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lunes, 2 de octubre de 2023

Al son de la Gaita y el Tamboril

"A cantar me ganarás
pero no a saber cantares,
que tengo un arca llena
y siete costales."

"La ciudad que te vio
por vez primera
el tambor de tu pueblo te repite."

"El día que tú naciste
nacieron todas las flores,
en la pila del bautismo
cantaron los ruiseñores."

Parodiando a mi adorado maestro Miguel Delibes en su primera gran novela La sombra del ciprés es alargada , "yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer…”, yo nací en un minúsculo y pobre pueblecito salmantino y entre los recuerdos más vivos y entrañables de mi niñez y adolescencia, que se metieron e mi alma nada más nacer, figuran los de la música popular: coplas y cantares populares, canciones de siempre, letras y melodías cantadas de generación en generación. Impresos en mi cerebro y guardados cuidadosamente en mi repertorio musical figuran los ecos alegres y festivos, primitivos y populares: coplas del castizo tamboril y de las populares  flauta o gaita castellanas en bailes y festejos de toda índole.

Fiestas de Carrascal en septiembre de 2016
De mi infancia, de la adolescencia y primera juventud, del gusto romántico por lo popular, la música capitaneaba primacía en rondas y verbenas, bodas y romerías y  celebraciones populares y familiares de todo tipo. Cual oro en paño en el archivo de mi memoria figuran canciones populares -principalmente castellanas- editadas (por citar algunos ejemplos) en varios tomos por Everest. Música que llegaba a nuestros oídos a través de la flauta y el tamboril en aquellos tiempos, casi seculares, en los que la luz eléctrica (y por tanto ni radio ni televisión) habían aparecido en los apartados poblados castellano-leoneses, perdidos e incomunicados por tierra, mar y aire. 

De la   niñez perviven vivas todavía en mi memoria las canciones patrioteriles cantadas diaria y obligatoriamente al final de la jornada escolar en todas las escuelas nacionales en aquellos "años triunfales” del incipiente franquismo: El ¡Viva España!, sustituido algunas tardes por el himno, igualmente oficializado, ¡Cara al sol! (Confieso “orgulloso” que aquel entusiasta cantor infantil ni presumió, ni vistió jamás la célebre “nueva camisa azul”).


Muchos fueron además -¡y continúan siéndolo- los factores y festejos causantes, a los que me siento vinculado como autor del presente capítulo. De resaltar fue -y continúa siéndolo- durante las anuales festivas y populares ferias septembrinas salmantinas el día del tamborilero en Salamanca. Tradición anual charra. Durante los festejos septembrinos las calles principales de la ciudad vibraban y bailaban al son de las flautas y tamboriles charros. 

La música popular es la que mejor refleja el espíritu rural tradicional. Música hoy bastante relegada y arrinconada en las fiestas populares por las ensordecedoras y monumentales orquestas en voga.  

Pero resucitada -¡y revivida!- en otros actos, como lo fue en el histórico Palacio del Infante Don Luis de Boadilla del Monte  el domingo 4 de junio a las 12:30 de la mañana: al son de la flauta y el tamboril, en el ciclo de Cultura tradicional en la España rural, por los músicos e intérpretes folkloristas D. Miguel Nava y Don Rafael Martín, cofundadores, profesores e investigadores en la Escuela de Müsica y Danza tradicionales en la Sierra Norte Entresierras.

"Canta, canta, guitarra
guitarra mía,
que tú siempre serás
toda mi vida." 

Recordando vivencias musicales populares, se entrecruzan los cables de los grandes profesores e intérpretes de hoy día y la vivencia musical de la pasada primavera, con las vivencias musicales de la infancia y juventud: la flauta popular y el tamboril de los tamborileros y dulzaineros de antaño.

Tres fueron los animadores con su gaita y tamboril de las fiestas y festejos: bodas, carnavales, romerías populares de aquellos pueblecitos del Tormes ledesmino: Almenara - La Vega de Tirados, Zarapicos y Juzbado -con San Pedro del Valle y “mi Carrascal” a la cabeza. Tres los ilustres tamborileros ¡solicitadísimos!: Pepe el de Almenara como el más sobresaliente. Y los tres aficionadillos a “la jarra de tintorro” -siempre a sus pies para enjuagar la flauta -: el señor Quintín de la Vega de Tirados, a cualquier día y hora a disposición de los mozos de Carrascal- quienes disfrutaban canturreando y bailoteando al ritmo singular de su peculiar flauta de la media docena de canciones de su repertorio.

Inolvidable su pasodoble:

"Tú me robaste las peras
tú caerás.
Tú me robaste las peras,
tú las pagarás.
¡Tralaarala larala! ¡Laralala! ¡Laralala!"

 También famoso era el canturreado vals:

"De la feria de Sevilla
he contraido una alianza
gargantilla de colores
y unos anillos de plata.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
No te mires en el río.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
¡Ojitos de mi querer!
¡Porque tengo Niña celos de…!"

 (Puedes escuchar esta canción cantada por Conchita Piquer en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=9XDG5tRBK4c)


Memorable también mi muy querido Sr. Florián, zapatero, gran pescador de barbos y vecino de mi abuela materna en San Pedro del Valle.  

A su recuerdo va dirigido este post.

domingo, 25 de julio de 2021

HAY PRESENTE SIN PASADO

Paisajes vividos y lugares desaparecidos

La historia de todas las ciudades, pueblos y lugares brindan páginas oscuras. Hojas borrosas o emborronadas. Incluso hasta tachadas. Y una de ellas es la de "mi pueblo". Del patrimonio de Carrascal de Velambélez han desaparecido con la restauración de su iglesia y la modernización de sus viviendas, asfaltado de sus calles y callejuelas, han desaparecido repito, o cambiado totalmente de destino o de existencia, lugares, parajes o espacios emblemáticos. Alguno de ellos paraíso habitat de infancia y primera juventud.Verbi gracia:

El empedrao y el juego pelota, el osario y el portalillo, el  potro y la fragua, la puente, los pontones y los charcos, el pozo y su encina - ¡la más grande, centenaria y señorial de todo el término! - el carcabón y las cárcabas, entre los más significativos.

Algunos de ellos perviven relegados y sin uso, como el cebonero, o cambiado de destino, como las eras de la señora Francisca y el señor Evaristo, hoy muestrario de modernos chalets ajardinados y... ¡ hasta con piscinas y pajarería! Otros han  desaparecidos con la llegada de la política agraria de la "concentración parcelaria", al tragarse el generalizado minifundio y llevándose consigo  la multipropiedad del monte: encinar y montanera sin parangón en los términos de la zona.

Y llegó la emigración, llevándose por delante fiestas, festejos y tradiciones seculares: las águedas y las rondas, las minifiestas del Patrocinio de San José, Santa Bárbara y Santa Águeda, los bailes de tamboril, los memorables "salones de baile", como el de la casa del señor Agustín con su gramola. E inolvidables los populares, campechanotes y "famosos" tamborileros: el señor Florián de San Pedro, el señor Quintín de La Vega de Tirados y Pepe el de Almenara. Los tres aficionados de primera a la jarra de tinto de la señora Casera... imprescindible para templar la flauta y que no podía faltar en el baile del juego pelota o en el del toral.

Perdónenme mis paisanos de hoy - y de ayer-  a quienes este capítulo les sonará a cuento de Maricastaña. Pero la nostalgia asciende hasta la veleta del campanario y el tañir de sus campanas...         

yo las amo, yo las oigo
como oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.

¡Cómo iba a pensar mi adorada Rosalía que... - "como los pájaros ellas" - con sus ecos y sus repiqueteos iban a calar tan profundo en el corazoncito de aquel chavaluco vecino que desde el corral de su casa las controlaba, mañana y tarde, pasando lista y revista a los pardales (gorriones), tordos (estorninos) y chirlos (vencejos) moradores de la torre y tejados de su iglesia!

... Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y en el cielo!
¡qué silencio en las iglesias!
¡qué tristeza entre los muertos! ...

Pero no era con ellas, las campanas y la torre. Ni con ellos: pájaros, fuentes y corderos, con los que pretendía poner punto final a esta larguísima serie de capítulos dedicados a "mi pueblo". La restauración de la iglesia y aledaños se llevó consigo dos "monumentos" que la "engrandecían" y circundaban:

Empedrao parcialmente conservado
tras la 1ª restauración
     
el "EMPEDRAO" en su fachada principal y el " JUEGO PELOTA" en su trasera septentrional. La iglesia se levantaba en una especie de plataforma empedrada con cantos rodados, conocida como "el empedrao", verdadera obra de arte secular, pues las piedrecitas continuaban firmes y fijas a lo largo de los años. Además de accesibilidad al templo, el enrollado servía en invierno de pista de atletismo, en las carreras con "chancas" - botas con pisos de madera y herraduras como las de las caballos confeccionadas por mi padre - que constituían las delicias de los chavales en sus atronadoras carrerillas infantiles.

El antiguo empedrao en la actualidad

No es  su valor deportivo, sin embargo, lo que quiero resaltar sino su valor urbanístico histórico, pues, cotejando la fecha de 1836 que registra y luce la fachada de la que fue casa del cura D. Salvador Rodríguez, hoy casa de Castor y anteriormente casa de mi niñez y adolescencia, con ley nacional de urbanismo de 1834 muy posiblemente ese "empedrao" de la iglesia -levantado  aproximadamente un metro sobre la calle Larga, y al que desde la casa cural se ascendía por rudimentaria escalinata, pudiera ser obra de esa fecha. Un servidor ni quita ni pone rey. ¡Que lo dictaminen los historiadores! 

EL JUEGO PELOTA era cuestión fácil de dilucidar. Aunque Carrascal no disponía de Frontón, del que presumía San Pedro del Valle, estrella monumental de la comarca, en algunas aldeas pequeñas castellanas, Carrascal y Zarapicos como ejemplo, denominábamos así al muro del Campanario, caso de Zarapicos o a la  mitad del muro septentrional de la iglesia, como ejemplo Carrascal, partido en dos por obra y gracia de no se sabe quien, y utilizado, a partir del buen tiempo, pues en invierno era intransitable barrizal, para la práctica de la "pelota vasca o juego pelota". A pesar de los pesares, y de las deficiencias, de él salió uno de los más sobresalientes "pelotaris"de la comarca, mi entrañable e inseparable Juanito Sánchez, quien con Angel Martín de San Pedro, también amigo, y el inolvidable y cordial Sindo de Juzbado formaban el trío pelotari de moda de aquellos lejanos tiempos.

PD: Con el homenaje a este trío de deportistas a la antigua usanza y con las presentes líneas solicito perdón y venia a la mayoría de mis blogueros lectores, por la pesadez de tan extensa apología - ¡cuatro capítulos! - a mi rediviva cuna.

martes, 13 de abril de 2021

No hay presente sin pasado II

Carrascal, pedanía histórica sin historia escrita

Carrascal de Velambélez es pedanía histórica salmantina, relegada y olvidada durante siglos, y sin memoria escrita testimonial - resucitada y rediviva a finales del siglo XX. Su singular topónimo - ¡antropónimo bandera! - sirve de ejemplo en esta España vacía repleta de arte e ilusiones.
Sin ánimo de erudición o historicismo profesional, este fiel hijo de "humilde, humildísimo y durante siglos relegado pueblo charro”, seducido y orgulloso del topónimo de su cuna, pretende en el presente capítulo aclarar orígenes medievales de esta hoy resplandeciente aldea castellana. Desaparecida o tachada en la historia de población y repoblación del alfoz de Ledesma, aparece por primera vez en 1838 en el catastro provincial salmantino del Marqués de la Ensenada como pedanía de San Pedro del Valle.

Iglesia de Carrascal antes de la restauración, 1986

Todavía malviviría relegada y olvidada otro largo siglo hasta que, a finales del XX (1985) resucita, gracias a su monumental iglesia - no por grande sino por valioso tesoro pictórico- y a la restauración que inició una joven entusiasta alcaldesa del municipio de San Pedro del Valle durante más de 16 años, Encarna Montejo, hija de “carrascalina”, y al entusiasmo de sus vecinos e hijos del pueblo - entre los que figura, orgullosa, mi familia. 



Inauguración de la iglesia restaurada, 1995
Después de una larga década de obras y descubrimientos murales valiosísimos, fue inaugurada en l995, a cuya inauguración tuvimos el honor - y la inmensa alegría - de ser invitados Palmira y un servidor, y que fue presidida - entre otras autoridades salmantinas - por la teniente alcalde de Salamanca Gracia Sánchez, cuyo padre Sebastián, también era hijo de Carrascal, y muy estimado por este bloguero, de adolescente y jovenzuelo, y que figura también en primera línea de la foto recordatorio del acto (incluir foto del acto)(resaltado también en la prensa local “El Adelanto” del 4 de septiembre de 1995): "Rehabilitación de diez años de trabajos en los que han participado activamente todos los vecinos - y gran parte de los hijos del pueblo dispersos por la geografía hispana - quienes han dejado un templo repleto de obras de arte todas las épocas". 


Turistas en Carrascal, joya turística, 2005 
Asentados ya en el siglo XXI, tomará las riendas del municipio un joven “carrascalino o carrascaleño” ¡tanto monta! - ¡algo impensable en la política de antaño, cuando este cronista era niño y joven, y el puesto de alcalde era siempre de un vecino de San Pedro! - Alberto Torres, quien de la iglesia y del pueblo ha hecho joya turística. Y en el incomunicado, relegado y ruinoso "carrascal", ha puesto la primera piedra en este siglo XXI - que yo calificaría como el del “Renacimiento”- nuevas viviendas y chalets. Y con la pericia y entusiasmo de su tío José Torres, brotó de entre ruinas un auténtico jardín de las delicias (v. foto cap. anterior), compitiendo con la esbeltez del campanario y la torre, con mis  adoradas campanas (también históricas - siglos XVI y XVII) y su repiqueteo, sueño de mi infancia y juventud. 

Perdón por tan extensa como sentimentaloide introducción. Simplemente quería resaltar y demostrar el origen y originalidad y autenticidad del nombre de “mi” pueblo - durante siglos auténtico “carrascal” - historia del topónimo-antropónimo Carrascal de Velambélez. Debo también subrayar su singularidad y rareza. Cuando a lo largo y ancho de mi caminar por variopintos derroteros, amigos o conocidos me preguntaban por mis orígenes, al oír el nombre de "Carrascal de Velambélez" exclamaban extrañados : "¡¡Y eso dónde cae?? ¡¡Qué apodo más raro!! Y rarísimo también lo debe encontrar el corrector automático… lo subraya ya en rojo como ortográficamente incorrecto en la primera línea de este capítulo. 

El topónimo "Carrascal de Velambélez”, tan genuino como rimbombante, es  topónimo y antropónimo a la par: “carrascal” = paraje o terreno poblado de encinas pequeñas o carrascos/as - es frecuente en toda la margen izquierda del Tormes, desde Carrascal de Barregas - oeste de Salamanca - hasta la frontera portuguesa: algún ejemplo más: Carrascal de Olmillos, Carrascalino - finca próxima a Golpejas - Carrascal de Pericalvo, Carrascal del Obispo... etc. Y en el antropónimo Velambélez puede detectarse claramente su correspondencia con los nombres peculiares del linaje o dignidad de sus  fundadores, pobladores o repobladores Los Vela y sus herederos los Vélez. En el afán de éstos - condes, obispos, conquistadores o señores -  de bautizar las tierras reconquistadas a los árabes y pobladas con francos, asturianos y leoneses con sus propios nombres, el Conde Don Vela de Aragón y Navarra no solo se contentó con prestarle su nombre a la fundación de Carrascal, en la margen izquierda del Tormes, próxima a las ya existentes Jusbado y Çarapicos (fundaciones del rey leonés Don Ramiro II, Fueros de Ledesma…) - sino que hasta la engrandeció donándola a uno de sus sucesores Vélez, hijo de Vela.

La fecha que suelen dar los afamados historiadores del medievo, los eminentes investigadores salmantinos J.L. Martín, A. Llorente Maldonado y Federico Onís para la repoblación de Salamanca es 1102. Y la toponimia - el nombre de los pueblos, “asentamientos del Tormes”, avanzadilla de toda la cristiandad occidental, demuestran el interés de los monarcas Ramiro II de León y Alfonso VI de Castilla y León en donaciones de propiedades a miembros de la aristocracia (v. Fueros leoneses de Zamora, Salamanca, Ledesma, Alba de Tormes). Ejemplo elocuente Carrascal de Velambélez, donación a los Vela. Mas... dejemos hablar a la historia: “En el tiempo que reinaba el rey don Alonso en Castilla que ganó a Toledo vino un hijo bastardo del rey de Aragón que llamaron Don Vela a lo servir…”.

La familia de los Vela fue un poderoso linaje de entronque visigodo o navarro aragonés poblador del valle de Ayala, fundador también de esta casa y linaje, enterrado en un monasterio alavés, y repoblador de la zona del Tormes entre Salamanca y Ledesma y de la población general de Salamanca. E inclusive decisiva y trascendental fue su aportación a la repoblación de Salamanca: "El infante Don Vela la reedificó y pobló ya que se encontraba desolada en razón a las continuas invasiones moras. Alfonso VI ordenó a su yerno Raimundo de Borgoña e hija doña Urraca, en la cual Don Vela prestó un gran servicio…”. Y seguimos citando: "Muerto el rey (+1109) accedió al trono en 1109 su hija Doña Urraca y Don Vela continuó al servicio de la reina, como lo había hecho con su padre...". E incluso muerto Don Raimundo en +1107, “Don Vela fue quien continuó con la reconstrucción y repoblación, según se ha dicho, desde 1107 hasta 1124, posible fecha de su muerte". (Relato aparecido en "Historias de Caballeros Andantes: nuestros ancestros medievales").

 

Pero este Bloguero continúa todavía disfrutando del encanto y singularidad de muchos de los microtopónimos de su pueblo antes de la concentración parcelaria a finales del pasado siglo. En mi desmemoriada memoria continúan todavía tintineando paisajes y terruños tan melódicos e inolvidables como: Las chiviteras, Las perenalas, Las cárcabas, El Carcabón, La antanica, La cueva, Las cruces etc., etc.

martes, 27 de octubre de 2020

Amigos de la Adolescencia y Primera Juventud : Amigos para siempre

En busca del tiempo perdido

Hay Amigos que dejaste, y de los que te alejaste, pero que nunca te olvidaron… ¡ni olvidaste! Precisamente éstos, Amigos de largo recorrido, mejor, de larga duración, arrinconados en el corazoncito de mi memoria, volvieron a encontrarse en la jubilación tras larguísimo interregno de más de medio siglo (1945-1996). Dispersos y dedicado cada uno a su correspondiente profesión. Estos eran amigos de los de “Antes de la guerra”, con la religión como denominador común. Este Blog sería papel mojado, memorias muertas, si no estuvieran impregnadas del afecto y cariño de quienes nunca me olvidaron. Mi vida ha estado siempre ligada a la vida de otros. 

Capitaneando esta serie figuran en el presente capítulo los Amigos de la adolescencia y primera juventud del Seminario. Aunque mi memoria no pasa de discreta, podría repetir con pelos y señales, es decir con nombres y dos apellidos, la lista completa que por orden alfabético reposa en mi archivo particular:
  


Manuel Almeida Cuesta 
Tomás Amores Dorado 
Manuel Cuesta Palomero 
Teodoro Curto Polo, etc., etc. 

Así hasta la veintena larga que quedó mermada en 2º de Filosofía con la deserción, antes del paso a la Teología, de un trío de amiguetes: Juan Martín Jacoba, Neftalí (Tali) Mulas Fernández y este bloguero.


A pesar del rumbo tan dispar que tomaron nuestras vidas, tras varias décadas de distanciamiento y olvido, una docena superviviente del grupo - cinco seglares y sietes eclesiásticos - volvieron a reencontrarse en el horizonte de la jubilación, gracias al entusiasmo, al don de gentes, vitalidad y personalidad de Manolo Cuesta Palomero, el más joven de la manada. Con su poderío organizativo supo localizar y reunir a los viejos amigos de antaño, dispersos por la geografía hispana, en los denominados "Encuentros Veraniegos": reunión anual vacacional, consistente en celebración litúrgica solemne en la iglesia del pueblo del amigo organizador y “banquete” fraternal en un restaurante de la comarca. Inolvidables sobremesas en las que la cordialidad, el buen humor y la jovialidad eran las dominantes. Reseñables y memorables fueron los siguientes encuentros:

  1. El de la comarca de Vitigudino. Organizador Andrés Fuentes, el intelectual del grupo, catedrático de la Ponti y párroco de San Martín. Progresista e innovador y popular por sus conflictos con las autoridades franquistas. En esta excursión se sumó al grupo Andrés Domínguez, de Añover de Tormes, quien, aunque ajeno al curso, fue admitido por su proximidad a los ledesminos y su contagiosa bondad y campechanía.
  2. El de Frades de la Sierra, pueblo natal del popular poeta charro-extremeño Gabriel y Galán y de nuestro amigo, poeta también, quijotesco por su figura y... “·santo”, Dámaso García. El apodo entrecomillado tenía su aquel. El bonachón de Dámaso, desahuciado en el sanatorio antituberculoso salmantino de Los Montalvos por tuberculosis doble, salvó, según propia confesión, gracias a un favor de la Virgen, como testimoniaron su fe, su vozarrón, y su ejemplar comportamiento. Afable y de fascinante espiritualidad, la primera felicitación navideña era todos los años la suya. Siempre acompañada de algún versito y alguna estampa de la Virgen.
  3. Estrenando siglo, el año dos mil le tocó en suerte al de la comarca de Peñaranda, según testimonia la presente foto de la eucaristía en la iglesia catedralicia peñarandina. 

    También aquí aparecieron - según testimonia la foto- dos compañeros desertores en tercero y cuarto curso: Jesús García Bernal y Teodoro Curto Polo, ambos virtuosos de la música. Jesús, (el 1º, de blanco, en la izda de la fila) tan humilde y cordial, sucedió a su padre, famoso compositor y director salmantino, en la dirección del Coro de la Universidad de Salamanca. (No perdonarían mi negligencia, la sobrina María José Herrero y el carísimo primo Benjamín Pedraz si no hiciese pública su participación en dicho coro). Con todo afecto fue también acogido Teodoro, detrás de Jesús, el mejor mozo del grupo sobresaliendo con Dámaso en el otro extremo. 
  4. Inolvidable también el "encuentro" organizado por el entrañable y humilde Daniel Martín de Gajates por la comarca de Alba de Tormes, visitando algunas de las mozárabes iglesias de la zona: Turra, Alaraz, Macotera, etc. En Alaraz recordamos al amigo y compañero Salvador Sánchez, hijo del pueblo, uno de los primeros fallecidos del curso y que más alto había ascendido, organista de la catedral de Ciudad Rodrigo. Daniel sería además el primero del grupo que nos abandonaría para siempre y cuya amistad trascendió más allá de lo estrictamente veraniego. En cierta ocasión nos invitó a Palmira y a mí a su casa familiar en Gajate y aprovechábamos la mínima oportunidad para vernos en Salamanca El festejo gastronómico tuvo lugar ese año en unas monjas de Alba. El mundo es un pañuelo: en una capillita madrileña de esta congregación en Moncloa celebrabamos con Patino la primera comunión de Lucila organizada, por unas monjas procedentes de la casa de Alba. 
  5. Motivación y peculiaridad registró nuestra excursión por Tierras de la Armuña. El pueblo elegido para nuestra celebración anual fue Villaverde de Guareña, patria chica de Eduardo Fernández Villaverde, como recuerdo y muestras de afecto al amigo, uno de mis compañeros más fieles y cercanos, fallecido de accidente, bañándose en el Mediterráneo. Su familia nos acompañó en la celebración litúrgica. Y su recuerdo empañó el Encuentro del año, pues, no recuerdo exactamente el lugar de la comida de ritual. Vagamente me viene a la memoria por lo irracional de la toponimia el pueblecito de Sieteiglesias, con su minúscula e insignificante iglesia. 
  6. Inolvidable fue el Encuentro organizado por el fidelísimo Manolo Almeida en su pueblo albense de Martinamor. El pueblo festivo asistió en masa a la solemne celebración numerosa jamás vista y oida con el coro “polifónico” del grupo, todos ellos cantores “de talla”. La comida tuvo lugar en el popular restaurante de Cuatro Calzadas en la carretera de Béjar. Local que se convertiría en lugar de encuentros familiares y de amigos. No puedo pasar por alto la multitudinaria y festiva celebración de las Bodas de Oro de los abuelitos María y Clemente. También Cuatro Calzadas fue inolvidable centro comunal de cenas vacacionales veraniegas de matrimonios vizcaínos y charros: hermanos, primos, amigos etc. No me resisto a enumerarlos por parejas y que el lector bloguero los ubique debidamente: Tina-Nacho, Dori-Pepe, Palmira -Manolo, Consuelín-Benjamín, la Tante-el Onkel y Boyero, hijo de la Vecina Veleña (perdón por tan discordante inciso. Y sigamos a lo nuestro). 
  7. Memorable - y último festejo amigable reseñable - fue el organizado por José Sánchez Vaquero en su pueblo, Horcajo Medianero y en el famoso santuario de todo. También en Horcajo celebramos el ágape organizado muy dignamente por José y su hermano mayor Acisclo. Ambos hermanos, cara y cruz de una moneda, se deshicieron en atenciones. Gordito, panchote y tranquilote Acisclo, y activo, influyente, innovador y profesor de la Ponti José. Formado en Roma fue un luchador por el ecumenismo, la unión de las iglesias. Todos los años organizaba congresos y celebraciones ortodoxas-romanas. La Virgen de Valdejimena el día de su romería, una de las más populares de la provincia salmantina. Solemne misa y procesión multitudinaria por el recinto de la ermita, con gradas y bancos.
  8. El año que estaba proyectado el Encuentro en Carrascal de Velambélez, organizado por este bloguero, en la recién restaurada iglesia monumental de “su” pueblo, con comida en un afamado restaurante de la Vega de Tirados, moría de infarto, inesperadamente, Manolo Cuesta, celebrando misa para excursionistas, en Canaa de Galilea, en el escenario de las famosas bodas que faltando el vino, tuvo lugar el famoso milagro de la conversión del agua en vino. Consecuentemente, con la desaparición de la cabeza, alma y corazón del grupo, y la muerte de Daniel, “la pandilla” fue mermando y debilitándose, estrechándose la amistad y frecuentándose los encuentros en Salamanca, ya reducido al trío de matrimonios Teodoro-Charo, Juanito M. Jacoba y esposa y Manuel José (como me llamaban mis compañeros)-Palmira. Con frecuencia acompañados, y nunca olvidados, del fidelísimo Almeida, quien incluso se acercó a “mi” Carrascal a bautizar a nuestro Martín. Vivencia solemne y festiva, amenizada por el polifónico coro familiar. Manolo Almeida fue el penúltimo fallecido del grupo. Por diversos conductos, y sin habernos enterado de su muerte, nos llegaron noticias de su funeral en la iglesia de la Purísima: multitudinaria despedida jamás vista. Los asistentes llenaban incluso las aceras del exterior de la monumental iglesia con las puertas abiertas. 
Al recuerdo, y al recordatorio para siempre, se sumaron también Juanito y Teodoro, ambos tras larga enfermedad. Hace cuatro y dos años respectivamente. El pequeño y vivaracho Juanito, gran tipo en todos los terrenos y registros. Muy religioso a pesar de la “deserción”. Profesional integuérrimo. Director, hasta su jubilación, del colegio público Francisco de Vitoria, al que dió prestigio y reconocimiento. Teodoro, el “mejor mozo” del curso, solamente estuvo tres o cuatro años en el seminario, los suficientes para que sobresaliera como niño de coro y sus excelentes dotes musicales. Suya y de Charo fue la última felicitación navideña del grupo. 

El último en dejarnos a Palmira y a mí, los dos más afortunados, fue Ovidio, ya confinado, y tras varios años de lucha contra el Alzheimer, se rumoreó que incluso hasta pudo ser de Coronavirus. Aunque frío y distante, siempre leal, nos unió siempre especial y recíproca estima como paisanos ledesminos ambos: él, natural de El Groo, uno más de los numerosos y minúsculos poblados charros vaciados, y yo del Carrascal vaciado en invierno y redivivo en verano.

Mas, este capítulo de Amistades singulares resucitadas estaría incompleto sin un breve recordatorio a uno de los amigos carismáticos del curso, el esperpéntico, pero entrañable, Talí. En una de las habituales y amenas sobremesas de nuestros Encuentros salió a colación la historia del pinturero y desaparecido Talí, Neftalí Mulas Fernández, uno más del grupito de desertores del curso. Paisano de Teodoro, ambos de Gomecello, eran como el día y la noche. Talí, con residencia y rumbo desconocidos, era cual Guadiana que aparece y desaparece. Solitario, vagabundo, divertido, inteligente... ¡poeta! Siempre con un taco de poesías en el bolsillo teniendo que tragarnos siempre alguna de ella quisieras o no, por las buenas o las malas: versos modernistas, revolucionarios, prosaicos... Dos veces apareció en mi camino tras años de silencio absoluto. Apariciones dignas de historiar y agradecer: 
  1. Residiendo este bloguero en Frankfurt desde hacía varios años, pero sin perderse vacaciones estivales en Palacios, moría repentinamente mi padre en Salamanca. Enterado Talí por la prensa de su fallecimiento, apareció en el velatorio en casa de mi hermana para darme el pésame... Abrazo amistoso... ¡memorable e impagable!
  2. Después de muchísimos años, asentado yo definitivamente en Madrid, apareció un día cualquiera, sorpresivamente, en la puerta de mi despacho de la Complutense extraño personaje casi irreconocible. Envejecido, envuelto en pelliza anticuada de antes de la guerra, solicitando ayuda para su doctorado. Era el inconfundible Talí, catedrático en un Instituto de 2ª  enseñanza madrileño. No faltaban las consabidas poesías en su bolsillo. Pero él no volvió a aparecer en nuestro entorno. Y no muchos años después llegaba la vaga noticia de su muerte. Noticia similar llegaba de los dos últimos sobrevivientes Juanito y Teodoro.
Y hete aquí que, sin pensarlo ni buscarlo, la afortunada pareja de Palmira-Manolo capitaneaban en solitario una edad en la que no se exige nada y en la que sobran tantas cosas. Bástenos Familia y Amistad - ambas con mayúscula - para ser felices. Felicidad a la que han contribuido los reencuentros con Amigos de los años de formación y juventud que, aunque desaparecidos durante años, reaparecidos al final, fueron los forjadores de una amistad que pervive agradecida en el recuerdo. 

martes, 10 de marzo de 2020

Una España más donde habita el recuerdo

La España vacía de mis duermevelas

Confieso que hay aficiones que ni con la edad decrecen. Un ejemplo más, el de este bloguero nonagenario, que acaba de disfrutar con la fascinante lectura/aventura de “La España vacía” de Sergio del Molino, viaje literario que suscribo y avalo con mi granito de arena y con mi optimista aportación a la ardua empresa de su reconquista y repoblación:
“La España vacía... es un frasco de las esencias. Aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha cerrado bien.”
Aunque esté herméticamente cerrado somos todavía muchos los que disfrutamos con las “esencias” memorables de un recorrido por caminos ancestrales de difícil catalogación. Continúo citando del mismo autor:
“La España vacía nunca estuvo llena. Incluso está menos vacía ahora que antes."
La España vacía es un cúmulo de enfrentamientos de muchos resentidos que inventan un pasado lleno de vida, de niños y de gente, como el de un servidor, uno más de los poquitos que quedamos, testigos-protagonistas de la historia de aquellos remotos, perdidos e incomunicados pueblecitos de la España hoy “casi vacía”, que conserva y ofrece perfumes a algunos de quienes “aún viviendo en el fango, lo hacían mirando a las estrellas” (Oscar Wilde). Los recuerdos, si yacen muy lejanos, se deforman y falsean... o idealizan. Todo depende de cómo haya sido la noche o cómo amanezca el día... siempre del color del cristal con que se miren. Otro periodista- prosista y poeta admirado, Antonio Lucas, ponía también el dedo en la llaga en una serie de reportajes en El Mundo: "Donde habita el olvido", excursiones veraniegas a pueblos “vacíos” , pueblos españoles . Pueblos de la España vacía, “que agotan su pulso o mantienen su hilo de existencia con la pleamar de unos pocos habitantes que aún resisten... y beben de las fuerzas que conserva el campo”... “Te llena el cuerpo de paz este espacio contrario a la misérrima estampa a la que se asocia la España vacía”... o la “España medieval”!

Yo viví la Edad Media” era el título de la novela que soñaba llevar a la imprenta mi predilecto primo Benjamín, Benjamín Pedraz, nacido, escolar y estudiante en la capital del Tormes, donde, de niño y adolescente, transcurría medio año soñando el otro medio con las vacaciones escolares veraniegas que, juntos, libres y a nuestro albedrío, disfrutábamos a nuestras anchas en el pueblo de nuestros abuelos, Zarapicos, “remanso de paz, verdor y frondosidad”, según este bloguero (Triángulo amoroso). Hoy uno más de los deshabitados y vacíos. El malhadado y maldito Alzheimer truncó tristemente los sueños de mi primo y su sueño escriturario quedó en agua de borrajas, que no en mi olvido.

Quien esto escribe suele hablar - y soñar, todavía emocionado - de la infancia y adolescencia, de los paisajes y correrías de aquellos niños que correteaban por las embarradas y empedradas calles, las lóbregas y tenebrosas callejuelas y callejones sin salida - caminos polvorientos en verano, lodazales en invierno - sin luz eléctrica ni agua corriente. Conviviendo con animales. Persiguiéndonos en las eras, el valle, los montes y el río, jugando al frontón con pelotas de trapo y al fútbol con balones de goma. Al aro y a la peonza. A las canicas. Y al escondite en habitáculos oscuros, ruinosos y semiolvidados, etc., etc.

En suma, viviendo la pobreza y la escasez. La desinformación y el aislamiento. Sin teléfono. Y por supuesto sin móviles. Sin radio, ni televisión. Navegando como se podía en la penuria de la guerra entre hermanos y la posguerra entre el hambre y la miseria. Una España rural numéricamente muy superior a la actualmente “vacía”. La “España medieval” de mi primo. España increible e incomprensiblemente llena. Escuelas e iglesias llenas, con frecuencia a rebosar. Conviviendo apiñados, en minúsculo hábitat, familias numerosas, animales y personas. Compartiendo, pared por medio... no siempre, alcobas y cocina con cuadras y pajares, gallineros y pocilgas.

Difícil deslindar, pasado y presente y valoraciones tan diversas. Incongruente comparar recuerdos y realidad. Volviendo la vista atrás, con ojos de niño y mente de anciano:

”No sé que tiene la aldea
donde vivo y donde muero…”
(Lope de Vega)
…”que sueño siempre con ella,
aunque esté lejos, muy lejos.”
(MJG)

Con los años y la distancia, la experiencia y los nuevos tiempos, uno ha aprendido a ver las cosas como son, en el contexto del momento y a valorar en su justiprecio la irreconocible transformación de la “actual España vacía” de infinidad de pueblos remozados y resucitados en ambas Castillas y León, Aragón, y otras tantas regiones del “mapa de piel de toro”.

La historia moderna de estos pueblos se escribe con lenguajes diferentes. La despoblación del campo es real. Sirvan de ejemplo las provincias salmantina y zamorana del noroeste español. Según recientes estadísticas casi un centenar de pueblos de la provincia de Salamanca no alcanza el centenar de habitantes. Aldeas que en su mayoría llegaron a sobrepasar el medio millar. Y la cifra continúa descendiendo. Sin embargo la alarma actual es consecuencia de un lentísimo, casi secular, proceso, en el que desarrollo económico y despoblación van de la mano.

La emigración masiva nació en la España franquista, que al abrir las puertas a Europa facilitó la emigración masiva de trabajadoras y trabajadores a la Alemania de la “Wiederaufbau, la del milagro alemán ”, la de la reconstrucción del viejo canciller Adenauer, la que viví durante mi estancia en Alemania.

Nacío en la España “medieval” de mi primo y propia: la España pobre de artesanos y trabajadores del campo que poblaban las aldeas, que cantaron los poetas campesinos como Gabriel y Galán :

“Mayorales, gañanes y renteros, 
Cabreros, pastores y porqueros,
Colones y yegueros,
Guardas y aperadores,
Montaraces, zagales y vaqueros…”
-----------------------
Esta tarde siento 
mortales tristezas.
La tarde está sorda
Sin ruido la aldea
Desierta la plaza
Cerrada la iglesia…
¡Qué sola está el alma!
¡Qué tristes las tristes memorias que dejan!
(Gabriel y Galán)


La vieja Castilla, Extremadura, Aragón... morían para dar paso a una “tierra de campos” nueva, a la industria y la emigración. “Moría - como lamentaría mi Delibes en su “Mi vida al aire libre”... “la siembra a voleo, el arado romano, los aldeanos con traje de pana - la trilla con yuntas, los carros hundidos en el barro hasta los cubos”, etc. Ello trajo consigo la liberación y redención de aquellas gentes.

De las ruinas, los escombros, la suciedad y la desaparición, oficializada, de los animales de los corrales, establos, cuadras y pocilgas a las obligatorias granjas alejadas del pueblo, han surgido nuevas viviendas y se han remozado y rejuvenecido las deterioradas. Nuevos frontones, plazoletas asfaltadas y ajardinadas, espacios verdes y de juegos para los niños y chalets de los hijos del pueblo residentes en la capital, o en las grandes urbes de Madrid, Bilbao o Barcelona. Incluso de las vecinas Valladolid, Zamora o Ávila.

Es cierto que en los largos meses de invierno de meseta las calles están tristes y desérticas y la mayoría de las casas cerradas a cal y canto. Incluso algunas blindadas para protegerlas de la lluvia y los raterillos, pero no están vacías. Están amuebladas y más confortables que en “la edad media”. Y el edificio de la escuela erguido y trasformado en centro social o en bar autoservicio. Las iglesias, la mayoría incluso con reminiscencias románicas, remozadas y rejuvenecidas. (Foto de la iglesia de Carrascal) resguardando orgullosas el tesoro de su historia y arte seculares.



En las ruinas de una de las casas del labrador más importante del pueblo y junto al campanario aparece todavía el fantasma de pasado convertido en el orgullo del pueblo, un jardín, obra, gracia y arte de uno de los hijos del pueblo. Son muchas y distintas las formas de percibir e interpretar la realidad.




“Los pueblos de interior beben de las fuerzas que conserva el campo.
Viven de recordar, viven de vivir” - (Antonio Lucas).

Es preciso conservar estas fuerzas. Aprender y “enseñar” a amarlas. A disfrutarlas.

“La mitad de la belleza depende del paisaje, la otra mitad de la persona que lo mira” (Hermann Hesse) .

De ello han dado testimonio y ejemplo poetas, escritores y cantores de todos los tiempos. Con los versos de dos de ellos ponemos punto final a este capítulo…entre nostalgias y esperanzas :

Amapolita morada
Del valle donde nací
Si no estás enamorada
Enamórate de mi”
(Octavio Paz)

“Vuelvo de mis anhelos trashumantes
Y se me hacen de plata todas las rutas,
De azafrán las carreteras, las retamas
Custodian mi camino a casa.
………………………………….
En ... “Castilla se rozan los cielos...
Abraza tu pueblo, abraza tu tierra”.
(Maribel Andrés Llamero)

“Volved” - En las Orillas del Saar (1884) - Rosalía de Castro.

De esto, lo otro y lo de más allá en el próximo capítulo!


jueves, 25 de febrero de 2016

Historietas que pasaron en el Río que no pasa

Las  sandías de la Noche de Ramos (Carrascal de Velambélez)

Para comprender y aceptar el siguiente episodio, se recomienda un saltito de lejano medio siglo en el pasado y compartir con el medieval poeta de Las Coplas el nostálgico verso de… “¡Cualquier tiempo pasado fue mejor!” Y una vez metidos en harina, el lector bloguero coincidirá también conmigo en que “Fiestas y Pasado se celebran también recordándolos”.
  
Tal perogrullada viene a cuento al rememorar y revivir la época de los “Melonares”. Aquellos tiempos en los que las orondas sandías y los ovalados melones, en forma de ídem, alegraban las marchitas y ocres campiñas castellanas, adornando con su verdor humedales y frescos “bajos” de barbechos y besanas. Y, una más de las paradojas de la vida y de la toponimia, invención de hablantes y lingüistas, nominábanse antaño melonares a ese terrenito familiar que con frecuencia solo ofrecía sandías y calabazas. ¡Otro ejemplo más de machismo en el lenguaje!
 
Lo que sí es cierto es que el “melonar” era en los pueblos castellanos, terruño de presunción. Cuanto más potente el terrateniente, más grande era el melonar. Y más las oportunidades que tenía el dueño de alardear de amigos, caseros y foráneos, al invitarlos a “calar” y degustar las sandías que fueran necesarias. Palmira recuerda, todavía con agrado, el paseo e invitación veraniega al melonar de una amiga  de Palacinos como una solemnidad y un acto social honorífico por parte de los anfitriones.

También era frecuente en noches de ronda o corroblas veraniegas, el asalto de los mozos a melonares propicios al jolgorio. Precisamente una de esas aventurillas juveniles fue la siguiente odisea con las sandías como protagonistas:

Fecha de actos: la víspera de la Fiesta Grande de Carrascal. La fiesta de la Virgen de Septiembre, Nuestra Señora del Castillo, primer domingo de dicho mes. El río, una vez más, escenario y plataforma de nuestra juerga juvenil.

Bien conocida es por mis inolvidados y queridos lectores de pueblo - mejor incluso por mis jóvenes lectoras - la tradicional “puesta de ramos” a las mozas en la madrugada del día de las grandes fiestas. Las rejas de la ventana de novias, amigas o vecinas, amanecían engalanadas con ramas - apodadas ramos - del árbol más común en la zona, el clásico chopo: “el galgo solitario” de la meseta, que diría Marañón. Con frecuencia,  dicha corta solía acabar con polémica. Los enamorados no solían ser expertos taladores y convertían en vandálica la ancestral tradición provocando el enfado de dueños de choperas no muy contemporizadores.

Los mozos de Carrascal no solíamos tener obstáculo ninguno en este sentido. El único problema era la distancia. Había que caminar una media horita hasta alcanzar la chopera de La Narra, en la margen izquierda del Tormes. Esta chopera, repetidas veces coprotagonista en “Mi Río…” era una arboleda excepcional. Los centenares de chopos, algunos de gigantescas copas, de robustos, enhiestos y esbeltos troncos, pertenecían al dueño de la finca. Un tal Gabino Martín, solterón, tranquilote y bonachón, el pariente rico de los Martines del pueblo, quien no ponía reparos a nuestras barbaries.

Una vez realizada la salvaje e inexperta tala de los ramos entre cánticos y algarabías, y con incesantes “pases de la bota”, se le encendió una lucecita a uno de los concurrentes: si mal no recuerdo, autor de tan feliz idea fue Nicolás, o su hermano Isaac, conocedores del otro lado del río por circunstancias que desconozco.

Ilustración de Andrés Martín, nieto del octogenario bloguero
-¿Por qué no vamos a por unas sandías a un melonar de “Juzbao” que yo conozco? - insinuó uno de ellos.
La genial propuesta fue aprobada entusiásticamente por unanimidad. Surgió, sin embargo, una muralla difícil de expugnar: ¡La mayoría de los rondadores no sabía nadar! ¡Para alcanzar el melonar, ubicado en la otra orilla del río, en la fértil vega de Juzbado, era preciso cruzar una estrecha franja de río reservada para nadadores: aguas remansadas y profundas de la orilla de la chopera. Un quinteto de ellos - el cuarteto de la joven generación nadadora -: Manolo, Juanito, Oni y Toño Torres - tal vez también el todavía imberbe Francisco - secundados por los principiantes Fili y Nicolás como vigilantes, realizamos la proeza sin problema alguno.

A la pálida y tenue lucecita de la luna menguante descollaban tentadoras, sobre el oscuro verdor del emparrado, las orondas sandías. ¡De todos los tamaños! ¡Y de todas las tonalidades!: Verdosas y amarillentas según la variedad. El saqueo fue prudencial: rápido y limitado, sin pataleos ni destrozos. Cada nadador disponía solamente de sus remos como vehículo de transporte: ¡las manos y los brazos! Una piececita por barba era la cifra permitida, pues un brazo tenía que servir de remo.

Con gran alborozo, y no menor alboroto, se recibió a los heroicos exploradores. Pero como “el miedo guarda viñas”, no quisimos ver repetida la conocida tragicomedia de los “Melocotones del Taponero” y veloces pusimos los pies en polvorosa.

Cargados de ramos y sandías, alcanzado el monte, hicimos un alto en el camino para tomar un respiro y degustar unas rajitas de las frescas, jugosas y coloraditas sandías. He olvidado señalar que el grupito de rondadores no sobrepasaba la docena, con lo cual el banquete fue regio al tocar a media sandía por barba. También hay que reseñar que el episodio de las sandías y el festejo de los Ramos, terminó felizmente, cuando “la del alba sería!”…

Rompiendo el silencio de la noche con desafinadas voces y algarabía resonaban las canciones populares- entre las que no podía faltar la conocidísima ronda:

Levántate morenita, levántate resalada.
Levántate morenita 
que ya viene la mañana, levántate.
¡ Qué ya es de día, que ya se ve!
¡Qué ya es la hora de venirte a ver!

Arrastrando los polvorientos ramos y a trompicones, provocados por el excesivo empinar la bota, adornamos rejas de ventanas y puertas de soñadoras dulcineas. Y cuando el lucero del alba anunciaba el nuevo día, los intrépidos y fatigados rondadores se dispersaron en busca de la almohada para descansar lo poquito habitual en esos festejos.

Afortunadamente ha tardado mucho - ¡muchiiií…simo tiempo! - ¡como que ya no existe el melonar y el delito ha prescrito! - en salir a luz pública la juvenil y festiva aventurilla de “Las sandías de la Noche de Ramos”, con lo cual, supervivientes y herederos pueden dormir tranquilos para placidez y regocijo de unos y otros.

viernes, 16 de octubre de 2015

Historietas que pasaron en el río que no pasa

IV -  El vado que no era tal o… dos jinetes suicidas

Permítame el lector no muy versado en terminología hidrológica aclarar que los desaparecidos vados en las corrientes fluviales eran, según definición del diccionario de autoridades (RAE): “Paraje de un río con fondo firme, llano y poco profundo, por donde se puede pasar andando, cabalgando o en carruaje”. Yo me atrevo a puntualizar y completar la académica definición. Lo de “llano” es un decir. Porque los tres por mí con frecuencia transitados - el de Almenara, el de la Narra o Juzbado y el del Puerto o Florida de Liébana - eran pedregales a veces rocosos, siempre resbaladizos, tapizados de rollos y pedruscos. Además de “andando, cabalgando o en carruaje” se podía pasar con bicicleta al hombro. En todos los casos siempre sorteando piedras musgosas resbaladizas y espantando ranas y andarríos.

El vado escenario de la siguiente narración fue el segundo de los registrados. La incipiente primavera solamente figuraba en el calendario. Las aguas del Tormes bajaban turbias y crecidas. El vado fue un espejismo. Como en otras tantas ocasiones la distancia de los acontecimientos los distorsiona y dramatiza. Sin embargo, esta vez la travesía fue seria y de verdad. Los testigos presenciales, parapetados en los altos acantilados del horizonte de “Juzbao”, continúan haciéndose cruces ante el espectáculo de un caballito andaluz, con dos jinetes al lomo, cruzando el caudaloso vado desaparecido por la crecida de las tumultuosas aguas de un temporal.

El vado que no era tal (Ilustrado por Iribú,
http://iribuilustracion.blogspot.com.es/)
 Las previsiones fueron  engañosas. Jinetes y cabalgadura calcularon mal la dimensión y profundidad del vado. Las aguas superficiales se tornaron aguas profundas. Tal vez nos desviamos de la ruta habitual de carros y ganado. O la corriente fue arrastrando al caballo río abajo hasta  perder sus pezuñas base firme. Nadando y luchando contra el furor de las aguas consiguió alcanzar la anhelada orilla. El jinete de paquete, encogido en las ancas del caballo, con los zapatos domingueros en la mano para salvarlos de la quema, a duras penas  pudo salvarse del baño parcial, del que no se vio libre el jockey de las riendas quien acabó empapado hasta las rodillas.


Superado finalmente el trance, enfilamos el sendero que ascendía al pueblo. En el cercano horizonte, la silueta de las escarpadas peñas y los tejados de las primeras casas. Los incrédulos espectadores, estupefactos ante tan magna imprudencia, nos recibieron alborozados, aunque reprochándonos tamaña imprudencia. Todos ensalzando la bravura del caballito en su lucha contra la caudalosa corriente.

Después de tanto suspense, más de un lector estará intrigado por conocer la autoría de los dos jinetes suicidas. Pues, ni más ni menos que el caballero que llevaba a las ancas de su caballo a un joven - emulando al Jariche de la canción charra (“Jariche se la llevaba a las ancas del caballo”) era el padre del novio del cap. X, que iba a ver a su novia a Palacios del Arzobispo.

Después de trascurridos tantos años del acontecimiento, y de que el Tormes  haya transportado caudales y más caudales de agua al Océano, no recuerdo ni lo más mínimo de circunstancias posteriores pormenorizadas del viaje. Suposiciones me llevan a pensar que los hechos acaecieron en mis años de estudiante universitario, y que mi padre - pasado el río a caballo - me acercaría hasta San Pelayo, para yo continuar a pie el viaje hasta Palacios. Probablemente él regresaría a casa por el puente de Los Baños, evitando el consabido y peligroso vado. El coprotagonista de la hazaña pernoctaría en Palacios para, al día siguiente, viajar en el coche de línea a Salamanca.

El dichoso vado, tantas veces cruzado, pervive en mi memoria a pesar de la distancia temporal, aunque haya sido borrado de la geografía fluvial con la moderna creación de pantanos, acequias y canales de regadío. Retratado en sus aguas me veo todavía  atravesándolo descalzo, con alpargatas o sandalias de la mano, o con la bicicleta al hombro, salvando los resbalones  entre las pizarras, piedras y verdecinas ovas. Ya nadie puede escuchar el rumoroso torrente de la cascada de las ruinosas - casi hoy desaparecidas, presas, pesqueras y aceñas que lo configuraban - en las serenas mañanas de primavera al levantar la niebla. ¡Qué espectáculo tan lejano y añorado! Sus aguas pasan ahora de largo olvidadizas, sin remanso alguno o piélagos en los que recrearse y detenerse para alimentar las aceñas o molinos o regar las huertas y  pastizales de sus vegas y riberas hoy patrimonio de los extensos  maizales fruto de las canalizaciones fluviales.
¡“El Río de mi vida” convertido en otro río! Pero nunca en  “El río del olvido”, como Julio Llamazares bautizara el suyo en una novelita maestra de excepcional belleza.

“La importancia que se les da a cosas y actos insignificantes acaba volviéndolos importantes y seductores al recordarlos”. (MJG)


viernes, 6 de febrero de 2015

EL RIO DE MI VIDA (III)

(Historietas que pasaron en el Río que no pasa)
“Las aguas como los años pasan, pero el Río y los Recuerdos quedan”. (MJG)

Los amargos melocotones del "Taponero"

El día de hechos debió coincidir con una soleada y apacible mañana otoñal de finales de un septiembre cualquiera de hace muchos, ¡muchísimos… años! Cuando los pimientos y tomates maduraban a docenas coloreando la huerta y la fruta tardía, manzanas, membrillos y melocotones, amarilleaba tentadora. Juanito, el “socio” inseparable y el narrador de la pillería, mozalbetes en ciernes, caminaban canturreando por el polvoriento camino del Río y con la típica herrada de cinc al brazo, hacia el “cantero” del herrero en  la huerta de Santibáñez en busca de hortalizas y verduras para el consumo familiar. Ejecutada la tarea y cumplida la recolección, de ritual era el inevitable y obligatorio saludo a la chopera de nuestro río, al Tormes de verde y frondosa orilla con gigantescos, esbeltos y umbrosos chopos. Las aguas, sin embargo, frescas ya a esas alturas, el verano superado, no invitaban ni al baño ni a la pesca. Pero lo que si inducía a la tentación, era un seductor melocotonero, al otro lado del río, atiborrado de amarillentos frutos que nada tenían que envidiar a las pecaminosas manzanas bíblicas de Eva.

Fotografía: http://frutifactoria.com/es/
El tentador arbolito incitaba a codiciado y suculento botín. Mas, para llegar al árbol prohibido había que cruzar el río y escalar un rústico muro de piedras y maleza, que servía de valla a la huerta primorosa del susodicho Taponero. Desconozco el origen y la motivación del apodo del propietario. Solamente sé que era un terrateniente de Juzbado: con monte propio, con medio término del pueblo como latifundio y con esta huerta así apodada, pequeño paraíso, envidia y dechado de las plantaciones hortícolas que alfombraban de verdor la margen derecha del río. Frondosos frutales de todas las especies: manzanos de reinetas con sus cargadas ramas abanicando el suelo, peras y ciruelas de todas clases, higueras y membrillos y… destacando sobre todos ellos, en el día señalado comenzando a amarillear, el seductor melocotonero del bien y del mal. Nada faltaba en aquel jardín de las tentaciones. Hasta… ¡hortelano particular! con casita residencia de verano, acompañado de familia y perros, todos ellos dedicados a la labor y cuidados de la huerta. A principios de otoño, sin embargo, avanzada la recolección de hortalizas, frutas y verduras, regresaba con su familia a la habitual vivienda del pueblo dejando desamparada y a la deriva a la niña de sus ojos.

El asalto a los melocotones era por tanto ocasión propicia y pintiparada. El silencio y la soledad enseñoreaban en toda la huerta. Cruzamos el estrecho y vado brazo de río de la pequeña isla. Nos abrimos paso entre las tupidas espadañas y la maraña de la maleza y trepando, con dificultad y los consiguientes arañazos, superada la rústica cerca de piedra  nos asentamos, triunfantes y complacidos, bajo las ramas del codiciado árbol del paraíso. ¡Pero no eran melocotones todo lo que relucía!

Con la primera pieza dorada en la mano no pudimos testificar su exquisitez. A dos pasos del árbol apareció entre el enramado el inesperado hortelano prorrumpiendo gritos y palabrotas ensordecedoras. Desde “hijos de perra” hasta el sinónimo “hijos de p…”, toda una retahíla de improperios aterradores vomitaba su boca de sapo. Mas, el lobo feroz no consiguió atrapar a los indefensos corderillos que mas que corrían volaban.   
 
"Correperdices y patas de galgo"
Con agilidad felina y pericia atlética, de un salto mortal cruzamos medio río. Cargados de pánico y susto, con los bolsos vacíos, conseguimos alcanzar la tranquilidad al sentirnos finalmente en nuestros dominios. Recogidos los bártulos, con la mercancía a cuestas, sosegados y apaciguados nos disponíamos ya a tomar el camino de regreso al pueblo cuando… ¡Oh horror! Inesperadamente, cruzado el río, apareció en la vega, como a unos cien pasos, el guardián de marras corriendo en nuestra persecución. ¡Infeliz de él!¡No sabía que tenía que vérselas con “correperdices” y patas de galgo.

Emprendiendo vertiginosa carrera hacia la espesura del monte, dejamos a nuestro perseguidor con dos palmos de narices en la lejanía de la llanura. Atajábamos tranquilos y relajados, entre encinas y carrascas, dirección al pueblo, cuando… ¡nuevamente que aparece en el monte el testarudo gendarme con aires de “sheriff!” justiciero! Yo, fatigado, con la carga de tomates, pimientos y cebollas a cuestas, opté por un quiebro a la derecha yendo a esconderme tras el robusto tronco de una frondosa encina. El tozudo individuo pasó a unos metros de mi escondite y  prosiguió persiguiendo a Juanito que tomó rumbo sur, hacia las rastrojeras de la explanada que enmarcaba el término de Zarapicos.
 
Por mi parte, recuperada la perdida respiración y alejado del peligro regresaba al pueblo por la Ladera, solitario y silencioso. Nervioso e intranquilo sufría en casa el paso de las horas sin que mi cómplice apareciese. Al fin, tras  largo y penoso interrogatorio tuve que confesar nuestro delito y la causa de la tardanza del compañero del tragicómico suceso.

Carrascal y el río Tormes al fondo, en la actualidad
Foto de Ricardo Melgar 
Afortunadamente y ¡a Dios gracias!, tras dos largas horas de suspense apareció mi Juanito, fatigado y asustadizo. La calma retornó al relatarnos con pelos y señales el insólito discurrir con “happy end” de la maratoniana carrera: la frustrada “Aventura de los Melocotones del Taponero” le había costado, “sin guisarlos ni probarlos”, la friolera de una forzada marcha contrarreloj, de unos cuantos kilómetros salvando rastrojeras, prados y barbechos, cruzando entre El Tejar y el teso El Águila, hasta alcanzar los primeros viñedos de Zarapicos. En la huerta del señor Pascual de San Pedro, compañero de fatigas en la “época de las uvas” y la recolección en aquellos parajes y a aquellas horas, encontró al padre salvador que, escuchada la odisea,  tranquilizó al sofocado y acalorado aparecido poniéndole una azada en sus manos y sembrando la paz en su ánimo con las siguientes palabras paternales: -”No te preocupes. Digo que eres hijo mío”. Pero no precisó revelar la astucia. Allá en la lejanía, abatido y derrotado, se vislumbraba la silueta del testarudo hortelano retornando cabizbajo y encorvado. ¡Al fin tiró  la toalla! Juanito respiró tranquilo. Sin probarlos ni aun olerlos- puso fin al postre de fruta más amargo de nuestra vida.
                                                                               
Y… “¡Colorín colorado…!
aunque cuento parecen
aventurillas de tiempos lejanos-
es consejo armonizar presente y pasado,
aprendiendo a compartir
amarguras y dulzuras
en exóticos platos”. (MJG)


La “aventurilla”, mil veces relatada y magnificada por ambos protagonistas, muy bien podía pasar a la historia titulada: “Entre pillos anda el juego”.