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domingo, 10 de octubre de 2021

Sentimientos otoñales: poder anímico estacional y circunstancial

Adormecido y apático. Cansino y cansado, sin saber qué hacer con mi tiempo. Inactivo y alicaído intentando superar pensamientos sombríos y recuerdos, se me ocurrió retomar el bolígrafo y el blog varios meses en paro, cuando… - perdone el bloguero lector este obligatorio inciso- cuando el teléfono tempranero nos trajo la triste -aunque esperada- noticia de Luisa Regalado: "Pepe ha muerto. Ha dejado de respirar después de una noche tranquila dormido".

Pepe Regalado formaba, con Palmira y Manolo, el trío familiar nonagenario puro y duro. Él, el más joven, con 92 tacos. ¿Qué más vamos a pedir?

Las familias González Herrero y Regalado Herrero, quizás por culpa de un servidor -asentado durante una larga década en Algorta después de su traslado de Alemania a la universidad vizcaína de Deusto-, han sido dos de las más estrechamente vinculadas. Pepe y su mujer Dori, quien nos dejó con su temprana muerte antes de alcanzar los 70, vinieron a Euskadi, aconsejados y guiados por Palmira y Manolo, asentándose en un principio en Ermua -donde Dori fue profesora y nacería Javi, el benjamín del "septeto", y Pepe  trabajando como encargado en Postes Nervión, empresa importante vizcaína y en localidad cuyo nombre no recuerdo. Seducidos y arrastrados por el tirón familiar, acabaron asentándose a orillas del Cantábrico, echando raíces en Berango y floreciendo también a nuestra vera en Algorta.

Fallecida Dori, trascurridos varios años de soledad, Pepe encontraría  alivio a  su viudez en Venezuela, en nuestra dulce y cariñosísima Zulay. De donde retornarían, tras varios años de estancia en el continente americano, para disfrutar el final de su senectud en Algorta, rodeados, en todo momento, del calor y compañía de todos sus Regalados.

Palacios sería -patria chica de Regalados, González y Herreros en todo tiempo, y... ¡ojalá! continúe siéndolo durante muchos año más- solar familiar veraniego: escenario óptimo de "Herreradas", encuentros deportivos, corales y culinarios.

Palmira y Manolo están orgullosos -¡recuerdo inolvidable!- de haber compartido mesa con Pepe y Zulay, y con nuestro ahijado Ramón, en Peñausende escasas semanas anteriores a su última despedida.

Pepe, charro por los cuatro costados, serrano de Linares de Riofrío, fue desde sus primeros años matrimoniales y a lo largo de su recorrido- principalmente en nuestras  estancias palaciegas, y desde su breve estancia en Santiz, el factotum  familiar: maestro-técnico, arregla-averías, chaperones y estropicios universales: fontanero, electricista, mecánico de coches, relojero, etc. etc.: recio, duro, como su hirsuta cabellera -íntegra hasta el final-. Lo mismo servía para un roto, que para un descosido. No había fechoría mecánica que se le resistiera. Incluso hasta en la cocina hacía sus pinitos y dejó su impronta: ¡los churros de Pepe para el desayuno gozaban de fama familiar interprovincial! Compitiendo con sus asados y pescados, sobresaliendo carpas y barbos que él mismo pescaba con su caña en el Tormes o el pantano de Cañedo.

Pero muestra de su pericia manual y mecánica sirvan de ejemplo -con la simple intención de aliviar nuestra tristeza, en estos primeros días sin su compañía- las siguientes fazañas: dos peripecias o correrías de entre las numerosas que disfrutamos ambos juntos en nuestra juventud:


Pepe Regalado relojero

Fecha de actos: una noche de un San Juan cualquiera. Pepe Regalado y Manolo González,  dos chulillos estudiantes salmantinos, viajaban "estiraos" -aunque sin un duro en el bolsillo- de la capital al pueblo a "ver la novia": dos de las "guapas" hijas del señor secretario, autoridad relevante de aldea en aquellos tiempos.

Concluido el "baile de la noche" -que antaño, siguiendo las estrictas normas morales de aquellos tiempos- comenzaba a las 10 y terminaba a las 12, la pareja de pardillos, después de unas copichuelas de Osborne con amiguetes en el bar de "tío José Manuel"- ¡nada que ver con el botellón de agora!- fueron a descansar las escasas horitas restantes al hotel gratuito de "cá Socorro", simpática y cordial parienta lejana, quien nos había reservado alcoba de lujo con mesilla y todo, despertador obligatorio. Artilugio y circunstancia pintiparada para que mi amigo "relojero" demostrase sus habilidades artesanales, pues el viejo artefacto no lograba marcar bien la hora.

La operación restauradora se extendía más de lo normal y nuestro dormilón Manolo desesperado , no pudiendo conciliar el sueño con la luz encendida, no cesaba de repetir:

-"¡Pepe, por favor! ¡Apaga la luz!"

Pero la luz continuaba impertérrita sin apagarse, y Pepe... erre que erre.

-"¡Ya voy! ¡Estoy terminando!"

Pero la operación no tenía fin. Todavía queda por saber a qué hora finalizó Pepe su laboriosa tarea. Solamente recuerdo con nitidez que el reloj marcaba las 7 en punto, cuando la pareja de "ilustres novios fiesteros" se desperezaba para a las 8 tomar el coche de línea que los devolviese a la capital.

 

Pepe Regalado automovilista pionero

El estudiante Pepe Regalado era un estudiante de "alcurnia". Su padre, contratista de carreteras, era dueño del primer "carro" particular familiar que figura en mi memoria. Un "cacharrillo" de los años de Maricastaña, que había que arrancar a manivela y empujar, con frecuencia, para que se pusiera en marcha: Una vez más la siguiente aventura como ejemplo. Marca, matrícula y demás pormenores técnicos para mí desconocidos. Pero suficientes para que su joven dueño presumiese de automóvil, cuando la simple bicicleta era todavía  lujo y categoría social.

Ocasión pintiparada para corroborar que cuanto antecede fue la excursioncita de Pepe con su bólido y otros dos amiguetes -Manolo uno del trío- por lindos pueblecitos serranos próximos a Linares, lindo e inolvidable. San Esteban de la Sierra, en el que, al ascender por una cuesta más empinada de lo normal, el vehículo de marras se declaró en huelga, o mejor dicho en paro, y nos costó Dios y ayuda  poner el rebelde motor en marcha. Pero no hay mal que por bien no venga: aprendí a manejar la manivela de un coche -orgulloso de ser precisamente el coche de Pepe Regalado y feliz de regresar contentos de la aventura a la capital.

¡Gracias Pepe! Sirva esta entrada de mi blog de despedida merecidísima por familia tan numerosa como cariñosa, jovial y animosa. Artística, musical y danzarina. Haciendo gala de tu apellido, han sabido convertir tu herencia en verdadero y valioso "Regalo".



¡Adiós, Pepe! ¡Hasta pronto! ¡Tu última -23 de agosto pasado- muda, leve y dulce sonrisa de despedida en Peñausende-, nos acompañará siempre!

jueves, 28 de febrero de 2019

El DICCIONARIO de la RAE está triste,


La ENCINA DE RUDI en Palacios está triste y …
… el BLOGUERO que este anuncio pregona también está triste

Y no sin razón alguna, pues... después de infame e interminable mes y medio en coma en un hospital canario, y sin opción de despedida, se nos marchaba para siempre, en este aciago final del 2018, “otro amigo del alma tan querido”, RUDI REIDINGER. Amigo de los de pura cepa. Amistad de profundas raíces germanas plantadas en Nesselwang (bello pueblo bávaro en las estribaciones de los Alpes, donde pasamos vacaciones inolvidables), que germinaron, brotaron y florecieron, hace de ello más de medio siglo, en la sin par villa marina vizcaína de Algorta.

Concretamente en la calle Kasune, donde llegó el matrimonio Ingrid-Rudi. Él para trabajar como profesor en el colegio alemán de Bilbao y ella modelo de simpatía, alegría y amistad. Se fraguó una amistad que pervive hasta nuestros días.

Tras varias estancias de Rudi en colegios alemanes, la última en Tenerife, su enamoramiento de España ascendió a tal grado que, agotadas las posibilidades reglamentarias de continuidad en colegios alemanes en el extranjero, optó por la jubilación anticipada sin sueldo y retirarse a su Tacoronte, acompañado de Antonia, nuestra siempre querida amiga y su vital apoyo en los últimos años. Siguiendo con él el consejo monacal frayluisiano: “¡Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido!“

Fiel siempre a sus principios: “si quieres vivir en paz con todos, vive en paz contigo mismo”, transcurrió el último tercio de su vida: tranquilo, sereno, conformista. De palabra, hábitos y formas sencillas y clásicas.

La imagen polifacética del Rudi auténtico, verdadero, cumplidor (la primera llamada telefónica de felicitación en santos y cumpleaños procedía de Canarias) permanecerá imborrable para siempre en nuestro internacional álbum de recuerdos.

En primera página, inmortalizada destaca la imagen de nuestro Rudi “homo humilis”, tumbado en su hamaca al sol de los Alpes, del Cantábrico, de las Islas Afortunadas o de Palacios (nuestro y su pueblo español), en sus primeros años acompañado de Ingrid y de los diablejos Eugen y Wolfi, viendo pasar las nubes, acompañado de buena música - clásica por supuesto - en la que con Ini eráis nuestro dúo dinámico favorito. Inolvidable en el recuerdo del viaje a Nesselwang ese concierto privado en vuestra casa acompañados de vuestros hijos al violín, Ingrid, como siempre, al piano. Tampoco olvidaré la pesca de truchas en un riachuelo de cristalinas aguas, deporte para mí desconocido. Junto con el horror de mi pituitaria al pescado, vi cómo mi amigo se deleitaba terminada la faena del anzuelo, limpiando habilidosamente las presas, convirtiéndolas en suculento manjar.

Y siempre con un vasito de “buen vino” al lado, tinto, Duero, Rioja o de Palacios, auténtico, sin falsificaciones, sabía paladear hasta la añada. Muestra dio de ello como catador en una bodega en Haro. En el yantar era experto en la materia. Empezando por la compra diaria familiar en la tienda o el mercado. Conocido cliente en el Mercado de Bilbao, en aquellos tiempos reserva exclusiva de mujeres, la presencia de un hombre en la cola de la carnicería, provocaba tal compasión en la clientela femenina que, gentilmente todas a una le cedían la vez.

Tampoco podía faltar la compañía de un buen libro abierto y un diccionario de consulta. El de la RAE (Real Academia Española) siempre a mano. Especialmente en nuestras tertulias y largas sobremesas, con frecuencia animadas con el infantil, aunque academicista “juego de palabras”: búsqueda de parentescos y raíces, significados y etimologías hispano-germánicas o greco-latinas a las que ambos éramos aficionadillos lingüistas.

No me olvidaré un 19 de marzo, un San José invernal, entre granizadas y gélido polar burgalés, plantamos algunos de los alcornoques y robles que acompañan hoy a “tu” encina, en lo que antaño fue erial castellano. Tu amor a la naturaleza y al campo me lo diste a conocer en ese viaje a los Pirineos al inicio de nuestra amistad. Además de enseñarme a pasar a Francia sin frontera por medio, me descubriste las bellezas de la España desconocida en aquel entonces, el hayedo de Irati y toda su fauna y flora.

El Diccionario de la RAE, empolvado y en desuso, no llorará - licencia lírica del bloguero - como tampoco lo hará tu encina. La Encina de Rudi, la reina de La Colina de Valmiguel entre las numerosas de su especie, regalo de valor sentimental incalculable. De ahí su apodo. Pero pervivirá, cual libro abierto, como ejemplo de tu amor a la Naturaleza y de tu cariño a nuestro pueblo y a nuestra tierra.

¡Servus, Rudi!

Palmira, Manolo y sus hijas, Palacios y La Colina de Valmiguel y Tu Encina te recordaremos y honraremos siempre como te mereces.

jueves, 28 de mayo de 2015

De ALGORTA a MAJADAHONDA y de DEUSTO a la COMPLUTENSE... ¡penúltimo traslado!

La hoja de ruta, como se dice ahora, o la trayectoria profesional y migratoria - como se ha dicho siempre - va llegando a su fin: rumbo meridional y salto definitivo. Finalmente el penúltimo tras media docena de tentativas. Punto final a la serie o retahíla de cambios y traslados que, según proverbio alemán, son peores que un fuego: "Lieber ein Feuer als ein Umzug". ¡Una brizna de andaluz tienen también los germanos!

Pues, aunque sea cierto que todo cambio conlleva riesgo y aventura, "¡no es tan fiero el león como lo pintan". Es verdad que la incertidumbre y alteración de costumbres y rutinas acarrean siempre rupturas. No se sabe si para bien o para mal. Si será ventajoso o perjudicial. Generalmente la esperanza y la ilusión superan esfuerzos e incomodidades.

Los jefes ya en su nuevo salón
Nuestro nuevo salto, el penúltimo (el último será el definitivo, para siempre, en solitario y sin retorno, en simple caja de madera) fue salto atlético: del Norte húmedo, verde y lluvioso al Centro, seco y continental. De la Algorta señorial y marítima a la Majadahonda, todavía entonces con herencias de poblado rural y campesino, transformado en ciudad dormitorio madrileño. De ser humilde población de 5.000 habitantes ha pasado a ser moderna urbe burguesa de 50.000, compitiendo con las vecinas residenciales de Pozuelo y Las Rozas.

El cambio fue brusco: cambio de clima, de paisaje, de vecindad, de trabajo… de circunstancias variadísimas. Supuso para padres e hijas cambio de aulas, de compañeros(as), de ritmo de vida y de trabajo: Palmira se reincorporaría a la docencia oficial – hoy apodada pública - pasando del Colegio Americano, privado, familiar e íntimo a propietaria definitiva y fija en Hoyo de Manzanares, tras un ligero paréntesis en Madrid y Villaviciosa de Odón. El cambio de aires siempre es sano. Y más todavía si, como en el caso de Palmira, su colegio estaba ubicado en las estribaciones del Guadarrama.

Olímpico fue el salto del "jefe": saltar de Deusto a la Complutense fue como pasar del día a la noche. De universidad privada, limitada y familiar, al campus universitario probablemente más amplio y multitudinario de Europa, rebasando ya entonces los cien mil estudiantes, con diversidad y variedad ingente de Facultades y Escuelas Superiores, multitud de colegios mayores, amplias zonas deportivas y ajardinadas… y una Facultad de Filosofía y Letras con múltiples especialidades, sus correspondientes departamentos y cuantiosa dotación profesoral.

La elección de lugar de residencia y cambio de piso fue proceso lento y laborioso. Pero bien planificado. Primeramente había que vender el piso de Kasune, dosificar ahorros y sopesar presupuestos, compaginar la venta en Algorta y la compra en Madrid. El primer capítulo debió resultar fácil y satisfactorio, pues en el desván de mi memoria no aparece referencia alguna financiera al caso. La segunda parte fue más lenta y costosa en el doble sentido de este adjetivo último. Se trataba de traslado diferente y definitivo de una pequeña población residencial a la metrópoli del país, con distancias, tráfico y costes endiablados. 


Una vez alojado y asentado en un colegio mayor del campus, próximo a la Facultad de Filosofía y Letras, y familiarizado con el trabajo en la Universidad, inicié mis correrías inmobiliarias. Acostumbrado a vivir siempre distanciado de la urbe, tanto en Frankfurt como en Bilbao, Madrid capital quedó descartada desde un principio. Asesorado por compañeros residentes en Majadahonda y conocedores de la problemática, tras visita a numerosas urbanizaciones del norte y noroeste madrileños este pequeño pueblo del NO fue el predestinado. A su favor contaba su ubicación. La cercanía y fácil acceso a la A6, carretera de La Coruña, propiciaba el cómodo desplazamiento diario a la Complutense – exenta todavía de los torturadores atascos matinales de hoy día- y acortaba y facilitaba las soñadas idas y venidas a la patria chica, a la “Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella” y vacacionar y sestear en la Colina de Valmiguel.

Y pronto logré conquistarme amistad y afecto
de alumnas y compañeros
La partida fue espaciada y bien programada, por Palmira en un ala y yo en la otra. Aunque el primer paso en lo profesional fue duro y costoso. Había que redoblar esfuerzos, horas de estudio y dedicación. Más de medio curso, de enero a junio, compaginando y alternando Complutense y Deusto. Convaleciente todavía de una larga estancia hospitalaria en Basurto, debutaba en enero en la Complutense, residiendo parte de la semana en Madrid y regresando en tren a Bilbao los viernes por la tarde para impartir los sábados un curso de doctorado en Deusto. La convivencia diaria plena con estudiantes rejuveneció y suavizó mi programa. Inolvidables los paseos nocturnos tras la cena con jóvenes amigos filosofando y polemizando, y los campeonatos de tenis en las canchas del colegio. 

Cena familiar con el abuelito presidiendo
En este episodio familiar resta un capítulo por reseñar, el del nuevo rumbo y despedida de Algorta de nuestras hijas, ambos muy tomados en consideración por tratarse de decisión trascendental: Lucila, la pequeñita, no planteaba problema alguno, ligada como estaba todavía al regazo materno continuaba acompañando a su la mama en su nuevo colegio. Pero nuestras hijas mayores, comenzaban a enraizar y encariñarse con pandillas de amigas(os) del Puerto Viejo de Algorta.

Antje, al no estar reconocida de pleno la universidad de Deusto, tuvo que convalidar y repetir algunas de las asignaturas de 1º de Filosofía y Letras aprobado en Bilbao. Emma preparaba el ingreso en Bellas Artes. Eso sí, en Madrid disponía de más academias privadas especializadas para preparación del examen… y Blancaluz remataba bachillerato en Pozuelo, el único Instituto de Enseñanza Secundaria de la zona por aquellos años. Todas tuvieron la felicísima fortuna de disponer de este Bloguero como chófer particular y compañero de viaje, sincronizando viajes e itinerarios de estudios con mi ruta al trabajo en Complutense, añadiendo idas y venidas a Pozuelo o Moncloa.

Mi Deusto y nuestra Algorta, y mi Complutense, proseguirán siendo míos en el recuerdo y en la infinidad de fotos que los mantiene nítidos y próximos. Esto de los recuerdos es un regalo con el que disfrutamos al resucitarlos. 

Pero también pueden reabrir heridas que considerábamos restañadas. Recién asentados en Majadahonda y antes de estrenar curso, a principios de septiembre de 1976 moría la abuela María, la madre de Palmira, sin ver - ¡aplazando el viaje por su enfermedad!- cumplido el sueño de venir a Majadahonda a conocer el nuevo piso de sus hijos, de los que tanto presumía.

Y para terminar, y puestos a filosofar, debo anunciaros que mi último traslado, como narrador de este blog, no tendré energía para escribirlo. Y también informar que el blog cambiará en menos de un año de título, ya que al octogenario le restan meses para cambiar de década y de octogenario pasará a… ¡nonagenario! Eso sí, igual de romántico y de afortunado.

martes, 19 de mayo de 2015

ALGORTA: Misterio, Acierto y Compensación


Comenzaré por desentrañar el “misterio” del capítulo para acallar la sospecha de título tan sorprendente. “El misterio” se desencadenó en Archanda y quedó perfectamente aclarado una mañana de un enero cualquiera de l969 en una clínica particular de unos pisos de la algorteña Avenida de Algorta. Motivadores, tal vez, la brisa del Cantábrico o las alturas del restaurante mirador de Archanda, donde inesperada y misteriosamente se fraguó la noticia del evento: en la sobremesa de una cena familiar con tío Emilio y el presidente de la federación bilbaína de boxeo y esposa, en el popular restaurante del monte bilbaíno, Palmira comenzó a sentirse incómoda e indispuesta: “que le había sentado mal la cena”, “que se habría resfriado”, “una molestia pasajera”… fue el diagnóstico de los comensales. Mas, el malestar fue aclarado y desvelado por el ginecólogo de turno, a los pocos días del incidente. Resultado analítico: sin estar planificado, ni solicitado, ni aun siquiera pensado, resultó que Palmira estaba embarazada. ¡Nada menos que de tres meses! Y ¡sin previo aviso de los sintomáticos vómitos, mareos o antojos consustanciales a tales circunstancias! El cachondeo fue general en la colonia de amigos alemanes y españoles, siendo interpretado el caso por los circunspectos como “búsqueda del futuro heredero” para completar  el trío de las hermanitas. ¡Lo que no supo, o no pudo, explicar la medicina de entonces fue cómo en tres meses el feto de una futura cantaora-bailarina-profesora musical (el “misterio” se llamaría LUCILA) no había dado señal alguna de vida!


Antropólogos más sabuesos coincidieron en afirmar, sin embargo, que la motivación era debida a los genes maternos. Y dos de ellos, versados en letras, se atrevieron a testificar que el fenómeno se explicaba, simple y llanamente, por la inconfundible naturaleza de la madre que, como la de Platero, tenía acero. “Acero y luna de plata al mismo tiempo”. Veredicto avalado por la valentona Palmira que, como lo más normal del mundo, traía al mismo a los nueve meses justos, una mañana tibia de enero, mientras el marido esperaba noticias nervioso e impaciente en la Universidad de Deusto, a la cuarta de la dinastía, a la Lucila que, por nacimiento, matrimonio y circunstancias familiares tan vinculada continúa a la Algorta de nuestros amores.                                                                                                                                 

Una puntualización marginal no debe ser silenciada: del cachondeo y pitorreo inicial de amigos y conocidos a la difusión de la noticia del embarazo se pasó a los pésames y condolencias  ante la frustración de los progenitores al ver desvanecidas las esperanzas de ruptura de la serie femenina. ¡Falsa interpretación! Palmira y Manolo, felicísimos ambos por la llegada de la cuarta, no sólo porque un buen banco precisa de cuatro patas, sino, y principalmente, porque la historia y las leyendas cuentan que un hijo único, el más pequeño y mimado entre féminas hermanas, irremediablemente acarrea problemas educacionales, profesionales e insomnios maternos y paternos, acrecentados en la senectud. Y fue además un “acierto” pleno, pues sus hermanas disfrutaron haciendo de madrecitas de su hermana pequeña como demuestran las fotos adjuntas.


Una vez desvelado el “misterio” del título y después de la bienvenida a la Cuarta de las González, dediquemos un breve espacio, merecidísimo, a sus hermanitas, quienes compaginaban a las mil maravillas el papel de niñeras, con el de estudiantes de bachillerato, al cambiar de ruta y de colegio, sustituyendo el Colegio Alemán por el recién inaugurado Instituto de Enseñanza Media de Guecho, y el torturador madrugón y lento viajecito en autobús recogiendo alumnos por la ría y city bilbaínas hasta Ocharcoaga por un paseíto mañanero hasta Fadura, a tiro de piedra de Kasune.


“Acierto” al pleno y ”Compensación” asegurada, según proclamaba el título del capítulo, pues nuestras tres mayores salieron a flote respondiendo brillantemente al cambio, obteniendo felicitaciones, reconocimiento y hasta premio en algunas asignaturas, como demuestran las históricas y elocuentes fotos de entrega de premios por D. Jacinto, popular director del Instituto, y los profesores de las asignaturas correspondientes.


Sin embargo, cuando Antje acababa ya de cursar 1º de Filogía Moderna en Deusto, y el patriarca  superaba una seria estancia de casi un mes en el hospital de Basurto, una llamada-oferta de la Complutense madrileña propiciaba otro cambio de mayor envergadura y trascendencia y clausuraba una de las etapas más hermosas y determinantes de nuestras vidas. Etapa que permanece grabada con letras de oro en nuestra memoria como premio a nuestro saber estar, aceptar y adaptarse a otras tierras, lenguas, culturas, climas y circunstancias. Pero de todo esto, y mucho más, en el capítulo correspondiente.

domingo, 15 de marzo de 2015

Algorta o la cultura del encuentro y la amistad

Finalizábamos nuestro anterior recorrido por Algorta aposentados en una calle, una casa y un piso siempre abiertos a la amistad y a la hospitalidad: Kasune 1, 3º izquierda. Todavía hoy continúan cabalgando en la memoria, Kasune arriba y abajo, un tropel de familiares y amigos, que fueron quienes dieron vida y carácter a una época. Un sinnúmero de vidas encontradas y cruzadas, de dentro y de fuera- vascos, españoles y extranjeros- que nos acompañaron durante una década haciendo sentirnos como en propia casa y convirtiendo nuestra trashumancia en cultura del encuentro y la amistad, valores universales. Ellos fueron los amanuenses de imborrables páginas de nuestra historia.

La infancia y la adolescencia de nuestras hijas mayores, la llegada de Lucila, la cercanía de la familia (Regalados y González, capítulo siguiente), las numerosas amistades por afinidades profesionales, culturales, deportivas, lúdicas, etc. convirtieron a Algorta y Villamonte, a Kasune y entorno, en lugar de magia y duende, como diría un andaluz. Algorta era, según recordé en su día, reserva codiciada de profesores y padres de alumnos de los colegios alemán y americano, con quienes tantos vínculos nos unieron.
Merecen prioridad en la siguiente nómina (por riguroso orden alfabético):

Alemania y los alemanes
"Albaabend" en casa de los Reissert
En Kasune 1 vivían los Reidinger, Ingrid y Rudi, amigos inseparables hasta hoy día, y sus sucesores los Lischka. En el 3 los Blumm (Helga y Willi). En Villaondoeta, los Osterholz y los Fiedler. Más cercanos a la estación los Riess (Wolfgang y Renate), en Usategui los Horn, en sus cercanías los Haag. Y seducidos siempre por la proximidad del mar, un largo etcétera de familias alemanas todas ellas asociadas o vinculadas por multitud de aficiones e intereses. Como centro de reuniones corales profanas y sacras, recordamos con mucho cariño al Rektor Roth, párroco de los alemanes en Algorta, organizador de reuniones y excursiones para pequeños y mayores. Y no podemos olvidar a los Reissert de Archanda y a los Reichert (Edith y Winfrid), residentes en el Colegio Alemán de Ocharcoaga por su cargo directivo. Éstos últimos a la cabeza de los leales, fieles e inseparables como testimonian los viajes a Majadahonda, Palacios o Nürnberg. Inolvidables y entrañables eran los “ALBAABEND”, curioso anagrama que de velada (Abend) Literaria de Amigos de Bilbao y Alemania.
Carnavaleando
Se trataba de una tertulia literaria mensual en torno a una obra clásica o moderna (poesía o novela elegidas democráticamente) en casa de uno de los tertulianos: media docena de matrimonios alemanes residentes en Vizcaya, liderados por Palmira y Manolo, responsables del evento. La jornada, a veces no exenta de polémica, finalizaba en torno a una tentadora mesa, habilidosamente presentada por la anfitriona de turno. El alto nivel académico de dichas reuniones desbordaba en ocasiones en festejos y jolgorios musicales, folklóricos, incluso carnavalescos.

América y los americanos
Con el primo canadiense
A la internacionalidad y cosmopolitismo de Kasune contribuyó con creces Palmira con sus amigos, compañeros y padres de alumnos del Colegio Americano de Berango. Compañeros, alumnado y sociedad, muy diferente de los diferentes grupos que retrato: más llanos y campechanos, más frívolos y espontáneos. Las madres de los alumnos, esposas de los grandes directores generales de las multinacionales de la ría bilbaína  (Dow-Unquinesa y General Electric, entre otras) limpiando y pintando las modestas barracas del colegio y colaborando activamente con el claustro en numerosas actividades. También los alumnos, simple bocadillo como comida y ejerciendo de lavacoches los festivos; ejemplo insólito en aquella rancia sociedad española clasista de marcadas diferencias sociales. En este apartado no puede faltar Victoria Bustinza, también profesora de español, amiga y compañera de Palmira. Y como Canadá también es América, mención especial merece la visita de nuestro pariente americano, Heliodoro, desde Quebec.
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Salamanca y los charro-bilbaínos
Otro círculo de inseparables compinches en nuestras correrías por tierras vascas fue el de “Los Charros”. El tirón de la cuna y la patria chica se dinamiza y visualiza en mayor escala en la distancia. Responsables de ello dos coyunturas que no debemos olvidar: la primera, la Universidad de Salamanca y la segunda, la primera de las grandes crisis que nos han cabido en suerte. Bilbao, Barcelona y Madrid tuvieron que cargar con la emigración de trabajadores y universitarios de la meseta castellana. Bilbao era en aquel entonces para los “maquetos” llegados del centro, del sur y del oeste, sinónimo de Vizcaya. Y en las márgenes del Nervión, indistintamente, aterrizaron y se amigaron charros procedentes de la universidad y del campo salmantinos. De las aulas procedían principalmente médicos y docentes, todos catalogados y custodiados por el campechanote y parsimonioso doctor Fernando Gómez Valls, charro por excelencia, a quien no se le escapaba paisano que caía por hospitales, aulas o empresas vizcaínas.
Fernando, al fondo, en reunión de charros
Del vivero de Anaya (letras y magisterio) procedía el grupo femenino dominante y organizador: tres compañeras de curso y facultad: la Tante Lola, Merche Garrido y Tony Ruano; y Palmira y Dori procedentes del rincón de La Hospedería (Normal de Maestros). Entre los varones destacaban los galenos: los Doctores Pedraz y Boyero (el primo Benjamín y su socio, con sus respectivas, la asturiana Consuelín y la vasca Charo). También de la “salmantica docet” y del entorno catedralicio llegaron a Algorta el inseparable Onkel Pepe (José Luis Sanromán), compañero de facultad, el tío Pepe (o José Regalado) de Derecho y el que estas memorias pergeña. Las reuniones, festejos y jaranas de la panda solían (¿o debían?) finalizar con cánticos y tonadas populares de la tierra, no pudiendo faltar el “himno charro”, siempre con la Tante Lola como directora de coro:
“Salamanca la blanca,
¿quién te mantiene?
Cuatro carboneritos que van y vienen.

Elisa y Juan en buena compañía
No solo del pueblo de la canción y de la capital, también de Palacios, Palacinos y cercanías acudían a la hospitalaria Algorta amigos y conocidos que moraban, curraban y progresaban en Portugalete, Baracaldo o Bilbao. Visitas y celebraciones que eran orgullosamente correspondidas: Elisa y Juan, Gripi y Manolo, Flores y Vicente, Agustina, hija del tío Farruco, doncella con el marqués de Villagodio y otras amistades más que fueron apagándose por el forzoso distanciamiento laboral, por la edad y la profesión.  

Mención muy especial merece Cele, que nos acompañó desde Alemania a Bilbao, parte integrante de nuestra familia, que continúa alegrándonos con sus visitas… y motivo de mayor satisfacción fue la llegada de mi hermano Luciano y familia.

Los amigos vascos
Actores influyentes en este largo entreacto en tierras vascas y cómplices en aventuras deportivas y musicales fueron los amigos pelotaris de Martiartu, Fadura y la Ola: Eduardo Berriatua, compañero zaguero, José Jauregi, entrañable amigo, ingeniero de Iberduero (a él debemos la luz eléctrica en La Colina de Valmiguel y comarca) y Josu Unzurrunzaga; estos dos últimos, casados con sobrinas de nuestra inolvidable Begoña Gárate. Todos ellos integrantes del cuarteto de pelotaris y amigos. La pareja Berriatua-González fue subcampeona de 3ª en el Club Martiartu 1976. ¡Imperdonable, inolvidable y dolorosísima derrota final…! ¡Con el marcador 14 -7 a nuestro favor nos quedamos 17 para 21! contra una pareja de padre e hijo adolescente.
Recuerdos de un pelotari

Insuperables la simpatía, la sonrisa, el bigote y la voz de Juanjo Zubiaga, director de la oficina del Banco de Bilbao en Algorta, miembro de un otxote, que participaba todos los años en el festival de Habaneras de Torrevieja.

Imborrable la ejemplar, fiel y super agradecida figura del vasco integral José Arteta, a quien después de jubilado arrastré hasta la universidad licenciándose en románicas y doctorándose en entusiasmo, reconocimiento y cordialidad.

La vecindad vasca de Kasune y Villaondoeta también merece figurar en esta orla: en primer término los López, los más próximos y familiares , vecinos de planta y los Escudero del segundo, cercanos a la numerosa estirpe de Echevarrías y Urías, cuna de importantes personalidades políticas vascas : Juan Echevarría a quien conocí personalmente como decano de la Facultad de Económicas de Sarrico, posteriormente secretario de estado en el gobierno de Suárez, y Margarita Uría, destacada jurista y cargo relevante en el PNV actual. Y como el mundo es un pañuelo, el hoy ancianito Juan es accidentalmente vecino cercano de la sobrina Conchita en Madrid.

Mención honorífica merece la entrañable Emi, profesora de piano de nuestras tres hijas mayores que con tanto amor las acercó a la música, a la que siguen tan vinculadas. 

La implacable y misteriosa ley del tiempo agranda la tiranía del olvido y es injusto silenciar nombres de personas y amigos que desfilaron por nuestra casa y nuestras vidas, por este Kasune que fue y continuará siendo “nuestro”, mientras Algorta prosiga viva en nuestro recuerdo. 

martes, 16 de diciembre de 2014

…Y ALGORTA EN EL CORAZON

La memoria en el corazón
elimina los malos recuerdos
y magnifica los buenos.
(García Márquez)

Algorta, al igual que Deusto, atesora multitud de recuerdos, ilusiones y proyectos que han marcado una época y configurado una vida. Algorta es más que un recuerdo. Es muchísimo más. Es una de esas etapas que, por muy lejanas y apagadas que aparezcan, nunca se borran. Algorta destaca por su relevancia, prestancia y señorío en el ayuntamiento vizcaíno de Getxo, y además destaca en mi corazón, por su trascendencia en mi vida familiar (la incorporación de Lucila, una fría mañana del invernal enero vasco). En mi memoria, asociada y agrandada por su proximidad a Berango, tras la arribada de Dori, Pepe y su numerosa e inseparable familia procedentes de Ermua.

Sin linderos ni marcas fronterizas, el término geográfico de Algorta-Berango, o viceversa, se convirtió en armónico dúo asociado a cercanías y entornos hoy todos hermanados y revueltos en el almacén de los recuerdos. País, paisaje y paisanaje: Sopelana con sus dos playas, la salvaje y la moderna; Urduliz con sus peñas, paseo y escalada predilecta de las tres González niñas; 
Peñas de Urdúliz 1968
Lejona con su Martiartu y al final con la universidad; Las Arenas con el puerto, el faro y el muelle de Arriluce (predilecto paseo marítimo vespertino de la familia en las soleadas y tibias tardes algorteñas), su puente colgante, Neguri y Jolaseta albergue de la rancia y encopetada alta burguesía vasca. Y allá en la lejanía, por levante, la “cordillera” del Umbe, cuyo cordal partiendo de las estribaciones de Berango, próximas al Colegio Americano - un hito más algorteño, donde Palmira reinició y disfrutó de su actividad pedagógica - trazaba el bellísimo horizonte natural, recreo permanente diario para la vista desde nuestro salón o desde mi despacho. Lugares, en suma, inolvidables: paisaje, hábitos, tradiciones, costumbres, folklore, cultura y deporte donde se forjaron tantos sueños y querencias, tantas celebraciones y encuentros familiares.

Por eso y por otras muchas razones, este capítulo, más que la tópica recapitulación de memorias, de hechos, vivencias y recuerdos personales, pretende ser canto lírico de un ferviente e implacable romántico, expresión de sentimientos resucitados, paseo de un apasionado correcaminos, reandar por lugares algorteños, tantas veces pateados. De aquellos retazos resucitados, “capitaneando la manada”, Villamonte, nuestra primera vivienda de alquiler,
Descanso en Villamonte 1967
en esta pacífica, elitista y acogedora urbanización residencial. Tal vez la primera urbanización moderna del ayuntamiento de Getxo. Cuando Algorta empezaba a desmadrarse por el norte, el este y el oeste, devorando caseríos, campas y campiñas, iniciando una expansión en la década de los 70, cuando “las familias de clase media decidieron buscar un lugar más confortable para vivir” (según Wikipedia), marcando consciente o inconscientemente esa divisoria socio-política, esa dualidad histórico-antagónica entre margen derecha e izquierda, norte y sur, arriba y abajo que ni comparto ni defiendo.

Puerto Viejo de Algorta - J. Connell

Algorta significó también descubrimiento y conquista. El castellano viejo que echaba de menos la vasta espaciosidad, el cielo estrellado y el gélido burgalés de la meseta, descubría la belleza y seducción del mar, el hechizo del baño y el rumor de las olas, el aroma y sabor del agua salada contrastando con la pobreza y turbiedad de las enlodadas charcas y riachuelos del interior. Y ante todo y sobre todo el singular privilegio de los espectaculares atardeceres y anocheceres crepusculares en la bahía del Abra: el juego de luces en las lejanas aguas de poniente y los luminosos colores nocturnos en el puerto y en los márgenes de Santurce, Portugalete y Ciérbana, enseñoreándose en la caída del Serantes. El cambio de tonos y colores, del amarillo y ocre al verde claro-oscuro de las campiñas vascas compensaba otras ausencias, olvidadas por la sustitución y aparición de nuevos escenarios, ecos y observatorios: los parques de Usategui y Reina Cristina, la avenida de Basagoiti o el Puerto Viejo, Punta Galea y Aixerrota con las maravillosas e inigualables puestas de sol ¡tantas veces disfrutadas! El sol allá a lo lejos despidiéndose en el horizonte marino; agua y luz confundidos en un concierto de colorido reverberante. Y muchísimos más recuerdos memorables de las playas o acantilados de Ereaga, Arrigorriaga, Larrabasterra, Sopelana y Plencia. 
Sopelana 1966

En mi memoria visual, en el plano de aquella Algorta, ya historia, destaca la torre de la iglesia de los Trinitarios, faro arquitectónico de los monumentos religiosos de aquella época (neorománico con numerosas reconstrucciones). Al que habría que sumar la parroquia de San Nicolás (neoclásico de mediados del XIX) aportando a la plaza, corazón de villa, carácter y color de pueblo; y la de San Ignacio, más moderna (neor.-neobizantina) enfrente y en consonancia con la prestancia del Ayuntamiento. Símbolos del desarrollo, modernización y progreso económico en el siglo XIX, de los modestos pueblos de pescadores de la cornisa cantábrica de profunda raigambre cristiana. Perpetuada en la humilde parroquia de San Martín, la nuestra, la de Villamonte, en unos sótanos de la urbanización.

Mas dejemos a un lado la historia y por el señorial Basagoiti, desembocando en la calle principal, hoy Avda de Algorta, endulcemos un instante el recuerdo con un alto en la, tantas veces visitada, pastelería de Zuricalday, giremos a la estación del ferrocarril con el popular cercanías tantas veces frecuentado, crucemos una vez más los desaparecidos pasos de nivel y descendiendo por la Avenida de Salsidu, detengámonos en la calle Kasune. ¡Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivirla nuevamente! El recuerdo algorteño de mayor valor y relieve es el de la calle Kasune y su Nº 1, cuando antaño estaba asociada prácticamente a Villamonte y Villaondoeta. Ambas a rebosar de encuentros, bienvenidas y acogidas familiares, nacionales e internacionales. Algorta era codiciada reserva de profesores de los colegios alemán y americano con los que tantos vínculos nos unían. Pero de esto y mucho más, daremos buen parte en próximos capítulos.

jueves, 27 de noviembre de 2014

DEUSTO en el recuerdo

Podría dedicar páginas copiosas y asignar interminables capítulos a unos fascinantes lugares (Algorta y Bilbao), a una universidad acogedora (Deusto), a unos paisajes y horizontes de montaña y mar ensoñadores, a un río (el Nervión) y a una ría que me acompañaron diariamente durante una larga década y fueron conformando mi profesión y consolidando nuestra familia: primero con la llegada de Lucila, posteriormente con la próspera arribada de González y Regalados. Y cerrando ciclo con la conquista de Joseba y los Alonso.

El Bilbao de entonces, irreconocible hoy día por su belleza y modernidad (sus puentes, rascacielos y museos), figuraba en la agenda cultural del charro, emigrante- trotamundos que retornaba a la patria, como ciudad industrial y futbolera. Con altos hornos humeantes y contaminantes y una ría contaminada por la industria de sus márgenes. Ciudad animada y poblada por barcos y buques mercantes nacionales y extranjeros, que seducían al recién llegado del norte de Europa buscando en su matrícula el puerto atlántico de procedencia. Río y ría eran escenario a dúo de regatas y gabarras cargadas de bilbaínos, grandes cantores, juerguistas y marineros, según pregonaban con sus cánticos: "Por el río Nervión bajaba una gabarra "o "Desde Santurce a Bilbao", "Apaga luz Mari Luz apaga luz", "Los borrachos", "Maite yo no te olvido", etc. etc.

(foto: Blanca González)
Pero como los recuerdos se acumulan y las escenas y vivencias se atropellan - intentaré recapitular en dos jornadas profesión y universidad, familia y sus circunstancias. Por deferencia demos prioridad a la primera: Universidad de Deusto. Hablar de Deusto significa rescatar un puente levadizo de este apodo que abría y levantaba sus dos gigantescas hojas metálicas cada vez que solicitaba paso el insistente y penetrante silbido de un barco. Evocar una barriada famosa que fue por sus tomates y por acoger a parte de mi familia y amigos, por su popular ribera y cervecera y la concurrida y animada avenida de asfixiante circulación, con restaurante, cafetería, pastelería y sala de fiestas de rango, la Casa Vasca. Y ante todo famoso por su apeadero, el colegio mayor y una universidad que prestó y presta fama y renombre al país vasco. Universidad con significación polisémica. 

O para mejor entendernos, cúmulo de metáforas dispares: Regalo de Reyes (llegaba a Bilbao este bloguero con su familia un 7 de enero), reserva intelectual jesuítica, umbral de puertas abiertas a campo profesional prometedor, ventana a un nuevo mundo de horizontes menos sombríos y más esperanzadores, puesta en marcha del contador de mi carrera académica, importantísima etapa de aprendizaje multidisciplinar en las aulas y en la vida. Deusto acababa de ser reconocida en 1963 como Universidad de la Iglesia por el estado español, lo que supuso un renacimiento, un caminar hacia arriba y adelante, una adaptación a los sistemas, especialidades y demandas de los modernos tiempos universitarios, superados los vetustos fundamentos humboldtianos y jesuíticos decimonónicos. La afamada Comercial del P. Carmelo Bernaola, señera en el campo de la economía y derecho de empresa, compaginando titulaciones con Derecho, convertida en institución pionera y centro español de rango nacional, el ICADE madrileño como secuela. También la facultad de Filosofía y Letras, como se denominaba entonces, fue abriendo paso a la progresía y modernidad. Las clásicas filosofía, teología e historias se vieron rebasadas por las modernas filologías y licenciaturas en alemán, francés e inglés. El alumnado y profesorado creció como la espuma. Profesores seglares extranjeros dirigían algunos de los nuevos departamentos y alguno de los llegados de fuera ocuparían secretarías y vice-decanatos. La apertura fue generalizada. La mujer irrumpía por primera vez en claustros y cotos machistas. Y a tal grado ha llegado el aperturismo y desarrollo que, con admiración y beneplácito compruebo en Internet que vicedecanas y vicerrectoras regentan alguna de las modernas facultades del pabellón de cristal, la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas y la de Psicología y Educación. Mujer es también la Secretaria General de la Universidad. 

Escalinata principal (foto: Blanca González)
Pero retornemos a mi pasado. Con el curso ya en marcha, en un enero cualquiera, debutaba en aulas universitarias. Los comienzos fueron coser y cantar para el novato docente universitario. La matrícula en Filología Alemana - el alemán apenas figuraba como lengua extranjera en el bachillerato español - se reducía a Pilar Pastor, alumna procedente del Colegio Alemán, y a José Mª Taberner, catalán residente en el Colegio Mayor de la Universidad, brillantes e inteligentes ambos, compañeros más que alumnos los dos. Las ventajas de una docencia personalizada tenían sus pros y sus contras. Las clases eran una tertulia. Pero la escasez inicial de alumnado se suplía con acumulación de asignaturas a impartir: Literatura, Cultura y Civilización Alemanas y Lingüística Germánica (obligatoria también ésta para los alumnos de filología inglesa lo que aumentaba considerablemente la asistencia). O con cargos académicos: comenzando por director del Departamento de Alemán, pasando por Vicedecano de Letras y Secretario de Facultad. Y otras cargas o cometidos menos pesados y onerosos, honrosos y gratificantes: relaciones públicas, sociales y humanas. Con mi flamante Opel Record alemán, me correspondía rendir honores de bienvenida, presentaciones, acompañamientos o despedidas en estaciones o restaurantes a ilustres profesores invitados de otras universidades: Madrid, Valladolid, Salamanca, Alemania… Merecen ser recordados: Don Emilio Lorenzo, paisano paternal (Académico de la Lengua) y Hans Juretschke, futuros compañeros y patrocinadores en la Complutense. Pero armonizado con el clima, sus paisajes, sus gentes y sus costumbres, el soleado y primaveral Deusto de los floridos magnolios de su antiguo pórtico y la embriagadora rosaleda de la Comercial, su recuerdo está salpicado de las inevitables sombras. 

La vida es antojadiza y estricta siempre. De aquel claustro numeroso que entre numerarios, agregados, adjuntos y auxiliares pasaba del centenar ya no están o ya no son la inmensa mayoría. Muchos se fueron hasta del recuerdo. En el corazón pervive el grupito de los fieles. Los íntimos e inolvidables. Amigos y compañeros que dejaron su impronta en el advenedizo “Herr Doktor” importado de Alemania. Para ellos, representados en este singular cuarteto, este brevísimo recordatorio de homenaje y agradecimiento.

Luis Lázaro Uriarte: vasco barojiano. Aún te veo Luis siempre con el cigarro en la boca, mascullando y regalando arte a espuertas llenas, con las más hermosas palabras de crítico y profesor de arte. El mejor elogio de despedida última hace unos años llegaba de uno de tus ilustres exalumnos, Zugaza, director actual del museo del Prado al recordar a su maestro de historia del arte en Deusto, Luis Lázaro. Culto entre los cultos. Lector insuperable. ¡No sé cuándo dormías! ¡Todas las semanas caían tres o cuatro libros en tus veladas literarias hasta las tres o cuatro de la madrugada! No había por donde pillarte. Generoso y espléndido. En nuestro salón cuelga alguno de los valiosos cuadros que nos regalaste, unos más del rimero que atesorabas como presentador codiciado de exposiciones en galerías o salas de arte bilbaínas. 

Carlos González Echegaray: cántabro universal. Historiador, lingüista-africanista, bibliógrafo. Ante todo humilde y cordial. Dulce y callado. Bibliotecario de la Menéndez Pelayo santanderina, Archivero de la Diputación foral de Vizcaya, nos dejaste para siempre el pasado año como Director de la Hemeroteca Nacional de Madrid, donde nos vimos por última vez. 

Ricardo de Ángel: Por méritos propios, aun siendo profesor de la Facultad de Derecho, mereces ser incluido en esta nómina de Letras, por ser amigo de todos. El más joven del claustro. Frisaba los 30 cuando nos conocimos. También el más pequeño de estatura. Pero de talla excepcional como profesor y persona. Sintonizamos muy pronto y ambos fuimos los primeros vicedecanos seglares en nuestras respectivas Facultades. Acabaría de Decano. De humilde familia sestaorra, estudiante siempre becado y sobresaliente, fue premio extraordinario fin de carrera en el distrito universitario de Valladolid. Relevante jurista y abogado bilbaíno hace unos años fue nombrado Doctor Honoris causa por la Universidad de Buenos Aires. 

Winfrid Arnold: lector de alemán. Austriaco con aires y portes prusianos, fraternal compañero. Apoyo y contrapeso al pequeño, tierno y fácilmente abordable jefecillo.

El recuerdo de Deusto, aunque oscurecido y envejecido por la distancia de los años y el destino, permanece fiel y firme. Inolvidables las atenciones y amabilidades: La hospitalidad de los de dentro y los de fuera: De los primeros o los de casa, los compañeros jesuitas que todavía residían en la planta superior: Juan Luis Cortina, Juan Churruca, Javier Petrirena, Ignacio Elizalde… De los de Arriba y los de Abajo: Rectores P. Ferrer Pi y P. Reyzabal, P. Santamaría y Ramón Areitio decanos. Compañeros de fuera. Ilustres especialistas en su materia a los que Deusto sirvió de trampolín y academia de paso, y que aterrizaron más tarde en puestos de rango y como catedráticos, en universidades nacionales o extranjeras: Madrid, Salamanca, Alcalá, Vitoria, Michigan etc. Omito nombres para no caer en omisiones. Entre los de abajo, rápidamente sintonicé con personas de todos los gremios y estamentos: secretarias(os) y bibliotecarias(os), bedeles y jardineros… Pero la vida además de antojadiza es mandona. La psicosis de inestabilidad profesional, la incertidumbre y la obsesión epocal por conseguir un puesto oficial fijo provocaron nuevo planteamiento de futuro. En menor escala que en Alemania, pero seducido por tentadoras promesas de amigos mayores foráneos, comencé a sentirme incómodo, en mi presunción de ciudadano del mundo, en la estrechez del Pagasarri y Archanda, de Enécuri y del Serantes, y acuciado por las circunstancias políticas. La oferta y llamada de la universidad pública, la Complutense madrileña, se convirtió en manzana tentadora. El consejo familiar consideró también oportuna la llegada de la hora del cambio, cuando Antje comenzaba ya los estudios universitarios.

Ello no significaba ni deserción ni descontento. DEUSTO – su Universidad- continúa en mis duermevelas girando en torno de mi cerebro.Y en ese baile participan mis fieles compañeros y alumnos, mi despacho, sus aulas y pasillos, su cafetería y sus capillas, su adorada fachada central, su escalinata y sus dos magnolios guardianes protectores regalándome sus flores, su verdor y su sombra, y la constante y fiel compañía de la Ría. ¡Y tantos casos y cosas! En el balance global pesa más lo que aprendí que lo que enseñé. Más lo que recibí que lo que aporté. El “Kleinman” (pequeño hombre) brechtiano, se despedía transformado en individuo multidimensional con ribetes de humanista universal. 

En esta retahíla de ecos y recuerdos, algunos desdibujados, permanecen nítidos y cercanos: Un reloj en mi mesa de trabajo, regalo de valor incalculable, de dos de mis fieles alumnas, Mar Pérez y Carmen Izarra, hoy profesoras, representantes de Deusto en El Escorial, en el VII Congreso de Germanistas Abril 1992 “Homenaje a Manuel José González”.

Visita a Deusto en abril 2011:
entrañable reencuentro con Carmen Izarra (foto Blanca González)

 El gesto más cálido de agradecimiento y cariño de Carmen Izarra abrazada a mi vetusta naturaleza durante la visita familiar a Deusto en nuestra excursión familiar a Algorta-Bilbao en abril de 2011. Como oro en paño, aunque empolvados, conservo también los primeros volúmenes de “Letras de Deusto”, prestigiosa publicación de esta universidad, cofundada con el Padre Elizalde y varios compañeros en 1971, y que para mi gran sorpresa continúa aun publicándose.¡Chapeau! Caso insólito en este tipo de publicaciones. Igualmente almaceno varios trabajos- excelentes en su mayoría- de mi último Curso de Doctorado en Deusto: “El carácter de Don Quijote y Sancho. Primera interpretación en una lengua germánica”.


Y por último, y como testimonio gráfico, esta amarillenta foto histórica - ¡la única¡ - directamente vinculada a mi actividad deustoarra: un periodista de HIERR0, (Eguillor), diario bilbaíno de aquellos tiempos entrevistando en el nuevo y flamante Instituto de 2ª Enseñanza de Guecho al secretario y responsable del VII Curso Internacional de Lengua y Cultura españolas de Deusto (1968). Como algorteño quijotesco y amante de mi nuevo pueblo propuse trasladar y organizar en Algorta - mar, playa, paisaje y vacaciones - los cursos de verano para extranjeros, en vista del escaso atractivo que ofrecía Bilbao, entonces ciudad industrial. El resultado fue exitoso y satisfactorio.

Si bien el ensayo fue golondrina de un par de primaveras, y ya que nos encontramos en la acogedora y hospitalaria Algorta, reservémonos y reservémosla para próximo capítulo.

sábado, 28 de junio de 2014

EL RETORNO A LA PATRIA

Las tres niñas iban creciendo y creciendo. Irradiando alegría y animación. Bullicio y belleza. Correteando, cantando y jugando. Convirtiendo la mansión de los González en Unterliederbach (Frankfurt), según metáfora afable y amistosa, en la envidiable y operetística mansión de “Das Dreimädelhaus” (la casa de las 3 muchachitas) de Schubert. Las tres muchachuelas ampliaban el círculo de amiguitas del barrio, algunas para toda la vida como es el caso de Cornelia Tiepmar. Paulatinamente iban adaptándose y disfrutando de costumbres y hábitos alemanes. Y sometiéndose, como unas más de la infancia de la zona, a la normativa escolar obligatoria. El alemán era para ellas coser y cantar: la primogénita conquistaba elogios y aprecios de su maestro en los primeros puestos de la clase y regresaba feliz del cole con su gorra y su mochila; Emma iniciaba su debut en las aulas- de las que no ha salido hasta hoy día- cumpliendo, seria y responsable, con la folclórica tradición alemana de gorra y Tütte (cucurucho) con golosinas el primer día de clase; Blanca tornaba del Kinder exultante, saltarina y juguetona al jardín de casa.



También Palmira y yo estábamos aclimatados y acomodados al nuevo entorno. Conocimos paisajes y personajes tan distintos y diferentes... Integrados en una nueva sociedad. Aprendiendo de personas y personajes de ideologías y clases sociales opuestas conviviendo pacíficamente. Conformándonos al ritmo de vida y cultura germanas.

Sin embargo… el tirón de la familia y la patria iba cobrando cada vez más fuerza. Además, en la Alemania del bienestar, rebosante de emigración italiana, española y turca, aparecían los primeros brotes de solapada xenofobia y, tras el largo periplo de casi una década, comenzaba uno a sentirse forastero en tierras extrañas. La carencia de sol, luz y calor eran también factores determinantes. Mas, ante todo, principiaba a preocuparnos la educación de nuestras hijas a la vista de desafortunados y desaconsejables ejemplos en familias extranjeras residentes en Frankfurt.

Había llegado el momento de recapacitar sobre el retorno a España, sueño que iba creciendo con el paso del tiempo. Que quede bien claro que el tirón del terruño distaba muy mucho de los imperantes sentimentalismos y patrioterismos hímnicos, flamencos y populacheros en el ocaso del franquismo: “Y viva España…” “España es la mejor”, “…alzad los brazos hijos del pueblo español que vuelve a resurgir” etc. etc.

Pertrechado para lo que saliese, gracias a la experiencia cosechada en las diversas y dispersas actividades, a mi flamante título de doctor en filología germánica y a las numerosas amistades y contactos - de subrayar los jesuíticos de Sankt Georgen en Offenbach, escuela de filosofía y teología de rango internacional- los primeros tanteos de repatriación aparecieron en nuestra agenda de ensueños. ¡Y quién lo iba a decir!, Madrid cosechó el primer intento fallido de retorno a tierras hispanas. El viaje a la capitalidad del país, en un sofocante día de julio vacacional en Salamanca, fue decepcionante. A la fría y distante entrevista con el director de renombrada editorial española, que publicitaba plaza de traductor de alemán, siguió una auténtica noche toledana en vela, en un ruidoso, asfixinate e inhóspito hostal de la Costanilla de los Ángeles. Pero como no hay mal que por bien no venga, ese pedacito del viejo Madrid histórico, entre la Plaza de Santo Domingo y El Arenal, se convirtió en uno de mis deambuleos y callejeos madrileños predilectos al asentarnos definitivamente en Majadahonda.

Muy distinta, y de inesperada y extraordinaria dimensión, fue la oportunidad que me brindaba Bilbao, con su entonces prestigiosa Comercial y su floreciente Facultad Literaria de Deusto (hoy moderno y renovado campus) . Histórico e inolvidable el viaje relámpago, en solitario y en tren, Frankfurt/Irún, donde me esperaban los primos Consuelo y Benjamín, desde entonces inseparables, para ultimar detalles y firmar contrato en Deusto, como promotor del Departamento de Alemán.
Universidad de Deusto, en la actualidad.
Desde Begoña, donde entonces residían, una soleada y tibia mañana de radiante domingo otoñal, cuando Alemania registraba ya los primeros latigazos invernales, los primos me llevaron a conocer Algorta y el Cantábrico, quedando yo prendado y prendido en su belleza paisajista, en la animación de calles y bares, en la campechanía y cordialidad de sus gentes. El salto definitivo desde el corazón de Europa al norte de la península ibérica estaba ya decidido. El traumático futuro profesional aparecía aliviado en la desconocida universidad que me abrió todas sus puertas con trabajo y contrato asegurados. La entusiasta y total entrega, la estrecha colaboración y sintonización con el entonces Decano, Padre Saenz de Santamaría y Ramón Areitio, su sucesor y compañero de pala y frontenis, me llevaron, sin buscarlo ni merecerlo, a tener que compaginar docencia con secretaría de Facultad y vice-decanato de Modernas (todo ello bien merece capítulos especiales).

Los expresos que me devolvieron a la ciudad del Main debieron circular a mayor velocidad de lo normal, pues, viaje tan largo se tornó cortísimo. Todo marchó sobre raíles. El intrépido viajero retornaba rejuvenecido soñador: fabricando planes, atando cabos y tendiendo cables. Levantando castillos en el aire, configurando escenarios a orillas del Nervión y del Cantábrico, trazando proyectos, absurdos algunos, románticos todos. Y dicho y hecho. La euforia ante la nueva aventura contagió a la familia entera y a su entorno. Y un amigo de entre la multitud, Jokin Gárate, estudiante algorteño de teología en Offenbach, sabedor de nuestro anhelado retorno a España y a la Universidad de Deusto y mi predilección por Algorta, se encargó de que su tía Begoña Gárate de Villamonte, convirtiese en realidad nuestras ilusiones. De la noche a la mañana nos había agenciado piso amueblado en la acogedora urbanización algorteña. La entrañable familia Gárate y la vecindad, encarnada en la paternal figura del Onkel Benito, fueron culpables de nuestro asentamiento definitivo en la calle Kasune y de nuestro enraizamiento en la cultura y pueblo vascos. La honradez y sencillez, el contagiante espíritu de trabajo, de amistad y filantropía vascas convirtieron a Algorta, Berango, Deusto y Ermua, en casa y cuna de González, Regalados, Pedraz y otras hierbas charras. Mis llamadas, el empujoncito inicial y la posterior y ejemplar adaptación, laboriosidad y seducción de todos ellos hicieron el resto. 

Debo cortar esta narración, pues, la emoción del recuerdo me ha arrastrado involuntariamente de las cimas del Pagasarri a los cerros de Úbeda.