Mostrando entradas con la etiqueta Estudios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estudios. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de abril de 2022

Saltando la valla del vecino

(De esto, aquello y lo de más allá)

¿Qué estás leyendo ahora?, suele ser la pregunta archirrepetida - más frecuente por tanto - no solo por familiares más próximos, si no también por amigos - lectores: próximos y lejanos.  

Metidos ya en harina, y sobrepasada la obligatoria lectura navideña de cuentos de toda índole y autoría, quedaban aún pendiente, en la mesa de mi despacho, Nuevos cuentos de andar y soñar (obra del popular filólogo, fotógrafo y profesor políglota universitario salmantino, Luis Cortés Vázquez, +1990). Cuentos nuevos ya viejos. Arcaicos. Escritos y publicados por los años ochenta del pasado siglo. Sueños de andariego - soñador. Localistas y provincianos. Charros y sayagueses. Es decir: salmantinos y zamoranos. Y también franceses. Memorables y entrañables todos para este lector bloguero. Librito plagado de arcaísmos, latinismos, barbarismos y neologismos originales y llamativos. Provocador a veces, pero principalmente sugestivo por las dedicatorias a salmantinos ilustres: contemporáneos del autor y de este Bloguero. Dos de ellas dedicadas a su esposa: madame Paulette, lectora y profesora de francés y filología francesa en la Facultad salmantina de Letras: "A Paulette en un aniversario de su nacimiento" en el titulado "La falda provenzal" el primero,  y "A mi compañera de andadura" en el cuento de "El Camino" el segundo. 

No puedo pasar por alto la impactante noticia  publicitaria con que me tropecé fortuitamente hace unos días. Perdón por el paréntesis: "Paulette Gabaudan de Cortés […] La salmantina que se convierte en superventas a los 94 años en la Feria municipal del Libro con "Un imperio mítico": estudio iconológico de los relieves del edificio de las Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca sobre la fachada de su Universidad.

Retornando a las dedicatorias impactantes. Sorprendente e inesperada es la del cuento "Nocturno en la catedra ", que reza: "A la memoria de dos hombres buenos - Dámaso y Manuel. Sacerdotes". Dedicatoria que me llegó al alma, pues "los dos hombres buenos" eran dos de los "amigos" - ¡fidelísimos! -  desde la adolescencia: Dámaso García, el grandón en la foto adjunta, escoltado por dos Manueles: Manuel Cuesta Palomero el de su izquierda y Manuel Almeida Cuesta el de su derecha, me apreciaba con locura inmerecida. ¡La primera felicitación familiar navideña - cuando éstas eran tradicional costumbre - era siempre la suya! Siempre acompañada de alguna estampa famosa de la Virgen y de poema propio, pues presumía de paisanaje - (Frades de la Sierra, Salamanca) - de su adorado José María Gabriel y Galán (1870-1905), popular poeta salmantino - extremeño, también muy estimado en mi adolescencia y juventud - y de quien conservo - adquirida en anticuario - edición "valiosa" completa de su obra: OBRAS COMPLETAS : CASTELLANAS - NUEVAS CASTELLANAS - EXTREMEÑAS. 18ª Edición - Editorial FE, Puerta del Sol - Madrid 1935.

Dámaso era persona siempre alegre, cordial y generosa. Presumiendo siempre de "vivir de milagro". Pues, desahuciado en su juventud por tuberculosis - frecuente enfermedad en nuestra infancia - en el sanatorio antituberculoso salmantino de Los Montalbos, disfrutaba de la vida de jubilado -¡dando gracias a Dios y presumiendo de vivir de milagro!

Mas volviendo al cuento de la dedicatoria a "dos hombres buenos", continuará indecifrable la incógnita de cuál de los dos Manueles - Manolo Almeida o Manolo Cuesta - era el "Manuel buenhombre" para Luis Cortés. Cuestión baladí. Lo que sí es cierto - y de ello doy fe - como único superviviente del cuarteto - es que tanto Dámaso como los dos Manueles fueron amigos "amigos buenos" y de verdad, del tercer Manuel del grupo, Manuel José González. 

"El hombre propone y Dios dispone"
Prueba de que la amistad del trío de los tres Manueles del curso fue histórica lo demuestra la fotocopia de la carta que Manolo Cuesta acompaña a la foto adjunta del cuarteto, anunciando la celebración del Encuentro Estival organizado por Manolo Cuesta. Encuentro anual  de los supervivientes jubilados del curso - sacerdotes y seglares - en el pueblo de uno de ellos: concelebración en la iglesia y comida comunitaria, distendida - amena e interminable, en restaurante del pueblo o pueblos de la zona. 

"El siguiente año" sería Manuel José, como llamaban a este bloguero todos los compañeros de curso. Pero… un mes escaso de la carta fechada en agosto de 2007, concretamente a mediados del Septiembre de ese mismo año, un infarto nos llevaba para siempre a Manolo Cuesta celebrando misa para un grupo de excursionistas en Israel: en Canáa de Galilea, escenario de las bíblicas bodas. Popular, dinámico y emprendedor, activo y generoso, el trotamundos misionero, Manolo Cuesta ponía punto final - con esta carta - a la histórica amistad de décadas y al inolvidable encuentro veraniego. Pues… el otro Manuel anónimo, el otro "buenhombre" de la dedicatoria, el último condiscípulo entrañable, cordial y fiel, Manolo Almeida Cuesta, bautizador de "nuestro" nieto Martín, el pequeño de la saga de los González, en la iglesia del pueblo natal del Opa, Carrascal de Velambélez, moría dos años después. En 2009, en fecha y lugar desconocidos. La noticia de su muerte me llegaba  a través de la impactante noticia de su funeral en la salmantina iglesia popular de La Purísima. Multitudinaria celebración de amigos y conocidos. Fieles asistentes llenaban la iglesia formando cola, incluso en el exterior del templo con las puertas abiertas.

De "san Dámaso", como solíamos llamar al otro compañero del grupo, no volví a tener noticia. Estoy sumamente convencido de que, siendo como era dechado de humildad, sencillez y religiosidad, habría ordenado - de palabra o por escrito - no hacer publicidad de su defunción en la prensa local con la habitual esquela mortuoria. Costumbre, hoy en decadencia - pero antaño símbolo de categoría social  el tamaño de la esquela. 

El tercero de los Manolos - el Manuel José del curso - y único superviviente de la cuadrilla, autor de este Blog, prosigue dando fe de la fe que nos unió y del valor de la Amistad verdadera. Sirva de ejemplo el presente capítulo con tonalidades de vieja historieta y en vísperas del arribo a los 96 tacos. 


(Majadahonda Abril 2022)


sábado, 27 de octubre de 2012

ESTUDIOS VI : DOCTORADO en solitario…

Veraniego y con secretaria

El Doctorado fue también auténtica epopeya. Más bien tragicomedia cómica con ribetes de odisea clásica y comienzo el capítulo con un prolegómeno informativo, obligatorio para los inexpertos en tales lides. Debo aclarar, que previo a la matriculación de la tesis, había que seguir una serie de trámites académicos y burocráticos. Primeramente se imponía un riguroso examen global de Licenciatura (ver capítulo Estudios V); a continuación, el futuro doctorando tenía que acertar con un tema sugestivo y novedoso no tratado ni registrado con anterioridad y, seguidamente encontrar y contar con la complacencia de un benévolo catedrático dispuesto a aceptar y aprobar el tema propuesto y asumir la dirección de la tesis, afectiva y eufemísticamente denominado en alemán ”Doktorsvater”. Recuerdo el termino germano porque la romántica ocurrencia, sin saber a quién debida o por qué motivada, surgió en Alemania. Explicación simple pudiera ser que, después de varios años de estancia en el extranjero, sintiendo cada vez con más intensidad el tirón del terruño y, sopesando los pros y contras lingüísticos de la educación de nuestras hijas, el doctorado allanaba el camino de retorno a la madre patria.

Nuevo doctor en picaros

Otra vez más, y va la enésima, la suerte o los hados se convirtieron en aliados. En uno de los frecuentes y largos duermevelas se me encendió una lucecita. Mis ríos, mis lugares comunes, mis lecturas favoritas, concretamente mis amigos los pícaros se encargaron del resto. Acababa de renacer en la historiografía literaria la comparatística. ¿Por qué no rastrear parentescos entre dos ilustres paisanos queridos, dos personajes literarios de ficción que, por su singular ascendencia y curriculum, gozaban de mi simpatía y predilección? Ambos, cada cual a su aire y a su estilo, vinculados a dos corrientes fluviales que marcaron hitos en mi vida : el Tormes y el Main. Las dos figuras literarias a las que me estoy refiriendo son Lázaro González Pérez (apodado “Lazarillo de Tormes”), venido al mundo en la ribereña aceña salmantina de Tejares y, Simplex o “Simplicius Simplicissimus”, emparentado, por línea paterna y correrías, con mi adoptivo Frankfurt, Hoechst y comarcas del Main. Los dos, figuras máximas de la picaresca europea, española y alemana respectivamente.

En mis primeros buceos investigatorios tropecé fortuitamente con otro curioso y sorprendente descubrimiento: GRIMMELSHAUSEN (Hans Jakob Christofer von), autor del Simplicissimus, no solamente había ido a abrevar a las fuentes del Lazarillo, sino que también conocía la obra máxima de Antonio de Guevara, concretamente su “Menosprecio de corte y alabanza de aldea ”, la obra político-moralizante más traducida y leída en la Alemania del XVII.
Con todo este bagaje en mi cartera, no me resultó difícil, en una de las vacaciones veraniegas encontrar en Salamanca director de tesis. Don César Real de la Riva, catedrático de literatura española en la universidad salmantina, profesional afable y cercano, aceptó cortesmente el reto, reconociendo humildemente desconocer el alemán, aunque dispuesto a orientarme en la vertiente española a todo lo concerniente a Guevara y la picaresca.

Dicho y hecho. Seguidamente matriculé mi tesis doctoral en la Facultad de Letras salmantina bajo el título, recomendado por mi director: ANTONIO DE GUEVARA EN ALEMANIA Y SU INFLUENCIA EN EL SIMPLICIUS SIMPLICISSIMUS. Investigación gratificante que llenó mis ratos de ocio y mis vacaciones durante varios años en Frankfurt y en Palacios. Perdura todavía viva en mi memoria la estampa del estudioso investigador, reclinado sobre la camillita atiborrada de libros y papeles, junto a la ventana de nuestro dormitorio-estudio “palaciego”, con vistas al fresco brocal del pozo del corral. Allí discurrían mis plácidas mañanas veraniegas, disfrutando de las correrías de mis picaros por el seductor universo de las letras... siempre acompañados por la sin par compañía de nuestra sufridora secretaria Palmira, encargada de descifrar mis manuscritos y de poner en negro sobre blanco mis hallazgos e investigaciones.

Al fin, después de muchas idas y venidas, de vueltas y revueltas, un día de San Mateo, colofón de ferias salmantinas, un 21 de Septiembre de 1964, recibía el premio a mi tesón y terquedad con un Sobresaliente cum Laude. Como testimonio de honestidad debo revelar que el benévolo tribunal estaba formado por cinco miembros afines a mi causa: presidente: Lázaro Carreter, vocales: Martín Ruipérez, Michelena y César Real de la Riva, y como secretario el compañero de estudios y amigo, Feliciano Pérez Varas.
La heroicidad fue celebrada a bombo y platillo, finalizando el festejo en el Casino Mercantil, sala de fiestas de la naciente burguesía salmantina, invitados por mi hermana Aurora y mi cuñado Delfín.

Como el avispado lector podrá entrever, no todo fueron penalidades y malos tragos. Al contrario: en el largo proceso de elaboración hubo también luces que iluminaron espacios habitualmente en sombra. Recordare con especial cariño a tres personajes, sin cuya ayuda no hubiera visto coronados mis esfuerzos.

En primer lugar quiero destacar a mi director de tesis: Don César, siempre afable y atento, paternal y comprensivo. Caballero castellano a la antigua usanza, me invitó varias veces a almuerzos de trabajo en su casa, una de ellas acompañado de Palmira, y siempre de la cordialidad de su joven esposa. Lección y trato que posteriormente puse en práctica en mi vida profesional en la relación con mis doctorandos. Y siguiendo el sabio refrán que reza:” haz bien y no mires a quien”, muchos años después, pude corresponder a su gentileza formando parte, del tribunal de doctorado de un hijo suyo, catedrático de Instituto. Desgraciadamente, él no pudo acompañarnos.

Tambien merece especial mención el Dr. Günther Weydt, profesor de la Universidad de Münster, reputado especialista en Grimmelshausen y en la picaresca. Al enterarse que un español de Frankfurt trabajaba en el pícaro alemán Simplizissimus me invitó a una entrevista en su casa de Münster. Fue éste uno de los premios más valorados en mi carrera. El viejo profesor, a punto ya de jubilarse, me recibió con inmensa cordialidad. Su esposa nos obsequió con una comida típica germana y él me obsequió con todas las publicaciones propias relacionadas con mi tesis.

También me es muy grato el recuerdo del viejo “Bürgermeister” (alcalde) de Gelnhausen, ciudad natal de Grimmelshausen. El burgomaestre de la histórica villa, famosa ya en la Guerra de los Treinta Años, por haber sido asentamiento de la guarnición española del capitán Espínola, me recibió con grata afabilidad y simpatía, orgulloso de poder contar entre los investigadores del hijo predilecto y más ilustre de la villa con un español de Salamanca. Me mostró el humilde museo del que fuera hijo del panadero del pueblo, y como premio y agradecimiento me regaló un ejemplar de las diversas publicaciones relacionadas con el Simplizissimus y Grimmelshausen.

Como colofón de capítulo quiero dejar constancia de que tan flamante título y esforzado trabajo tuvo como resultado y recompensa la primera edición completa y comentada del Simplicissimus en español. Edición de Cátedra subvencionada muy dignamente con 6.000 marcos, por el gobierno alemán.

Tampoco puedo pasar por alto la repercusión social que suponía tal titulación. Al regresar a Alemania con el DOKTOR en el bolsillo, nuestro status social y mi prestigio profesional crecieron como la espuma. De la noche a la mañana Herr González se transformó en DOKTOR GONZÁLEZ. E incluso la sufridora secretaria Palmira, vio recompensada tan noble colaboración con el título de FRAU Dr. GONZALEZ.

Pero lo más insolito y pintoresco de aquesta fazaña es la inmortalización de la solemne ceremonia de imposición del birrete doctoral por obra y arte, genio e ingenio, de nuestra insuperable Irene, quien no se olvidó de mostrar, muy ingeniosamente, el Victor del exultante nuevo Doctor y la foto merecidísima de la secretaria colaboradora.

martes, 27 de marzo de 2012

E S T U D I O S V: Licenciatura en Modernas (cont.)

Los tres años de Especialidad discurrieron menos irregulares y anómalos que los Comunes. La universidad de Salamanca, a la par que la Complutense, inauguraba la especialidad de Modernas, obra del rector Tovar y del catedrático madrileño Emilio Lorenzo, a quien tanto agradecimiento y afecto debo. Figura clave en nuestro traslado a Madrid y a quien rendiré espacio merecido en el capítulo de “Oposiciones”. 

Las innovaciones, al principio siempre se pagan caras. Las”Modernas” salmantinas (Filologías en lenguas modernas : alemán, francés e inglés) iniciaban su singladura con escasez de aulas y profesorado, y sin apenas alumnado. Dos fueron nuestros únicos profesores de especialidad: un misterioso lector que llevaba años en Salamanca - sin conocimientos ni entusiasmo pedagógicos- y de quien las malas lenguas rumoreaban que pudo tener vinculaciones con Herr Hitler, y un catedrático alemán - muchacha para todo- quien no comprendía como pudo meterse en tal embolado. Tenía que responsabilizarse de todas las asignaturas siendo su especialidad la Nordística (lenguas escandinavas, islandés, germánico y gótico incluidos). Era el arquetipo de un “Juncker” prusiano decimonónico. Su nombre lo delataba: Wolff Wolff Rottkay. Sin embargo de prusiano solo tenía sus andares marciales. Era una persona supereducadísima, atento y afable. Luchador intrépido contra la adversidad.

Iniciamos la especialidad de alemán ¡tres incautos parvulitos!: Feliciano Pérez Varas- compañero de fatigas muy conocido, telefónicamente, de mi familia, una infeliz madrileña que se perdió por Salamanca, y un humilde servidor de ustedes.

A principios de quinto, el ultimo curso, el rector Tovar, eminente político, indoeuropeista relevante y germanófilo, me ofreció un trabajo en Alemania para “perfeccionar” mi alemán: ¡corrector de español del Manual de la AEG en Frankfurt! Acepté gustosísimo, sin poderme imaginar que esta ciudad alemana iba a convertirse en hito y monumento histórico en mi vida. El entusiasmo obcecó mi mente, y no se me ocurrió pensar que, una vez más, otro curso iba a ser otro borrón oscuro en mi irregular carrera, falta siempre de orientación pedagógica y planificación académica.

Mis progresos en alemán debieron ser, no obstante, satisfactorios, pues fueron suficientes para finalizar, con más pena que gloria, la Licenciatura en Filología Moderna-¡Alemán e Inglés! Después de medio siglo,todavía hoy me ruborizo al transcribir esta información. ¡Examen de Licenciatura!

¡Hasta el rabo todo es toro y faltaba el rabo por desollar!: Para poder acceder al Doctorado se exigía antaño un examen global de Licenciatura. Un examen oral de la mayoría de las asignaturas de la carrera. ¡Qué disparatado desaguisado! En un septiembre inmemorial, sin tregua ni pausa y exigua preparación, víctima propiciatoria, sobrellevé el trago más amargo de mi vida. Una vez más la literatura- esta vez la portuguesa- me sirvió de tabla de salvación: Eça de Queiros, el novelista más representativo, creador de la novela moderna portuguesa, me sirvió de manita redentora. ¡Un sobresaliente me redimió del vergonzoso suspenso en historia del arte! Aunque a duras penas, y dejando los pelos en la gatera, la dadivosa Anaya me dejaba una puerta abierta para futuras revanchas profesionales. Al fin de cuentas la Licenciatura en Modernas fue la consumación de un sueño con abundantes pesadillas y quizás con más sombras que luces. Pero el saberse dueño de un título universitario en una rama innovadora, en aquellos tiempos de sequía cultural y académica, era como poner una pica en Flandes: la anchurosa ventana hacia la docencia, horizontes de claros amaneceres y amplitud de perspectivas prometedoras, acrecentaba renacidas ilusiones.

El delegado
Puestos, generosamente, a colorear tenuemente el paisaje estudiantil de aquellos cinco años nostálgicos y trascendentales, nuevas luces aparecieron al borde de mi camino. Aprendí a superar complejos y vencer timideces. Ascendí hasta delegado de curso y ¡Delegado de Facultad! (v. foto adjunta) viendo premiada mi función con un placentero viaje a Madrid con otros dos compañeros de Ciencias y Derecho en un aniversario del angustioso? día del dolor. Segundo viaje al Madrid que nunca había soñado.

¡Y quién me lo iba a decir!, me encaramé hasta la presidencia y dirección del equipo de futbol de la Facultad, evento insólito en el universo de las letras. Inesperada e impensada final de distrito salmantino en los Juegos Universitarios del SEU contra el campeón equipo de Derecho. Acontecimiento deportivo que tuvo lugar en el Calvario- histórico campo de la UDS- en soleada y plácida tarde de primavera charra. Aunque el resultado nos fue adverso, un honroso1-0, nuestra fue virtualmente la victoria socio-deportiva: un exitazo de público exclusiva de nuestras atractivas fans femeninas de Anaya, culpables de la nutrida nube de mariposos de otras facultades que abarrotaron las gradas del estadio. Y obra nuestra fue también la apoteosis final. Las dos “mises” del curso- dos vascas de pasarela,  portadoras del ramo de flores a vencedores y vencidos fueron la atracción del festejo futbolístico. 

Otras anécdotas y aventurillas mas podría relatar como un viaje del “Equipo” a Ciudad Rodrigo fruto del crack mirobrigense, el entrañable Mariano Anaya, pero dejemos lo lúdico y ciñámonos a lo estrictamente académico y humano. Sería injusto callar días y silenciar recuerdos memorables de mi paso por la Universidad. Al integrarme plenamente en el ámbito urbano y universitario surgieron nuevas y valiosísimas amistades.

El lema de la universidad salmantina “salmantica docet” no resultó baldío del todo en mi caso concreto. Algunos profesores y compañeros me enseñaron y ayudaron a configurar mi existencia, a elegir mi paisaje y mis amistades. Como preludio al capítulo que dedicaré a MIS AMIGOS, anticipo aquí algunos nombres, símbolo de amistad sincera y verdadera y portadores de valores que aprendí a hacer míos: El Onkel Pepe y la Tante Lola en la vanguardia, Mariano Anaya, Feliciano Pérez Varas, Andrés Fuentes, el Padre Jose Maria.Patino, compañeros y amigos de por vida. De los profesores, especial mención merece el siguiente trío: D. César Real de la Riva (director de la tesis doctoral), D. Fernando Lázaro Carreter (no precisa presentación) y D. Martín Ruipérez, mencionado más arriba. También D. Manuel García Blanco, por su personalidad cordial y humana - pasos que intenté seguir llegado el momento- merece figurar en esta orla. Sin la ayuda, ejemplo y aprecio de todos ellos sobraría el proyectado capítulo Estudios de Doctorado. Y de “last but not least” la entrañable Dª Julia, secretaria de la Facultad, siempre dispuesta a aconsejar, facilitar papeleos y resolver problemas burocráticos. Constantemente cariñosa, afectuosa y enorgullecida al recibir, ya abuelita, la visita de antiguos y lejanos alumnos en el extranjero.

jueves, 22 de marzo de 2012

E S T U D I O S IV: Licenciatura en “Modernas” para andar por casa

“La vida sólo se entiende hacia atrás”

Con los títulos de Magisterio y Bachiller Superior en mi mochila podía empezar a convertir en realidad el sueño, durante años acallado y secreto: matricularme en la universidad. Pero, antes de enamorarme de “ANAYA”, quizás a algún lector curiosón se le ocurra preguntar: ¿a qué se debió o cuál fue el motivo o motivación principal que me arrastró a estudiar en la Universidad?

Palacio de Anaya (Salamanca) 
"Antigua Facultad de Letras y Ciencias"
Con 22 años y una novia – podré notificarlo ahora, después de tantos años y sin sonrojarme - la“guapa” de Palacios y entorno ledesmino, había situaciones y alusiones que lastimaban mi amor propio juvenil. Todavía erosionan mi torpe oído senil los burlones ademanes como: “¡Hola maestrillo!, “Ahí viene el maestrillo”, entre otras socarronerías despectivas. Retintineo y altivez manifiesta por parte de estudiantillos y ricachuelos presuntuosos de tres al cuarto, que alardeaban de dinero y superioridad por estudiar medicina, derecho o veterinaria, carreras superiores, más lucrativas y pragmáticas, codiciadas por la neo-burguesía de entonces. Esa manifiesta prepotencia fue provocando en mi complejo de inferioridad una reacción de autoestima y superación (aunque me costó vencer la obsesiva preocupación de ser carga económica para mi padre y hermano).


Además de a mi novia- ella habría estudiado gustosa Ciencias en la universidad - fueron tres las personas a quienes debo el impulso y empujón definitivos. Las tres relacionadas con Vegas de Matute y con mi primera, soñada y ensoñadora escuela oficial, en este pueblecito segoviano escondido entre el Caloco y las primeras estribaciones de la Mujer Muerta. A la cabeza de este singular trío, Francisco Brandli y su esposa Mercedes Matesanz. Don Paco, el médico del pueblo, madrileño de padres suizos, profesional integuérrimo, culto, leído y de mente universal, educado y correcto, de exquisitos modales tradicionales - ¡siempre me trató de usted! - fue el animador y promotor principal en mi decisión de estudiar Letras, carrera minusvalorada en tiempos de crisis económica de postguerras. Tanto él como su mujer, también maestra, “amigos de sus amigos”, fueron mis mentores y consejeros. Me acogieron como hermano pequeño y en todo momento me sirvieron de ayuda y acicate. Ellos fueron quienes definitivamente me convencieron de que valía para algo más que “maestrillo de pueblo”. En las largas veladas invernales, al amor de la camilla de su casa, íbamos entretejiendo ensueños y planes de estudios con los temas preferidos de tertulia: el arte, la literatura, la filosofía, la teología, la historia, la política - sin olvidar el fútbol, pues como buen madrileño, su corazoncito latía madridista.

Encomiable e inestimable fue también la participación del Inspector provincial de primera Enseñanza de Segovia, en su visita protocolaria a las escuelas de Vegas. Admirado del espíritu reinante en mi escuela, su informe protocolario en mi Hoja de Servicios fue un elogio desproporcionado. No olvidaré jamás su amigable consejo de despedida - palabras para enmarcar - antes de subir en Guijasalbas (topónimo que sigue enamorándome) al coche de línea que le devolvería a Segovia: “No pierda usted más tiempo en un pueblo de mala muerte. Siga usted estudiando para no fosilizarse.”

Después de algunos años vi, alborozado y todavía agradecido, su nombre, como escritor, en la prensa nacional. Supe entonces que Manrique era mucho más que el rutinario funcionario de turno.

Como obras son amores, dicho y hecho. Al estar vigente en la normativa académica de aquel entonces la posibilidad de matricularse de libre,” matrícula no oficial” que te eximía de asistencia a clase, finalizadas las vacaciones estivales y antes de reincorporarme a mi escuela segoviana, me matriculé de “1º de Comunes libre” en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad salmantina.

Según plan decimonónico - los estudios de Letras se dividían en dos ciclos: dos años de Comunes y tres de Especialidad. El primer curso, sin profesor, libros y apuntes, me resultó coser y cantar, gracias a la herencia almacenada del seminario y la inestimable ayuda, antes mencionada de mis amigos de Vegas. Los exámenes para libres tenían lugar una vez finalizados los oficiales. Exámenes atropellados y descabellados. ¡Todas las asignaturas en un par de días! Como las asignaturas troncales eran en primero de Comunes las tradicionales Latín, Griego, Literatura y Lengua españolas, entre otras, superé el primer asalto sin dificultad alguna.
El 2º Curso, al matricularme de oficial y abandondar Segovia, se presentaba más despejado y esperanzador, aunque su duración no pasó del primer cuatrimestre, como revelaré más adelante. En el programa figuraban asignaturas en las que el autodidactismo era insuficiente: Historia del Arte, Historia de España, Geografía, Fonética y Fonología, entre las principales. De ésta última conservo, como único patrimonio y oro en paño, el libro de texto: Manual de Pronunciación española de Navarro Tomás. El ejercicio práctico de transcripción fonética fue una verdadera pesadilla.

Cuando más lo necesitaba económicamente, la fortuna se convirtió en mi aliada. La Universidad de Salamanca convocaba dos becas por oposición para Estudios de Filosofía y Letras. Ni corto ni perezoso, me presenté al obligatorio examen escrito. La suerte me sonrió al anunciar el tema de redacción: ” La épica grecolatina”. Casualmente en las últimas vacaciones de verano la Odisea y la Eneida – Homero y Virgilio- habían sido mis compañeros de lectura. El presidente del jurado, D. Martín Ruipérez me felicitó, cordial y cercano, al comunicarme el resultado positivo de la prueba. ¡Felicidad y orgullo me acercaban mensualmente al Rectorado a cobrar las 400 pesetillas de la beca! Con Ruipérez se iniciaba un contacto y una amistad que perduraría toda una vida profesional. Además de presidente del tribunal de mi tesis doctoral en Salamanca, presidió mi oposición a la plaza de Filología alemana de la Complutense, donde coincidimos posteriormente como compañeros.

Muchos años después, me tocó formar parte del Tribunal de una plaza de Profesor de Filología alemana de la UNED madrileña a la que opositaba un hijo de Ruipérez. Por fortuna, y para tranquilizar mi conciencia, Germán –éste era su nombre- no tuvo rivales y obtuvo la plaza por unanimidad.

Retornando a mis estudios, dada la excesiva prolongación del noviazgo y la avanzada edad del estudiante, para ir ganando tiempo al tiempo, solicité como maestro cumplir los seis meses de prácticas obligatorias como Alférez de Complemento. El 1 de marzo de 1952, cuando en Plasencia florecían ya las mimosas - perfume y flor hasta entonces desconocidos - me trasladé a la acogedora ciudad del Jerte para cumplir mis deberes patrios, pero entre junio y septiembre logré la heroicidad de acabar con los Comunes.

Pero no fue orégano todo el monte. Tropecé en Geografía, una de de mis favoritas, teniendo que negociar el aprobado con el Prof. Maluquer de Motes, prestigioso arqueólogo catalán, presentando, a posteriori, un trabajo sobre “El Rio Jerte”. Río extremeño que desde entonces, además de por sus cerezas, pasaría a ocupar lugar preeminente en mis intereses geográfico - turísticos - por el aprobado y por mi Alferezazgo.
(continuará)

lunes, 27 de febrero de 2012

E S T U D I O S III : Estudios de Magisterio

La Práctica hace al maestro                                                                                         

El presente capítulo, el tercero del ciclo, bien podría caber en página y media. No solo por tratarse de uno de los episodios más breves de mis Estudios, si no por la celeridad y singularidad de los mismos. Podríamos catalogarlo de otro retal más al peso en mi acelerado proceso curricular. La brevedad está por lo tanto justificada. "Lo bueno si breve dos veces bueno". No fue heroicidad ni insólita proeza aprobar de una tacada estudios de dos años en uno. Pero no le faltó transcendencia ni le sobró repercusión.

Hospedería del Colegio Anaya (Foto: MªJosé Herrero)

Debo aclarar que, en aquellos tiempos, se podía acceder al título de Maestro Nacional por vías diversas y por planes distintos: Título de Bachiller Superior (7 años) mas dos años en la Escuela de Magisterio, o título de Bachiller Elemental (4 años) mas otros tres en la también conocida como "La Normal" o Escuela de Magisterio. También estos estudios podían realizarse por enseñanza libre. Y como acabo de presumir más arriba, yo acometí en solitario la brava odisea de aprobar los dos cursos en una sola convocatoria. Como anécdota marginal - paradojas de la vida - en una de las aulas donde me examiné de magisterio tendría lugar, casi 30 años después, mi "oposición" a una plaza de Germanística de la Universidad Complutense. Mas aún, la histórica Hospedería del antiguo Colegio Anaya, es hoy sede del Departamento de Filología Alemana, donde soy siempre recibido afectuosamente como uno más de la casa en mis reapariciones por Salamanca (v. foto), quizás debido, sencillamente, a la amistad que siempre me ha unido a Feliciano (+) y Manolo Montesinos, su actual director. Pero retornemos a mi formación pedagógica.


Esta vez la academia preparatoria - ¡vivir para verlo! - fue la escuela de mi Carrascal. Autodidactismo puro y duro. La escuela de la vida. La experiencia, la madre de la ciencia. El manual más preciado de Pedagogía. "Prácticas de Enseñanza"- así se denominaba una de las asignaturas del plan de estudios.

Una meritoria ayuda encontré en la maestra de turno. La primera propietaria, después de ininterrumpidos años de interinidades. Hortensia Sánchez era su nombre. Mujer de una valentía y arranque impropios de una mujer de su época. Solamente en los meses crudos del invierno residía en Carrascal: en la casa del maestro, primer piso del edificio escolar. El resto del curso acudía  diariamente desde Almenara, atravesando el Tormes con una barquichuela de remos. Mas, cuando el temporal arreciaba o el Tormes se enfurecía, y la barquichuela  peligraba con marchar a la deriva, transcurrida la media hora de espera concertada y ver que la maestra no llegaba, era Manolo, el estudiante de magisterio, el encargado  de abrir la escuela y dirigir la jauría  infantil, entusiasmada con el sustituto de turno. 

Pero no fue esta la única "práctica obligatoria". Al segundo curso de su estancia en Carrascal, la maestra propietaria pidió permiso por alumbramiento y… otra vez retorno a las interinidades. No hay, sin embargo,  mal que por bien no venga. Me cupo la gran suerte de sustituir a la sustituta. La escuela "mixta" de Carrascal era plaza mixta, poco solicitada por la mala comunicación y el desamparo del pueblo. Estas circunstancias, y ciertos tejemanejes, otorgaron la interinidad a Isabel, la hija mayor del tío Belisario de San Pedro, quien, poco entusiasmada  con la docencia, me cedió trabajo y media soldada. ¡Dios me vino a ver en persona! Recuerdo inolvidable de alumnas/os entrañables que, algunos de ellos, medo siglo después, han revivido con agradecidas visitas, premio de  aquellas felices vivencias conjuntas. 

"La práctica hace al maestro": ¡toda la escuela para mí! Doña Hortensia, orientadora y responsable de "Mis prácticas de enseñanza", me trató como a un joven compañero más, poniendo a mi disposición toda la bibliografía y todo el material didáctico del que ella disponía. ¡Inmemoriales El Magisterio Español, Escuela Española y Lecciones de Cosas - de los que tantas cosas aprendí - y que  tan eficaz ayuda me prestaron para la preparación de las asignaturas de Historia de la Pedagogía, Didáctica, Metodología etc. Gracias a ellas fui desarrollando mi pasión por la poesía, el encanto de la infancia, el caudal de sus valores y la fascinación de la enseñanza.

Fascinación, caudal de experiencia y satisfacción añadidas,  fueron también mis "Clases nocturnas de Adultos" en Carrascal y San Pedro, y posteriormente en Vegas de Matute. El entusiasmo y contento con que una veintena de adolescentes y amiguetes, algunos ya entrados en años, esperaban, en las oscuros noches del duro invierno castellano, la llegada del joven maestro, para "hacer cuentas y problemas", dictados, lecturas y escrituras y lecciones de cultura general, fueron prácticas y experiencias inolvidables e impagables. Alguna que otra noche concluían en grupitos de ronda o brisca.

Mi futuro curvilíneo se tornaba línea recta. Aprendí que la enseñanza era mi profesión. Aprendí a poner cimientos sólidos al castillo de mi vida. Comencé una singladura que perdura aun después de jubilado. Aprender enseñando y enseñar aprendiendo. A todos los niveles y en todos los lugares, desde Carrascal a Madrid, pasando por Segovia (Vegas de Matute) hasta Frankfurt( Alemania). Enseñando, conferenciando, charlando, examinando. Dejando mis huellas, esparciendo ánimos y entusiasmo  en instituciones públicas y privadas de la geografía española y alemana: en Universidades, Institutos, Asociaciones y Centros Culturales de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla, Salamanca, Guadalajara, Ciudad Real … Frankfurt, Hamburgo, Munich, Wiesbaden, Kassel etc.

Como conclusión excepcional quiero que conste que aquellos años de retiro, en plena juventud, lamentados hasta hace bien poco como "años perdidos", juzgados ahora serenamente desde la inmensa distancia de la senectud, fueron años felices y positivos en aquellos rincones oscuros, hoy iluminados por el recuerdo y los agradecimientos. Como testimonio y broche de oro de cuanto antecede, sirvan de ejemplo las palabras - enmarcadas - de homenaje y gratitud del penúltimo curso, de mis alumnos de la Complutense, representados  por José Manuel Esteban, artista destacado de la pluma, lápiz y pincel, hoy profesor en la Universidad de Huelva.


domingo, 22 de enero de 2012

E S T U D I O S III: Una academia “cum laude” APEMES

Palmira se lleva la palma. El flechazo del  amor.
La crónica de la historia que más trascendencia ha ido cosechando en el entramado  de mi vida, comienza, -¡como tantas otras!- fortuita e inesperadamente. Su origen se remonta a los lejanos tiempos de la primera juventud, al último año del bachillerato. Y por esta razón, el presente capítulo se abre paso a codazos en el apartado de ESTUDIOS.
La Puerta de Zamora (foto Mª José Herrero)
En el atrio de la Reválida, y precisamente en un ático de la Puerta de Zamora salmantina, justamente encima del incombustible y archiconocido café-bar "El Toscano”, con la singular belleza y arquitectura oriental de la rotonda iglesia de San Marcos (1) como acompañante, tenía su sede la Academia Apemes. La indescifrable etiquetación estaba en consonancia con tan corriente como discreta institución. Uno más de los numerosísimos centros privados docentes dedicados a la preparación de todo tipo de oposiciones a plazas de toda índole, reválidas, asignaturas pendientes etc. El lector culto sabrá -y si no lo sabe no tiene por qué avergonzarse-, que fue Platón el fundador de estas instituciones - tan vulgares unas como “reales” otras- origen de las célebres Academias de Artes, Ciencias, Letras o Lenguas, que repoblaron la Europa Cultural del XVIII ilustrado... Para mayor información  añadiré que “akademeia” era el nombre griego de la “casa jardín”, en las afueras de Atenas, donde el celebérrimo pensador se reunía con sus discípulos -sabios y hombres de estudios de toda índole- para discutir sobre todo lo divino y humano.
Sirva tan extenso preámbulo como contraste, contraposición y muestra de la malversación y degradación en que ha terminado aquella gran herencia ateniense.
En los tiempos de nuestros estudios, desde la primaria a la universitaria, estaban tan de moda estos privados centros docentes, que raro era el estudiante que, por hache o por be, por suspenso o por sobresaliente, necesitaba o presumía de clases particulares. Para mi estupefacción y gran sorpresa, creyendo que tal sistema docente había pasado a la historia, pude comprobar que todavía hoy figuraban en las páginas amarillas de Salamanca ¡3 páginas publicitarias! de las “históricas” academias, ampliada la sección a lo más moderno y sofisticado: academias de peluquería y estética, de música, de informática, de matemáticas, de ciencias químicas y ambientales, clases particulares a domicilio de Primaria, Secundaria, Bachillerato, Universidad… Tal borrachera y disloque cultural me lleva a pensar que “no hay mal que por bien no venga”, y que la denostada y cacareada crisis  puede ser causa de tal proliferación. Aunque, acabo de leer, que la astuta y benefactora madre hacienda va a exigir declaración de la lucrativa? actividad de las clases particulares. Perdone el lector tan extensa divagación, pero es que, quien esto redacta perteneció también al “privilegiado” gremio salmantino, y más tarde al menos generalizado en Frankfurt.
Pero no era de esto de lo que pretendía hablarte, paciente lector, si no de una historia de amor. De la anunciada en la Academia APEMES.
Fue casualidad, artificio  del destino o de la providencia, tómbola o lotería…¡quién lo sabe! Aceptemos que pudo haber de todo un poco. El caso fue que un par de meses, anteriores al Examen de la Reválida de 7º, coincidieron en la antedicha academia, para preparar el examen, un reducido grupito de bachilleres de la mas variopinta procedencia y catadura. Por la criba de mi memoria se han esfumado hasta los nombres de las materias, clases y profesores. Y, hasta el de la mayoría de las(os) compañeras(os) de clase; exceptuados el de dos hermanitas que continúan acompañándome, inseparables hasta hoy día. La explicación  es muy sencilla. Toda esa vivencia  estudiantil quedó eclipsada y borrada del mapa autobiográfico, por obra y gracia de una compañera del grupo. De la “arquera” más sobresaliente -no por el expediente- de la clase. De la más jovencita -¡17 primaveras!- y la más tímida. De la rubita más bonita y dulce del grupo provino ese flechazo que los poetas solían calificar como “el flechazo del amor”. Consecuencia lógica de una suma de atractivos y valores que motivaron que el “revalidista” estuviera siempre más prendido de ella que de las explicaciones del profesor. Tampoco es de extrañar que esta jovenzuela se llevase “ la palma”, según recoge el subepigrafiado del capítulo; pues, su nombre era PALMIRA.
Sin embargo, el proceso de exteriorización y oficialidad de tal enamoramiento fue lento y costoso: mandaban los cánones y el código amatorio de los tiempos, que lo entorpecían. Desde los encuentros, circunstanciales  o buscados, en la calle, desde el sinfín de vueltas a la noria de la Plaza Mayor charra, y las idas y venidas a la calle Libreros, residencia habitual de la novia, transcurrieron meses y meses…
Hasta que un día de Reyes, un mediodía fresco de bajo sol refulgente y de un alto cielo azul velazqueño como telón de fondo, fecha inmortalizada y memorable en la crónica de nuestra vida, un ¡6 de enero de1947...(¡ella tenía 18 años y el afortunado enamorado 20!) llegaba a Carrascal, a manos del joven enamorado, el soñado aguinaldo de los Magos: una perfumada misiva afirmativa de la seductora Melibea, oficializando un noviazgo tan ilusionante como anhelado. Documento histórico, hasta hace muy poco tiempo, guardado como oro en paño en el polvoriento cajón de los recuerdos. Él suponía un sorprendente giro en mi vida. Con paso firme -desde ese momento un “pas de deux”- en mi tortuoso y, hasta entonces, titubeante caminar en solitario.
Al curioso que guste de fisgonear menudencias en esta pseudo novela, romance auténtico de amor, le aconsejamos leer el extenso capítulo titulado:  “Un noviazgo a la antigua usanza….”.


(1) A su valor histórico cultural hay que sumar otro muy especial, sentimental y familiar. En ella celebramos Palmira y yo nuestras bodas de oro, y en ella se casaron Emma-Juan y Lucila-Joseba.

sábado, 31 de diciembre de 2011

E S T U D I O S II: UN BACHILLARATO de Infarto y una Locura de REVALIDA

1. UN BACHILLARATO de Infarto

El Bachillerato de hoy se parece al de hace medio siglo como el día a la noche. No sería descabellado calificarlo de desatino o dislate. Y siendo más moderado y realista el mío podría catalogarse de Bachillerato sin libros o Bachillerato de pacotilla. Cualquiera de ellos, incluido el del enunciado del capítulo, le sentaría como anillo al dedo. Su proceso discurrió entre lo irracional y lo inhumano.

La única lógica sostenible fue la del Ministerio de Educación al convalidarme única y exclusivamente los cuatro primeros años del seminario, debido a la escasa coincidencia de los planes de estudios de ambos centros. Como el Bachillerato superior constaba de siete años mas Reválida, para obtener el título me quedaba como salida única examinarme de los tres cursos restantes. El papá Estado me concedió, muy generosamente, la opción de poder matricularme libre de los tres en una sola convocatoria. Ni corto ni perezoso me eché la manta a la cabeza y tomé la descabellada decisión de examinarme de los tres en una sola tacada. Las asignaturas troncales como se dice hoy día, eran las consabidas de Lengua española y extranjera (Alemán - ¡vivir para verlo!),  Latín y Griego, Filosofía, Historia de España y… el punto flaco en mi penoso batallar curricular: Matemáticas, Física y Química.

Para tan osado reto me fui a “preparar” a Salamanca. La casa de mi hermana Aurora, siempre con las puertas abiertas de par en par, me sirvió de parada y fonda, de estímulo y compañía durante todos los años de carrera. En el barrio de mi hermana vivía un estudiante de Ciencias, Crisantos Albarrán, una eminencia en Matemáticas. Muy popular y admirado como profesor de clases particulares. Durante un par de meses intentó adiestrarme en el campo de las Mate y las Ciencias. La preparación de las asignaturas restantes corría a cargo de mi propia cuenta y riesgo. ¡Allá te las arregles cómo puedas!  Sin libros. Sin método. Sin orden ni concierto. Me incentivaba y transmitía ligera tranquilidad el dominio de las asignaturas cursadas en el seminario.

Lo inconcebible y tragicómico de la odisea faltaba por llegar. Una retahíla de incesantes, casi simultáneos exámenes, mañana y tarde. Auténtica olimpiada, ¡como si los osados sufridores fuésemos una máquina de fabricar churros! ¡Dos días completos! Los dos primeros obstáculos – quinto y sexto- fueron coser y cantar. Faltaba el rabo por desollar como se dice por tierras ganaderas. Y nunca mejor utilizado el dicho. Porque restaba el temible séptimo. Al fin fue también salvado, aunque “dejando los pelos en la gatera “, según viejo proverbio charro. Un 3 en filosofía: “Filosofía de los peripatéticos y El método de la razón de Descartes” fue la pregunta en el examen oral. ¡Qué atrocidad! En matemáticas un 4. Las fieles compañeras de por vida– Lenguas y Letras me salvaron de la quema y sirviéndome en la media de tabla de salvación a la que me así como naufrago con el agua al cuello.

2. Una REVÁLIDA de MUERTE

Si el Bachillerato fue una operación de Infarto, la Reválida fue un trance de Muerte. Antes del invento de las LOGSES, LOES, Exámenes de Estado y otras tantas de esas maravillosas siglas o zarandajas, invento de la sesera de los magníficos políticos que no engendran más que estos abortos, los bravos bachilleres que soñaban con estudiar en la Universidad, tenían que sufrir, nunca mejor dicho, un examen de las asignaturas básicas del Bachillerato ante un tribunal integrado exclusivamente por catedráticos de Universidad.  Mayor y mayúscula aberración, impensables. Era como pretender hermanar un riachuelo con un océano o una pulga con un elefante.

Una vez más la tortura de siempre elevada a la enésima potencia: ¡Matemáticas, Física y Química a la vista! Menos mal que también puntuaban los latines, geografías, historias, lenguas y letras. Aprobé a la primera, ¡qué heroicidad! Un amiguete de Villarmayor, pueblo salmantino de la cuñada Chon, tiró la toalla después de ocho suspensos consecutivos. Los compañeros de Apemes (v. Capítulo “Una Academia cum laude”), Palmira (aún libre de trabas amorosas ), su hermana Tina y el amigo Juanito Martín, aprobaron a la segunda, muy de celebrar en aquellos tiempos de tragedias estudiantiles a la orden del día. El resultado del examen se hacía público en la prensa local y en el tablón de anuncios de la Universidad. Cada examinando, como si de presidarios se tratase, tenía el numerito correspondiente. En convocatorias normales la cifra solía rebasar el millar. Solamente recuerdo que el mío era un setecientos y algo. La ausencia de tu número en el tablón de marras solía provocar escenas de tragedia helénica: profusión de lágrimas, lloriqueos y hasta algún que otro desmayo.

Pero dejemos a un lado la razón de la sinrazón, e inmortalicemos tanta locura con dos anécdotas para amenizar el capítulo:

Universidad de Salamanca
La primera es el recuerdo, hoy grotesco, del examen de Geografía. Profesor examinador el Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, Ramos los Certales, Catedrático de Historia, eminencia en la materia. Su pregunta sobre Geografía fue la siguiente: “ Hábleme Ud. de la orografía e hidrografía de Francia”. El examinando muy tranquilito, al ser geografía una de sus predilectas, comenzó soltando de carrerilla la lista de los principales ríos galos: “el Rin, el Ródano, el Loira y el Garona”. Cuál no sería, sin embargo, su sorpresa al ser interrumpido bruscamente, en tono doctoral, con la siguiente rectificación:  “ ¿Ha entendido Ud. bien mi pregunta?”  “Si, señor”- respondí. –“ ¿Qué le he preguntado?”- insistió, (esta vez alzando más la voz y en tono inquisitorial). - “Que le hable de la orografía e hidrografía de Francia.” Terco continuó: ”¿Sabe usted qué es orografía? Pues responda Ud. ordenadamente”. Pienso hoy día que, en aquel instante, ni la más ducha enfermera hubiera encontrado una sola gota de sangre en mis venas. Salí airoso del trance porque también supe algunas de las montañas francesas. La pregunta de historia fue de juzgado de guardia según terminología del derecho penal popular. “Hábleme del reino de Aragón por el 1040” –fue la malvada y malintencionada pregunta. La respuesta fue calco de la anterior. Comencé hablándole de Alfonso VI, rey de Castilla por aquellos años y de sus relaciones con El Cid. Como le convencí de que una ligera idea tenía del tema, “generosamente” me insinuó le hablase de Pedro I de Aragón., quien también tuvo alguna vinculación con El Cid. La única referencia que tenia del susodicho Pedro. Pero arañando de acá y de allá me aseguré, el aprobadillo. Una vez jubilado me he distraído leyendo e informándome sobre literatura e historia de la oscura y denostada Edad Media. Hoy me atrevería hasta con nota.


Con gran estupor logré también el pase en Ciencias, ante uno de los ogros, ¿otro más?, del tribunal, el profesor Teresa. Joven catedrático catalán, estiradillo y engreído. Uno más a los que en su deambular de La Plaza Mayor a la Universidad, Rúa arriba y abajo, había que dejarles expedita la acera con reverencia incluida.

Entre sustos y temores transcurrió la serie oral, apareciendo al fin el setecientos y pico, mi numerito de marras, en el tablón de anuncios de la Universidad. Pero, ¿dónde aparecen esos momentos mortales anunciados en el título del Capítulo? Como suele ocurrir en muchas películas y novelas el relato empieza por el final y concluye con el principio. Este es nuestro caso. Aquellas memorables y fatídicas Reválidas, como todavía recordarán los afortunados supervivientes de aquellas odiseas, se dividían en dos fases, una escrita y otra oral. A esta última pertenecen las dos anécdotas reseñadas. El examen escrito constaba de tres partes: Traducción de un texto latino, una Redacción de tema libre y un problema de Matemáticas o Geometría.

La famosa "rana"
Emerge con cierta nitidez en mi memoria el primero de ellos: Traducción del Latín. Escenario histórico : la galería de la planta superior de la Universidad , habilitada como aula con hileras interminables de pupitres individuales , en una de cuyas esquinas había que colocar, bien visible, la papeleta de examen. Como suele ocurrir en estos trances, nunca puede faltar el despistadillo de turno. ¡Oh, cielos! En esta maldita ocasión el olvidadizo del imprescindible documento fue quien esto redacta. Se me autorizó ir rápidamente por él a casa, pero no se me reservaba el tiempo perdido. Volaba más que corría el convaleciente atleta, recién salido de la enfermedad juvenil de postguerra, la consabida pleura, combatible con buena alimentación y reposo. Desde el edificio de la rana, hasta la Avda. de Italia, residencia de mi hermana, el trayecto superaba el cuarto de hora, sin embargo el maratoniano estudiante, desfallecido consiguió reducirlo a la mitad. A trancas y barrancas y con la lengua fuera ,como perro perdiguero, superé el último peldaño de la renacentista y emblemática escalera que daba acceso a la primera planta de la universidad, donde me esperaba mi pupitre reservado. En contra de lo esperado, el caritativo vigilante de zona tranquilizó al exhausto y jadeante examinando aconsejándole tranquilidad y calma. La accesibilidad del texto atenuó la gravedad del susto que puede calificarse de mortal.

La Redacción, un tema de actualidad, no ofreció dificultad alguna al bachiller que empezaba a exteriorizar su tendencia literaria. Entre pitos y flautas y a trancas y barrancas, salvados sustos y escollos, vi abiertas y franqueables las puertas de la Salmantica que “docet”, según su presuntuoso lema histórico.

Pero previo a ese paso transcurrirá un largo interregno de un par de años. Años de estudios, prácticas primarias y docencia primera: Estudios de Magisterio y estreno profesional en Vegas de Matute (Segovia). Ambos merecen capítulo aparte.

domingo, 18 de diciembre de 2011

E S T U D I O S I : Un nuevo rumbo en mi vida

El universo del Seminario

El aire de la ciudad hace libre!
Aprendí que la vida es servicio, y el servicio es alegría."


El presente capítulo de estas Semblanzas puede resultar chocante. Falto de sinceridad y autenticidad. Incomprensible para algunos. Adulterado o edulcorado para otros. ¡Nada más lejos de la realidad! Está escrito –paradojas de la vida– sin prejuicios preconcebidos. Sin rencor, ni resentimientos. Sin sentimiento alguno de hostilidad. Mirando hacia atrás sin ira. Sin dramas ni tragedias. Fueron seis años de larga y meritoria experiencia en un internado, del que voluntaria y afortunadamente no salí traumatizado, en contra de los clichés socio-ideológicos modernos. No fueron el paraíso de la adolescencia, ni las delicias de la incipiente juventud. Pero fue una experiencia fructífera de la que nunca me he arrepentido: me enseñó a mirar el pasado con serena tranquilidad, libre de rencores y venganzas. Aprendí –según el pensamiento del encabezado- a pensar en los demás y en conquistar y cultivar amistades y amores que perviven hasta hoy día. Filosofía que he pretendido practicar y sembrar por los caminos que he recorrido y que continúo defendiendo a cara descubierta. La preciada herencia de Amistades testifica que el Intento no fue baldío. Sirva de ejemplo el encuentro anual que celebrábamos todos los veranos en Salamanca. En el pueblo de uno de los supervivientes del primer curso: una docena escasa de amigos verdaderos, seglares y clérigos.

Cuando con doce años cumplidos ingresé en el seminario, mi vida dio un giro copernicano. Mis hábitos y rutinarias costumbres aldeanas, pasaron de la nada al infinito. Mi mundo campesino se transformó en universo cortesano. Con el pelo de la dehesa llegábamos a la capital los timoratos y acomplejados pueblerinos. Éramos los internos. Para los externos, los señoritos de la urbe, éramos los palurdos con “cara de pueblo”. Complejo que tardaría años y años en superar. El pueblo estaba devaluado, el campo minusvalorado. ¡Cómo cambian los tiempos! Hoy ser de pueblo es un valor en alza. Ya lo dejó escrito Delibes: “Ser de pueblo es un don de Dios y ser de la ciudad es como ser un inclusero.”

En aquel entonces, ir al seminario era como ir a la inclusa, ingresar en un hospicio, en un cuartel o en una celda de clausura. Todo, no obstante, depende del color del cristal con que se miren las cosas, las acciones y actitudes de los protagonistas. La tendencia generalizada, la de la mayoría de los mortales, es mirar el pasado como lastre, miseria o tiranía. El reverso de la moneda de la copla de Jorge Manrique. Sin embargo -¡de todo hay en la viña del señor!- hay quien opina que “el don de la vida es el don del pasado”. La aventura larga de mi larga vida comenzó, cuando menos se esperaba, como sigue:

Una espléndida y radiante mañana de primavera prematura, levantada la niebla mañanera, abriendo paso a un cielo azul velazqueño, llegaba a Carrascal un señor de Rollán, “el de las máquinas de coser”, gordinflonete y bonachón él, con el habitual mandilón azul marino, distintivo de los menestrales ambulantes de la época. Dicho señor era cristiano viejo, conservador, de hábitos medievales, quien al toque del Angelus, a las doce del mediodía, suspendía sus labores, para cumplir con el rezo tradicional. Pues, mientras el tal señor ejercía la rutinaria revisión de “la Singer”(1) de mi hermana Aurora, escuchaba un día, atento con oído avizor, la lectura “oficial” del “parte de guerra” de La Gaceta Regional que, para la vecindad hacía diariamente un mocosillo, el listejo de la escuela. En el país de los ciegos el tuerto es rey. Tan impactado quedó de las cualidades lectoriles del chiquillo que le preguntó a mi padre que “por qué no le llevaba a estudiar a Salamanca” (no será preciso aclarar que el listo de turno era el redactor de la historia). A la respuesta paterna de “¿dónde está el dinero?” atajó, decidido, el interlocutor: “¿y si le conseguimos una beca?” Y… dicho y hecho.

El proceso seguido sobrepasa los límites de mi memoria. Solo recuerdo que gracias a la predisposición altruista, humanitaria y caritativa, de D. José, maestro ejemplar y queridísimo de San Pedro, en el verano del 38, me estaba preparando para el examen de ingreso en el seminario de Salamanca. Examen que aprobé sin mayores dificultades.

Aunque, pensando en la edad, debiera tener frescas en la memoria todas las novedades, vicisitudes y experiencias de la nueva vida comenzada, debo confesar que no conservo ni el mínimo recuerdo del examen de ingreso, ni del día de ingreso, ni de los primeros días y experiencias en el gigantesco y monstruoso edificio del seminario, la hoy irreconocible, suntuosa y famosa Universidad Pontificia.
En primer plano Antiguo Seminario Mayor

Tampoco debió ser traumática la despedida del pueblo, la separación de mi padre al dejarme solo, enfrentándome solitario, cara a cara, con tanto desconocido: compañeros, superiores, profesores, personal de servicio, en suma con aquel ambiente extraño y aquel espacio desmesurado, amurallado e inabarcable. Tal vez la ilusión de llegar a ser alguien, la fe infantil que mueve montañas, el hallazgo de nuevos amigos, de amistades que, como acabo de señalar han perdurado toda una vida, motivaron el predominio de lo positivo sobre lo negativo en la balanza de aquellos determinantes años. Lo de vocación era uno más de los tópicos epocales. En el pozo de mi memoria sobresalen en vivos colores los muchos momentos gratos y aparecen desdibujados las vivencias desagradables.

Bien es verdad que en mi expediente no figuraba acto alguno de indisciplina o desorden, de castigo o penitencia, causantes de los habituales rencores o acusaciones hostiles, frecuentes en los desertores resabiados y radicales. Tal vez mi carácter humilde y conformista, callado y respetuoso, influyese en mi actitud de reconocimiento y agradecimiento. Debí ser aplicadillo. Mi curso insignia fue 2º de Latín. ¡Todo sobresaliente! Las calificaciones eran según las vocales del alfabeto: de la“a” a la “u”. Había también una nota de conducta, en la que nunca bajé de “ae”. Sin embargo, según iba creciendo en edad, y ascendiendo en la carrera, las calificaciones iban descendiendo. En el último curso, 1º de Filosofía, cuando ya tenía decidido “colgar los hábitos”, como se decía entonces, no pasé de aprobadillos y notables, pensando ya en las futuras asignaturas del Bachillerato que me esperaban a la salida.

A fuer de sincero debo confesar que fueron años de sorda y callada lucha. Años duros y decisivos. De formación y preparación. Y también de indecisión. De penuria, de carencias y natural desamparo por las circunstancias familiares y sociales. A pesar de los pesares, con las sombras alternaron también luces. Comenzaré enumerando algunas de las primeras.

Durísimos fueron, climatológicamente hablando, los dos primeros años en aquel inmenso, lóbrego, sombrío y frio edificio, en el que cabía casi integro el rinconcito de mi Carrascal. Escalofrío y tiritera perduran todavía en mi memoria, recordando aquellos dos interminables y gélidos inviernos siberianos, con manos y pies rojizos e inflamados. Y, ¡hasta con heridas! Huellas que perviven todavía, inolvidables, en mi mano izquierda. Ni guantes, ni jerseys o prendas de abrigo con las que hacer frente a aquel cruel y aterrador invierno. Recordado también, como el último de guerra, y por sus 20º bajo cero en el trágico frente de Teruel.

Las nefastas consecuencias de la guerra repercutieron hasta en los sótanos, patios y dependencias del seminario: soldados y verdosos camiones del ejército habían usurpado parte del histórico edificio, convirtiéndolo en intendencia o cuartel de abastecimientos. El resto del inmueble estaba en gran parte desangelado e inhabitable: falto de vida y de calor. La guerra se había acaparado hasta a los jóvenes de 16 y 17 años. No existían por tanto seminaristas mayores, y los cursos inferiores estaban diezmados. Cierto renacer apuntaba ya nuestro curso aproximándose a la treintena de alumnos.

Mi memoria, nada sobresaliente, guarda en su archivo la lista completa, por orden alfabético, de mis condiscípulos:
  • La encabezaba Manuel Almeida Cuesta (que acaba de fallecer), “el bautizador”de nuestro Martín (el benjamín de la nietada).
  • Tomás Amores Dorado (segundo)
  • El tercero, Manuel Cuesta Palomero. El más joven del curso, de una vitalidad, capacidad musical y organizatoria inconmensurables. Promotor de los encuentros veraniegos. Su fe y su don de gentes movía montañas. Murió celebrando misa para una peregrinación salmantina en Canaá de Galilea, en el lugar de las famosas bodas, del primer milagro de Jesús.
Podría ir retratando uno por uno a los integrantes de la lista. Dos de ellos destacan en la orla con nombres propios:
  • Dámaso García García, quien me precedía en la lista. Lo que nos unía en muchas circunstancias. Me apreciaba con locura. La primera felicitación navideña era siempre la suya. Para mí era San Dámaso. Poeta -paisano de Gabriel y Galán- muy versado en pintura y de mística espiritualidad. Vivía de milagro atribuido a la Virgen. Desahuciado irremisiblemente en Los Montalvos -entonces hospital antituberculoso- murió octogenario presumiendo de un vozarrón insuperable.
  • Juanito Martín Jacoba, pequeñito y vivaracho (diminutivo explicativo), un gran tipo en todos los terrenos y registros. Matemático, muy religioso , a pesar de la “deserción”. Profesional integuérrimo: Director perpetuo, correcto y muy estimado, de uno de los colegios públicos más afamados de Salamanca. Muy enfermo desde hace años, continúa sirviéndome de norte y referencia en nuestra última etapa de escasos supervivientes.


Pero retornemos a la historia del frío. Dada la general precariedad era utópico pensar en habitaciones individuales y menos todavía con calefacción. Los mas novatos fuimos confinados y condenados a dormir en lo más alto del edificio: una galería inmensa, abuhardillada, acondicionada con unas hileras de primitivas camas, similares a las siniestras salas comunitarias de los hospitales de antaño.

El término ducha o baño, servicios con lavabos, etc., no existían ni en negro sobre blanco. A los pies de cada cama -¡vaya lujazo!- disponíamos de un palanganero, con su correspondiente palangana y el adicional jarrón blanco de porcelana, como fuente o manantial único de agua para nuestro aseo personal. Mas, ¡cuál no sería nuestra sorpresa y cuál la temperatura interior ambiental, que el agua del jarrón amanecía algunos días congelada! Ese frío tempranero -nos levantaban a las siete de la mañana, en plena oscuridad nocturna- era compañero inseparable de tortura durante todo el día. Los militares nos habían arrinconado en la parte más fría del enorme patio, con dos hermosos frontones, orientados al norte, barrera infranqueable para el sol, auténtica pista de hielo en los duros meses del crudo invierno. Las sombrías y oscuras clases, el comedor en el sótano, la capilla, días enteros con luz artificial, no diferían mucho del siberiano dormitorio. El claustro barroco -hoy, tras la restauración, atracción turística- entonces lugar de recreo y de paseo, servían mas de suplicio que de esparcimiento. Humedad densa que ascendía de los sótanos, columnas rezumando polvorienta frialdad. Entre los densos nubarrones que flotan todavía en el lejano horizonte del pasado, figura el silencio obligatorio en el comedor -exceptuados domingos y festivos. Un lector amenizaba (?) las comidas -no siempre apetitosas en los años de racionamiento.

Los madrugones diarios, la revista sabática de “mudas” y limpieza son algunos de los recuerdos más angustiosos. Hasta que la buena de mi hermana se casó (1942) y se fue a vivir a Salamanca, momento a partir del cual mi cuñado y querido nuevo hermano mayor Delfín, se preocupaba de llevarme la muda limpia todas las semanas a Calatrava (nueva sede del seminario menor), hubo muchas inspecciones en las que no llegaba a tiempo la “bolsa de la muda” del pueblo , teniendo yo que acudir a la picaresca de hacer pasar por limpia la ropa sucia.

Metido ya en el ajo de la “crónica negra”, me perdonará el lector que resucite una imagen que todavía hoy continúa provocándome náuseas. Se trata de los retretes o servicios, entonces denominados “letrinas”, como en los cuarteles y campamentos. Aún no habían llegado a aquella casona los Sanitarios Roca. Siempre me he preguntado qué diablos tendrá que ver con las letras tan repugnante receptáculo. Las letrinas que nos ocupan consistían en una serie de cabinas con medias puertas, ubicadas a ambos lados de un pasadizo frío, siempre húmedo, inhóspito y pestilente, de salida al patio. Lugar repugnante y sórdido. En aquel agujero tenebroso, sucio y misterioso del suelo, en el que se depositaban las heces, de vez en cuando, con ojos inquisitivos, aparecían feas, repugnantes ratas parduzcas esperando la mercancía. Pero, pasemos rápidos página, borrón y cuenta nueva.

En tercer curso, como acabo de anticipar, nos trasladaron a Calatrava, bello edificio renacentista en la trasera de los Dominicos. Estrenábamos Seminario Menor.

Equipo de fútbol -  Filosofia 1943
El protagonista destaca el primero a la izquierda
El tránsito fue como el paso de las tinieblas a la luz. Todo nuevo, luminoso y más amplio. Un enorme patio, orientado al mediodía, con vistas a la sierra, con campo de fútbol, paseo central arbolado, con olmos y acacias, limitado por las murallas, hace poco descubiertas, del paseo Canalejas.

Mientras que de los profesores de primero y segundo conservo grato recuerdo, no puedo decir lo mismo de los de los cursos restantes. No sintonicé con ellos, y el expediente descendió considerablemente: la media no pasaba ya de Notable.

Concluidos los cinco años de Latines, retornamos en 6º, primero de Filosofía, al antiguo edificio, ahora ya remozado y convertido, precisamente por esas fechas, en la actual y afamada Universidad Pontificia de Salamanca. Al ascender de categoría todo subió de nivel: habitaciones individuales, aulas amplias y modernas, biblioteca, sala de música y suntuoso Salón de Actos. Profesorado especializado y alumnado nacional seleccionado. Al ser transformado en Universidad, llegaban seminaristas becados de Madrid, Barcelona, León, Zamora, Cuenca, entre algunos de los que recuerdo. Sin embargo, a principios de curso un grupito de cuatro o cinco amiguetes decidimos “salirnos del seminario”. Salida que significaba cambio radical de rumbo en mis estudios y que ocupará varios capítulos de estas “Memorias y Semblanzas”.

Sería injusto concluir el anuncio del “Nuevo Rumbo”, limitándome a retratar exclusivamente las escenas de frío, hambres y miserias de esos años. También hubo luces que continúan irradiando reflejos. A éstas debo la configuración de mi personalidad, la adquisición de nuevos intereses, exigencias y valores de los que no me arrepiento. Inquietudes intelectuales, morales y humanas en consonancia con la línea conservadora-liberal, propia del entorno generacional que me tocó vivir. Cierto filósofo -cuyo nombre no recuerdo- afirmaba que “a los 18 años un hombre está hecho, bien o mal”. El resto son influencias -positivas o negativas- ambientales, familiares, sociales etc.” Yo, sin ser positivista, he intentado siempre recordar lo bello y positivo de la vida. Y así recuerdo con fruición: los paseos dominicales, con los que soñábamos, al extrarradio de la ciudad. A prados y a una finca de la carretera de Alba, propiedad de dos hermanos del curso, donde jugábamos al futbol y a todo lo divino y humano, y aprendíamos a disfrutar de la naturaleza. No olvidaré tampoco mis primeros contactos corales con la música: me sentía orgulloso de pertenecer, como tiple, al coro polifónico del seminario, siempre dirigido por los mejores directores de Salamanca. Especial mención merece D. Bernardo García Bernal, creador de una dinastía de famosos compositores y directores musicales. Un hijo suyo, Jesús, algunos años compañero de curso, fue durante muchos años Director del Coro de la Universidad de Salamanca y reanudamos la amistad en los últimos encuentros veraniegos. También merece ser recordado D. Constancio Palomo, mi primer profesor de música y Director del Coro polifónico del seminario; joven elegante y educadísimo, de finos modales y afectuoso trato. Fue también uno de los músicos y musicólogos destacados en la Salamanca de la segunda mitad del s. XX, sobresaliendo como organista de la catedral salmantina.

Memorables eran también los sermones cuaresmales en la catedral, a los que acudíamos todos los años, por el mejor predicador de la capital, los concursos de villancicos y belenes que organizábamos y recorríamos por Navidad, las funciones de teatro, sainetes, principalmente de Jardiel Poncela, y la llegada de las vacaciones, la vuelta a la querencia del pueblo, en un par de ocasiones “pinrelando” desde Salamanca con unos compañeros de Almenara. Recapitulando: Fueron seis años en los que alternaron luces y sombras. Fueron muchas las jornadas de cielo encapotado. Nunca la calificaría de aventura fracasada. Al final, en la lejanía, se vislumbraban horizontes tornasolados. Escoltado con nuevos valores, con paso firme y voluntarioso, estaba preparado para afrontar en solitario, y por mi mismo, mi propio destino en el momento preciso.