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lunes, 2 de octubre de 2023

Al son de la Gaita y el Tamboril

"A cantar me ganarás
pero no a saber cantares,
que tengo un arca llena
y siete costales."
…

"La ciudad que te vio
por vez primera
el tambor de tu pueblo te repite."
…

"El día que tú naciste
nacieron todas las flores,
en la pila del bautismo
cantaron los ruiseñores."

Parodiando a mi adorado maestro Miguel Delibes en su primera gran novela La sombra del ciprés es alargada , "yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer…”, yo nací en un minúsculo y pobre pueblecito salmantino y entre los recuerdos más vivos y entrañables de mi niñez y adolescencia, que se metieron e mi alma nada más nacer, figuran los de la música popular: coplas y cantares populares, canciones de siempre, letras y melodías cantadas de generación en generación. Impresos en mi cerebro y guardados cuidadosamente en mi repertorio musical figuran los ecos alegres y festivos, primitivos y populares: coplas del castizo tamboril y de las populares  flauta o gaita castellanas en bailes y festejos de toda índole.

Fiestas de Carrascal en septiembre de 2016
De mi infancia, de la adolescencia y primera juventud, del gusto romántico por lo popular, la música capitaneaba primacía en rondas y verbenas, bodas y romerías y  celebraciones populares y familiares de todo tipo. Cual oro en paño en el archivo de mi memoria figuran canciones populares -principalmente castellanas- editadas (por citar algunos ejemplos) en varios tomos por Everest. Música que llegaba a nuestros oídos a través de la flauta y el tamboril en aquellos tiempos, casi seculares, en los que la luz eléctrica (y por tanto ni radio ni televisión) habían aparecido en los apartados poblados castellano-leoneses, perdidos e incomunicados por tierra, mar y aire. 

De la   niñez perviven vivas todavía en mi memoria las canciones patrioteriles cantadas diaria y obligatoriamente al final de la jornada escolar en todas las escuelas nacionales en aquellos "años triunfales” del incipiente franquismo: El ¡Viva España!, sustituido algunas tardes por el himno, igualmente oficializado, ¡Cara al sol! (Confieso “orgulloso” que aquel entusiasta cantor infantil ni presumió, ni vistió jamás la célebre “nueva camisa azul”).


Muchos fueron además -¡y continúan siéndolo- los factores y festejos causantes, a los que me siento vinculado como autor del presente capítulo. De resaltar fue -y continúa siéndolo- durante las anuales festivas y populares ferias septembrinas salmantinas el día del tamborilero en Salamanca. Tradición anual charra. Durante los festejos septembrinos las calles principales de la ciudad vibraban y bailaban al son de las flautas y tamboriles charros. 

La música popular es la que mejor refleja el espíritu rural tradicional. Música hoy bastante relegada y arrinconada en las fiestas populares por las ensordecedoras y monumentales orquestas en voga.  

Pero resucitada -¡y revivida!- en otros actos, como lo fue en el histórico Palacio del Infante Don Luis de Boadilla del Monte  el domingo 4 de junio a las 12:30 de la mañana: al son de la flauta y el tamboril, en el ciclo de Cultura tradicional en la España rural, por los músicos e intérpretes folkloristas D. Miguel Nava y Don Rafael Martín, cofundadores, profesores e investigadores en la Escuela de Müsica y Danza tradicionales en la Sierra Norte Entresierras.

"Canta, canta, guitarra
guitarra mía,
que tú siempre serás
toda mi vida." 

Recordando vivencias musicales populares, se entrecruzan los cables de los grandes profesores e intérpretes de hoy día y la vivencia musical de la pasada primavera, con las vivencias musicales de la infancia y juventud: la flauta popular y el tamboril de los tamborileros y dulzaineros de antaño.

Tres fueron los animadores con su gaita y tamboril de las fiestas y festejos: bodas, carnavales, romerías populares de aquellos pueblecitos del Tormes ledesmino: Almenara - La Vega de Tirados, Zarapicos y Juzbado -con San Pedro del Valle y “mi Carrascal” a la cabeza. Tres los ilustres tamborileros ¡solicitadísimos!: Pepe el de Almenara como el más sobresaliente. Y los tres aficionadillos a “la jarra de tintorro” -siempre a sus pies para enjuagar la flauta -: el señor Quintín de la Vega de Tirados, a cualquier día y hora a disposición de los mozos de Carrascal- quienes disfrutaban canturreando y bailoteando al ritmo singular de su peculiar flauta de la media docena de canciones de su repertorio.

Inolvidable su pasodoble:

"Tú me robaste las peras
tú caerás.
Tú me robaste las peras,
tú las pagarás.
¡Tralaarala larala! ¡Laralala! ¡Laralala!"

 También famoso era el canturreado vals:

"De la feria de Sevilla
he contraido una alianza
gargantilla de colores
y unos anillos de plata.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
No te mires en el río.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
¡Ojitos de mi querer!
¡Porque tengo Niña celos de…!"

 (Puedes escuchar esta canción cantada por Conchita Piquer en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=9XDG5tRBK4c)


Memorable también mi muy querido Sr. Florián, zapatero, gran pescador de barbos y vecino de mi abuela materna en San Pedro del Valle.  

A su recuerdo va dirigido este post.

domingo, 10 de octubre de 2021

Sentimientos otoñales: poder anímico estacional y circunstancial

Adormecido y apático. Cansino y cansado, sin saber qué hacer con mi tiempo. Inactivo y alicaído intentando superar pensamientos sombríos y recuerdos, se me ocurrió retomar el bolígrafo y el blog varios meses en paro, cuando… - perdone el bloguero lector este obligatorio inciso- cuando el teléfono tempranero nos trajo la triste -aunque esperada- noticia de Luisa Regalado: "Pepe ha muerto. Ha dejado de respirar después de una noche tranquila dormido".

…

Pepe Regalado formaba, con Palmira y Manolo, el trío familiar nonagenario puro y duro. Él, el más joven, con 92 tacos. ¿Qué más vamos a pedir?

Las familias González Herrero y Regalado Herrero, quizás por culpa de un servidor -asentado durante una larga década en Algorta después de su traslado de Alemania a la universidad vizcaína de Deusto-, han sido dos de las más estrechamente vinculadas. Pepe y su mujer Dori, quien nos dejó con su temprana muerte antes de alcanzar los 70, vinieron a Euskadi, aconsejados y guiados por Palmira y Manolo, asentándose en un principio en Ermua -donde Dori fue profesora y nacería Javi, el benjamín del "septeto", y Pepe  trabajando como encargado en Postes Nervión, empresa importante vizcaína y en localidad cuyo nombre no recuerdo. Seducidos y arrastrados por el tirón familiar, acabaron asentándose a orillas del Cantábrico, echando raíces en Berango y floreciendo también a nuestra vera en Algorta.

Fallecida Dori, trascurridos varios años de soledad, Pepe encontraría  alivio a  su viudez en Venezuela, en nuestra dulce y cariñosísima Zulay. De donde retornarían, tras varios años de estancia en el continente americano, para disfrutar el final de su senectud en Algorta, rodeados, en todo momento, del calor y compañía de todos sus Regalados.

Palacios sería -patria chica de Regalados, González y Herreros en todo tiempo, y... ¡ojalá! continúe siéndolo durante muchos año más- solar familiar veraniego: escenario óptimo de "Herreradas", encuentros deportivos, corales y culinarios.

Palmira y Manolo están orgullosos -¡recuerdo inolvidable!- de haber compartido mesa con Pepe y Zulay, y con nuestro ahijado Ramón, en Peñausende escasas semanas anteriores a su última despedida.

Pepe, charro por los cuatro costados, serrano de Linares de Riofrío, fue desde sus primeros años matrimoniales y a lo largo de su recorrido- principalmente en nuestras  estancias palaciegas, y desde su breve estancia en Santiz, el factotum  familiar: maestro-técnico, arregla-averías, chaperones y estropicios universales: fontanero, electricista, mecánico de coches, relojero, etc. etc.: recio, duro, como su hirsuta cabellera -íntegra hasta el final-. Lo mismo servía para un roto, que para un descosido. No había fechoría mecánica que se le resistiera. Incluso hasta en la cocina hacía sus pinitos y dejó su impronta: ¡los churros de Pepe para el desayuno gozaban de fama familiar interprovincial! Compitiendo con sus asados y pescados, sobresaliendo carpas y barbos que él mismo pescaba con su caña en el Tormes o el pantano de Cañedo.

Pero muestra de su pericia manual y mecánica sirvan de ejemplo -con la simple intención de aliviar nuestra tristeza, en estos primeros días sin su compañía- las siguientes fazañas: dos peripecias o correrías de entre las numerosas que disfrutamos ambos juntos en nuestra juventud:


Pepe Regalado relojero

Fecha de actos: una noche de un San Juan cualquiera. Pepe Regalado y Manolo González,  dos chulillos estudiantes salmantinos, viajaban "estiraos" -aunque sin un duro en el bolsillo- de la capital al pueblo a "ver la novia": dos de las "guapas" hijas del señor secretario, autoridad relevante de aldea en aquellos tiempos.

Concluido el "baile de la noche" -que antaño, siguiendo las estrictas normas morales de aquellos tiempos- comenzaba a las 10 y terminaba a las 12, la pareja de pardillos, después de unas copichuelas de Osborne con amiguetes en el bar de "tío José Manuel"- ¡nada que ver con el botellón de agora!- fueron a descansar las escasas horitas restantes al hotel gratuito de "cá Socorro", simpática y cordial parienta lejana, quien nos había reservado alcoba de lujo con mesilla y todo, despertador obligatorio. Artilugio y circunstancia pintiparada para que mi amigo "relojero" demostrase sus habilidades artesanales, pues el viejo artefacto no lograba marcar bien la hora.

La operación restauradora se extendía más de lo normal y nuestro dormilón Manolo desesperado , no pudiendo conciliar el sueño con la luz encendida, no cesaba de repetir:

-"¡Pepe, por favor! ¡Apaga la luz!"

Pero la luz continuaba impertérrita sin apagarse, y Pepe... erre que erre.

-"¡Ya voy! ¡Estoy terminando!"

Pero la operación no tenía fin. Todavía queda por saber a qué hora finalizó Pepe su laboriosa tarea. Solamente recuerdo con nitidez que el reloj marcaba las 7 en punto, cuando la pareja de "ilustres novios fiesteros" se desperezaba para a las 8 tomar el coche de línea que los devolviese a la capital.

 

Pepe Regalado automovilista pionero

El estudiante Pepe Regalado era un estudiante de "alcurnia". Su padre, contratista de carreteras, era dueño del primer "carro" particular familiar que figura en mi memoria. Un "cacharrillo" de los años de Maricastaña, que había que arrancar a manivela y empujar, con frecuencia, para que se pusiera en marcha: Una vez más la siguiente aventura como ejemplo. Marca, matrícula y demás pormenores técnicos para mí desconocidos. Pero suficientes para que su joven dueño presumiese de automóvil, cuando la simple bicicleta era todavía  lujo y categoría social.

Ocasión pintiparada para corroborar que cuanto antecede fue la excursioncita de Pepe con su bólido y otros dos amiguetes -Manolo uno del trío- por lindos pueblecitos serranos próximos a Linares, lindo e inolvidable. San Esteban de la Sierra, en el que, al ascender por una cuesta más empinada de lo normal, el vehículo de marras se declaró en huelga, o mejor dicho en paro, y nos costó Dios y ayuda  poner el rebelde motor en marcha. Pero no hay mal que por bien no venga: aprendí a manejar la manivela de un coche -orgulloso de ser precisamente el coche de Pepe Regalado y feliz de regresar contentos de la aventura a la capital.

¡Gracias Pepe! Sirva esta entrada de mi blog de despedida merecidísima por familia tan numerosa como cariñosa, jovial y animosa. Artística, musical y danzarina. Haciendo gala de tu apellido, han sabido convertir tu herencia en verdadero y valioso "Regalo".



¡Adiós, Pepe! ¡Hasta pronto! ¡Tu última -23 de agosto pasado- muda, leve y dulce sonrisa de despedida en Peñausende-, nos acompañará siempre!

martes, 27 de octubre de 2020

Amigos de la Adolescencia y Primera Juventud : Amigos para siempre

En busca del tiempo perdido

Hay Amigos que dejaste, y de los que te alejaste, pero que nunca te olvidaron… ¡ni olvidaste! Precisamente éstos, Amigos de largo recorrido, mejor, de larga duración, arrinconados en el corazoncito de mi memoria, volvieron a encontrarse en la jubilación tras larguísimo interregno de más de medio siglo (1945-1996). Dispersos y dedicado cada uno a su correspondiente profesión. Estos eran amigos de los de “Antes de la guerra”, con la religión como denominador común. Este Blog sería papel mojado, memorias muertas, si no estuvieran impregnadas del afecto y cariño de quienes nunca me olvidaron. Mi vida ha estado siempre ligada a la vida de otros. 

Capitaneando esta serie figuran en el presente capítulo los Amigos de la adolescencia y primera juventud del Seminario. Aunque mi memoria no pasa de discreta, podría repetir con pelos y señales, es decir con nombres y dos apellidos, la lista completa que por orden alfabético reposa en mi archivo particular:
  


Manuel Almeida Cuesta 
Tomás Amores Dorado 
Manuel Cuesta Palomero 
Teodoro Curto Polo, etc., etc. 

Así hasta la veintena larga que quedó mermada en 2º de Filosofía con la deserción, antes del paso a la Teología, de un trío de amiguetes: Juan Martín Jacoba, Neftalí (Tali) Mulas Fernández y este bloguero.


A pesar del rumbo tan dispar que tomaron nuestras vidas, tras varias décadas de distanciamiento y olvido, una docena superviviente del grupo - cinco seglares y sietes eclesiásticos - volvieron a reencontrarse en el horizonte de la jubilación, gracias al entusiasmo, al don de gentes, vitalidad y personalidad de Manolo Cuesta Palomero, el más joven de la manada. Con su poderío organizativo supo localizar y reunir a los viejos amigos de antaño, dispersos por la geografía hispana, en los denominados "Encuentros Veraniegos": reunión anual vacacional, consistente en celebración litúrgica solemne en la iglesia del pueblo del amigo organizador y “banquete” fraternal en un restaurante de la comarca. Inolvidables sobremesas en las que la cordialidad, el buen humor y la jovialidad eran las dominantes. Reseñables y memorables fueron los siguientes encuentros:

  1. El de la comarca de Vitigudino. Organizador Andrés Fuentes, el intelectual del grupo, catedrático de la Ponti y párroco de San Martín. Progresista e innovador y popular por sus conflictos con las autoridades franquistas. En esta excursión se sumó al grupo Andrés Domínguez, de Añover de Tormes, quien, aunque ajeno al curso, fue admitido por su proximidad a los ledesminos y su contagiosa bondad y campechanía.
  2. El de Frades de la Sierra, pueblo natal del popular poeta charro-extremeño Gabriel y Galán y de nuestro amigo, poeta también, quijotesco por su figura y... “·santo”, Dámaso García. El apodo entrecomillado tenía su aquel. El bonachón de Dámaso, desahuciado en el sanatorio antituberculoso salmantino de Los Montalvos por tuberculosis doble, salvó, según propia confesión, gracias a un favor de la Virgen, como testimoniaron su fe, su vozarrón, y su ejemplar comportamiento. Afable y de fascinante espiritualidad, la primera felicitación navideña era todos los años la suya. Siempre acompañada de algún versito y alguna estampa de la Virgen.
  3. Estrenando siglo, el año dos mil le tocó en suerte al de la comarca de Peñaranda, según testimonia la presente foto de la eucaristía en la iglesia catedralicia peñarandina. 

    También aquí aparecieron - según testimonia la foto- dos compañeros desertores en tercero y cuarto curso: Jesús García Bernal y Teodoro Curto Polo, ambos virtuosos de la música. Jesús, (el 1º, de blanco, en la izda de la fila) tan humilde y cordial, sucedió a su padre, famoso compositor y director salmantino, en la dirección del Coro de la Universidad de Salamanca. (No perdonarían mi negligencia, la sobrina María José Herrero y el carísimo primo Benjamín Pedraz si no hiciese pública su participación en dicho coro). Con todo afecto fue también acogido Teodoro, detrás de Jesús, el mejor mozo del grupo sobresaliendo con Dámaso en el otro extremo. 
  4. Inolvidable también el "encuentro" organizado por el entrañable y humilde Daniel Martín de Gajates por la comarca de Alba de Tormes, visitando algunas de las mozárabes iglesias de la zona: Turra, Alaraz, Macotera, etc. En Alaraz recordamos al amigo y compañero Salvador Sánchez, hijo del pueblo, uno de los primeros fallecidos del curso y que más alto había ascendido, organista de la catedral de Ciudad Rodrigo. Daniel sería además el primero del grupo que nos abandonaría para siempre y cuya amistad trascendió más allá de lo estrictamente veraniego. En cierta ocasión nos invitó a Palmira y a mí a su casa familiar en Gajate y aprovechábamos la mínima oportunidad para vernos en Salamanca El festejo gastronómico tuvo lugar ese año en unas monjas de Alba. El mundo es un pañuelo: en una capillita madrileña de esta congregación en Moncloa celebrabamos con Patino la primera comunión de Lucila organizada, por unas monjas procedentes de la casa de Alba. 
  5. Motivación y peculiaridad registró nuestra excursión por Tierras de la Armuña. El pueblo elegido para nuestra celebración anual fue Villaverde de Guareña, patria chica de Eduardo Fernández Villaverde, como recuerdo y muestras de afecto al amigo, uno de mis compañeros más fieles y cercanos, fallecido de accidente, bañándose en el Mediterráneo. Su familia nos acompañó en la celebración litúrgica. Y su recuerdo empañó el Encuentro del año, pues, no recuerdo exactamente el lugar de la comida de ritual. Vagamente me viene a la memoria por lo irracional de la toponimia el pueblecito de Sieteiglesias, con su minúscula e insignificante iglesia. 
  6. Inolvidable fue el Encuentro organizado por el fidelísimo Manolo Almeida en su pueblo albense de Martinamor. El pueblo festivo asistió en masa a la solemne celebración numerosa jamás vista y oida con el coro “polifónico” del grupo, todos ellos cantores “de talla”. La comida tuvo lugar en el popular restaurante de Cuatro Calzadas en la carretera de Béjar. Local que se convertiría en lugar de encuentros familiares y de amigos. No puedo pasar por alto la multitudinaria y festiva celebración de las Bodas de Oro de los abuelitos María y Clemente. También Cuatro Calzadas fue inolvidable centro comunal de cenas vacacionales veraniegas de matrimonios vizcaínos y charros: hermanos, primos, amigos etc. No me resisto a enumerarlos por parejas y que el lector bloguero los ubique debidamente: Tina-Nacho, Dori-Pepe, Palmira -Manolo, Consuelín-Benjamín, la Tante-el Onkel y Boyero, hijo de la Vecina Veleña (perdón por tan discordante inciso. Y sigamos a lo nuestro). 
  7. Memorable - y último festejo amigable reseñable - fue el organizado por José Sánchez Vaquero en su pueblo, Horcajo Medianero y en el famoso santuario de todo. También en Horcajo celebramos el ágape organizado muy dignamente por José y su hermano mayor Acisclo. Ambos hermanos, cara y cruz de una moneda, se deshicieron en atenciones. Gordito, panchote y tranquilote Acisclo, y activo, influyente, innovador y profesor de la Ponti José. Formado en Roma fue un luchador por el ecumenismo, la unión de las iglesias. Todos los años organizaba congresos y celebraciones ortodoxas-romanas. La Virgen de Valdejimena el día de su romería, una de las más populares de la provincia salmantina. Solemne misa y procesión multitudinaria por el recinto de la ermita, con gradas y bancos.
  8. El año que estaba proyectado el Encuentro en Carrascal de Velambélez, organizado por este bloguero, en la recién restaurada iglesia monumental de “su” pueblo, con comida en un afamado restaurante de la Vega de Tirados, moría de infarto, inesperadamente, Manolo Cuesta, celebrando misa para excursionistas, en Canaa de Galilea, en el escenario de las famosas bodas que faltando el vino, tuvo lugar el famoso milagro de la conversión del agua en vino. Consecuentemente, con la desaparición de la cabeza, alma y corazón del grupo, y la muerte de Daniel, “la pandilla” fue mermando y debilitándose, estrechándose la amistad y frecuentándose los encuentros en Salamanca, ya reducido al trío de matrimonios Teodoro-Charo, Juanito M. Jacoba y esposa y Manuel José (como me llamaban mis compañeros)-Palmira. Con frecuencia acompañados, y nunca olvidados, del fidelísimo Almeida, quien incluso se acercó a “mi” Carrascal a bautizar a nuestro Martín. Vivencia solemne y festiva, amenizada por el polifónico coro familiar. Manolo Almeida fue el penúltimo fallecido del grupo. Por diversos conductos, y sin habernos enterado de su muerte, nos llegaron noticias de su funeral en la iglesia de la Purísima: multitudinaria despedida jamás vista. Los asistentes llenaban incluso las aceras del exterior de la monumental iglesia con las puertas abiertas. 
Al recuerdo, y al recordatorio para siempre, se sumaron también Juanito y Teodoro, ambos tras larga enfermedad. Hace cuatro y dos años respectivamente. El pequeño y vivaracho Juanito, gran tipo en todos los terrenos y registros. Muy religioso a pesar de la “deserción”. Profesional integuérrimo. Director, hasta su jubilación, del colegio público Francisco de Vitoria, al que dió prestigio y reconocimiento. Teodoro, el “mejor mozo” del curso, solamente estuvo tres o cuatro años en el seminario, los suficientes para que sobresaliera como niño de coro y sus excelentes dotes musicales. Suya y de Charo fue la última felicitación navideña del grupo. 

El último en dejarnos a Palmira y a mí, los dos más afortunados, fue Ovidio, ya confinado, y tras varios años de lucha contra el Alzheimer, se rumoreó que incluso hasta pudo ser de Coronavirus. Aunque frío y distante, siempre leal, nos unió siempre especial y recíproca estima como paisanos ledesminos ambos: él, natural de El Groo, uno más de los numerosos y minúsculos poblados charros vaciados, y yo del Carrascal vaciado en invierno y redivivo en verano.

Mas, este capítulo de Amistades singulares resucitadas estaría incompleto sin un breve recordatorio a uno de los amigos carismáticos del curso, el esperpéntico, pero entrañable, Talí. En una de las habituales y amenas sobremesas de nuestros Encuentros salió a colación la historia del pinturero y desaparecido Talí, Neftalí Mulas Fernández, uno más del grupito de desertores del curso. Paisano de Teodoro, ambos de Gomecello, eran como el día y la noche. Talí, con residencia y rumbo desconocidos, era cual Guadiana que aparece y desaparece. Solitario, vagabundo, divertido, inteligente... ¡poeta! Siempre con un taco de poesías en el bolsillo teniendo que tragarnos siempre alguna de ella quisieras o no, por las buenas o las malas: versos modernistas, revolucionarios, prosaicos... Dos veces apareció en mi camino tras años de silencio absoluto. Apariciones dignas de historiar y agradecer: 
  1. Residiendo este bloguero en Frankfurt desde hacía varios años, pero sin perderse vacaciones estivales en Palacios, moría repentinamente mi padre en Salamanca. Enterado Talí por la prensa de su fallecimiento, apareció en el velatorio en casa de mi hermana para darme el pésame... Abrazo amistoso... ¡memorable e impagable!
  2. Después de muchísimos años, asentado yo definitivamente en Madrid, apareció un día cualquiera, sorpresivamente, en la puerta de mi despacho de la Complutense extraño personaje casi irreconocible. Envejecido, envuelto en pelliza anticuada de antes de la guerra, solicitando ayuda para su doctorado. Era el inconfundible Talí, catedrático en un Instituto de 2ª  enseñanza madrileño. No faltaban las consabidas poesías en su bolsillo. Pero él no volvió a aparecer en nuestro entorno. Y no muchos años después llegaba la vaga noticia de su muerte. Noticia similar llegaba de los dos últimos sobrevivientes Juanito y Teodoro.
Y hete aquí que, sin pensarlo ni buscarlo, la afortunada pareja de Palmira-Manolo capitaneaban en solitario una edad en la que no se exige nada y en la que sobran tantas cosas. Bástenos Familia y Amistad - ambas con mayúscula - para ser felices. Felicidad a la que han contribuido los reencuentros con Amigos de los años de formación y juventud que, aunque desaparecidos durante años, reaparecidos al final, fueron los forjadores de una amistad que pervive agradecida en el recuerdo. 

jueves, 25 de febrero de 2016

Historietas que pasaron en el Río que no pasa

Las  sandías de la Noche de Ramos (Carrascal de Velambélez)

Para comprender y aceptar el siguiente episodio, se recomienda un saltito de lejano medio siglo en el pasado y compartir con el medieval poeta de Las Coplas el nostálgico verso de… “¡Cualquier tiempo pasado fue mejor!” Y una vez metidos en harina, el lector bloguero coincidirá también conmigo en que “Fiestas y Pasado se celebran también recordándolos”.
  
Tal perogrullada viene a cuento al rememorar y revivir la época de los “Melonares”. Aquellos tiempos en los que las orondas sandías y los ovalados melones, en forma de ídem, alegraban las marchitas y ocres campiñas castellanas, adornando con su verdor humedales y frescos “bajos” de barbechos y besanas. Y, una más de las paradojas de la vida y de la toponimia, invención de hablantes y lingüistas, nominábanse antaño melonares a ese terrenito familiar que con frecuencia solo ofrecía sandías y calabazas. ¡Otro ejemplo más de machismo en el lenguaje!
 
Lo que sí es cierto es que el “melonar” era en los pueblos castellanos, terruño de presunción. Cuanto más potente el terrateniente, más grande era el melonar. Y más las oportunidades que tenía el dueño de alardear de amigos, caseros y foráneos, al invitarlos a “calar” y degustar las sandías que fueran necesarias. Palmira recuerda, todavía con agrado, el paseo e invitación veraniega al melonar de una amiga  de Palacinos como una solemnidad y un acto social honorífico por parte de los anfitriones.

También era frecuente en noches de ronda o corroblas veraniegas, el asalto de los mozos a melonares propicios al jolgorio. Precisamente una de esas aventurillas juveniles fue la siguiente odisea con las sandías como protagonistas:

Fecha de actos: la víspera de la Fiesta Grande de Carrascal. La fiesta de la Virgen de Septiembre, Nuestra Señora del Castillo, primer domingo de dicho mes. El río, una vez más, escenario y plataforma de nuestra juerga juvenil.

Bien conocida es por mis inolvidados y queridos lectores de pueblo - mejor incluso por mis jóvenes lectoras - la tradicional “puesta de ramos” a las mozas en la madrugada del día de las grandes fiestas. Las rejas de la ventana de novias, amigas o vecinas, amanecían engalanadas con ramas - apodadas ramos - del árbol más común en la zona, el clásico chopo: “el galgo solitario” de la meseta, que diría Marañón. Con frecuencia,  dicha corta solía acabar con polémica. Los enamorados no solían ser expertos taladores y convertían en vandálica la ancestral tradición provocando el enfado de dueños de choperas no muy contemporizadores.

Los mozos de Carrascal no solíamos tener obstáculo ninguno en este sentido. El único problema era la distancia. Había que caminar una media horita hasta alcanzar la chopera de La Narra, en la margen izquierda del Tormes. Esta chopera, repetidas veces coprotagonista en “Mi Río…” era una arboleda excepcional. Los centenares de chopos, algunos de gigantescas copas, de robustos, enhiestos y esbeltos troncos, pertenecían al dueño de la finca. Un tal Gabino Martín, solterón, tranquilote y bonachón, el pariente rico de los Martines del pueblo, quien no ponía reparos a nuestras barbaries.

Una vez realizada la salvaje e inexperta tala de los ramos entre cánticos y algarabías, y con incesantes “pases de la bota”, se le encendió una lucecita a uno de los concurrentes: si mal no recuerdo, autor de tan feliz idea fue Nicolás, o su hermano Isaac, conocedores del otro lado del río por circunstancias que desconozco.

Ilustración de Andrés Martín, nieto del octogenario bloguero
-¿Por qué no vamos a por unas sandías a un melonar de “Juzbao” que yo conozco? - insinuó uno de ellos.
La genial propuesta fue aprobada entusiásticamente por unanimidad. Surgió, sin embargo, una muralla difícil de expugnar: ¡La mayoría de los rondadores no sabía nadar! ¡Para alcanzar el melonar, ubicado en la otra orilla del río, en la fértil vega de Juzbado, era preciso cruzar una estrecha franja de río reservada para nadadores: aguas remansadas y profundas de la orilla de la chopera. Un quinteto de ellos - el cuarteto de la joven generación nadadora -: Manolo, Juanito, Oni y Toño Torres - tal vez también el todavía imberbe Francisco - secundados por los principiantes Fili y Nicolás como vigilantes, realizamos la proeza sin problema alguno.

A la pálida y tenue lucecita de la luna menguante descollaban tentadoras, sobre el oscuro verdor del emparrado, las orondas sandías. ¡De todos los tamaños! ¡Y de todas las tonalidades!: Verdosas y amarillentas según la variedad. El saqueo fue prudencial: rápido y limitado, sin pataleos ni destrozos. Cada nadador disponía solamente de sus remos como vehículo de transporte: ¡las manos y los brazos! Una piececita por barba era la cifra permitida, pues un brazo tenía que servir de remo.

Con gran alborozo, y no menor alboroto, se recibió a los heroicos exploradores. Pero como “el miedo guarda viñas”, no quisimos ver repetida la conocida tragicomedia de los “Melocotones del Taponero” y veloces pusimos los pies en polvorosa.

Cargados de ramos y sandías, alcanzado el monte, hicimos un alto en el camino para tomar un respiro y degustar unas rajitas de las frescas, jugosas y coloraditas sandías. He olvidado señalar que el grupito de rondadores no sobrepasaba la docena, con lo cual el banquete fue regio al tocar a media sandía por barba. También hay que reseñar que el episodio de las sandías y el festejo de los Ramos, terminó felizmente, cuando “la del alba sería!”…

Rompiendo el silencio de la noche con desafinadas voces y algarabía resonaban las canciones populares- entre las que no podía faltar la conocidísima ronda:

Levántate morenita, levántate resalada.
Levántate morenita 
que ya viene la mañana, levántate.
¡ Qué ya es de día, que ya se ve!
¡Qué ya es la hora de venirte a ver!

Arrastrando los polvorientos ramos y a trompicones, provocados por el excesivo empinar la bota, adornamos rejas de ventanas y puertas de soñadoras dulcineas. Y cuando el lucero del alba anunciaba el nuevo día, los intrépidos y fatigados rondadores se dispersaron en busca de la almohada para descansar lo poquito habitual en esos festejos.

Afortunadamente ha tardado mucho - ¡muchiiií…simo tiempo! - ¡como que ya no existe el melonar y el delito ha prescrito! - en salir a luz pública la juvenil y festiva aventurilla de “Las sandías de la Noche de Ramos”, con lo cual, supervivientes y herederos pueden dormir tranquilos para placidez y regocijo de unos y otros.

viernes, 16 de octubre de 2015

Historietas que pasaron en el río que no pasa

IV -  El vado que no era tal o… dos jinetes suicidas

Permítame el lector no muy versado en terminología hidrológica aclarar que los desaparecidos vados en las corrientes fluviales eran, según definición del diccionario de autoridades (RAE): “Paraje de un río con fondo firme, llano y poco profundo, por donde se puede pasar andando, cabalgando o en carruaje”. Yo me atrevo a puntualizar y completar la académica definición. Lo de “llano” es un decir. Porque los tres por mí con frecuencia transitados - el de Almenara, el de la Narra o Juzbado y el del Puerto o Florida de Liébana - eran pedregales a veces rocosos, siempre resbaladizos, tapizados de rollos y pedruscos. Además de “andando, cabalgando o en carruaje” se podía pasar con bicicleta al hombro. En todos los casos siempre sorteando piedras musgosas resbaladizas y espantando ranas y andarríos.

El vado escenario de la siguiente narración fue el segundo de los registrados. La incipiente primavera solamente figuraba en el calendario. Las aguas del Tormes bajaban turbias y crecidas. El vado fue un espejismo. Como en otras tantas ocasiones la distancia de los acontecimientos los distorsiona y dramatiza. Sin embargo, esta vez la travesía fue seria y de verdad. Los testigos presenciales, parapetados en los altos acantilados del horizonte de “Juzbao”, continúan haciéndose cruces ante el espectáculo de un caballito andaluz, con dos jinetes al lomo, cruzando el caudaloso vado desaparecido por la crecida de las tumultuosas aguas de un temporal.

El vado que no era tal (Ilustrado por Iribú,
http://iribuilustracion.blogspot.com.es/)
 Las previsiones fueron  engañosas. Jinetes y cabalgadura calcularon mal la dimensión y profundidad del vado. Las aguas superficiales se tornaron aguas profundas. Tal vez nos desviamos de la ruta habitual de carros y ganado. O la corriente fue arrastrando al caballo río abajo hasta  perder sus pezuñas base firme. Nadando y luchando contra el furor de las aguas consiguió alcanzar la anhelada orilla. El jinete de paquete, encogido en las ancas del caballo, con los zapatos domingueros en la mano para salvarlos de la quema, a duras penas  pudo salvarse del baño parcial, del que no se vio libre el jockey de las riendas quien acabó empapado hasta las rodillas.


Superado finalmente el trance, enfilamos el sendero que ascendía al pueblo. En el cercano horizonte, la silueta de las escarpadas peñas y los tejados de las primeras casas. Los incrédulos espectadores, estupefactos ante tan magna imprudencia, nos recibieron alborozados, aunque reprochándonos tamaña imprudencia. Todos ensalzando la bravura del caballito en su lucha contra la caudalosa corriente.

Después de tanto suspense, más de un lector estará intrigado por conocer la autoría de los dos jinetes suicidas. Pues, ni más ni menos que el caballero que llevaba a las ancas de su caballo a un joven - emulando al Jariche de la canción charra (“Jariche se la llevaba a las ancas del caballo”) era el padre del novio del cap. X, que iba a ver a su novia a Palacios del Arzobispo.

Después de trascurridos tantos años del acontecimiento, y de que el Tormes  haya transportado caudales y más caudales de agua al Océano, no recuerdo ni lo más mínimo de circunstancias posteriores pormenorizadas del viaje. Suposiciones me llevan a pensar que los hechos acaecieron en mis años de estudiante universitario, y que mi padre - pasado el río a caballo - me acercaría hasta San Pelayo, para yo continuar a pie el viaje hasta Palacios. Probablemente él regresaría a casa por el puente de Los Baños, evitando el consabido y peligroso vado. El coprotagonista de la hazaña pernoctaría en Palacios para, al día siguiente, viajar en el coche de línea a Salamanca.

El dichoso vado, tantas veces cruzado, pervive en mi memoria a pesar de la distancia temporal, aunque haya sido borrado de la geografía fluvial con la moderna creación de pantanos, acequias y canales de regadío. Retratado en sus aguas me veo todavía  atravesándolo descalzo, con alpargatas o sandalias de la mano, o con la bicicleta al hombro, salvando los resbalones  entre las pizarras, piedras y verdecinas ovas. Ya nadie puede escuchar el rumoroso torrente de la cascada de las ruinosas - casi hoy desaparecidas, presas, pesqueras y aceñas que lo configuraban - en las serenas mañanas de primavera al levantar la niebla. ¡Qué espectáculo tan lejano y añorado! Sus aguas pasan ahora de largo olvidadizas, sin remanso alguno o piélagos en los que recrearse y detenerse para alimentar las aceñas o molinos o regar las huertas y  pastizales de sus vegas y riberas hoy patrimonio de los extensos  maizales fruto de las canalizaciones fluviales.
¡“El Río de mi vida” convertido en otro río! Pero nunca en  “El río del olvido”, como Julio Llamazares bautizara el suyo en una novelita maestra de excepcional belleza.

“La importancia que se les da a cosas y actos insignificantes acaba volviéndolos importantes y seductores al recordarlos”. (MJG)


domingo, 20 de abril de 2014

VEGAS DE MATUTE:

con el rumbo del viento a mi favor

Mapa de situación de Vegas de Matute
La historia alada de mi vida profesional, orientada a la enseñanza oficial, hoy apodada pública, comenzaba donde nunca hubiera soñado y menos imaginado. Ignoro si solicitado. El caso fue que, a la instancia-solicitud de interinidades, siguió, con inesperada prontitud, el nombramiento de maestro interino en la escuela de niños del remoto, y absolutamente desconocido, Vegas de Matute. Apartado e incomunicado pueblecito segoviano en las estribaciones meridionales del Guadarrama, a la caída de la Mujer Muerta y a los pies de los montes conocidos como Calocos. ¿Quién iba a predecir al llegar a este perdido rincón castellano que, este rinconcito sureño segoviano, de pobre agricultura y ganadería, decadentes caleras con sus hornos semiapagados y acusando ya la seductora atracción migratoria de Madrid en el horizonte, iba a ser providencial en mi futuro profesional?

Esta primera escuela sería punto de partida de mi camino profesoral, cimentado en el retiro de mi Carrascal bajo el lema de “aprender enseñando y enseñar aprendiendo” y que discurriendo por Alemania y Bilbao finalizaría en la Complutense madrileña. El reducidísimo horizonte de campanario de aldea charra se ampliaba y ensanchaba de la noche a la mañana a límites insospechados. Aprendí a ver la vida con otros ojos. Comencé a disfrutar de independencia y libertad económicas, 600 pesetas mensuales eran en aquellos tiempos un fortunón para el jovenzuelo veinteañero, a vencer miedos, superar timideces y sobreponerme a las lógicas dificultades. Especialmente las del alojamiento en una reducida, oscura, fría e inhóspita habitación con un minúsculo ventanuco. Eso sí, en el corazón de la plaza y de exclusiva propiedad, pues, era sala de la primitiva casa secular del maestro, alquilada, por la módica renta de asistencia y manutención, por consejo del alcalde a su sobrino, humilde trabajador y buena persona, casado y con un bebecito.

Vegas de Matute
VEGAS DE MATUTE
(del libro "La arquitectura gótica en la Tierra de Segovia")
Sin embargo, cuando se guarda un grato recuerdo de las cosas, es porque han valido la pena. O que se ha aprendido a ver el pasado desde el ángulo más bello de la vida: el del optimismo y la ilusión. El nuevo escenario que brindaba Vegas era, ligeramente retocado, muy similar al de Carrascal, y el ritmo de vida, el habitual en una aldea castellana. Los primeros pasos profesionales fueron lisos, llanos, y fugaces. En momento alguno escuché en el pueblo alusión o referencias a mi antecesor o antecesores en la escuela de niños, lo que hacía sospechar que no fueron mirlos blancos. La compañera en la contigua escuela de niñas,cerca ya de su jubilación, estaba acomodada al lento y aletargado discurrir del vivir pueblerino.

Para el joven principiante llegado de la remota charrería, cargado de ilusiones y ganas de buen hacer, le resultó coser y cantar ganarse el corazoncito de sus niños y la estima de padres y mayores. Incluso la de los jóvenes, al organizar las clases nocturnas, o escuela de adultos, sirviéndome de las prácticas adquiridas en Carrascal y San Pedro. En la escuela de día enseñaba a la veintena larga de rapazuelos algo más que las simples y tradicionales cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir), rudimentos de lectura y escritura y cuatro generalidades de la enciclopedia Álvarez. Yo incluía en los recreos y tardes libres de los jueves (¿podrás imaginarte, querido lector, que en aquellos tiempos también se trabajaba los sábados?) mis “lecciones de cosas”: amor a los animales (perros, pájaros, vacas…), a la naturaleza (río, arroyo, montaña, árboles, arbustos, flores y plantas…), a los deportes (fútbol, pelota…), todas ellas con las consiguientes prácticas en la dehesa, en la plaza y plazoletas, en el frontón, en el río (inolvidable el espectáculo en una oscura covachuela poblada con centenares y hasta millares de murciélagos arracimados formando una ingente piña colgada de la roca).

Sirva el siguiente ejemplo de testimonio de una feliz experiencia que marcaría de verde ilusionador mis primeros pasos docentes  (todavía resuena en mis oídos la algarabía y alboroto en un recreo de ese día):  un grupito manteaba, cual si fuera un “sanchico”, lanzando a lo alto la chaqueta de un pequeñajo y regordete, por nombre Crescenciano, herencia de los ilustres emperadores romanos que nacieron o merodearon por estas tierras. Nuestro héroe, luchador y poseedor de una férrea voluntad, peleaba tenaz con la prueba de restar y multiplicar, mordiéndose los labios y derramando gruesos lagrimones cuando ésta se le resistía tercamente. -“¡ Bravo Crescen!¡ Qué grande eres!”- le felicité el día que consiguió el pleno. -“Cuando salgas a recreo, tiras la chaqueta por alto.” -Y el bonachón escolar y sus compinches cumplieron al pie de la letra la extrañísima felicitación de su maestro.

Foto de grupo
Después de más de una vida (¡ sesenta y pico de años!), siento todavía una inmensa gratitud hacia tres personas, que fueron quienes marcaron el nuevo y definitivo rumbo de mi vida y quienes me prepararon para vadear por libre el río de mi futuro. Lugar preeminente ocupan los médicos del lugar, D. Francisco Brandli y su esposa Dª Mercedes Matesanz (mamá con bebé en brazos en la foto). Don Paco no encajaba en el molde de “médico de aldea”.  Su exótico apellido denota su ascendencia suiza, aunque era nacido madrileño. Atendía a otros dos anejos, Valdeprado y Guijasalbas. Profesional íntegro y bien estimado, culto, leído y supereducado. Distante como buen germano. Nunca utilizaba el tuteo. Para él, como para todo el pueblo, fui siempre D. Manuel, lo que me sentaba como un tiro. A él y a su mujer, y a su hospitalidad debo las largas y animadas veladas invernales, en las que privaban la historia, la literatura y el arte. Y en las que, como buen madridista, no podía faltar el fútbol. Los fríos, apuros y amarguras eran aliviados con las continuas muestras de afecto y amistad. Ellos contribuyeron a encauzar mi vida, a preparar temas y materias para los primeros exámenes libres en la Facultas de Letras de Salamanca. El contacto pervivió durante muchos años como testimonian recíprocas visitas: la nuestra a Vegas, Palmira y tres hijas, ya a puertas de la jubilación él, en la nueva casa del médico en la afueras del pueblo, y la recíproca de la pareja a Palacios, acompañados de su hijo pequeño.

Hay una tercera persona con nombre de poeta de coplas históricas, es decir Manrique, a quien no puedo silenciar si escribo sobre Vegas de Matute. Era a primeros de mayo, cuando la florida primavera tocada de luz y color, cuando el curso declinaba y arreciaba el calor, cuando en la escuela aparece el siempre temido inspector. Mis muchachos se portaron como jabatos y pasaron la prueba con sobresaliente. Así constaba en la felicitación-informe escrito del inspector segoviano. Persona amable y afable, cordial y paternal. Sus palabras de despedida en Guijasalbas, hasta donde le acompañé para tomar el autobús de vuelta Ávila-Segovia, merecen público agradecimiento: “Siga usted estudiando. No se entierre en un pueblecillo de mala muerte”. Palabras halagadoras y estimulantes. En mi destino o en mi suerte influyeron personas cuyo nombre no recuerdo. Recuerdos vagos y desordenados en las ruinas de mi memoria. Actividades, preocupaciones juveniles y profesionales, decisiones y actuaciones, celebraciones que rebrotan al revivirlas. Vaya donde vaya y sople el viento de donde venga, al cruzar la cordillera de Guadarrama por los túneles o por los Altos de Los Leones o Navacerrada, siempre me acompañan y saludan amigables el Caloco, el Montón de Trigo, el Minguete, el Pasapán y el Pico del Oso, representantes orgullosos de la montañosa cuerda de la Mujer Muerta, sin olvidar la ermita de San Antonio del Alto del altozano en los confines de Las Navas, Vegas y Zarzuela del Monte.

Como buen romántico, llevo el paisaje escrito en la memoria y grabado en el corazón. De aquel breve espacio de tiempo -un curso completo y un cuatrimestre- rememoro: excursión a El Escorial con el curso de nocturnos, adolescentes y mozos (1ª visita al célebre monasterio). Excursión a las faldas de la Mujer Muerta con un trío de matrimonios jóvenes (padres de alumnos). Incomparable belleza la de la montaña tocada en el mes de junio de hermosa capa amarilla de aliagas y …ascensión primera a Navacerrada con un exalumno, (v. foto del impresentable alpinista en el Pico del Noruego).
Fiestas y festejos populares, debilidad insuperable del bloguero: la jota final del baile dominical de dulzaina segoviana y tambor en la plaza. Viva en mi retina la imagen de uno de mis nocturnos, hijo de un panadero, pequeño artista bailarín, saltando, brincando, irradiando con movimientos y gestos de brazos y piernas alegría y entusiasmo. Invitaciones a la fiesta del Cristo del Caloco en El Espinar y a la romería más popular y celebrada de la comarca, a la primera convidado por los padres de un alumno de la alquería de La Losa y a la segunda por la hija pequeña del alcalde.

No puedo dejar el apartado viajes históricos: Los primeros jueves de mes, viaje a la capital para cobrar. El viaje mas rentable y gastronómico. Los funcionarios -todavía no existía el ¡gran invento! de las cajas de ahorro- tenían que ir a la ciudad a recibir su soldada en metálico de manos del habilitado, tipo arrogante y distante (por algo estaba capacitado para distribuir fondos del estado). ¡Allá él con sus cuentas! El caso es que los funcionarios de pueblo disfrutábamos, una vez al mes, de la posibilidad de una visita, si no a Casa Cándido, sí a alguno de los restaurantes de Juan Bravo o la Plaza Mayor segoviana.

Y para poner fin a esta crónica, unas líneas negras sobre blanco en página gris: los viajes vacacionales de Navas a Salamanca sabíamos cómo comenzaban, con la maleta al hombro desde Vegas a Navas de San Antonio para tomar el Auto-Res Madrid-Salamanca, pero no sabíamos como acabarían. Pues, el autobús tenía la maldita costumbre de no parar en Navas cuando venía completo. Y este fue el caso en que el autobús de una tarde prenavideña pasó de largo dejando al pobre viajero con tres palmos de narices y teniendo que pernoctar en una fonda de carretera. Operación que repitió el autobusero de la mañana siguiente. Y para llegar a Salamanca no le quedó otro remedio al pobre maestro de Navas que cargar la maleta de madera al hombro y caminar varios kilómetros hasta Villacastín, para allí tomar el coche de línea Segovia-Ávila y empalmar con el tren-burra Madrid-Salamanca.

Y… colorín colorado. Para aventuras y cuentos, basta hurgar en el pasado!

jueves, 22 de marzo de 2012

E S T U D I O S IV: Licenciatura en “Modernas” para andar por casa

“La vida sólo se entiende hacia atrás”

Con los títulos de Magisterio y Bachiller Superior en mi mochila podía empezar a convertir en realidad el sueño, durante años acallado y secreto: matricularme en la universidad. Pero, antes de enamorarme de “ANAYA”, quizás a algún lector curiosón se le ocurra preguntar: ¿a qué se debió o cuál fue el motivo o motivación principal que me arrastró a estudiar en la Universidad?

Palacio de Anaya (Salamanca) 
"Antigua Facultad de Letras y Ciencias"
Con 22 años y una novia – podré notificarlo ahora, después de tantos años y sin sonrojarme - la“guapa” de Palacios y entorno ledesmino, había situaciones y alusiones que lastimaban mi amor propio juvenil. Todavía erosionan mi torpe oído senil los burlones ademanes como: “¡Hola maestrillo!, “Ahí viene el maestrillo”, entre otras socarronerías despectivas. Retintineo y altivez manifiesta por parte de estudiantillos y ricachuelos presuntuosos de tres al cuarto, que alardeaban de dinero y superioridad por estudiar medicina, derecho o veterinaria, carreras superiores, más lucrativas y pragmáticas, codiciadas por la neo-burguesía de entonces. Esa manifiesta prepotencia fue provocando en mi complejo de inferioridad una reacción de autoestima y superación (aunque me costó vencer la obsesiva preocupación de ser carga económica para mi padre y hermano).


Además de a mi novia- ella habría estudiado gustosa Ciencias en la universidad - fueron tres las personas a quienes debo el impulso y empujón definitivos. Las tres relacionadas con Vegas de Matute y con mi primera, soñada y ensoñadora escuela oficial, en este pueblecito segoviano escondido entre el Caloco y las primeras estribaciones de la Mujer Muerta. A la cabeza de este singular trío, Francisco Brandli y su esposa Mercedes Matesanz. Don Paco, el médico del pueblo, madrileño de padres suizos, profesional integuérrimo, culto, leído y de mente universal, educado y correcto, de exquisitos modales tradicionales - ¡siempre me trató de usted! - fue el animador y promotor principal en mi decisión de estudiar Letras, carrera minusvalorada en tiempos de crisis económica de postguerras. Tanto él como su mujer, también maestra, “amigos de sus amigos”, fueron mis mentores y consejeros. Me acogieron como hermano pequeño y en todo momento me sirvieron de ayuda y acicate. Ellos fueron quienes definitivamente me convencieron de que valía para algo más que “maestrillo de pueblo”. En las largas veladas invernales, al amor de la camilla de su casa, íbamos entretejiendo ensueños y planes de estudios con los temas preferidos de tertulia: el arte, la literatura, la filosofía, la teología, la historia, la política - sin olvidar el fútbol, pues como buen madrileño, su corazoncito latía madridista.

Encomiable e inestimable fue también la participación del Inspector provincial de primera Enseñanza de Segovia, en su visita protocolaria a las escuelas de Vegas. Admirado del espíritu reinante en mi escuela, su informe protocolario en mi Hoja de Servicios fue un elogio desproporcionado. No olvidaré jamás su amigable consejo de despedida - palabras para enmarcar - antes de subir en Guijasalbas (topónimo que sigue enamorándome) al coche de línea que le devolvería a Segovia: “No pierda usted más tiempo en un pueblo de mala muerte. Siga usted estudiando para no fosilizarse.”

Después de algunos años vi, alborozado y todavía agradecido, su nombre, como escritor, en la prensa nacional. Supe entonces que Manrique era mucho más que el rutinario funcionario de turno.

Como obras son amores, dicho y hecho. Al estar vigente en la normativa académica de aquel entonces la posibilidad de matricularse de libre,” matrícula no oficial” que te eximía de asistencia a clase, finalizadas las vacaciones estivales y antes de reincorporarme a mi escuela segoviana, me matriculé de “1º de Comunes libre” en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad salmantina.

Según plan decimonónico - los estudios de Letras se dividían en dos ciclos: dos años de Comunes y tres de Especialidad. El primer curso, sin profesor, libros y apuntes, me resultó coser y cantar, gracias a la herencia almacenada del seminario y la inestimable ayuda, antes mencionada de mis amigos de Vegas. Los exámenes para libres tenían lugar una vez finalizados los oficiales. Exámenes atropellados y descabellados. ¡Todas las asignaturas en un par de días! Como las asignaturas troncales eran en primero de Comunes las tradicionales Latín, Griego, Literatura y Lengua españolas, entre otras, superé el primer asalto sin dificultad alguna.
El 2º Curso, al matricularme de oficial y abandondar Segovia, se presentaba más despejado y esperanzador, aunque su duración no pasó del primer cuatrimestre, como revelaré más adelante. En el programa figuraban asignaturas en las que el autodidactismo era insuficiente: Historia del Arte, Historia de España, Geografía, Fonética y Fonología, entre las principales. De ésta última conservo, como único patrimonio y oro en paño, el libro de texto: Manual de Pronunciación española de Navarro Tomás. El ejercicio práctico de transcripción fonética fue una verdadera pesadilla.

Cuando más lo necesitaba económicamente, la fortuna se convirtió en mi aliada. La Universidad de Salamanca convocaba dos becas por oposición para Estudios de Filosofía y Letras. Ni corto ni perezoso, me presenté al obligatorio examen escrito. La suerte me sonrió al anunciar el tema de redacción: ” La épica grecolatina”. Casualmente en las últimas vacaciones de verano la Odisea y la Eneida – Homero y Virgilio- habían sido mis compañeros de lectura. El presidente del jurado, D. Martín Ruipérez me felicitó, cordial y cercano, al comunicarme el resultado positivo de la prueba. ¡Felicidad y orgullo me acercaban mensualmente al Rectorado a cobrar las 400 pesetillas de la beca! Con Ruipérez se iniciaba un contacto y una amistad que perduraría toda una vida profesional. Además de presidente del tribunal de mi tesis doctoral en Salamanca, presidió mi oposición a la plaza de Filología alemana de la Complutense, donde coincidimos posteriormente como compañeros.

Muchos años después, me tocó formar parte del Tribunal de una plaza de Profesor de Filología alemana de la UNED madrileña a la que opositaba un hijo de Ruipérez. Por fortuna, y para tranquilizar mi conciencia, Germán –éste era su nombre- no tuvo rivales y obtuvo la plaza por unanimidad.

Retornando a mis estudios, dada la excesiva prolongación del noviazgo y la avanzada edad del estudiante, para ir ganando tiempo al tiempo, solicité como maestro cumplir los seis meses de prácticas obligatorias como Alférez de Complemento. El 1 de marzo de 1952, cuando en Plasencia florecían ya las mimosas - perfume y flor hasta entonces desconocidos - me trasladé a la acogedora ciudad del Jerte para cumplir mis deberes patrios, pero entre junio y septiembre logré la heroicidad de acabar con los Comunes.

Pero no fue orégano todo el monte. Tropecé en Geografía, una de de mis favoritas, teniendo que negociar el aprobado con el Prof. Maluquer de Motes, prestigioso arqueólogo catalán, presentando, a posteriori, un trabajo sobre “El Rio Jerte”. Río extremeño que desde entonces, además de por sus cerezas, pasaría a ocupar lugar preeminente en mis intereses geográfico - turísticos - por el aprobado y por mi Alferezazgo.
(continuará)

miércoles, 15 de febrero de 2012

NOVIAZGO A LA ANTIGUA USANZA II

Viajes ”a ver la novia”: sobre dos ruedas o en cuatro patas
El novio ciclista
En aquellos tiempos, en el ámbito rural, motivado por la escasez de caminos y comunicaciones, las bodas y noviazgos, en la mayoría de los casos, tenían lugar entre jóvenes de la misma localidad. Algunos mozos, sin embargo -las mozas tenían que contentarse con “verlos venir”- caminaban en grupos a los pueblos vecinos en busca de compromiso. Una vez logrado el objetivo, venía una segunda parte: los domingos y festivos, comenzaba el periplo de“ a ver la novia”. Cada cual a su aire y en sus medios de transporte: a patita, en bicicleta (artilugio todavía de lujo), en burro o a caballo. Siempre pendientes del tiempo y de la estación del año: bicicleta en el buen tiempo -“las bicicletas son para el verano”- y caballito en invierno, cuando las vías de comunicación estaban intransitables.
Nuestro novio-protagonista lo tenía muy complicado. La distancia entre Carrascal y Palacios era distancia kilométrica casi insalvable. Había que cruzar el fronterizo Tormes y peregrinar por numerosas dehesas de encinares y ganaderías, transitar por caminos de carros, a veces estrechos senderos de cabras, por pendientes y escaladas escabrosas, entre jaras, zarzales y carrascas. Pero como el amor y la fe mueven montañas y allanan caminos, con la ayuda inestimable de una vieja bicicleta y del fiel amigo el caballo, el viajecito de ida a ver la novia era colorida y oriental alfombra de rosas. El de vuelta era harina de otro costal, según metáfora de antaño.
Viajes de Ida y Vuelta
Estas idas y venidas, vueltas y revueltas venturosas y aventureras no duraron, sin embargo, mucho tiempo. Un par de escasos años. La novia, listeja ella, aprobadas las oposiciones a Magisterio con 21 años, fue destinada en propiedad a lejanas tierras zamoranas, próximas a Benavente, al apartado pueblecillo de San Pedro de Zamudia. Inesperadamente las distancias se agrandaron y las visitas se espaciaron. Y si esto aún era poco, las nuevas circunstancias se agravaron otro par de años, situando a nuestra pareja "al uno en Francia y a la otra en Aragón". Nuestro amante-sufridor comenzaba también su actividad pedagógica como maestro interino en Vegas de Matute (Segovia) a orillas del río Moros y a la caída de la Mujer Muerta, primeras cimas del sur del Guadarrama. 
Sin embargo, de esta etapa, hay que registrar un “paso de gigante” memorable en nuestra noviazgo. Los enamorados, partiendo en cierta ocasión la distancia, concertaron una cita en Zamora. La patrona de la novia, conocida de su familia, cumplió meticulosamente con las funciones de anfitriona y vigilante de turno. Pero la progresía alcanzó ya tal magnitud que Palmira me acompañó hasta la estación del tren despidiéndome con un par de besos y un abrazo. El tren enfiló mas bien que dirección Valladolid –Segovia, vía del séptimo cielo.
Tampoco mejoró la situación en los años sucesivos, al emprender el novio la aventura de los Estudios de Letras, asentándose durante unos años en Salamanca. Y si no quieres caldo…nuestro estudiante consiguió el último año de carrera un trabajito en Franktfurt: ¡corrector? de español del “Manual de Instrucciones de la AEG”. Aunque, en este caso encaja como anillo al dedo el dicho de que no hay mal que por bien no venga. Terminada la carrera, Frankfurt, salvavidas permanente en mis andanadas, me brindaba una tabla de salvación redentora : una plaza oficial por un año como asistente de español en la Götheschule frankfurtense. La ciudad del Main, cuna de Goethe, se convertiría en etapa reina de nuestro noviazgo, con final de etapa en la Iglesia del Carmen de Salamanca.
Pero este relato resultaría monótono y carente de interés sin la narración de algunas de las aventurillas, hazañas o desventuras testimoniales del entreacto, con ribetes de sainete, en esta humana tragicomedia.
Viajes sobre cuatro patas
Cruzábamos el pueblo erguidos y majestuosos como el espejo-plaza sale al coso taurino. Radiantes de alegría, por la empinada cuesta del camino de Torrecilla, dejábamos atrás las últimas casas de Carrascal. Alcanzábamos, soñadores y canturreando, una pequeña altiplanicie de cereales que engarzaba con los encinares de las próximas dehesas, desde donde disfrutábamos de una amplia panorámica. En la lejanía los poblados de Almenara y Juzbado. Caballo y caballero disfrutando campiñas vírgenes despobladas. Silencios y soledades. Acompañantes de excepción el murmullo de un arroyuelo o el trino de algún pajarillo. El viaje de vuelta de Palacios era agradable y placentero en unos casos, penoso y aterrador en otros. Dependía de las estaciones del año. En verano -casi a media noche- con temperatura tibia, la luna y las estrellas, fieles luminarias, en lo alto y el espectáculo insuperable del estival cielo castellano: las nubes y la luna jugando al escondite, todo era silencio y paz en los encinares de las dehesas. Acompañado del recuerdo de las dulces vivencias y sentimientos amorosos, los obstáculos eran minúsculos. La odisea comenzaba y se agrandaba en las eternas, oscuras, borrascosas y gélidas noches del invierno de la meseta. Mientras cabalgaba, embozado en una manta hasta las orejas, siempre sigiloso, presa del miedo, mi fantasía galopaba enfermiza intuyendo escenas trágicas de sagas truculentas de ladrones, forajidos y salteadores de caminos. A veces entretejía monstruos en las nubes que pasaban, tras los troncos y sombras de las umbrosas encinas.
A continuación relataré alguno de estos memorables episodios, parodia de aquellos asaltos cinematográficos a las diligencias en los cañones del Colorado. 
Que parece un cuento de “salteadores y cuatreros”
La primera de estas escenas de fantasmas y ladrones ocurría en una estrecha calleja, superada la dehesa de Espino. Camino de San Pelayo. El camino de carros se estrechaba al cruzar unos cercados semiabandonados, bordeados de tupidos y añosos zarzales, y tapizado de pedruscos y peñascos desgastados por el uso y el tiempo. Las sagas populares calificaban el lugar de escenario de asaltos y robos a transeúntes y cabalgaduras. El cuadro en mi fantasía era surrealista: los ladrones, escondidos entre la maleza cortaban el camino con una gruesa soga, sujetaban y se llevaban el caballo, robaban amordazaban y maniataban al indefenso inocente y lo dejaban tendido y abandonado al amparo de la noche y la oscuridad. Había una comunicación tácita entre jinete y cabalgadura. No precisaba ni movimientos ni palabras. Mi caballo, a través del contacto de mis piernas con su piel, adivinaba mis fantasías y sensaciones. Presagiaba el peligro a media legua de distancia. Con resoplidos, cabeceos y orejas empinadas anunciaba el comienzo de la movida. Veloz emprendía un galope, soltando literalmente chispas con sus herraduras sobre los peñascos y pedruscos, ininterrumpido hasta sentir que el amo había recuperado la tranquilidad y calma.
Fantasmas en la oscuridad
“¡Mi jaca galopa y corta el viento!"
Otra historieta, con más ribetes de fantástica, pero que fue realidad, aunque no lo parezca. Escenario totalmente contrapuesto al anterior: fértil meseta entre San Pelayo y Juzbado. Llanura de barbechos y sembrados. Horizontes lejanos a la luz del día. Ni un solo árbol que lo ensombreciera. Azotada por las borrascas de poniente y el cierzo burgalés norteño. El frío y la oscuridad señorío de la noche. En la estación más fría del año. Entre Navidad y Reyes. Noche oscura como boca de lobo. Hora alta y temperatura muy baja. Embozado, como siempre, hasta la coronilla cabalgaba el novio luchando entre los consabidos miedos y los dulces y hermosos pensamientos del paseo y la compañía de la novia. Adormilado con el sopor y el recuerdo perpetuado con el perfume de la amada. El caballo llevaba algún tiempo mostrando signos de alarma: continuos resoplidos y orejas empinadas. De repente, a dos pasos de su hocico, dos lucecillas como luciérnagas a destiempo y dos bultos inmóviles emergen, cual estatuas fantasmagóricas, mudas cortando el paso del camino. Alarmado y sin aliento, instintivamente tiré de la rienda derecha del freno y el caballo, bruscamente, hizo un giro galopando dificultosamente por los barbechos encharcados hundiéndose peligrosamente hasta la barriga. Cuando el instinto del animal se sintió alejado del peligro, retornó sereno y triunfador, embadurnado hasta los estribos, al camino de regreso con un trote tranquilo y consolador. El pánico había desaparecido.
En la lejanía aparecían, mortecinas y aliviadoras, las luces de las primeras casas de Juzbado. El jinete recuperó el aliento y a media voz, canturreaba: “¡Mi jaca galopa y corta el viento!” Anhelantes cruzamos el río respirando profundo y hondo al pisar tierra conocida en el caserío de La Narra. Nunca nada más se supo de aquellos dos “bandidos” fantasmagóricos en una cerrada y tenebrosa noche invernal de meseta castellana. La interpretación más cercana a la realidad afirma que la tal aparición pudo muy bien tratarse del habitual regreso a su puesto de trabajo, de una cansina pareja de criados o jornaleros, fumadores en acción.
Viajes sobre 2 ruedas
Los viajes “a ver la novia” en bicicleta, o sobre dos ruedas, no siempre marchaban sobre las susodichas. La comodidad y compañía del cuatro-patas eran insuperables. Por añadidura, el moderno medio de locomoción de la “bici”se encontraba todavía en vías de desarrollo. Nuestra bicicleta -la de mi hermano y la mía- carecía de marca, como si hubiera sido fabricada en Taiwan. Su procedencia era desconocida. No era una BH. Los frenos raramente funcionaban a la par. Cuando no fallaba el manillar o el cable de uno, faltaba alguna de las zapatas del otro. Casi siempre había que recurrir al zapato o la alpargata como último recurso. Gracias que no existían los guardabarros como podrá ver el lector en la foto del “novio ciclista”. Los pinchazos también estaban a la orden del día. Y raro era el viaje que por hache o por pe no había que cambiar los papeles: el señor por el siervo, el sillín por la espalda. El cazador era cazado. Cuando no reventaba la llanta lo hacia el neumático. La bomba del aire sufría la sobrecarga y no funcionaba cuando más se necesitaba. El parcheo de los pinchazos era técnica consabida. Un viaje sin avería era como pedir peras al olmo. 
Pero vayamos de una vez al grano y demos paso a algunas de las aventurillas sobre ruedas o con la bicicleta al hombro o de la mano. Si las odiseas ecuestres solían ser nocturnas, las de “bici”no diferenciaban entre el día y la noche: lo mismo podían fraguarse a pleno día, con el sol en el cenit, que con la luna en plenilunio. Una de las más memorables fue la de...
Las vacas bravas de Cañedo
La dehesa o alquería de Cañedo ocupaba el epicentro del recorrido. Había que cruzarla en su totalidad. De sur a norte o de norte a sur. Famosa hoy día por la polémica “nuclear de Juzbado”, lo era entonces por la ganadería de las vacas bravas. Situada en lo alto de una leve colina, como a doscientos metros del camino, la vigilaban unos perrazos, guardianes amedrentadores. Al más leve ruido en las cercanías, se desperezaban e iniciaban un concierto nocturno que hacía temblar hasta los luceros. Raras veces bajaban hasta el camino a saludar a mi caballo. La bicicleta, más silenciosa, pasaba con frecuencia desapercibida. No así las terroríficas pernoctadoras del camino: las moruchas o vacas bravas que tenían la malsana y peregrina costumbre de ir a dormir con sus pequeñitas crías en las finas y cálidas arenillas del transitado paraje. Al acercárseles el caballo-erguido e impasible- se levantaban sorprendidas, y veloces se alejaban dejando la vía expedita. Su reacción era totalmente diferente cuando se acercaba el novio-ciclista: se erguían raudas como una exhalación y se plantaban curiosonas y desafiantes a ambos lados del camino. El ciclista cerraba los ojos para evitar el alucinante espectáculo. El pánico no pasaba de susto mayúsculo. Sin embargo, la fantasía continuaba tejiendo y destejiendo escenas macabras dictadas por mentes populares, creadoras de sagas y leyendas.
Y bastan ya batallitas tan trasnochadas. Colorín colorado…¡nunca final de capítulo ha sido tan esperado!