generosa del año. Pasaron los años con la ligereza que pasan las nubes, los meses y los días y nuestras librerías fueron creciendo y creciendo en Algorta, y en Majadahonda.

Pero mi objetivo era hablar del Libro del pasado… y de mis Primeros y Viejos Amigos Los Libros. Sirva de botón de muestra los tres autores más vinculados a mi corazón literario.

Como “obras son amores” y testimonio del valor del libro (“¡quien mucho lee acabará escribiendo!”), quiero rendir homenaje a algunos de mis maestros, Azorín, Juan Ramón Jiménez,  Baroja... y en capítulo separado brindaré mi carta necrológica desde Bilbao publicada en la revista alemana PRAXIS con motivo de la muerte de Azorín.

jueves, 17 de marzo de 2016

EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE (después del perro) … UN LIBRO?


La llamativa y provocadora interrogante del epigrafiado del capítulo nos la resolverán escribidores y filósofos: creadores de aforismos, proverbios, pensamientos profundos y ocurrencias graves y serias. En sucesivos capítulos informaré sobre mis relaciones y amistades con los libros, mis (y nuestras) bibliotecas, mis publicaciones, etc. 

Hoy serán autoridades en la materia quienes nos presenten las excelencias del libro y la lectura. Ellos explicarán y exaltarán en breves palabras el papel que de ordinario puede ejercer un libro o su lectura en nuestra profesión y en nuestra… incluso en nuestra vida:


Bloggero visto por iribu
  1. Dime lo que lees y te diré quien eres. Eso es verdad, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees. (François Mauriac)
  2. La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados (René Descartes)
  3. El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. (Umberto Eco) Recordando “El Nombre de la Rosa”, (sublime homenaje al libro, a las bibliotecas y bibliotecarios y pensando en Anabel y Rober)
  4. El destino de muchos hombres dependió de haber o no haber una biblioteca en la casa paterna. (Edmondo De Amicis)
  5. Lo que no merece una segunda lectura no merece la primera (Karl M. von Weber)
  6. Un clásico es algo que todo el mundo quisiera haber leído y que nadie quiere leer. En algún lugar de tu biblioteca hay al menos un libro que tiene una página escrita para ti. (Anónimo)
  1. He buscado en todas partes el sosiego y no lo he encontrado si no en un lugar apartado y con un libro en la mano. (Thomas a Kempis, místico alemán)
  2. Si tienes una biblioteca con jardín lo tienes todo. (Cicerón)
  3. Un libro es como llevar un jardín en el bolsillo. (Proverbio árabe)
  4. Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública, puede medirse la cultura de un pueblo. (John Steinbeck)
  5. Más libros, más libres. (Enrique Tierno Galván)
  6. En la triste senectud, sólo distraen el ánimo estas tres cosas: los libros, el sol y las flores. En mi biblioteca, encuentro antídoto contra la desesperanza, el dolor, la tristeza y el tedio. (Santiago Ramón y Cajal - Avalado por el Opa)
  7. Todos los libros pueden dividirse en dos clases: los del momento y los de todo momento. (John Ruskin)
¡Que de reflexión y lección sirvan! Yo siguiendo la catalogación de Ruskin dedicaré el próximo capítulo a “Mis viejos amigos los libros viejos”.

jueves, 25 de febrero de 2016

Historietas que pasaron en el Río que no pasa

Las  sandías de la Noche de Ramos (Carrascal de Velambélez)

Para comprender y aceptar el siguiente episodio, se recomienda un saltito de lejano medio siglo en el pasado y compartir con el medieval poeta de Las Coplas el nostálgico verso de… “¡Cualquier tiempo pasado fue mejor!” Y una vez metidos en harina, el lector bloguero coincidirá también conmigo en que “Fiestas y Pasado se celebran también recordándolos”.
  
Tal perogrullada viene a cuento al rememorar y revivir la época de los “Melonares”. Aquellos tiempos en los que las orondas sandías y los ovalados melones, en forma de ídem, alegraban las marchitas y ocres campiñas castellanas, adornando con su verdor humedales y frescos “bajos” de barbechos y besanas. Y, una más de las paradojas de la vida y de la toponimia, invención de hablantes y lingüistas, nominábanse antaño melonares a ese terrenito familiar que con frecuencia solo ofrecía sandías y calabazas. ¡Otro ejemplo más de machismo en el lenguaje!
 
Lo que sí es cierto es que el “melonar” era en los pueblos castellanos, terruño de presunción. Cuanto más potente el terrateniente, más grande era el melonar. Y más las oportunidades que tenía el dueño de alardear de amigos, caseros y foráneos, al invitarlos a “calar” y degustar las sandías que fueran necesarias. Palmira recuerda, todavía con agrado, el paseo e invitación veraniega al melonar de una amiga  de Palacinos como una solemnidad y un acto social honorífico por parte de los anfitriones.

También era frecuente en noches de ronda o corroblas veraniegas, el asalto de los mozos a melonares propicios al jolgorio. Precisamente una de esas aventurillas juveniles fue la siguiente odisea con las sandías como protagonistas:

Fecha de actos: la víspera de la Fiesta Grande de Carrascal. La fiesta de la Virgen de Septiembre, Nuestra Señora del Castillo, primer domingo de dicho mes. El río, una vez más, escenario y plataforma de nuestra juerga juvenil.

Bien conocida es por mis inolvidados y queridos lectores de pueblo - mejor incluso por mis jóvenes lectoras - la tradicional “puesta de ramos” a las mozas en la madrugada del día de las grandes fiestas. Las rejas de la ventana de novias, amigas o vecinas, amanecían engalanadas con ramas - apodadas ramos - del árbol más común en la zona, el clásico chopo: “el galgo solitario” de la meseta, que diría Marañón. Con frecuencia,  dicha corta solía acabar con polémica. Los enamorados no solían ser expertos taladores y convertían en vandálica la ancestral tradición provocando el enfado de dueños de choperas no muy contemporizadores.

Los mozos de Carrascal no solíamos tener obstáculo ninguno en este sentido. El único problema era la distancia. Había que caminar una media horita hasta alcanzar la chopera de La Narra, en la margen izquierda del Tormes. Esta chopera, repetidas veces coprotagonista en “Mi Río…” era una arboleda excepcional. Los centenares de chopos, algunos de gigantescas copas, de robustos, enhiestos y esbeltos troncos, pertenecían al dueño de la finca. Un tal Gabino Martín, solterón, tranquilote y bonachón, el pariente rico de los Martines del pueblo, quien no ponía reparos a nuestras barbaries.

Una vez realizada la salvaje e inexperta tala de los ramos entre cánticos y algarabías, y con incesantes “pases de la bota”, se le encendió una lucecita a uno de los concurrentes: si mal no recuerdo, autor de tan feliz idea fue Nicolás, o su hermano Isaac, conocedores del otro lado del río por circunstancias que desconozco.

Ilustración de Andrés Martín, nieto del octogenario bloguero
-¿Por qué no vamos a por unas sandías a un melonar de “Juzbao” que yo conozco? - insinuó uno de ellos.
La genial propuesta fue aprobada entusiásticamente por unanimidad. Surgió, sin embargo, una muralla difícil de expugnar: ¡La mayoría de los rondadores no sabía nadar! ¡Para alcanzar el melonar, ubicado en la otra orilla del río, en la fértil vega de Juzbado, era preciso cruzar una estrecha franja de río reservada para nadadores: aguas remansadas y profundas de la orilla de la chopera. Un quinteto de ellos - el cuarteto de la joven generación nadadora -: Manolo, Juanito, Oni y Toño Torres - tal vez también el todavía imberbe Francisco - secundados por los principiantes Fili y Nicolás como vigilantes, realizamos la proeza sin problema alguno.

A la pálida y tenue lucecita de la luna menguante descollaban tentadoras, sobre el oscuro verdor del emparrado, las orondas sandías. ¡De todos los tamaños! ¡Y de todas las tonalidades!: Verdosas y amarillentas según la variedad. El saqueo fue prudencial: rápido y limitado, sin pataleos ni destrozos. Cada nadador disponía solamente de sus remos como vehículo de transporte: ¡las manos y los brazos! Una piececita por barba era la cifra permitida, pues un brazo tenía que servir de remo.

Con gran alborozo, y no menor alboroto, se recibió a los heroicos exploradores. Pero como “el miedo guarda viñas”, no quisimos ver repetida la conocida tragicomedia de los “Melocotones del Taponero” y veloces pusimos los pies en polvorosa.

Cargados de ramos y sandías, alcanzado el monte, hicimos un alto en el camino para tomar un respiro y degustar unas rajitas de las frescas, jugosas y coloraditas sandías. He olvidado señalar que el grupito de rondadores no sobrepasaba la docena, con lo cual el banquete fue regio al tocar a media sandía por barba. También hay que reseñar que el episodio de las sandías y el festejo de los Ramos, terminó felizmente, cuando “la del alba sería!”…

Rompiendo el silencio de la noche con desafinadas voces y algarabía resonaban las canciones populares- entre las que no podía faltar la conocidísima ronda:

Levántate morenita, levántate resalada.
Levántate morenita 
que ya viene la mañana, levántate.
¡ Qué ya es de día, que ya se ve!
¡Qué ya es la hora de venirte a ver!

Arrastrando los polvorientos ramos y a trompicones, provocados por el excesivo empinar la bota, adornamos rejas de ventanas y puertas de soñadoras dulcineas. Y cuando el lucero del alba anunciaba el nuevo día, los intrépidos y fatigados rondadores se dispersaron en busca de la almohada para descansar lo poquito habitual en esos festejos.

Afortunadamente ha tardado mucho - ¡muchiiií…simo tiempo! - ¡como que ya no existe el melonar y el delito ha prescrito! - en salir a luz pública la juvenil y festiva aventurilla de “Las sandías de la Noche de Ramos”, con lo cual, supervivientes y herederos pueden dormir tranquilos para placidez y regocijo de unos y otros.

miércoles, 17 de febrero de 2016

DE PROFESIÓN… Profesor multidisciplinar II

Disculpe el lector que este capítulo, más que académico o academicista, sea en las “postrimerías de mi carrera” especie de rendición de cuentas y nómina de agradecimientos. Melodía académica. Reandar el camino, recreándome en lo más valioso aprendido y enseñado en las orillas: ¡el cultivo de la Amistad!, ayuda magistral para capear el temporal en situaciones borrascosas y conllevar con sabiduría y serenidad Pasado y Presente.
“Felices quienes han encontrado en su vida al menos la sombra de un amigo” (Anónimo)

Fueron muchas, -¡muchísimas!- las nuevas amistades de este conquistador de la Amistad, españolas y extranjeras, a lo largo y ancho de mi silencioso recorrido Complutense. Colegas de toda talla y colorido de universidades alemanas, austriacas y españolas: Munich, Berlín, Frankfurt, Münster, Leipzig, Viena, Innsbruck, Graz, Salamanca, Sevilla, Valencia. Pero la Amistad, asignatura optativa, precisa también de pericia, celo y cuidados serios. Y de atenciones especiales. Mimos y cariños.

Numerosos fueron las y los colegas que transitaron por la” calle” de San Isidro en Majadahonda, disfrutaron  del retiro de La Colina en Palacios del Arzobispo y “gozaron de la apacibilidad de los días” (Lcdo. Vidriera) de Salamanca. Relaciones que la jubilación, la distancia y el tiempo han ido enfriando y apagando. ¡Cuántas de ellas han desparecido del cofre de mi memoria! Mas ¡algunas quedan! Las bien guarnecidas y mimadas ni mueren ni se olvidan.

Homenaje a D. Emilio Lorenzo
Para esa nómina bastan  los dedos de una mano. En su catalogación figura a la cabeza Mª Luisa Schilling, la sinceridad y sencillez personificadas, sosiego y paz entrelazados, Verdad y Cariño sin tapujos ni cortapisas. ¡Santa Clara bendita! A ella debo - ¡sin que ella lo sepa ni se lo imagine! - el continuar disfrutando todavía del ejercicio de la escritura. Suya es la  primera felicitación en cumpleaños y efemérides importantes. Y “the last but not…” las delicias de su cocina de “master chef”. Sin ella no sería lo que es mi querido y admirado Nano. Nada tiene que ver con docencias ni germanísticas, aunque chapurrea el alemán, pero es doctor honoris causa en la asignatura que estoy desarrollando. Noble y noblote si los hay. La bondad hecha dulce palabra. Sin ellos tampoco disfrutaríamos, tanto Palmira como yo, de los besos y abrazos supercariñosos de sus hijas Clara y Berta. En suma, se trata de un cuarteto que por méritos propios ha ascendido del círculo de amistades al grupo de familiares.

Pisándoles los talones sigue Mª Jesús Gil capitaneando la lista de alumnado fiel y posteriormente como joven profesora compañera: dulce, angelical y trascendente sonrisa. Sufridora de nostalgias. Luchadora ejemplar contra adversidades inmerecidas, ha encontrado al final el premio justo y justipreciado (¡válgame San Rafael - en lo mejor de mi sueño me despierta tu querer!) y nunca le falta tiempo para recordar a quienes la queremos. A su recuerdo hay que añadir el de su cariñosa madre - la actriz Mª Jesús Valdés - en veladas inolvidables y en la simpática e histórica celebración de final de carrera de su hija, con compañeras de curso y profesores seleccionados, en su casa de La Moraleja, donde me cupo el gran honor  de actuar como paellero mayor.

Los viajes matinales a la Facultad, turnándonos en la conducción, con Mª Teresa Zurdo y Ramón, aunque ya muy lejanos, sirvieron para fraguar amistad, que no se puede, ni debe, pasar por alto. Prueba testimonial son esos encuentros, escasos pero cordiales, en la Gran Vía majariega: besos y abrazos en los que se alegra el alma y el corazón se ensancha.

A otros niveles y especímenes merece figurar el donjuanesco trotamundos - finalizó su carrera docente de catedrático en Alicante - Miguel Ángel Vega, quien me superaba en todo: jovial, elegante, barítono seductor, culto, erudito - no se le resistía biblioteca o museo europeos. Las malas y maliciosas lenguas nos apodaban “la l y la i”, siempre que formábamos pareja en las numerosas actividades académicas y deportivas conjuntas: encuentros, congresos y excursiones con alumnas/os o compañeros a Ronda, Salamanca, Austria, Alemania… etc., etc.

Y por último, cerrando el quinteto, Manolo Montesinos, el fidelísimo compañero de la universidad de Salamanca, quien todos los veranos, en compañía de su Helena - amiga con h y con mayúscula - cumplen con la devoción, y celebración, de merienda y reencuentro en Palacios o Cabrerizos.

Gracias a todos vosotros que, con vuestro cariño, habéis sido los culpables de este breve capítulo en los finales de mi “carrera”.


NOTA aclaratoria: En la foto - Homenaje a D. Emilio -, Antje y Quique reconocerán a varios profesores de los Departamentos de Alemán e Inglés. También Blancaluz puede localizar a algunos de las compañeras/os del Opa. Por orden de primacía - ¡a localizarlos tocan!: Mª Luisa Schilling y Nano, a quienes va dedicada la foto, (¡qué pinta Nano ahí escondido!), Cerrolaza, Mª Teresa Zurdo y Ramón, Miguel Ángel Vega, Rosa Piñel (compañera de tenis), Barjau, etc., etc.

viernes, 29 de enero de 2016

De profesión…profesor multidisciplinar I

“Hay que pasar la hoja – El pasado ya pasó” (Paulo Coelho)

Y de vocación… esposo, padre, Opa y amigo. Y de afición… naturalista y pajarero especializado en germanística. Cual pajarillo saltando de rama en rama, desde los inicios de jovenzuelo como maestro sustituto en su pueblecito natal, deambulando profesionalmente sin rumbo fijo, y de salto en salto por tierras y pueblos extraños, acabé aterrizando definitivamente en Barajas, mejor dicho, en la Complutense de la metrópoli madrileña. Casi sin pensarlo ni guisarlo, según publicitado en el Capítulo de “Algorta a Majadahonda…”, para finalizar descansando en la ansiada jubilosa jubilación de Majadahonda.

Los comienzos en la metrópoli no fueron jardín de rosas. Llegaba a Madrid convaleciente después de  casi un mes en el hospital bilbaíno de Basurto. No sé cómo explicarme o explicarlo, ahora de bloguero octogenario afortunado, a distancia planetaria, perdido en la nubecilla gris de la memoria: ¡agridulces  los episodios, circunstancias y hechos borrosos de la historia de aquel cuarto de siglo!

¡Qué fenómeno tan raro! Así, a bote pronto, se me ocurre pensar - comenzando por lo que no debo desvelar - que la pesadilla y causa de mis insatisfacciones y sinsabores radicaba en que, más que a enseñar, fui a la Complutense a trabajar a destajo, a aprender y a estudiar. A leer de prisa y sin pausa lo prescrito y obligatorio. A investigar con tesón para conseguir quinquenios. Eso sí, en mis predios favoritos: Picaresca europea, Romanticismo germano, Novela alemana de postguerra - mi predilecto Heinrich Böll a la cabeza, etc.

Ingratos fueron aquellos  principios paupérrimos de la Filología Moderna - con más asignaturas que alumnos y profesorado. Materias dispares: lengua y literatura alemanas, cultura y civilización ídem, comentario de textos, lingüística germánica... Clases a discreción. Simultaneando CEU e Instituto de Idiomas. ¡Y si éramos pocos… curso nocturno! A petición de media docena de alumnos profesionales en activo. Y si aún no fuera suficiente… ¡el primer año, curso de doctorado en Deusto los sábados por la mañana! Viajando en tren los viernes por la tarde a Bilbao, para regresar los domingos por la noche.

Fachada de Facultad de Letras (UCM)
Foto de Nano Abad
Pero, siguiendo el sabio consejo que reza: “En la jubilación no debemos estar lamentándonos  del Pasado,  pues, lo único que se consigue es amargar el Presente”, debo confesar que, a pesar de los pesares, en mi  tránsito por Compluto las luces predominaron sobre las sombras: aprendí a cerrar puertas, abrir capítulos nuevos y derribar viejas barreras. Fundamental fue acabar, tras varios años como agregado provisional, con la inestabilidad e interinidad profesionales previo paso por las termópilas, la malhadada y satánica prueba de las dichosas oposiciones. El desarrollo  de la misma merece ser reseñado por la singularidad y exotismo de las circunstancias. Tres éramos los candidatos a dos plazas de germanística en la Facultad de Letras de la Complutense. Los tres ¿amigos? Dos de Madrid y uno de Valencia. Presidente del tribunal D. Emilio Lorenzo, quien en un alar de imparcialidad y para evitar suspicacias de nepotismo, decidió que la oposición se celebrase en Salamanca como campo neutral. Los dos candidatos madrileños se alzaron con las dos vacantes y el tercero tuvo que conformarse con aprobado sin plaza. La suerte - tocada de charra - me sirvió de aliada y compañera de fatigas obsequiándome como regalo de Reyes con el “number one”, a pesar de que éstos ya habían pasado, pues, las pruebas tuvieron lugar el 6 y 7 de enero. Sin asomo de falsa modestia, debo aclarar que fue premio a mi edad o experiencia profesional, ya que en el primer apartado, “relación de méritos” o exposición del currículo fui obsequiado con 4,50 puntos -¡el máximo eran 5! - con doble valor en el cómputo global, sumando en consecuencia 9, cuando 10 eran los puntos necesarios para el aprobado.

Para más inri, al hoy bloguero de “Semblanzas Románticas”, los hados fueron tan espléndidos con él, que sacaron del bombo la bolita de “Die deutsche Romantik” como lección magistral. ¡Sin comentario! ¡Toda la cuadrilla de mis amiguetes románticos alemanes bailando en coro celestial a mi alrededor  echándome una manita!

No puedo pasar por alto la celebración del acontecimiento: Los cuñados Tina y Nacho - continuamos  agradeciéndooslo, aunque ya no estéis con nosotros - obsequiaron a los triunfadores con una suculenta degustación de productos de la tierra regados con el bon vino de la propia bodega en Entreencinas, su chalet de Palacios.

Los esbeltos cedros del jardín meridional
(Foto de Nano Abad) 
Como podrá irse percatando el lector ladino, en esta croniquilla alternan luces y sombras. Pasemos página de estas últimas. En el paisaje de la Complutense, en la antigua Facultad de Letras - ignoro su  actual etiquetación - continúan enhiestos y esbeltos los cedros y pinos de su jardín meridional. Pero ha desaparecido el trino de los ruiseñores que anidaban en los setos y arbustos, ahuyentados por el tráfico contaminante y la invasión del cemento y el ladrillo. Viva, simpática e irrepetible permanece, sin embargo, aquella clase práctica al aire libre, cuando “¡por mayo era por mayo!”, coincidiendo poesía amorosa medieval alemana con el jardín en explosión  primaveral, con Walter von der Vogelweide como poeta animador y con la amorosa sinfonía del ruiseñor. A “papá González” -  filial apodo en  aquel cariñoso, reducido e irrepetible curso, se le ocurrió permutar el aula por el idílico jardín de verde césped, rosas de Alejandría  y rumoroso surtidor. Y al comentar una de las numerosas  Minnelieder (canciones de amor) en las que el ruiseñor era coprotagonista y símbolo de la fidelidad en el amor, una sonora carcajada interrumpió la poética escena literario - campestre. Una alumna, compañera y amiga de Antje y Quique en “comunes”, confesaba avergonzada y ruborizada su ignorancia supina: “¡Qué vergüenza! Ahora comprendo. ¡Y yo que creía que el “Nachtigall” era un cuervo. También divertido fue el comentario sobre arboricultura. Para la mayoría de las asistentes, todas las coníferas - por ejemplo abetos, cedros y cipreses - eran pinos.

En su afán didáctico el viejo profesor defendía el principio de la amenidad y abominaba el aburrimiento en la pedagogía. Y hasta se permitió introducir en su programa, creándola y practicándola, la asignatura de la Amistad. Pero esta intrusa en mi plan de estudios particular bien merece otro capítulo.