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viernes, 9 de octubre de 2020

A LOS AMIGOS QUE ALFOMBRARON MIS CAMINOS Y MARCARON EL RUMBO DE MI VIDA Y SENECTUD

“Hay algo que deseo desde niño, como otros desean otras cosas. Quien desea tener caballos, quien perros, quien oro, quien honores. A mí sin embargo estos tesoros me dejan frío, no así el tener amigos, cosa que me apasiona; y tener un buen amigo me gustaría más que la mejor codorniz o el mejor gallo, e incluso por Zeus, más que el mejor caballo, que el mejor perro. Y creo por el perro que preferiría, con mucho, tener un compañero a todo el oro de Darío”. (Discurso Apología de Sócrates).
 
Pido disculpas, querido lector bloguero, por este encabezamiento - cita tan extensa como sencilla y auténtica - dictada hace más de dos milenios por Platón, maestro y autor preferido del premio Nobel alemán Heinrich Böll, quien, a su vez, me transmitió la devoción por la lectura del filósofo helénico y la pasión por la conquista y disfrute de la amistad. Pasión que ni los años y la profesión, la distancia y el destino han logrado amortiguar y disminuir. Y si es cierto que las amistades más profundas se fraguan en la infancia y adolescencia, doy fe de que también en la jubilación y en la senectud se puede disfrutar de la conquista de nuevos y buenos amigos, fruto de la música coral, las tertulias, la fidelidad y el afecto. Y aunque su conquista fue espontánea y natural, imposible me resulta su catalogación y encasillamiento. 

Siempre he presumido de rico en amigos: ¡desde la infancia a la senectud! Sin distinción de sexo, talla o edad. Profesión o nacionalidad. (Sin preferencia alguna por “los de arriba”) … ¡Incluidos los pollitos y las gallinas, la burrita negra y la cabrita “mermellá” de mi infancia y adolescencia, el caballito andaluz de juventud… mis perritas y pajaritos de siempre. 

Amigos de todas las edades: jóvenes y menos jóvenes, viejos amigos y amigos nuevos (algunos protagonistas o coprotagonistas en este blog), todos ellos con ideales, gustos y aficiones afines. Y aunque algunos, durante muchos años, aparentemente desaparecidos, continúan en mi memoria como eran y cómo fueron: fruto de la fidelidad y el afecto, ligados por afinidades, sentimientos e ideales. 

Los Amigos son fiel reflejo de la vida, del carácter de la persona y su obra. Bastantes de ellos han dejado su marca y aparecen sus huellas en estas Semblanzas. En ellas puede el lector localizarlos en alguno de los varios y variados capítulos a ellos dedicados. 

NOTA : Con el ánimo y el Blog confinados por la pandemia universal, tras larguísimas vacaciones estivales, anodinas y apáticas, retomamos del archivo sentimental de la memoria la narración de los próximos capítulos dedicados a los Amigos - ¡y Amigas! - de todas las épocas y edades. Ellos - ¡y Ellas! - continúan siendo - ¡con mi Familia! - los animadores de este Blog en el silencioso remanso de estas románticas Semblanzas.

viernes, 6 de febrero de 2015

EL RIO DE MI VIDA (III)

(Historietas que pasaron en el Río que no pasa)
“Las aguas como los años pasan, pero el Río y los Recuerdos quedan”. (MJG)

Los amargos melocotones del "Taponero"

El día de hechos debió coincidir con una soleada y apacible mañana otoñal de finales de un septiembre cualquiera de hace muchos, ¡muchísimos… años! Cuando los pimientos y tomates maduraban a docenas coloreando la huerta y la fruta tardía, manzanas, membrillos y melocotones, amarilleaba tentadora. Juanito, el “socio” inseparable y el narrador de la pillería, mozalbetes en ciernes, caminaban canturreando por el polvoriento camino del Río y con la típica herrada de cinc al brazo, hacia el “cantero” del herrero en  la huerta de Santibáñez en busca de hortalizas y verduras para el consumo familiar. Ejecutada la tarea y cumplida la recolección, de ritual era el inevitable y obligatorio saludo a la chopera de nuestro río, al Tormes de verde y frondosa orilla con gigantescos, esbeltos y umbrosos chopos. Las aguas, sin embargo, frescas ya a esas alturas, el verano superado, no invitaban ni al baño ni a la pesca. Pero lo que si inducía a la tentación, era un seductor melocotonero, al otro lado del río, atiborrado de amarillentos frutos que nada tenían que envidiar a las pecaminosas manzanas bíblicas de Eva.

Fotografía: http://frutifactoria.com/es/
El tentador arbolito incitaba a codiciado y suculento botín. Mas, para llegar al árbol prohibido había que cruzar el río y escalar un rústico muro de piedras y maleza, que servía de valla a la huerta primorosa del susodicho Taponero. Desconozco el origen y la motivación del apodo del propietario. Solamente sé que era un terrateniente de Juzbado: con monte propio, con medio término del pueblo como latifundio y con esta huerta así apodada, pequeño paraíso, envidia y dechado de las plantaciones hortícolas que alfombraban de verdor la margen derecha del río. Frondosos frutales de todas las especies: manzanos de reinetas con sus cargadas ramas abanicando el suelo, peras y ciruelas de todas clases, higueras y membrillos y… destacando sobre todos ellos, en el día señalado comenzando a amarillear, el seductor melocotonero del bien y del mal. Nada faltaba en aquel jardín de las tentaciones. Hasta… ¡hortelano particular! con casita residencia de verano, acompañado de familia y perros, todos ellos dedicados a la labor y cuidados de la huerta. A principios de otoño, sin embargo, avanzada la recolección de hortalizas, frutas y verduras, regresaba con su familia a la habitual vivienda del pueblo dejando desamparada y a la deriva a la niña de sus ojos.

El asalto a los melocotones era por tanto ocasión propicia y pintiparada. El silencio y la soledad enseñoreaban en toda la huerta. Cruzamos el estrecho y vado brazo de río de la pequeña isla. Nos abrimos paso entre las tupidas espadañas y la maraña de la maleza y trepando, con dificultad y los consiguientes arañazos, superada la rústica cerca de piedra  nos asentamos, triunfantes y complacidos, bajo las ramas del codiciado árbol del paraíso. ¡Pero no eran melocotones todo lo que relucía!

Con la primera pieza dorada en la mano no pudimos testificar su exquisitez. A dos pasos del árbol apareció entre el enramado el inesperado hortelano prorrumpiendo gritos y palabrotas ensordecedoras. Desde “hijos de perra” hasta el sinónimo “hijos de p…”, toda una retahíla de improperios aterradores vomitaba su boca de sapo. Mas, el lobo feroz no consiguió atrapar a los indefensos corderillos que mas que corrían volaban.   
 
"Correperdices y patas de galgo"
Con agilidad felina y pericia atlética, de un salto mortal cruzamos medio río. Cargados de pánico y susto, con los bolsos vacíos, conseguimos alcanzar la tranquilidad al sentirnos finalmente en nuestros dominios. Recogidos los bártulos, con la mercancía a cuestas, sosegados y apaciguados nos disponíamos ya a tomar el camino de regreso al pueblo cuando… ¡Oh horror! Inesperadamente, cruzado el río, apareció en la vega, como a unos cien pasos, el guardián de marras corriendo en nuestra persecución. ¡Infeliz de él!¡No sabía que tenía que vérselas con “correperdices” y patas de galgo.

Emprendiendo vertiginosa carrera hacia la espesura del monte, dejamos a nuestro perseguidor con dos palmos de narices en la lejanía de la llanura. Atajábamos tranquilos y relajados, entre encinas y carrascas, dirección al pueblo, cuando… ¡nuevamente que aparece en el monte el testarudo gendarme con aires de “sheriff!” justiciero! Yo, fatigado, con la carga de tomates, pimientos y cebollas a cuestas, opté por un quiebro a la derecha yendo a esconderme tras el robusto tronco de una frondosa encina. El tozudo individuo pasó a unos metros de mi escondite y  prosiguió persiguiendo a Juanito que tomó rumbo sur, hacia las rastrojeras de la explanada que enmarcaba el término de Zarapicos.
 
Por mi parte, recuperada la perdida respiración y alejado del peligro regresaba al pueblo por la Ladera, solitario y silencioso. Nervioso e intranquilo sufría en casa el paso de las horas sin que mi cómplice apareciese. Al fin, tras  largo y penoso interrogatorio tuve que confesar nuestro delito y la causa de la tardanza del compañero del tragicómico suceso.

Carrascal y el río Tormes al fondo, en la actualidad
Foto de Ricardo Melgar 
Afortunadamente y ¡a Dios gracias!, tras dos largas horas de suspense apareció mi Juanito, fatigado y asustadizo. La calma retornó al relatarnos con pelos y señales el insólito discurrir con “happy end” de la maratoniana carrera: la frustrada “Aventura de los Melocotones del Taponero” le había costado, “sin guisarlos ni probarlos”, la friolera de una forzada marcha contrarreloj, de unos cuantos kilómetros salvando rastrojeras, prados y barbechos, cruzando entre El Tejar y el teso El Águila, hasta alcanzar los primeros viñedos de Zarapicos. En la huerta del señor Pascual de San Pedro, compañero de fatigas en la “época de las uvas” y la recolección en aquellos parajes y a aquellas horas, encontró al padre salvador que, escuchada la odisea,  tranquilizó al sofocado y acalorado aparecido poniéndole una azada en sus manos y sembrando la paz en su ánimo con las siguientes palabras paternales: -”No te preocupes. Digo que eres hijo mío”. Pero no precisó revelar la astucia. Allá en la lejanía, abatido y derrotado, se vislumbraba la silueta del testarudo hortelano retornando cabizbajo y encorvado. ¡Al fin tiró  la toalla! Juanito respiró tranquilo. Sin probarlos ni aun olerlos- puso fin al postre de fruta más amargo de nuestra vida.
                                                                               
Y… “¡Colorín colorado…!
aunque cuento parecen
aventurillas de tiempos lejanos-
es consejo armonizar presente y pasado,
aprendiendo a compartir
amarguras y dulzuras
en exóticos platos”. (MJG)


La “aventurilla”, mil veces relatada y magnificada por ambos protagonistas, muy bien podía pasar a la historia titulada: “Entre pillos anda el juego”.

martes, 13 de enero de 2015

EL RÍO DE MI VIDA (III)

(Historietas que pasaron en el Río que no pasa).

 “Con la edad, cuando te haces viejo, retornan los felices años de la  niñez y la juventud”.


Mi Río fue mucho más que ese idílico vergel idealizado y poetizado. Mi parcela de Tormes era mucho más extensa que el patentado “trocito entre choperas”. Mi Río era uno de mis pequeños reinos. El campo de mis actividades y aventuras. Mi paisaje fluvial abarcaba, aproximadamente unos cinco kilómetros: desde la pesquera y el vado de Almenara hasta la aceña del Salinar, pesquera y molino próximos a los Baños de Ledesma. Extenso y multiforme margen izquierdo de Tormes (salvo escasas e inaccesibles riberas), transitado a pie o a nado con mi rudimentario estilo de braza autodidacta. De este a oeste, y viceversa, y de sur a norte, esta parcela de río fue escenario de numerosas correrías y aventurillas infantiles y juveniles, propias de una época y unos años. Para que estas “Memorias” no se conviertan en aburrida y plomiza narración, voy a transcribir algunas de las más curiosillas y simpáticas. Con excepción de una de ellas, el resto se asemejarán más bien a los cuentos de Maricastaña o a los de Pulgarcito o Alibabá. No pretenden, ni por asomo, asemejarse a antologías famosas universales. Son historietas hilvanadas en una víspera de Reyes con la exclusiva función de servir de recordatorio y retorno a siglos pasados, a otros tiempos y otras costumbres. La primera de ellas nos traslada nada menos que a la niñez de un servidor, siguiendo el ejemplo de Perrault, quien según Saint-Beuve "No hacía más que fijar por escrito lo que, de tiempos inmemoriales, todas las abuelas han contado”.


Jugarretas de la “lagarta” Alejandra



Érase una vez una historia tan alejada de la presente realidad (como que de ello hará más de medio siglo) que, hasta el título desorientará al lector más sagaz. No se trata de un cuento para niños (aunque Martín, el benjamín de la familia anda saltando y brincando con sus acrobacias por mi cerebro), ni tampoco conviene tomar adjetivo y nombre propio al pie de la letra. Alejandra no es protagonista de un romántico o gótico episodio, ni su calificativo tiene nada que ver con la hembra del lagarto. El capítulo narra los sustos, angustias y disgustos que un goloso y desobediente animal ocasionaba a su inocente guardián, criaturita de poco más de diez años.


El nombre de la protagonista, cerda madre de gran envergadura y excepcional instinto, no tenía nada que ver con el Magno guerrero, fundador de Alejandría. Alejandra se llamaba así como simple indicador de su procedencia. Había sido adquirida por los amos de Santibañez (finca charra de las riberas del Tormes), donde se desarrollará el acontecimiento, al tío Alejandro de Carrascal, padre de Bella y del Juanito. No hace falta señalar que el escenario del drama, una vez más, fue el “río de mis amores”. Si debo, sin embargo, puntualizar que nuestra coprotagonista porcina era una hermosa hembra “pata negra”. Aunque éste no era valor a tener en cuenta en aquellos tiempos que no existía todavía en España la tan cacareada denominación de origen jamonil. En la Castilla de aquel siglo XX, todos los cerdos eran ibéricos: negros o “coloraos”. Todos ellos oriundos (por qué no) de los primeros pobladores de la península. ¡Hasta que llegaron los gigantes de “pata blanca”, procedentes de las islas británicas con jamón de muy inferior categoría.

Retornando a la Alejandra de nuestra historia, tengo que añadir a su elegante físico su endiablado carácter. Especifico: peleona, desobediente, separatista, tragona, golosona y… lagarta. Siempre a la cabeza, cual cabestro sin cencerro, dirigiendo la manada. Con frecuencia desmandada. Actuando por cuenta propia. Sorda siempre a los gritos y silbos del impotente porquerillo. En algo, sin embargo, sintonizaba plenamente con su guardián: ¡a los primeros calores de la mañana estival, una vez bien repleta su panza de rellenas espigas de la rastrojera, emprendía, con su característico trote lobero, carrera hacia el río, centro de sus delicias, donde saciar su sed. Una vez en el abrevadero se revolcaba, bañaba y nadaba hasta la mitad del río demostrando sus dotes de gran nadadora. Cuando las circunstancias eran propicias cruzaba un pequeño brazo de río, hasta una islita de verde, pasto para refrescar su boca, recalentada por las espigas. Su regreso no tenía hora fija. Dependía de su santa voluntad. Siempre sorda a mis silbos y llamadas amorosas.

Sus delicias eran, sin embargo, bucear a la búsqueda de un molusco de río, un enorme mejillón que por mi tierra calificábamos genéricamente de “concha” (hoy desaparecido en el Tormes por la construcción de los pantanos) y que solamente se criaba en zonas fangosas y areniscas, en orillas en las que crecían espadañas y eneas. A diferencia de los “mejillones de mar”, que se adhieren a las rocas, éstos se deslizan y ocultan en la arena. La listeja de la Alejandra con su olfato de sabueso los descubría al instante. Y con la presa en la boca, salía a superficie, sacudiendo sus orejotas, triturando y engullendo tan delicioso manjar. Tal era su habilidad pescadora que, además de experta “mejillonera”, creo podría haberse ganado la subsistencia como “percebeira” galega”.    

No sé si he mencionado que, además de pescadora, era peleona, atributo que provocaba frecuentes disgustillos. La dueña de la manada, vieja gruñona y cascarrabias, controlaba todas nuestras salidas y llegadas, mis horarios y cometidos. Si mi estancia en el Río se prolongaba, rapapolvo al canto. Pero sobre todo, cargaba siempre a mis espaldas las valentonadas de la Alejandra. El día que por hache o por be, algún integrante del redil regresaba sangrando por una oreja o cojeando de una pata o una mano, casi siempre como consecuencia de una "caricia" de Alejandra, la vieja gruñona descargaba su furia sobre el inocente guardián, incapaz de poner paz y evitar luchas y peleas en la piara.

Sin embargo la mayor e imperdonable de las endiabladas judiadas de la "lagarta" fue el asalto al patatal de una huerta de Almenara en la otra margen del río... La superficie de mis riberas del Tormes eran más cambiantes que las fases de la luna. Tan pronto se estrechaban como se ensanchaban, se allanaban como se escarpaban. El abrevadero, destino del paseo diario, era una minúscula playa prolongación de la llanura de la fértil vega. Sin embargo, la ribera del otro lado la formaba una alargada y escarpada colina recortando el horizonte. En bancales agrestes escalonados descendía hasta el río, finalizando en pequeñas plantaciones hortícolas fértiles y bien cultivadas abastecidas con el agua que los primitivos cigüeñales fenicios elevaban del profundo Tormes.

Un día, aburrida Alejandra de su estéril buceo, decidió explorar y husmear la otra orilla. Cómo pudo escalar el murete de piedra y alcanzar el patatal continúa siendo una incógnita. Lo que sí es explicable fue la destreza de su hocico para localizar, hozar y engullir los ocultos exquisitos tubérculos y dejar la huerta convertida en el “auténtico patatal” de la metáfora.

El misterioso desastre puso sobre aviso al despavorido y avispado hortelano, quien al día siguiente, ducho como era en la materia, descubrió de inmediato, por la huella de la pezuña, que el malhechor era de la especie porcina y que no tardaría en repetir de nuevo fechoría. No se equivocaba. La autora del crimen, arquetipo de “animal de costumbres”, intentó repetir banquetazo al día siguiente y a la misma hora. Agazapado en unos matorrales esperaba, estaca en ristre, el justiciero vengador. El repertorio de blasfemias, gritos e improperios del desalmado hortelano resuena todavía en mis oídos, y el pánico y el horror inundan, todavía hoy, las teclas del ordenador.

Así concluyó la jugarreta de Alejandra.
El osado animal gruñendo y con sus costillares molidos a palos, a buen seguro batió record Guiness de velocidad en la travesía de ríos, y el responsable del estropicio ni sabía ni tenía donde esconderse. Hubiera preferido que las aguas se lo tragasen, o que la corriente lo arrastrara al océano. O ser dueño de las botas de siete leguas para desaparecer en los confines de la tierra sin dejar rastro ni huella.

No recuerdo el final de la historia. Solamente puedo dar fe de que aquella noche sufrí uno de las pesadillas e insomnios más amargos de mi vida. Tan pronto se me aparecían los tricornios de la guardia civil como el furibundo hortelano transformado en pordiosero andrajoso, amenazándome de muerte, o colgándome de un árbol, o el juez de paz del pueblo condenándome a pagar, por toda la eternidad, las patatas que se engulló la maldita alejandra (sí, con minúscula ahora); imagen recurrente de mis sueños fue el florido patatal del desconocido de Almenara convertido en desbastado erial poblado de cardos, ortigas y zarzales en los que el inocente porquerillo luchaba por desasirse.

Pero lo más aconsejable será cubrir el episodio con un tupido velo y pasar página a la siguiente tragicómica trapisonda fluvial que publicaré en breve.

viernes, 21 de junio de 2013

EL RÍO DE MI VIDA (I)

(Historias que pasaron en el Río que no pasa)


Un Barbo entra en el Guinnes de capturas históricas

Dedicado a mi primo Antonio Pedraz, a quien siempre recordaré con cariño, con quien compartí infancia y adolescencia en nuestras aventuras veraniegas de Zarapicos en casa de los abuelitos y jubilación entre viñedos y jardines de Palacios y Santiz, disfrute de paelladas y barbacoas a la sombra de copudos pinos, de cerezos, higueras o nogales, siempre acompañados de la numerosa y amorosa familia.

Aún continúa soltando coletazos en mi retina. Sintiendo sigo todavía la insospechada mansura de sus lomos en mis manos. Y a través de la magia de la memoria, alientan vivas en el recuerdo las circunstancias y pormenores de tan monumental captura.

¡El barbo más grande en mi aventurera historia pescadora! Gris oscuro el lomo. Amarillenta-blanquecina su enorme panza. Criado en las oscuras, profundas y frías aguas de un recodo del Tormes charro. Con los primeros frescores del otoño, dejaba su hábitat de los abismos, para ir a solearse en las templadas aguas de la orilla. En zona poco frecuentada por pescadores con red y barca. Tampoco era éste mi habitual territorio de pesca. Pero esa tarde, fresca, como era ya habitual a principios de septiembre, cuando las sombras de los chopos comienzan a alargarse, con mi primo Antonio Pedraz de acompañante - principiante en la materia - partíamos de la casa de los abuelitos de Zarapicos a la finca de Santibáñez a disfrutar de la aventura del baño y de la pesca.

Como me conocía de memoria una extensa parcela de las riberas de “mi” río, elegí, sopesando circunstancias temporales y espaciales, una minúscula playita de aguas remansadas y superficiales, cubiertas de espesa capa de ovas. Las escasas clareras aparecían pobladas por infinidad de minúsculas sardas, crías y larvas, que jugueteaban disfrutando a la luz del sol. Por la cuerda se saca el caldero, pensó el avezado pescadorzuelo.

La luz, la temperatura, la hora y las primeras “redadas” auguraban una maravillosa tarde de pesca. En el “fardel”, sucedáneo de costera o mochila, coleteaban ya las primeras piezas pequeñas.

De repente… en una de mis brazadas, tropiezo con un inesperado sorprendente obstáculo.¿Quién lo iba a esperar? ¡Era un colosal barbo! Nunca mi imaginación había soñado con tan preciada presa. Pero aún no había caído en mis redes. La experiencia me dictaba que había que actuar con tanta cautela como pericia.

"Antonio no te muevas".

Antonio permanecía hierático e inmóvil cual estatua pétrea ajeno a la causa del mandato. Por unos instantes me sentí como el “viejo pescador” de Hemingway. Era consciente de que si mi golpe de atrape con las dos manos no era certero, al primer coletazo desaparecería, dejándome con dos palmos de narices. Suavemente fui deslizando mis manos hacia las agallas, su punto vulnerable.

"Antonio, échame una mano".

Y Antonio bailoteaba y revoloteaba a mi alrededor sin entender palabra de la misteriosa súplica, sin saber dónde poner las manos. Instintivamente hinqué mi rodilla derecha en la resbaladiza naturaleza del cetáceo y, apresándolo con ambas manos, salí disparado hacia la arena. Con nuestro trofeo en alto, Antonio y yo, discípulo y maestro, nos sentíamos más felices que Contador recibiendo la copa del Tour en los Eliseos.



Solamente faltó el fotógrafo de turno para inmortalizar la hazaña piscícola más sobresaliente de mi peculiar carrera de “pescapeces a mano”. Afortunadamente, esta carencia queda suplida con creces por mi pintora favorita.

Los autores de tal heroicidad suspendieron automáticamente su labor y volaron más que corrieron a proclamar a cuatro vientos la noticia y a presumir de su fazaña por las calles del pueblo. Viva y multicolor pervive la estampa del dúo triunfador Antonio-Manolo, saltando alborozados pregonando, con el trofeo en alto, la victoria del siglo. Cómo, cuándo y dónde acabó sus días nuestra mansa y sumisa criaturita no consta en los anales de mi memoria. Sí recuerdo con orgullo y regocijo que vendimos nuestra mercancía, para sacar unas perrillas, a vecinas y amigas de nuestra abuelita.

También doy fe de que un servidor no le clavó el diente. Y ya que hace al caso, aprovecho la ocasión para hacer pública una de mis humanas flaquezas y rarezas: ¡Siempre antepuse el cultivo del tomate a su degustación, y siempre disfruté más pescando que saboreando lo pescado!

*NOTA: "Uno no muere mientras le recuerden". Siempre te recordaremos todos.

domingo, 24 de marzo de 2013

UN NUEVO INQUILINO EN LA COCINA Y UN REYEZUELO EN EL CORRAL

La infancia continúa en el hogar y en el recuerdo íntimo de la niñez

Ilustración de Irene Burgos, ©"iribú" 2013
Entre los animales domésticos la Gallina y el Gallo ocupaban un lugar preeminente en la vida cotidiana rural. La gallina marcaba el rumbo de las estaciones: la primera “puesta”, el primer huevo de las pollitas, preludiaba la cercanía de la primavera; y cuando la alicaída cresta palidecía e iniciaba el “cambio de pluma”, el otoño estaba a la vuelta de la esquina. El señor gallo, siempre jactancioso y presumiendo de su kirikí, servía de despertador en todo tiempo aunque, en ocasiones, confundía la media noche con la alborada. Siempre pavoneándose y capitaneando el harén en la calle, en la cortina o los corrales de los pueblos, aldeas y alquerías.

Tal era el protagonismo de nuestra pareja, que todos los corrales disponían de un albañal para que sus señorías saliesen y entrasen a discreción. La gallina – en menor escala el gallo – servían también de baremo social y económico: a más gallinas, mayor categoría. En las familias humildes su número no sobrepasaba la media docena- por falta de medios para su alimentación o de espacio para su hábitat. A pesar de la humilde aportación, las gallinitas servían de fuente de ingresos. Se solía decir que la gallina “ponedora” era la gallina de los “huevos de oro”. Porque tan valioso como el dorado metal eran estos productos ovalados de yema y clara, auténtica moneda de cambio. Como el dinero contante y sonante era rara avis en aquellos tiempos, exclusiva única de las clases pudientes, la gente más necesitada saldaba las numerosas deudas de la tienda con media docena de huevos, canjeando huevos por azúcar, aceite, arroz y otras materias primas.

¡Ah! Y has de saber, querido lector, que el consabido refrán: ”cuando seas padre comerás huevo”, se aplicaba a rajatabla en aquella sociedad machista. El huevecito frito se reservaba para el almuerzo del paterfamilias, con los “polluelos” a su alrededor, curiosos y expectantes, contemplando al patriarca-comensal, esperando poder untar una rebanadita de pan en la yema.

Mas, hablando de polluelos con plumas, centrémonos en la historieta de nuestro enunciado. El recuerdo y la nostalgia de algo tan entrañable que fue, magnifican, aún más, el “milagro” de la reproducción de la gallina, el papel maternal de esa madraza, conocida como “clueca”, que convivía durante varias semanas en pacífica armonía con la familia en la cocina.

Acurrucada debajo del escaño, en un cesto de mimbre o en un cajón de madera, y en su camita de pajas, era invitada curiosa, que al mismo tiempo que calentaba los huevos de los que un día asomarían sus hijuelos, observaba cuanto acontecía y se cocía cerca del fuego, sufriendo, y disfrutando a la par, la rutina del diario acontecer doméstico.

Ésta invitada a mesa y alcoba era centro de atenciones de toda la familia. Había que darle de comer y beber dos veces al día, y cuidar diariamente de su aseo y limpieza personal. Sus labores profesionales las ejecutaba hábil y habilidosamente, pues, el proceso de incubación exigía conocimientos y prácticas que solamente una gallina con experiencia sabía ejercer a la perfección. Bien dice el refrán: ”la gallina nueva… ponedora y la vieja… incubadora”. Pues, son muy pocos los que saben que los huevos, para incubarse, precisan una temperatura de 33º aproximadamente. Y menos son todavía los que saben localizar las plumas del pecho, donde se encuentra la zona de incubación por la afluencia de sangre y el consiguiente aumento de temperatura. Con su instinto reproductor, la clueca voltea periódicamente los huevos con el pico acercándolos o alejándolos de su pecho, para que todos disfruten de la adecuada temperatura. Su trabajo de incubadora no es siempre perfecto. Rara es la vez que no queda algún huevo huero. Aunque la culpa no es en realidad siempre suya, sino del jefecillo reproductor de la tribu.

El proceso de incubación dura unas tres semanas. Cumplido el plazo toda la familia estaba pendiente de la rotura del cascarón, de la aparición del tierno piquito tras el pregón del primer ¡piopío! La presencia de cada uno de los “velloncitos de oro”, de la bolita de pelusa amarilla con los tiernos ojuelos inquisitivos, era celebrada con júbilo y alborozo por los pequeños de la casa. Había que protegerlos del frío y la intemperie. De esto se encargaba la celosa mamá escondiéndolos amorosamente bajo sus alas, de las que de vez en cuando asomaba una tierna y curiosona cabecita. Compartían hábitat con la familia hasta que la soleada primavera y el templado corral les daban la bienvenida en su primera salida a la libertad.

Hasta entonces, la cuidadosa progenitora los iba introduciendo afablemente en grupitos en la práctica diaria de la auto-alimentación e independencia. Entrañable, y siempreviva, permanece en mi memoria la escena de la diligente madrecita guiando a su prole en la calle en amorosa procesión, en espaciadas estaciones, deteniéndose a picotear un grano, una yerbezuela o unas arenillas o escarbando con sus patitas en hábil y elegante destreza en búsqueda de maná, acudiendo en tropel la cuadrilla de avispados discipulillos a quitárselo del pico. ¡Y mientras la clueca ejercía a las mil maravillas el maternal papel de educadora, el papá gallo pasaba olímpica y fanfarronamente de la peripecia de la incubación, la alimentación y adiestramiento de la prole.

La mecanización ha acabado con la función procreadora de la gallina, con su hábitat, y lo que tanto es de lamentar, con la compañía y la alegre tonadilla consiguiente a la puesta de un huevo (car-car-car- poner), de esta fiel, simpática y complaciente compañera del hombre.

Horror y tristeza me produce la simple mención de los actuales pseudo-gallineros, eufemísticamente denominados “granjas avícolas”. Recomiendo no visitar esas inmensas naves desangeladas, en pleno campo, donde miles de sufridoras ponedoras malviven prisioneras en minúsculas jaulas, sin apenas superficie donde acurrucarse, en algarabía infernal y cacareo ensordecedor, en días sin noche con luz artificial. En calor asfixiante y nauseabundo pestilencia.

Liberémonos de tan angustiosas situaciones pasando página. Salgamos al horizonte de cielo azul. Respiremos el aire puro de la naturaleza incontaminada y disfrutemos con el recuerdo y compañía de esos “personajillos” ancestrales y de esas remotas escenas rurales y esas emociones infantiles desaparecidas con el desarrollo pero, inmortalizadas con la genial, fantástica, laboriosa y excepcional estampa de nuestra Irene.

viernes, 25 de enero de 2013

Monumentos de Aldea

La Iglesia y Mis Campanas


Entre las múltiples manifestaciones del Arte solemos olvidar el Arte de Recordar. La poesía del Recuerdo convierte lo anodino en emblemático. La memoria transforma áridos eriales en verdes y floridos vergeles y en arte las edificaciones de piedra y barro de gran valor cotidiano y costumbrista que anidan en nuestros recuerdos.

Capítulo excepcional en la serie monumental del enunciado es la iglesia: la Iglesia de Carrascal, convertida en patrimonio artístico tras su restauración en el verano de 1995. El valor y belleza de sus grisallas y policromados frescos lo atestiguan. Los restos de su preciado artesonado mudéjar y la tabla tallada de su virgen románica con el niño la avalan. Pero, como en su estado actual es bien conocida por mis lectores, voy a dedicarle mayor espacio a su valor sentimental, reviviendo el tierno diálogo que mi alma de niño mantenía con todos y cada uno de los detalles de aquel reducido recinto.

Retablo de Carrascal antes de su restauración
(Foto de Agustín Martín)
La foto adjunta nos muestra su barroco altar mayor con las doradas y características columnas salomónicas de la época, en la ubicación primitiva, antes de ser trasladado al coro, para dejar al descubierto las pinturas seculares conservadas casi intactas por obra y gracia misteriosa, cual si de tesoro escondido se tratara.

Su actual pórtico es miniatura del antiguo portalillo, amplio atrio con balaustrada de columnas romboidales de madera, lugar de juegos para los niños en invierno, refugio sombrío y refrescante en el verano y siempre concejo o sala de sesiones, auténtico “mentidero de la villa”.

La que fuera en el medievo humilde capilla románica, ocupaba el centro geométrico del pueblo. Levantada sobre una insignificante planicie, era junto con la escuela, el monumento orgullo del pueblo, visible desde cualquier rincón del lugar.
La iglesia y su entorno eran el espacio multiusos de la vida social, religiosa y lúdica del pueblo, ejemplos elocuentes eran el “empedrao” en explanada del pórtico y el “juego pelota” en la mitad del muro norte.

En el lado sur, ante el portalillo y el desaparecido osario – grabado su frontispicio y en mi memoria la fecha imborrable de 1770 - se extendía una explanada habilidosamente alfombrada con cantos rodados, conocida como el “empedrao”. Esta plataforma, también lastimosamente eliminada al allanar la calle en la restauración, servía también de ágora de los mayores y pista de atletismo para los pequeños.[1] Y era joya inigualable, sucedánea de la plaza castellana de la que carecía el pueblo.

Pero no menor atractivo y significación albergaba el muro norte de la nave y la plazoleta de la parte trasera de la iglesia. Ambos servían de frontón y pista de baile en contadas ocasiones. Durante el buen tiempo, en invierno era auténtico barrizal intransitable, organizábamos los domingos - después de misa por la mañana o del rosario a media tarde - reñidos partidos de pelota a mano, deporte, junto con la calva, muy popular (por no decir casi los únicos en aquel entonces).[2]

El campanario y mis campanas,
porque amo lo bello, que no pasa.
Tu silueta, y el tañir de las campanas.


Pero el centro de atenciones y miradas de mis ojos infantiles rebosantes de sueños y ensueños era el campanario y sus campanas. Amén del tejado, a dos aguas, de la nave central. Centenario tejado, de tejas árabes, abombado y musgoso por los años, paraíso de pardales y tordos. Al igual que la agrietada torre, servía de escondrijo para vencejos y otros pajarillos. Desde mi casa (puerta, ventanas, corral y jardincito siempre abierto al cielo de la iglesia) y desde la calle podía anotar todos los movimientos, idas, venidas, costumbres y comportamientos de los inseparables amigos de mi vida. Insuperable manual de ornitología.

Repicar de campanas del padrino y autor del blog
el día del bautizo de Martín - Verano 2006
Sin embargo, eran las campanas, con su inconfundible lengua de bronce, las interlocutoras preferidas en mi niñez. Las campanas servían de reloj y de alguacil, de pregoneros anunciadoras de otoños y primaveras: a las 12 en punto, hora de comer y del Angelus que nadie rezaba; al anochecer, el toque de oración, que excepto cuatro beatas, nadie practicaba. El lenguaje de las campanas era el idiolecto oficial que todo el mundo dominaba y comprendía: “doblaban” o “encordaban” para anunciar la muerte, tocaban “a rebato” para avisar de peligros de incendios o desgracias. El anuncio de la misa era todo un rito: desde “la primera” a las últimas”, cuando salía el cura de la sacristía. Pero, sobre todo, “repicaban”. El repique era anuncio de festividad y de festejos, bodas, bautizos, comuniones, mes de las flores en mayo, etc. El campanario servía de minarete y atalaya a la par, donde yo solía entablar un coloquio secreto con mis amigas las campanas y la naturaleza que confinaba sus ecos. En las soleadas y plácidas mañanas de primavera, mientras algunos aprendices ensayaban el dindón dindón, yo oteaba chimeneas humeantes, corrales y tenadas. Como un dios volaba dando saltos mortales, saboreando todos mis dominios fantásticos: desde el Teso del Palomar a la Ladera del Valle al Monte, del Chopo del cementerio a la encina del Pozo, de la Charca Grande a la Chica, del Arroyo al Río… en suma, por todo mi universo de sueños y quimeras infantiles y juveniles.
Pues este mi santuario y sus campanas melancólicas reavivan todavía hoy en mi cansada naturaleza, mi atrevida vena poética. A ellas van dedicados estos versos propios y ajenos:
Yo las amo, yo las oigo
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.

…
Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!,
¡qué silencio en las iglesias!,
¡qué extrañeza entre los muertos! 
(Rosalía de Castro)
________________

Nostalgia y tristeza inundan hoy mi alma 
al ver desvanecidas tradiciones lejanas:
el ocaso del incienso y aleluyas románticas,
el estallido de cohetes, el tamboril a la alborada,
la ilusionante y alegre tonadilla callejera
y el repique de campanas.

Costumbres de antaño
fiestas sepultadas:
San Antón y el Patrocinio,
SantAgueda y Santa Bárbara,
los ondeantes pendones [3] al viento
en procesiones centenarias,
los cánticos de gloria en las grandes fiestas
y tantas y tantos ritos e historias,
en el recuerdo perpetuadas.
(MJG - un servidor)



[1] Anécdota al respecto: como el invierno era antaño tan largo como una bota de siete leguas y las carencias de calzado apropiado el pan nuestro de cada día, los chavales y algunos mayores, usábamos contra la lluvia y el barro unas chancas (botas toscas con el piso de madera) a las que mi padre Benjamín ponía herraduras, similares a las de los caballos, pero en fino, calzado ideal para nuestras ruidosas y galopantes carreras de caballos en el “empedrao”. ¡Inolvidable concierto!

[2] Mi amigo Juanito era uno de los mejores zurdos de la comarca; yo le secundaba, a larga distancia, en la derecha.

[3] Insignias de las cofradías: gigantescos crespones multicolores, prendidos en larguísimos palos, ondeando al viento transportados por los orgullosos más forzudos.

domingo, 8 de enero de 2012

EL RÍO DE MI VIDA (I)

En el Preámbulo de estas “MEMORIAS” ocupaba un lugar destacado “Mi río”. Una corriente de agua sin nombre ni configuración. Era el río de mi infancia, de mi adolescencia y primera juventud…¡el TORMES! Tán cantado por los poetas clásicos. El que desde las alturas de Gredos enfila hacia la meseta charra y, dejando atrás la capital, emprende tortuoso curso entre vegas, sotos, bajíos y alguna que otra ligera garganta, hacia el Portugal fronterizo para confundirse con el padre DUERO.


El rio de mi vida
Pues, estas aguas fueron fuente inagotable de historias para no olvidar. “MI RIO” era una parcelita minúscula. Una porción reducida de rivera, consistente en una pequeña playa de fina arena, que desaparecía en el invierno, y cortados barrancos, principalmente en la margen derecha, pertenecientes a Juzbado. Su extensión no alcanzaba el medio kilómetro. Mi pertenencia fluvial estaba enmarcada por dos frondosas y umbrías choperas que le conferían un aire de ajardinado parque: la de La Narra al oeste y la de Santibáñez por levante. Esta era una de mis más preciadas propiedades. Y ¡tán mía! Conocía como la palma de la mano cada uno de sus vericuetos: el largo islote central en el verano, sus pozas y profundidades y hasta el mínimo detalle de su anatomía. Mi “cachito” de río era para mí otro mundo. Un oasis de atracción y seducción en la mortecina monotonía del pueblo.

Para mi fantasía infantil el camino del río era una vía de escape. Una salida al mar de una aldea desértica, unida al esotérico cosmos por el Regato que en el invierno aportaba su granito de agua por el misterioso Carcabón al afluente del Duero. Y bien digo “misterioso”, porque exceptuados los dos hijos del herrero (mi hermano Luciano y yo), el primo Juanito y, de vez en cuando el joven de la panda Toño Torres, -los únicos nadadores del pueblo- la mayoría de los vecinos, solamente se asomaban al río de guindas a peras. Temerosos y asustadizos, porque corría la leyenda de que en la pequeña laguna del Carcabón- especie de Lago Ness en miniatura, de aguas negruzcas y profundas, y orillas resbaladizas, - se habían ahogado numerosas reses. Y no salía de ella el que en sus aguas se bañaba.

El bañador y el baño -signo de modernidad- no habían llegado todavía a Carrascal y poblados de los contornos. Sin embargo, el río constituía el modus vivendi de algunos pescadores de Almenara y Ledesma. Lobo de río era el señor Eustaquio de Almenara, y su hijo Jamín, ratita de agua, quinto y amigo, mis maestros en el arte de la pesca del barbo. El tal Eustaquio, con solo su mirada, “yéndolo mirando”, por el color y la temperatura del agua, por el discurrir de la corriente y el movimiento de la superficie, diagnosticaba la profundidad de las aguas y los lugares donde se escondían y regodeaban los barbos, las carpas o alguna que otra tenca. “¡Todo fluye!”- exclamaba Heráclito. ¡Y no le sobraba razón! Aunque, en otros tiempos, nuestro Tormes sólo lo hiciera alternativamente, al son de las estaciones extremas. Hoy, sin embargo, con la regularización de sus aguas a través de las exclusas de los pantanos y embalses, lo hace ininterrumpidamente. Antes, su corriente era esclava del invierno y el verano. En el invierno borrascoso sus aguas bajaban turbias y tumultuosas. En el verano se amansaban. Se cortaba la corriente en el ramal izquierdo de la isla y aparecía una playita de arenas finas y cálidas por donde correteaban aves acuáticas: andarríos, gallinetas y otras de cuyo nombre no puedo acordarme -casi todas desaparecidas hoy día con la contaminación de las aguas.

En el invierno, solitario y embravecido, arrastraba hacia el olvido del mar cuanto obstaculizaba sus orillas. Era el período de las crecidas o riadas por el agua acumulada del desbordamiento de arroyuelos y riberas, y del deshielo de las nieves de las altas cumbres de Gredos. Entonces se enfurecía y reclamaba protagonismo. El olvidado río se convertía en espectáculo turístico que acudían a presenciar espectadores de una y otra orilla. Jamás olvidaré uno de estos paisajes invernales de mi primera infancia, uno de los espectáculos más fascinantes, imborrables en mi memoria visual y auditiva. Creo que fue en el invierno de l936. Consecuencia de uno de aquellos temporales que se fueron para nunca volver. Varios días, con sus largas e interminables noches, sin cesar de llover con auténtica avaricia. El Tormes se salió de madre. El nivel del agua superó los seis metros. Parte del puente romano salmantino estuvo a punto de ser volado para aminorar la catastrófica inundación de los barrios del Arrabal y de Tejares. Medio Carrascal, mayores y pequeños, corrimos a la finca de la Narra, famosa por la aceña (molino) más frecuentada de la zona, para ver al desbordado rio transformado en mar, y las tranquilas y pacíficas aguas salidas de madre, en un cabalgar, bramar y rugir aterrador. Para empezar diré - ¡cómo si lo estuviera viendo ahora mismo!- que la aceña había prácticamente desaparecido. Del edificio, de cinco o seis metros de altura descollaban, de vez en cuando, las últimas tejas del caballete. Hasta el acantilado y los altos peñascales de Juzbado, como a medio km. de distancia, llegaban las tumultuosas, bravas, amarillentas y fangosas aguas de crecida. Toda la vega sumergida: sembrados y barbechos, huertas y cercados, paredes y caminos desaparecidos. En lo alto de los peñascales decenas de atemorizados e impotentes espectadores del dantesco espectáculo. Pero haciendo historia de nuestro río y potenciando su protagonismo, no puedo pasar por alto, la riada que batió records en un simbólico 26 de enero de l626. (Traigo a colación este dato por el paralelismo que la decena de tal fecha guarda con la del nacimiento del cronista) En esa fecha, debido al deshielo de las nieves en las sierras de Gredos y de Béjar, las aguas del Tormes arrastraron el puente de Alba de Tormes, ocasionando 142 muertes en la famosa villa de santa Teresa.

Mas, abandonemos estas fechorías, infortunios y desastres de nuestro río y pasemos a lo auténticamente memorable y significativo. Porque mi río era mucho río. Sus aguas fueron manantial inagotable de hazañas, historietas y zarandajas memorables, de las que recordaré algunas intercaladas en capítulos salteados. Especie de “cuento mensual “para aligerar la pesadez de tan monocorde lectura y facilitar el acceso a los niños devoracuentos.(v, contin. del Capítulo “ Historietas que pasaron en el río que no pasa”: “Los amargos melocotones del Taponero”, “Las sandías de la noche de Los Ramos”,” Un barbo entra en el guinnes de un pescador a mano”, “Jugarretas de la “lagarta” Alejandra” etc.) Pero antes debo proclamar una realidad perdurable, nacida y fomentada en mis solitarios filosofeos por el río: mi amor, mi afición y pasión por la Poesía. En sus verdes orillas, en mi vereda favorita, en el frescor de las umbrosas choperas y esbeltas alamedas, aprendí, a través de los primeros y escasos versos disponibles de A. Machado y Gerardo Diego, a conocer el Duero y a enamorarme de la Poesía. Desde entonces…

“Esos chopos del río, que acompañan
Con el sonido de sus ojas secas
El son del agua cuando el viento sopla.

...esos versos y esos chopos me han acompañado perennes y ensoñadores por todas las riveras fluviales de mi geografía.

A los ritmos y hechizo de los poemas de Bécquer y Lorca, me atreví a hilvanar las primeras rimas, las que de vez en cuando siguen tentando y provocando mi vena de aficionadillo versificador. Sirva de muestra y testimonio el poema que publicaré la próxima semana, escrito después de tantísimos años, recordando el que fue EL RIO DE MI VIDA, hoy transformado en el “Rio del olvido en el Recuerdo”.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La escopeta de mi abuelo


¿Existen los milagros?

Dibujo realizado por Paloma Martín Glez, nieta del octogenario romántico.
Hay estaciones en la geografía de la vida de las que se recomienda no apearse jamás. Si alguna vez pasas por ellas, te aconsejo darles la espalda cuanto antes. De este modo se evita el reavivar heridas sangrantes que nunca cierran y recordar momentos que convierten en crónico el dolor.

Mi abuelo Cipriano, coprotagonista en La Golondrina sin alas, era, como ya sabemos, herrero de Zarapicos, profesión que transmitió a su hijo Benjamín. De mediana estatura y complexión, introvertido y poco hablador, como casi todos los de su gremio y bastante sordo, por lo que hablaba a voz en grito. Recuerdo hasta el tono y la intensidad, un domingo cualquiera, cómo al verme limpiando los zapatos para ir a misa, me gritaba: ¡Muchacho… pa qué limpias tanto los zapatos si te vas a emporcar!

Además de la herrería, cuidaba con especial mimo a su vaquita lechera, Golondrina y a su huerta -por mí adorada- del Valporquero. También era cazador. Pero de los de tres al cuarto. No le llegaba a su hijo Benjamín ni a la suela de los zapatos. Tenía una escopeta muy singular, de las obsoletas en su época. De un solo caño, de tubo estrecho, gatillo y percusor exteriores y cartuchos especiales, difíciles ya de conseguir en aquellos tiempos. De muchachuelo le acompañaba de vez en cuando en sus cacerías por las viñas y el monte -el actual afamado campo de golf de Zarapicos- y casi siempre regresábamos de vacío. Cuando además del oído comenzó a fallarle la vista, decidió jubilar la escopeta y no volvió a ocuparse de ella.

Cuando ya ancianitos se fue la pareja a vivir con nosotros en Carrascal, el abuelo no se olvidó de llevar consigo su escopeta, que acabó olvidada y arrinconada en un lugar oscuro. Muerto el abuelito allí continuaba su escopeta, empolvada y fuera de servicio, recostada en un rincón de la sala vieja. 

Sucedió de manera milagrosa y aconteció cuando menos se esperaba. Ocurrió uno de esos sofocantes días de verano bochornoso. Superada la hora de la siesta, esa hora muerta en eras, calles y callejas y con la casa deshabitada, porque el resto de la familia había salido a sus labores, la pareja de picaruelos curiosones, Juanito y Manolo, el narrador de estas desventuras, para combatir su aletargado aburrimiento, fueron a parar al rincón donde se hallaba escondida la dichosa pieza de museo. Como mi amigo no había visto nunca un arma de fuego de esas características, el listejo de turno la tomó en sus manos explicándole las instrucciones de funcionamiento. Incluso se echó la culata al hombro derecho e imitando la postura clásica de cazador avezado, en actitud de disparo, guiñando el ojo izquierdo, apuntaba a su amigo de juego…

Hacía un instante que Juanito se había marchado. No habría traspasado la puerta del corral cuando sonó un disparo a sus espaldas. Volvió pálido y asustado, y se encontró con el portal envuelto en una densa e irrespirable nube de humo y polvo. Allí de pie, pálido de muerte, empuñando todavía la escopeta con ambas manos, se encontraba su amigo Manolo, mudo, sin poder emitir palabra, tembloroso y desencajado.

Aún no concibo como pudo ocurrir. ¡Cómo no pude ver el gatillo levantado, ni que la escopeta estaba cargada? ¿De dónde diablos pudo salir aquel cartucho cuando la escopeta era un traste viejo hacía años en desuso?

Milagrosamente -¿existen los milagros?- cuando yo tiré del gatillo, el caño de la escopeta apuntaba al suelo, del que estaba a un palmo. El piso del portal, todavía en aquel entonces de paja y barro, presentaba un profundo socavón que llegaba hasta la pared. De los epígonos, aunque parezca inverosímil, no recuerdo nada de nada. Si hubo regañinas o castigos quedaron eclipsados por el impacto del susto. El buenazo de mi padre no sabía ni reprender, ni condenar. Tampoco en mi memoria figuran testigos fiscales de tan funesto desatino. 

Quizás la presunta muda reprimenda fuese una de las lecciones más positivas en mi vida: nunca pongas en las manos, ni al alcance de los niños, juguetes, ni artefactos de fuego. La curiosidad -el alma de los niños- puede conducir a insospechables y trágicas consecuencias.

También aprendí a rechazar y pasar del "deporte" de la caza. Aunque todavía , alguna vez, continué acompañando como ojeador a mi padre en sus cacerías, jamás llegué a echarme la escopeta a la cara ni a disparar un solo tiro. Mi padre, muy amante y respetuoso con los animales, jamás mató una liebre en la cama o una paloma o perdiz en su nido, -¡cómo Delibes¡- lo que sirvió para acrecentar mi debilidad por los animales víctimas de los así falsamente denominados “amantes de la caza y pesca”. 

Mas no nos entretengamos ni perdamos más tiempo con tan controvertido como intrascendental asunto. Desde entonces, una muda tragedia -que no llegó a ser realidad- aparece en mis duermevelas y en mis pesadilla: la escena de esa tórrida tarde de verano se aparece involuntariamente cuando menos se piensa. Y siempre asaltándome en mis retornos a los paisajes de mi infancia y adolescencia. Heridas de ese calibre permanecen abiertas para siempre.

Lo que continúa sin aclararse es la interpretación filosófico-teológica del suceso. ¿Por qué no aconteció lo que estuvo en el filo de la navaja? ¡Fue un milagro! - sería la exclamación popular mas frecuente. 

Yo ni quito ni pongo rey, pero recuerdo a Chesterton, pensador y novelista mas citado que leído, quien sentenció para casos similares :

                           “ Lo increíble de los milagros es que existen. “

viernes, 11 de noviembre de 2011

UNA GOLONDRINA SIN ALAS

LA VACA MAS APUESTA DE ZARAPICOS Y ALEDAÑO


Ilustración realizada por Irene Burgos Glez (iribú), nieta del octogenario romántico
La memoria para el hombre de la calle es el “baúl de los recuerdos” o el archivo donde se van acumulando los sucesos más reseñables. Abriendo ese baúl y husmeando ese museo aparece una de las páginas más bellas de mi infancia y adolescencia. Todavía resuenan en mis oídos los ecos de un cencerro capitaneando la vacada de los Sexmeros (1) y el tintineo de su tranquilo rumiar en la cuadra,  pared por medio con la alcoba donde dormía con los primos Benjamín y Antonio.

No hará falta desvelar que la "golondrina", que no podía ni sabía volar por falta de alas, era una vaquita.  No "una vaca cualquiera", la tontorrona y simplona de la canción que "daba leche merengada". Ésta era una fuera de serie. Era la vaca de los abuelitos de Zarapicos. Desconozco el motivo u origen de su poético nombre.

¡Lástima que la fotografía fuera todavía en aquellos años treinta y cuarenta del pasado siglo lujo exclusivo de unos cuantos privilegiados!  Me consuela el tenerle reservado a esta singular "golondrina" un espacio privilegiado en el Zoo de mi Memoria. Al lado de mi caballo andaluz de mi juventud - sin nombre-; junto a la Chiqui, primera de nuestra dinastía canina junto a Niebla, Tecla, Lucera, Simpli, y una larga retahíla de animales domésticos, amigos y compañeros queridos de viaje.

La "Golondrina" era una res sin divisa. Una vaca lechera mixta. Siempre bien nutrida y mimada. Hermosa, de pelo brillante. De color café claro con pintas blancas y negras. De cortos cuernos, enorme y sobresaliente panza. Mansa como un cordero. Mimosa como una niña, generosa como una madre. Tan espléndida que su leche -hasta 20 litros diarios- era parte capital de la economía del herrero del pueblo, el abuelo Cipriano.

La "Golondrina" formaba parte de la iguala de mi abuelito y tenía el privilegio de pastar y comer en las dehesas y prados de la vaquería del amo. Era la única vaca lechera del pueblo. En Carrascal no había ninguna otra de su raza. (Sirva esta referencia como testimonio del índice de subdesarrollo de la comarca). Hasta mediados del s. XX no llegaron las primeras holandesas y suizas, las lecheras blancas y negras, procedentes de la montaña santanderina de Torrelavega.

Volviendo a la historia de nuestra protagonista, las vivencias se agolpan y atropellan por querer aparecer en negro sobre blanco. Estampas rurales y campestres válidas para ilustración paisajista de aldea típica castellana.

Una de ellas era el retorno a casa de la boyada en primavera. Cuando, al atardecer, el cortejo bovino asomaba en tropel y concierto de bramidos y cencerros por la esquina del suntuoso ábside renacentista de la iglesia, la inconfundible figura de "Golondrina", capitaneando orgullosa la manada, cruzaba la plaza enfilando presurosa hacia la cuadra de sus dueños. Sabía que en el pesebre central del establo le esperaba su piensecito preferido.

Pero el momento más tierno y entrañable era el del ordeño. Una vez por la mañana y otra al anochecer, la pareja de ancianitos representaba todos los días este enternecedor espectáculo, digno de filmación: sentados cada uno en su minúsculo tajo rudimentario de tres patas, uno a cada lado de las ubres de la vaca, con una herrada de zinc debajo de las tetas, se repartían el oficio de extraer el blanco líquido generoso de la "Golondrina". El paciente animal, rumiando semiadormecido y aburrido movía de vez en cuando una patita, haciendo tambalear el preciado recipiente. El iracundo ordeñador gritaba enfurecido en su sordera, insultándola y propinándole algún puñetazo que otro en su oronda barriga.

La mayor parte de la rica cosecha estaba reservada para el lechero de Parada, que pasaba también por Carrascal a recoger la leche de las cabriadas de las dehesas de Torrecilla y de la Narra.


LA EXQUISITA LATA DE LECHE MIGADA

La "Golondrina", además de fuente de ingresos, como he dicho con anterioridad, era despensa de alimentación. A ella le debíamos la inolvidable cena del Zarapicos estival. En las larguísimas y tórridas tardes de verano  (la comida tenía lugar al mediodía, las 12 del sol, cuando caía la de Dios, como decían socarrones aldeanos), la merienda era sagrada y seria y la cena frugal y ligera. Pero la de la abuelita de Zarapicos era cena sui generis. Era un manjar exquisito. La escasez alcanzaba hasta el utillaje de cocina: el número de pucheros y cazuelas no pasaban de la media docena. Las clases humildes ahorraban por procedimientos inimaginables en el s. XXI. Las latas de sardinas en escabeche de un Kg. eran utilizadas como un utensilio más de cocina. Cuando en el verano la despensa, santuario de la matanza, estaba bajo mínimos, la sardina en escabeche era el sucedáneo de embutidos y reliquias del cerdo. La enorme despensa de los abuelos -tan larga y alta como deshabitada- ocupaba el último receptáculo oscuro de un largo pasillo que, en desnivel, partía de la cocina. Fresquísima en verano y siberiana en invierno, era escaparate de esa "lata de sardinas con leche migada" puesta a refrescar desde la mañana para la cena de los nietecillos. Las migas eran rebanadas finas de hogaza de candeal, bañadas con la leche hirviendo. Y como el producto de la "Golondrina" era leche pura, de primera, la migada formaba una capa de nata, codiciada delicia de los lechoncitos.

Un recuerdo muy grato de esa infancia con la "Golondrina" era también la "Chopera del abuelo": prado cercado de chopos, zarzales y maleza, alimentada por el arroyo de la Fuente los Brazos, que la bordeaba por la parte oriental del camino. A este pequeño vergel -hoy pasto del abandono- llevábamos en el mes de mayo a pastar a "Golondrina", donde pasaba todo el día, zampando a placer de la fresca y tierna hierba, y disfrutando de la reconfortante sombra de los chopos, cabeceando por liberarse del sofocante mosquerío. Pero tanto y mas que ella disfrutaba el feliz vaquerillo aficionado a las aventuras de los nidos de los pájaros. Porque la chopera del abuelito era un paraíso de ruiseñores, jilgueros, verderones y oropéndolas. Aunque, mis éxitos en estos predios quedaban eclipsados por la dificultosa y enmarañada maleza de la espesura.

Cuando hubo que desprenderse de la ancianita "Golondrina" -próxima ya a la veintena- un silencio y vacío sepulcral se apoderaron de la cuadra de los abuelitos. Sus dueños se sintieron viejos y sin oficio. Y sus nietos tristes y desolados, porque les faltaba el alegre tintineo y la compañía de "Golondrina". Y nunca más volvieron a disfrutar en las noches veraniegas de la "lata de leche migada" de la vaca de nuestros amores.

1 S = Sexmeros. a) Los Sexmeros eran los ricos de Zarapicos. Vivían en la Casa Grande. Eran dueños del 80% del término y tenían una vacada considerable. A diferencia de los “señores feudales” de la época, era ésta una familia numerosa muy caritativa, sencilla y estimada. Mi padre, Benjamín, era quinto del pequeño Camilo - solterón - de los Sexmeros y les unía una gran amistad. b) El sexmero, en la Edad Media, era el administrador de un sexmo (territorio formado por varios municipios. Ledesma, Arévalo, Madrigal, etc., fueron cabeza de un sexmo).

sábado, 15 de octubre de 2011

El niño que soñaba con nidos y… quería aprender a volar

"Los sueños son tan necesarios como el aire"
Los pájaros 1 han ocupado siempre un lugar preeminente a lo largo y ancho de mi dilatado caminar. Desde la infancia a la senectud, siempre fueron centro de atracción y seducción. Motivo de observación y admiración. Compañeros de viaje y de reposo. Objeto de devoción preferida en mis cuentos, sueños y canciones infantiles.

Pájaro que vas volando
   Y en el pico llevas hilo, 
Dámelo para coser
   Tu corazón con el mío

rezaba una canción popular amorosa de aquellos tiempos, en los que el corazón del niño estaba prendido al del pajarillo.

En mi Carrascal -o doquiera que fuera, estuviera o estoy- los pájaros eran, y continúan siendo, mis huéspedes e invitados. Amigos inseparables e insustituibles. Si uno de los sentidos más desarrollados en las aves es la vista (pensemos en las rapaces y paseriformes), mirándolas y observándolas aprendí a conocerlas y quererlas. No se quiere lo que no se conoce.

Imitarlas en su vuelo era mi obsesión y deporte favorito. Al saltar arroyuelos, peñascales y paredes, al ejercitar carreras en eras y prados, batiendo los brazos, extendiéndolos como alas remeras,   mi apasionante entretenimiento era aprender a volar como los pájaros.

Desde muy niño aprendí a leer e interpretar el mensaje de sus cantos y trinos, a comprender el significado de sus movimientos y comportamientos, a identificarlos por el plumaje, por la configuración de la cola, del pico o de las alas. De los pájaros aprendí a soñar con la cabeza escondida bajo la almohada, a la par que ahuyentaba los miedos. Para mi fantasía infantil, cuando un pajarito duerme con la cabeza escondida bajo las alas, es que está soñando. Yo, sin embargo, soñaba con ellos hasta despierto.

El nido era entonces para mí la casita de los pájaros. Después aprendería que las aves, seres errantes en su mayoría, utilizan, por lo general, el nido como residencia veraniega temporal, para la puesta de huevos y la cría de sus polluelos.

Pero antes de presentaros “Algunos nidos que hicieron historia”, una doble pregunta con respuesta puede que servir de orientación a algún curioso lector interesado en la materia: ¿Quién me enseñó a conocer y amar a los pájaros? ¿Quién me convirtió en “el pajarero”, el niño que más nidos “sabía” del pueblo?2

Cada primavera, los gorriones se alojan en su casita junto a la nuestra.
¡La escuela de la vida! ¡Leyendo en el libro siempre abierto de la Naturaleza! Trepando por los árboles de la curiosidad, con las antenas siempre puestas, y los sentidos afilados. Agazapado tras paredes, árboles y escondrijos. O con cara descubierta, al aire libre, sin cristales de aumento, ni anteojos. Con el sol, la lluvia y el viento, despiadados a veces, acariciadores otras, como únicos guías y acompañantes. Acechando siempre la “ribalba”3. Sabría decir de carrerilla cuál era el hábitat particular de cada uno de ellos: dónde anidaban las golondrinas, los gorriones, los jilgueros, los ruiseñores, las alondras, las trigueras, las tórtolas, las palomas, las perdices, las abubillas y … muchísimos etcéteras. Yéndolos siguiendo, con sólo una mirada, localizaba el hueco o la rama del árbol preferido, las grietas o agujeros de muros o paredes, los zarzales, rastrojeras o tomillares, praderas, eriales o pedregales, dormitorios y dominios habituales.

En suma, la explicación y respuesta única pudiera ser: una sensibilidad innata hacia los secretos misteriosos y seductores de los voladores. Ante todo, quizás, la atracción de su belleza, su inteligencia o instinto, su lenguaje (el canto), su comportamiento y movimientos, la maravilla de la nidificación: el proceso de construcción de sus nidos, la cría y adiestramiento de sus hijuelos.

Este capítulo de ornitología podría abarcar páginas y páginas de estas Memorias. Pero como mi hija primogénita, heredera de esta gratificante curiosidad, sabe ya “casi” tanto como yo de la materia, ¡orgullo exculpable de padre y maestro!, me voy a limitar a algunas vivencias memorables con nidos y pájaros, recopiladas en el epigrafiado siguiente: “Nidos que hicieron historia”.(El nido del Ruiseñor, el de la Urraca, el del Abejaruco, el del “Chichipán”o Herrerillo y los de la Golondrina). El lector que no soporte la pesadez del tema, que “pinche” otro capítulo.

Soy consciente -por experiencia propia- como Cervantes o Don Quijote, tanto monta, de que “en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”, y que el soñador podrá envejecer, pero no los sueños. 

Y que el memorialista precisa de los pájaros como el aire y los sueños. Y si no que lo testifique trinando nuestro canario Pikín, comparsa imprescindible e insustituible en nuestro salón de Algorta a Majadahonda. Quien siempre, a nuestra llegada, nos recibe con un concierto, saltarín y jubiloso.

1 En mi infancia, y hasta que la lectura fue introduciéndome en la ornitología, todas las aves eran pájaros.
2 En argot popular infantil, “me sé un nido” significaba saber el lugar donde estaba el nido.